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Su forma de ser

Me gustaba su forma de ser;
cuando tenía ganas de gritar besaba,
cuando buscaba ropa que ponerse
terminaba desnuda,
cuando era silencio me daba todas sus palabras.
Había labios, armarios, oídos siempre atentos.
Me gustaba su forma de ser,
sólo tenía que morderla el cuello
decirla vamos al cine o a la calle
o te noto con pocas ganas de hablar,
lo demás es como la vida, tan incomprensible.
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Invierno

Sobre tus pechos había pétalos de nieve,
mis dedos recogían el invierno,
sin prisa.
El otoño nos pasó rápido,
la hojarasca de la sonrisa soportó el viento,
recogimos la leña de los árboles caídos
de nuestra soledad.
Cuando te diste media vuelta
besé tu cuello
y me abracé a tu espalda,
era como estar en un refugio abstracto del sol
en dos cuerpos
que nada esperan.
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Ya era silencio

Ya era silencio,
un extraño entre la sombra de tus parajes;
que te quito lunas, que te quito albas,
que te dejo un eco que no existe,
que azul no quiero, que quiero agua malva y sol;
pero ya era silencio,
un extraño envuelto en la luz de tu pasado.

Ya era tiempo,
alguien que conocía el rostro de la vida
y sin embargo quería más días,
y sin embargo quería no acostumbrarme a unos labios
y sin embargo quería.


Ya era silencio,
el azar de todos los miedos,
sin la magia de un destino;
que no quiero quedarme en mí,
que solo la muerte es piedra,
que todo es un reloj varado sin mañana;
pero ya era tarde,
siempre se sabe cuando te descubres con las manos vacías.
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2comentarios 21 lecturas versolibre karma: 73

Hay que esperar

Hay que esperar siempre,
hasta que sea todos los hombres del mundo
dialogando en mí,
hasta que todas las noches de otoño
sean lunas cayendo de las ramas
y sean noches desconocidas,
hasta que cierre los libros que nunca he leído
y el silencio de sus personajes
sean aterradoras historias.
Hay que esperar siempre,
que la lluvia nos sobrecoja en una dosis de desesperanza,
que la insistencia de la muerte no devuelva a la vida,
que la casa sea un lugar donde nunca regresar.
Hay que esperar siempre
hasta ver en las manos un nido vacío
donde cobijar las caricias que olvido.
Hay que esperar siempre,
como la espera lo hace,
para que pueda abrazarme cuando en el invierno intente
buscar el regazo de un fuego
y me ofrezca sobre la piel un manto de nieve
y una última hoja del calendario.
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En la casa de al lado están follando

Hay café, recién hecho,
en la casa de la luna con cristales de la noche.
Están follando en el piso de al lado, te comento,
sentado al borde la cama,
dando vueltas a tu taza mientras te ordenas el cabello,
bostezas,
sonreímos porque no se escucha ningún ruido,
miramos el reloj, como pendientes de un viaje.
Pasados unos minutos,
en la casa de al lado,
alguien comentará que estaremos follando,
porque no escucharán ningún gemido,
ni la cama muriendo feliz.
Hay café recién hecho
de esos que luego se quedan invierno.
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3comentarios 87 lecturas versolibre karma: 74

El invierno del amor

Te frotabas las manos,
la vida jugaba como mueren los niños en los juegos;
aprendiendo a sostener la sonrisa
en la primera lluvia,
en la primera mancha de barro,
en la primera herida.
Un día caminando te das cuenta
del viento en la piel,
del contar hasta cien sin que se esconda nadie;
ni el miedo,
ni el mañana,
y te encuentras cruzando una calle,
como los que mueren de frío,
con la sonrisa en la boca
en el invierno del amor.
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2comentarios 69 lecturas versolibre karma: 71

Tú, eras el tiempo

Acariciaba los segundos,
tú, eras el tiempo.
Pero la tristeza es inmóvil,
espejea en un ámbito abstracto de angustia vital,
no es lo que callamos o lo que no decimos,
es lo que guardamos mientras nos abrimos en otros.
Tal vez es un vestido de cordura.
De la tierra de las palabras llegas, violeta de silencio,
con los pétalos desgarrados y te abrazas a la piel,
no decimos que los abrazos son cajas de olvidos,
ese sentir el cuerpo del otro sin vernos las caras,
es el miedo de la felicidad,
el encuentro de tantos mundos diferentes,
el diálogo inconformista,
el saber que estamos con los pies en el barro
y que no hay lluvia en este otoño,
sólo lágrimas que no queríamos notar.
Nos cobijábamos enredados en el cabello de la indiferencia,
fingiendo que sentíamos el corazón del otro
pero era por sentir el propio
y así, tan de verdad, tan incomprensibles,
acariciaba los segundos,
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Incluso en otra vida

Pudo ser en otro momento,
Incluso en otra vida,
que tú hubieses sido hombre y yo mujer,
que no estuviésemos huyendo de otras noches,
pudiera ser que hubiese sido un mediodía,
porque no fue ni la mirada,
ni el silencio,
ni la casualidad,
o el que nada necesitásemos
salvo una herida precisa,
de esas que no sangran y matan y se mueren
porque saben
que pudo ser en otro momento,

incuso en otra vida.
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Te dejé pasar

Te dejé pasar,
me diste las gracias con tu melena cayendo,
como cae la lluvia sobre los pétalos de las mejores ideas,
la flor de tu espalda se me ofrecía rabiosa en gris,
como una nube, precipitándose,
la mala educación, supongo,
luego, a tu lado, nos sonreíamos la maldad,
tú, sabías de mis fragilidades y yo, era un desconocido
que intentaba razonar con los monstruos del deseo.
El color del café, la piel de las palabras,
el sexo traducido en las miradas,
esas miradas que son ahora porque mañana nunca se sabe.
Al lado la gente hablaba,
era ese misterio de las conversaciones,
igual hacían lo mismo que nosotros;
dar los pasos hacia una habitación de hotel,
sin tener que disculparse por la existencia de la soledad
aunque mañana sea compañera de viaje.
Éramos unas sonrisas entre labios que acunaban la tristeza
y sonreíamos y sonreían.
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5comentarios 111 lecturas versolibre karma: 82

Aún no existe el silencio

¿Te has perdonado alguna vez?
Dices que la noche tiene algo que ver con la tristeza,
con esas conversaciones que nos debemos,
y la ciudad está en nosotros, recordada, inquieta,
unos amantes pasean de la mano, escondidos
entre un murmullo pasajero de libertad,
les he visto, nos han visto, nada importaba,
éramos nosotros, éramos ellos,
¿Importa que nos necesite la historia de un poema?
o ¿El argumento vital de la vida?
Es angustioso besarte el cabello
cuando han soltado a los perros
o abrazarte y decirnos que tenemos miedo
¿Te has perdonado alguna vez?
¿Nos han perdonado?
Porque las ciudades existen y los amantes y los libros
que nada dirán de estas palabras que nos debemos

y sabes corazón… aún no existe el silencio.
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2comentarios 102 lecturas versolibre karma: 83

Era algo así

Era algo así,
di un trago de tiempo,
recordé el sabor de tu sexo,
la gente hablaba
de cómo solucionar los males del país
y el vaso de vino era un poco de mi silencio,
debería de estar prohibido acordarme de ti en los bares,
el miedo se ha llevado la revolución
y hay demasiados sofás esperando en las casas,
di un trago de tus pechos,
la gente hablaba,
y era algo así,
la puta política que ya no me acude

como los besos en tus ojos.
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Simplifica

Simplifica, corre, aún eres silencio, grítalo,
salta, escóndete, ríe, aún estás a tiempo,
es como los árboles cuando no eran álamos,
ni arces, ni sauces, ni acacias, ni robles,
o el agua era agua, no fuente, ni río, ni mar,
es como los libros cuando estaban quietos,
cuando eras juego y sed y vida.
Simplifica, ya no estás a tiempo,
ya has abierto los libros, te conocen los personajes,
el agua te da sed, juega, sal del escondite,
la vida vuelve en otros nombres
son páginas, fechas, noches, risas, soledades.
Simplifica, corre, aún eres silencio, grítalo,
ya conoces como comenzar los finales.
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Lo que nunca sucedió

Un cabello de luna sobre el tejado,
pudiera ser la lluvia, tal vez nada.
La ciudad reflejada en un pasado,
igual son los años caminando por los charcos.
Te paras y contemplas lo que nunca sucedió,
los arrabales con sus luces mortecinas
te recuerdan a la infancia,
un hambre de chocolate y sed de agua,
ahora viento de soledades y piel mojada.
Antes de ahora, en ese nunca... una gota en el cuello,
¿la primera palabrota? un joder, tal vez…
no recuerdas la primera pedrada al diccionario.
Te escuchas entre los murmullos de la noche,
quién te ha inventado así, quién eres,
un perfume de hojas de plátano y sal,
hueles a la quietud de quien no huye.
No sucedió nunca, repites en tu interior,
ves pasar paraguas, vehículos, tiempo,
luces, colores, palabras, sentidos
y sabes que estás solo.
Observas un cabello de luna sobre el tejado,
pudiera ser la lluvia, tal vez nada.
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Dijiste

Dijiste, pon un trago más de otoño,
la luna de hielo sobre los vasos
y esas perras ganas de batir la hojarasca con la piel,
dejamos abiertos los libros de la vida
entre los gritos de los niños jugando con las olas,
cerca de la arena que después fue nieve,
tus pechos sabían a los primeros vinos,
a esencia de encinas y manzanas,
a los primeros besos que leí.
El amor no duerme nunca, comentamos,
ni la sonrisas al alba cuando buscan más sonrisas.
Déjame dormir, dijiste, bebe el resto de la inercia,
ya lo había hecho por la sed infinita
y acaricie tu copa con los labios.
Te oí respirar,
también a esas perras ganas de no salir de ti,
abrazado a un tiempo inseguro, como todos los tiempos,
mientras el viento nos llevaba hacía los flores de los almendros.
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Me invento otra lectura

Cada vez que leo me invento otra lectura,
es como amar y acariciar a la vez,
o cuando sé que te odio en un hola
porque te amaré en el adiós,
o cuando me doy cuenta de que soy más tiempo
en el libro de tu vida
y muerdo las palabras de los labios

y te vuelvo a leer y a leer para inventarme.
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No me daba cuenta

No me daba cuenta,
la pesada carga de los días,
la luz de octubre dulce al otro lado de los cristales,
la hiriente verdad del silencio,
como unas violetas siempre regadas.
Tú te dabas cuenta,
me sonreías mientras iba cosiendo las heridas,
como quien pinta un paisaje de niebla
con un beso en los ojos.
Puede que fuésemos la inconsciencia del tiempo,
un amor inesperado,
ese viajar por el mundo sin pensar en el destino,
algo que después podríamos negar fácilmente
y sin embargo
no quisimos saber nada del después
y fuimos la sombra del calendario,
un abrazo partido entre dos sexos,
pétalos de unos instantes que había que cortar
y la luz de octubre dulce al otro lado de los cristales

como sin nosotros en nosotros.
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Los gritos

Me tomo un respiro de cansancio y vida,
viento de chocolate, los niños gritan,
juegan, corren, siempre hay uno que se deja atrapar,
él no lo sabe pero es la primera víctima del tiempo.
Abres los ojos y sólo quedan los gritos.
Hago dibujos en la arena,
es por el miedo a que desaparezcan los castillos en el aire,
o a tener puertas cerradas en la piel,
o como cuando llego a casa y no estás
y abro los ojos, de nuevo, y sólo quedan los gritos
y el viento de chocolate.
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Te sorprendes

Te sorprendes
de las cosas que no sabes,
de las noches que aún te quedan solitarias,
de cómo envolver la seda del tiempo
en las raíces de otras piernas,
te sorprendes aún sin paraguas,
con lo que cae,
y es que no aprendes, te dices,
cómo no explicarte cada gota en tu piel
y decirte que no sé,
que los libros no tienen finales,
que cuando cierro tu cuerpo
todo comienza
y te sorprendes
de las cosas que no sabes.
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Es la hora

Jugábamos,
el reloj era un grito desde una ventana,
un segundo conocido,
un ya, un a comer, ya es de noche, es la hora,
alguien contaba hasta cien
con el sentido de quedarnos siempre en los sentidos,
las miradas eran de no conocer aún los adioses,
ni reconocer el cansancio.
Jugábamos
y ahora seguimos jugando,
sabiendo el sentido del tiempo,
escuchando los juegos de otros,
siendo ahora ese segundo conocido para ellos,
un ya, abrázame, bésame todas las muertes, es la hora.
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La madrugada jugaba a quedarse

La madrugada jugaba a quedarse
entre dos pieles,
te vi sentada al borde la cama
como una enredadera y geranios de agosto,
tu palidez me pareció más hermosa que nunca,
como un halo de tiempo huyendo de mí,
la respiración del silencio, la falsa calma,
un leve roce de las manos,
un quédate sin decirlo,
tu cabello marcaba el paisaje del día
mientras lo recogías con los dedos,
no quería verlo, ya conocía el gesto del después,
cuando se prepara café,
cuando abres la ventana y aún queda tu olor
dándose vueltas con la cucharilla del alma,
cuando las manos riegan la balconada de la vida
con el sudor de la noche.
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