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La sonrisa

Dos canicas vedes, unas heridas en las rodillas,
un pañuelo de holas, lluvia de abril en el cabello,
ese era el equipaje de mis bolsillos,
podría añadir un tiempo que entonces no existía,
o que un malecón de soles sustentaba el preludio de todo
y el después, siempre, era ahora, entonces.
Sucede que hay claros de luna, sombras, manantiales de sed
y que el tiempo nunca juega con nosotros a ser agua
o que pasaste un día que “dios estaba enfermo” grave,
y la Torre de Babel de los sentidos fue un idioma incomprensible
o que nunca existió el mar, ni una sonrisa, ni un beso.
Sucede que miro en mis bolsillos, ese de trapo y alma rota
y hay dos canicas verdes, unas heridas en las rodillas,
un pañuelo de adioses y lluvia de otoño en el cabello
y podría añadir lo que todos ya sabemos de la vida

o el verdadero valor de una sonrisa.
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Silencios de hierba

Un silencio de luz cuando la sombra era yerba,
descalzos entre el espacio de lo que no sabíamos,
el frescor del alimento del deseo, como una flor radiante,
tal vez una caricia con pétalos meciéndose en el viento,
tal vez las guerras que perdimos por no acudir a ellas,
tal vez no éramos nosotros o éramos antes o después.
La quietud de las piedras al mediodía, cuando perder el norte
era una sonrisa verde y húmeda sobre la ropa,
o cuando las nubes disparaban flechas y un buen refugio
eran las palabras que nunca llegaban a decir los labios.
Así nos nacieron los colores de las estaciones de paso,
el trigo de tu cabello, el agosto moreno en la espalda,
los racimos de uvas entre tu vientre,
los almendros blancos en febrero,
sin querer darnos cuenta que la hierba seguía intacta,
que el tiempo sólo pasaba por nuestra piel,
como un silencio de luz entre los pies descalzos;
tal vez no éramos nosotros o éramos antes o después.
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Notas

Sonreías,
hacías la lista de lo que no necesitabas;
no pasar hambre,
no ir al supermercado,
escribiste.

Más tarde noté tu tristeza,
habías puesto una nota en la ventana
deseando una tarde de lluvia
y la luz del sol se filtraba por la desilusión;
pasamos la tarde debajo de la ducha,
a veces nuestros dedos eran las gotas de agua,
éramos la piel debajo del tiempo.

Te note noche,
escribiendo que no querías sueños,
sólo días
y abrí la puerta de la casa;
siempre preferí una soledad libre
que una sonrisa esclava.
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Vaivén

Ayer hacía olvido,
vaivén de olas,
ayer tenías frío en todas las distancia.

Ayer no hubo noche,
vaivén del tiempo,
robamos los sueños a todos los días.

Ayer no nos amamos,
vaivén de miradas
y nuestra ausencia era una sonrisa.

Ayer hacía recuerdos,
vaivén de amores
y todo rozaba nuestra piel desnuda.
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El otro lado

Vamos a pasar al otro lado de nosotros,
cada uno desde su orilla,
sin calcular la distancia, sin mirar el paisaje, ni la ternura,
sin hacer travesías eternas en este lecho de soles,
sin que cuente la presencia del destino,
vamos a pasar al otro lado de nuestros vacíos
y hay tantos estigmas enfurecidos con la piel
que hace que seamos capaces de meter el mar
en una gota de lluvia, de ponernos las noches en los sueños,
y los zapatos de otros, de no cortar ya flores,
de llevarnos los inviernos bajo techo, de brindar con nieve
antes de ser fuego y sin embargo, ya ves,
cada uno desde su orilla, como traficantes de desencanto,
como esos pasajeros que nunca van a ningún sitio,
cada uno desde su orilla, espectadores agonizantes,
sabiendo que ha llegado ese momento.
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Trazos

El viento era una flor, tal vez un pensamiento,
o puede que la luna roja sobre tu vientre,
era el trazo de unos tiempos confusos,
la violencia de una caricia, la ternura de una guerra,
un silencio apócrifo de piel, un vacío de todo lo que buscamos.
Extendías tus manos como un golpe de suerte
y en ellas se aferraba la armonía de unas llagas,
los sueños cumplidos, el sabor del pasado,
una lluvia con sabor a café y menta en las calles,
el árbol de las nubes daba sus frutos –Dijiste-
como el alma de quien siempre tiene hambre
y el viento era una flor, tal vez un pensamiento
y las manos parían verdades sin paraísos de memoria
sobre un vientre que tenía una luna roja
una vida, dos vidas, tantas vidas, tantas muertes.
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Las personas

Las personas se dividen
en las que tienen cicatrices en las rodillas
y en las que no han jugado
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Acuérdate

Acuérdate
del hacha del viento sobre el manto de los días
y ve pasar las hojas del otoño,
como aquel libro de piel
en la noche que nunca existió,
como las lunas rojas de tu seno entre las manos
y ese vacío cauteloso del silencio en las palabras,
entre enemigos íntimos leyendo todo lo pasado.

Acuérdate
de la balaustrada de nuestros brazos,
donde se apoyó el olvido, tantos olvidos,
acuérdate del material del hacha,
de la madera y el hierro, de la caricia y la sangre,
acuérdate de amar y de amarte,
en cada herida del tiempo,
en cada sonrisa que no pueda verte,
en cada beso en tus ojos
cuando mis labios ya no sean un roce de lluvia,
de como grita el silencio, acuérdate,
acuérdate de ti, acuérdate sin piedad de ti,
y del hacha del viento sobre el manto de los días.
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Si mi patria fuese una mirada

Si mi patria fuese una mirada
¿Permitiría la lluvia?
¿Sería lo suficientemente humano?

Sé que habría paisajes de silencio
libros por el suelo, estanterías llenas de deseos,
armarios repletos de desnudez,
playas de nubes sobre la piel y jardines incendiados
y sé que habría agua y ceniza.

Si mi patria fuese una mirada,
donde ponerme detrás y besar su cuello
y cuando sea tempestad besar su frente,
retirar el cabello de sus ojos
y ver que en su sonrisa se cosecha
el alimento para que no haya nunca paz suficiente
que me pueda hacer creer que soy su esclavo.

Si mi patria fuese una mirada
¿Permitiría la existencia de la noche?
¿Sería lo suficientemente humano?
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Dilema

Qué no sea pregunta el silencio,
quédate así, solitaria, desnudez,
como leyendo el último poema.
El claro de luna sobre tu cabello
caricia y desorden.
Sé que puedo destruir lo que no toco,
enredarme en tu nuca y no seguir leyendo tu cuello
o esconder los besos en la espalda,
pero entonces un corazón no sería frontera de la vida
y observo las sombras de tu pecho,
como queriendo comprender la existencia de la infancia,
el esconderme en los años, el inventarme en ti,
como las palabras que me quedan en el refugio de la muerte.
¿Sé morir? ¿Sabré?
Callo lo admisible, hay demoras que nunca justifican nada,
es un dilema absurdo, sólo estamos nosotros,
el sexo y la vanidad, un libro cerrado y no aprendido.
¿Puedo amarte? Y yo, no lo digo, lo dice el tiempo,
huelo tu vientre, me apoyo en el y te pregunto si puedo dormir,
que estoy cansado y noto tu sonrisa,
mis manos entre tus piernas como una almohada infinita
y no puedo elegir ser yo, ni te puedo elegir a ti.
Tal vez sea ese claro de luna que se clava en ti,
que te traspasa, que me traspasa,
tal vez sea ese último beso que se opone a la inteligencia,
el último cazador de palabras en el dilema del deseo.
No me preguntes, por favor, sólo déjame dormir e tu vientre.
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Era quietud

Era quietud, árbol de otoño, luz
dividiendo un tiempo herido y la noche
y alguien cabalgaba en el silencio,
era el deseo, sólo el deseo.
Paseo de amantes con mañanas en las manos,
sonrisas con miedo a dejar de serlo,
palabas trenzadas entre el viento,
el murmullo de las uvas, la luna incipiente
entre un escote y una manos
y no faltaba nadie, tal vez sólo nosotros.

No cerré la ventana, un halo de hielo dulce,
el sorbo del vino, la caricia del olvido.
Es septiembre amor, te dije, como si me escuchases
y alguien cabalgaba en el silencio,
era el deseo, sólo el deseo
y hubo quietud, árbol de otoño, luz
dividiendo un tiempo herido y la noche.
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1comentarios 37 lecturas versolibre karma: 83

Ese tiempo

El tiempo lleva implícito otro tiempo,
es un poco como la ropa que nos quitamos
y la ropa que se guarda
y no se trata de lo que suceda con el tiempo,
ni lo que pasa entre nosotros
mientras los latidos son segundos
que adelantan todos los relojes.
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Y te amé

Y te amé;
sabiendo que eras el paisaje,
sin pensar en el destino.
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1comentarios 63 lecturas versolibre karma: 82

Tengo hambre de domingo

Tengo hambre de domingo,
lunes he comido y martes,
son algo indigestos,
hoy huele a cabello revuelto,
a viento de pie,
a besó enredados,
a ti
y tengo hambre de domingo.
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Puedes quedarte

Puedes quedarte,
ya comprendí lo que es perder,
lo que es acariciar la vanidad,
ahora sé quién no soy,

ahora sólo sé entregarme a ti.
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sin comentarios 56 lecturas versolibre karma: 89

Relojes rotos

A veces es el tiempo el que se va
y nosotros nos quedamos, fugitivos, sin prisa,
con los segundos de ayer entre las manos,
buscando cada hora en la piel.

Otras veces es el tiempo el que se queda,
como un espacio de niebla densa,
como un amor efímero y distante,
como un beso en el cuello por la espalda
antes de que alguien quede solo.

A veces no hay nadie en nosotros,
son los tic tac que no escuchamos,
cuando creemos comprender que somos aún hoy,
pero no hay nadie,
somos humanos predecibles en la agonía
y el tiempo es una sonrisa,
una arruga en el traje del alma,
unas palabras que mañana existirán
en los labios de otro tiempo,
ese abrazo que queda cuando damos la espalda
y nos vamos con los relojes rotos.
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No me digas tu nombre

No me digas tu nombre,
no quiero tenerlo en mis silencios,
ni despertar en la noche
y tenerlo grabado en el tronco de un sueño,
no quiero que mi soledad te conozca.

Y después del arco iris,
cuando huele a tierra húmeda
y el sabor del sexo es piel y es grito aún,
enciendes un cigarrillo e iluminas el espacio
y descubres que la soledad era ella
y eres tú.
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Soledad

Sentada,
en una parcela de nuestro propio espacio,
como una luz que reposa en la palabra,
como un relámpago en silencio
tendido en su propio incendio,
así,
sentada,
callada la soledad,
esperándonos,
mientras sonreímos en las caricias,
mientras seguimos pariendo dioses
mientras nos creemos que todo es hoy
y lo es
y la soledad espera,
sentada,
en una parcela de nuestro propio espacio
y tiene más hambre y sed que nosotros.
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3comentarios 69 lecturas versolibre karma: 90

El rostro del camino

Como un algo que siempre te olvida,
el rostro del camino
y sabes y sé que el hoy es incierto,
que el equipaje es tan sólo una mirada,
que tan sólo son tiempos fugitivos,
que tan sólo son huidas que se quedan
en nosotros,
en un mí, dividido entre ausencias y llegadas,
donde te espero, donde me espero.
El tilinteo de las hojas,
como una campana tañendo silencios.
Tantas veces he salido vestido de tu desnudez,
con tus ojos en mis ojos,
con el amor como un único calendario
y sé que piso un tiempo que no existe,
hoyando la hojarasca descalzo,
buscándome la noche en otra luna,
permitiéndome saber que el fracaso es el deseo.
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Ahí jugaba –Dijo el tiempo-

Ahí jugaba –Dijo el tiempo-
Miré mis manos, la piel de los días
y no quise sentirme su cómplice.
El eco de los niños en calles llenas de vacío, gritaba,
las ventanas cerradas de las casa
sin madres asomadas,
tal vez el recuerdo cuenta hasta cien
y alguien se esconde,
tal vez la primera caída, el primer beso,
tal vez la muerte.
Hay aprendí a perder –Dijo el tiempo-
Y miré mi pelo blanco, la barba de una semana,
como barro en la cara,
como esos dioses de lodo y agua
y me sentí escondido en mí mismo
esperando, aún, que alguien me encontrara.
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