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Ahora

Cuándo todos los días son ése día.
Cuándo ya depende de ti, el no diferenciar el hoy del mañana.
Cuándo hiciésemos lo que realmente haríamos si fuésemos a morir.
Cuándo dejásemos de tener miedo, dándole ocasión al después, de condicionar lo que harías ahora.
Cuándo sonreír, es cien por cien real.
Cuándo no sentencias, ni dictas, ni te agobia el qué,
si no el cómo.
Cómo hacer.
Cómo decir.
Cómo sentir.
Cuándo de verdad hagamos, lo que deberíamos hacer, si de verdad todos los días fuerán mañana,
comenzaríamos a vivir un poco.
Más que nada porque sentiríamos la falta de tiempo,
siendo ahora.
Dejaríamos de lado los prejuicios.
Acabaríamos dandole importancia, a lo que de verdad la tiene; el momento.
El ahora y no el después.
El presente que se escapa mientras a nosotros se nos agotan las ideas corriendo con mañana.
El hoy es tu mejor amigo.
Si dependiese toda tu vida, de que pensases que hoy no es hoy, ni ahora, ni en este mismo instante,
jamás aprenderías lo que es vivir.
És por el simple hecho, de que está pasando.
En vivo y en stéreo.
Así que si me permitís un consejo,
preguntaros a vosotros mismos:
¿És el día?
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Existo, luego pienso

Pienso, luego existo

Existo, luego pienso.

Olvidemos las viejas filosofías,
Porque pertenecemos al ahora
Porque pensar demasiado se ha vuelto aburrido
Y una pérdida de tiempo.
Dejemos de lado el razonamiento
Y demos espacio a las corazonadas,
A la intuición y a las revelaciones.
Ya no le quiero dar cabida a la imaginación,
No quiero mal gastar la energía creadora,
Porque cuando reflexionas sobre el futuro,
En realidad lo creas.
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La ciencia del caos

La creación tuvo eso
a lo que llamamos suerte.
Se mezcló con el destino,
cachitos del astro rey glacial
y estupidez atemporal.

Creó una bomba gaseosa
especulándose a si mismo
su implosión.
Esperó y esperó.
Lo hizo lo suficiente
como para que el nacimiento
fuese milagro y le pusieran
uno y mil nombres
que nunca llegó a entender.

Especificaron leyes
del comportamiento universal,
generalizando lo que nunca
pudo ser matemático.
Generaciones definidas a puñetazos,
amores animales
y venganzas de los mismos.
Vaivenes de la artística razón
con alas de cartón metalizadas
para un halcón de cabeza arenosa.

Y entre estos seres de la existencia
anómala del universo
creamos la ciencia del caos.

Esa que dice,
bueno, que interpreto yo,
que el azar se debe estudiar
desde la distancia.

Así que,
si la distancia se la queda el azar,
sera mejor que nosotros
nos peguemos lo suficiente
como para afianzar
que nuestro amor no es coincidencia.

Nosotros no estamos atados a la ciencia del caos.
Nosotros somos el caos de la ciencia del amor.
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Kierkegaard (Poema Filósofo III)

Te angustia tu voz
y pretendes ahogarla
arrojándote a las afueras
como si con fuego ardieras
en tus entrañas,
y taparte los oídos fuese agua.
Adéntrate en la cueva
y mata al Dragón, o morirás.

Te angustias por la Nada,
porque eres posibilidad
de la Libertad,
y nada te ata,
te angustia poder ser algo
y no ser aún.
y esta angustia alimenta
a la Bestia,
mas no la temas, o morirás.

Te angustia ser Tú, y por ello
quieres ser César,
el Otro que es lo que no eres,
imaginas el genio y la gloria,
y el murmullo del cetro
en tu oreja,
deja de prestar oídos, o morirás.

El Tiempo, que va y viene,
no merece que lo peses
en horas, minutos y segundos,
Pues ¿De qué sirve todo lo creado
si todo lo creado se sumirá
en la Nada?
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Ciorán (Poema Filósofo II)

Un niño aburrido que está en su esquina
mira medio muerto entre las tinieblas
que le borran las facciones de la vida.

Es la cera de su vela
que se va derritiendo,
es un reloj de arena
entre manta de hielos,

"Papá, morirse es aburrido"
dice el niño,
"Papá, me aburro y me muero",
musita quedo,
y en esas pocas palabras
el peso de todos los Universos,
toda las Historias,
todos los muertos.

Y la voz del niño que se apaga
entre las tinieblas del pensamiento,
"Papá, la Muerte llega a mi cama",
"Papá, ya me estoy yendo"

Un cuchillo bajo mi cama tengo
por si vienen las Sombras a besarme,
que son cuchillos del pensamiento
que me punzan el cerebro,

"Papá, morirse es aburrido"
"Papá, me aburro y me muero".
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Tu diario

Hoy es el día que no querías vivir,
pero se materializó en tu diario.
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El tiempo que perdimos

El tiempo que pasa a nuestro lado
nos saluda desde el asiento trasero de un coche,
se divisa en la isla que nunca visitamos.
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Sólo yo existo

Un laconismo, que hoy yace difuso sobre el nicho gris aledaño al de su madre, sirve como epitafio al que alguna vez fue Prometeo Domínguez; dice: La vida es sólo la muerte aplazada. "Los ojos no cambian", subrayó en vida su padre en uno de sus libros, "pero sí nuestra mirada sobre lo demás". Aquel epitafio fue un trago de lacerante hiel para su ya demacrado espíritu. Le hizo saber que la muerte de su madre —que presenció— no fue más que una agonía dilatada, laxa en el tiempo e implacable en su última hora.

Además de una melancolía incesante, la difunta le legó joyas. No conoce su valor exacto, pero la antigüedad de las mismas le brinda una mínima noción. Decide no conservarlas; aparentemente los recuerdos le bastan.

Camino a la joyería se topó con el arrebol. Es el ocaso quizá la compensación de la vida al mostrarle al desdichado que lo moribundo puede también ser algo bello.

Una vez dentro pudo leer en un anillo grabado —de oro pajizo— una locución en latín: ego solus ipse.

—¿Qué quiere decir aquello? —pregunta al vendedor con curiosidad de niño.

—Significa "Sólo yo existo".

—¿Egoísmo?

—Realmente no lo sé —le responde con cierto desagrado.

Si hay algo que le legaron y nunca supo apreciar su valor, ni siquiera mínimamente, fue la biblioteca de su padre. Está en su casa, casi vacía debido al saqueo sistemático de su hermana menor, ávida lectora. Durante años, una vez a la semana, Julieta iba y tomaba prestado un libro; sólo se llevaba aquellos de lectura accesible: policiales, románticos, fantásticos, de ciencia ficción. Los de historia y filosofía quedaban bañados en polvo. A él jamás le interesó la lectura, de ahí su permisividad.

Sin embargo aquella tarde se acercó a la biblioteca y tomó un diccionario filosófico, no sin antes soplarlo y generar una tempestad de arenilla dorada sólo visible en el fragmento de luz que ingresaba por la ventana. Pudo allí leer que la locución remite a un cultismo —solipsismo—, y de ahí a una definición:

"Doctrina que propone solamente la existencia de nuestro yo. Para un solipsista, la realidad externa no es más que una creación de nuestra propia conciencia."

Su proclividad a dejarse arrastrar y considerar verdad última todo aquello que lee es propia de los ignorantes; curiosamente, fue un pensamiento de corte escéptico lo que se tornó absoluto para él. Cerró el libro. Sus ojos no cambiaron, pero sí su mirada sobre lo demás. Se vio al espejo. Pudo comprobar, en otros términos, que su reflejo invertido no era más que una duplicación de la ficción que él mismo había creado.

Puertas, ventanas, vidrios, libros y sus vastos contenidos, flores, insectos, animales, nubes, letras y números, sonidos y colores, lenguaje, sentimientos y todo aquello que podía percibir mediante los sentidos —que eran también ficciones propias— las consideró creaciones suyas. Se dio cuenta de que su imaginación era impresionante; de que sus conocimientos no eran minúsculos como creía, porque él creó el cielo y las estrellas; era de su creación el caos del universo y las ciencias que intentan gobernarlo mediante las leyes. La historia se transformó en una mera curiosidad de los tantos hechos que alguna vez imaginó. De acuerdo a sus saberes religiosos, La Biblia (creación suya, por supuesto) era una simple narración en tercera persona sobre su verdadera naturaleza: la de un dios creador de todo lo que existe; incluso de sus propias limitaciones, porque también son de su propiedad intelectual las contradicciones. Irradiaba una felicidad delirante, puesto que hasta ahora no supo que su ignorancia se limitaba sólo a que todo lo sabía. Se transformó en un megalómano primero, en un incomprendido luego y en un melancólico otra vez, porque si él es el creador de todo lo que existe, también es de su autoría todo aquello que le disgusta: la muerte, la maldad; los otros hombres en sí. Vivir, pensó, es una autoflagelación.

Fue internado en un sanatorio psiquiátrico. Querer abarcar la totalidad de sus creaciones le enfermó. Su psicólogo, en un intento de ser razonable en su mundo irracional, le dijo que no se preocupara por intentar conocer el universo ya que esa es la causa por la cual él creó a los otros hombres, para ayudarlo a sistematizar el caos cósmico.

—Sí —respondió el solipsista enajenado en un arrebato de cordura—, pero su aportación al orden es infinitesimal. Soy un dios malvado que ha participado en su propio juego. Por cierto, doctor, si su profesión no es considerada científicamente exacta es porque el acceso a las conciencias ajenas es un síntoma de mi existencia única.

Según su legajo, aquellas fueron sus últimas palabras. Fue sepultado a pocos metros de los nichos de sus padres, Ana Arístegui y Prometeo Domínguez. En su lápida se lee con claridad: Solamente él ha existido.
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Carta del suicidio infinito

" Son las tres de la mañana de un sábado. Mi buhardilla, sumida en casi completa oscuridad, me obliga, como si de un ciego me tratase, a imaginar los escasos objetos que la pueblan. Viendo aquella nada pienso al tiempo como su metonimia: oscuro; infinito por la forma —circular— del reloj que me brinda la hora: sin principio ni fin.
Pienso en el párrafo anterior como un inicio barroco para los propósitos de mi carta; porque podría decir, en breves términos, que la denominación tiempo es sólo una partición simbólica de lo infinito; 'El tiempo es un intento de hacer finito lo infinito', asertó Óscar Andrada. Los tiempos pasados, el presente y el futuro, son innecesarios: el presente es indefinido; el futuro es un anhelo desde el presente; y el pasado es sólo un mero recuerdo del ahora.
Los aparentes ripios entonces no fueron en vano; me demostraron que como individuo finito formo parte de lo infinito. El suicidio es un acto de vanidad impetuosa: querer poner fin a la existencia cuando el mismo tiempo se encarga de ello resulta serlo. Un gatillar, una cuerda atada a un cuello, un salto al vacío, todos actos que intentan acercar al hombre hacia lo infinito e intemporal.
Fue, en esta noche, ese estar consciente de que de todas formas voy a ser parte de lo infinito que me disuadió de poner fin a mis días."
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La noche permanente

La noche le había llegado hacía otras tantas. Desde entonces, los lagos perdieron sus trémulos espejos; las personas se redujeron a vulgares voces; y todo debía ser monótono: fue necesario labrarse una rutina para no desorientarse en el espacio físico —esa molécula de universo—, y en esto un ciego casi no difiere de un vidente, sólo que el primero actúa por necesidad y el otro para eludir la angustia.
La costumbre (ya tantos días y noches habían pasado, que para él era una única y permanente noche), no le hicieron las cosas más llevaderas. La congoja y el bastón le acompañaron en su día a día. Recordaba con insoportable pena su vida previa al accidente y se arrepentía de no haber visto lo suficiente cuando podía.
"No hay nadie en el espejo", oyó decir una vez a otro ciego pero más ilustre que él, que apenas era alguien. Qué raro, pensó de forma algo menos literaria, que mi identidad física pueda ser compartida con todos excepto conmigo. El pienso luego existo cartesiano no le consolaba; quizá, a veces, el empirismo de Hume. Pero nunca de manera completa, ya que sus sentidos se hallaban mutilados. Tuvo que hacerse materialista casi por la fuerza.
Su existencia, entonces, dependía de sillones, muebles, objetos inanimados; ellos habían encontrado su función en el mundo, algo que él no.
Cuando su ayudante de cátedra se enteró de su previsible suicidio, dicen que atinó a comentar:

—¡Qué pena! Yo que él me habría alegrado de ser incapaz de observar la desdicha de este mundo.
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Desde la nada

La deseada oportunidad de que uno de sus tantísimos deseos —que sólo cesan con la muerte del individuo— se viera cumplido, dejó patente el egoísmo que caracteriza a los hombres: sólo él y su biblioteca, y que el resto del mundo desapareciera.
¡Qué amarga sorpresa se llevó cuando pudo comprobar que sus libros poseían solamente hojas en blanco! Supo desde entonces que al esfumarse por su propia voluntad el universo los contenidos escritos también desaparecieron, puesto que éstos forman parte de aquellos; que cada letra es un símbolo del cosmos, pero minúsculo y vilmente fragmentado para comprensión de nuestra limitada capacidad de conocimiento.
Surgió la necesidad de reescribir todo aquello sobre lo que él conocía y desconocía. No le interesaba en absoluto equivocarse porque la idea de que cada uno crea su propia verdad nunca fue tan tangible como en este caso.
Los años y el tedio le hicieron arrepentirse de aquel deseo. Criado en el Occidente cristiano, el arrepentimiento fue elemento suficiente para enmendar su egoísta e impetuoso error.
El universo volvió a constituirse tal cual lo conocemos. Su bibliografía, escrita con tanto esfuerzo de un modo medieval, volvió a formar parte de los anaqueles del mundo; pero una característica los distinguía de los demás: también se hallaban con las hojas en blanco. Escribir desde la nada sobre la nada es imperceptible para nosotros; se ha tenido la piedad de, por lo menos, materializar aquella nada en libros.
Sobre él, más nada se supo.
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&

Realmente no pude apreciarlo en toda su dimensión hasta que comenzó a ocupar un lugar primordial en la simbología de mi efímera existencia. No sé si pecaré de exageración, pero el ocho se me hizo más presente que, supongamos, cuando tenía 79 años de edad.
Cumplidos los ochenta, empecé a verlo por doquier sin caer en las tentativas tautológicas de la numerología, y cierta fascinación se apoderaba lentamente de mis razonamientos; a tal punto que hace unos días, en uno de mis paseos rutinarios, pude observar que la lluvia compartía mi obsesión: el ocho se había dibujado sobre las anfractuosidades del suelo de adoquines. Eran dos pequeños charcos esféricos, uno encima del otro, carentes de las ligaduras que caracteriza a tan particular número. Reflejaban los pálidos colores del cielo mientras emitían inquietos relumbres diamantinos.
Ya en casa el ocho se me apareció en el reloj de arena. Lo di vuelta para hacerlo funcionar sólo por el deleite que me causa observar cómo una cavidad se vacía para llenar la otra. En ese instante me di cuenta del absurdo inherente del reloj. Llamé a un amigo para hablarle sobre mi descubrimiento.

—Cierto que es absurdo, y nunca me percaté de ello —me dice Publio entre sorbos de café y humo de cigarrillos.

—Yo tampoco hasta la aparición de mi obsesión por el ocho. Resulta extraño que número y reloj compartan la cualidad de seguir siendo los mismos pese a que se los gire.

—Eso sólo es válido en giros verticales, porque el ocho en horizontal es el símbolo del infinito.

—¿Entonces —interrogo preocupado— por qué seguimos utilizando aquel número como uno más de una sucesión sin fin si posee significados que jamás llegaremos a comprender, como la infinitud?

Publio arquea sus espesas y grises cejas, y su frente se acanala. Cavila una respuesta. Finalmente me dice:

—Esa pregunta me lleva a pensar que el ocho entonces debe ser suprimido de nuestra simbología de uso diario.

Al instante acudió a mi mente la imagen de un reemplazante. El símbolo et (&), similar al ocho, fue aprobado por Publio con gran entusiasmo.
Mi obsesión había sanado luego de aquella charla.
Comprendí que las ligaduras sueltas del et le quitan la cualidad de infinitud que posee el número. Por cierto, Publio ha enfermado de cáncer de pulmón. Nuestro fin, lo presiento, está próximo. Ambos hemos redefinido un símbolo ya existente; la insignificancia de nuestro existir ahora tiene su letra.

Abril de 19&&.
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Certezas

Del anaquel sobresalía un tomo que no llamó más mi atención su vivo rojo y lomo dorado que por la falta de esmero con que fue colocado en el lugar no correspondiente. La oriflama hilera de los cuarenta volúmenes que conforman la Historia Universal presentaba una cavidad oscura entre los números 19 y 21.
Decidí llevarlo a su sitio cuando de sus páginas brotaron dos pedazos de papel. Añejos y cetrinos, uno se trataba de una carta mientras que el otro de una copia de una fotografía (o la copia de la copia fiel de la realidad física de un individuo). La imagen describía con matices sepia a un hombre de apariencia centenaria. Por lo menos sus cabellos revueltos, rostro enjuto y ojos tristes me llevaron a sacar tal conclusión.
Respecto a la carta, ésta era de relativa extensión. Con una letra capital adornada con arabescos, el manuscrito rezaba lo siguiente:

No sé si era la aurora o el ocaso cuando me decidí a escribir esta misiva sin ningún destinatario en particular. Hace días que no duermo pensando en los cambios que pude presenciar en tantos años de vida.
Corría el año 1415 de Nuestro Señor cuando nací. Mi madre, encinta hacía unos seis o siete meses, parió por miedo. Percibió en sus carnes las vibraciones que el retumbe del suelo emitía. Creyó que se trataba de otro castigo que Dios nos mandaba a los hombres por nuestros pecados. Pero en realidad se trataba de algo peor: eran las tropas del rey Enrique de Inglaterra. Caballos con gualdrapa y miles de soldados tintineantes dominaban el crudo horizonte. Ya se oían en mi hogar el crujido de las carretas y el crepitar de las hojas secas. Mi padre tomó algunas de sus pertenencias y alimentos, y me llevó a mí y al cadáver de mi madre (todavía tibio) lejos de allí.
Nunca más volví a Azincourt.
Llovía copiosamente cuando paramos en un bosque. Mi padre enterró en la greda de la forma más digna posible a mi muy devota madre.
Llegamos a una pequeña aldea donde nos recibieron con agrado. Crecí ayudando a mi padre con sus labores campesinas. Fue durante aquel tiempo que nos enteramos de la derrota del condestable del rey de Francia a manos de los ingleses. Pero a nadie del pueblo le interesó. Eran los años donde Francia nos resultaba sólo un nombre. Ninguno de nosotros se sentía francés todavía.
Era aún un niño cuando un sacerdote local descubrió mis precoces facultades intelectuales. A cambio de un pequeño usufructo de la parcela de mi padre, él me educaría. Aprendí entonces a leer y escribir con notoria rapidez. El latín pasó a ser mi lengua principal.
Hacia el año 1440 de Nuestro Señor, he enfermado de peste al igual que mi padre unos años antes. Era cuestión de días que la afección me arrastrase hacia una muerte agonizante como la que él padeció. Y en sólo dos semanas ya estaba muriéndome. Se encontraban brindándome el sacramento de los enfermos cuando, en medio del delirio, balbucí un intento de Pater Noster. Los presentes se alejaron espantados. Sin que lo sepa cité un conjuro herético; una petición a los demonios: la inmortalidad. A los pocos minutos comencé a sentir una grandísima pero engañosa mejoría; no así los demás que continuaban observando mi apariencia cadavérica.
Fui expulsado del convento y por décadas vagué desde el Norte hasta la dilatada Occitania, cruzando los Pirineos, donde aprendí el español.
En un nublado día de otoño un cenagoso lago, que por inherente reflectividad el firmamento le brindaba apariencia de mercurio, mostró mi verdadero rostro: de piel cerúlea, pómulos prominentes y ojos ictéricos. Creía que los dolores que me acompañaban hasta en el sueño eran producto del hambre. Pero con los años me di cuenta de que, como dije, la mejoría había sido engañosa; el demonio me hizo creer que la agonía iba a cesar cuando ocurrió todo lo contrario.
Así, por siglos, fui testigo presencial de grandes cambios que afectaron a la humanidad toda. He observado cómo milenarios cimientos se desmoronaban a medida que otros iban construyéndose. Me lamenté de cómo la teología iba quedando rezagada ante nuevas disciplinas que priorizaban al hombre por sobre Dios. Vi cómo todos morían menos yo; yo, único y persistente error hecho carne. Rezaba con mucho fervor, pero el Señor no respondía a mis plegarias.
No era capaz de soportar semejantes dolores físicos y cambios morales. Deseaba morir cuanto antes.
Los hombres, poco a poco, comenzaron a descreer de Dios. Su nueva religión, la ciencia, se tomó el atrevimiento de afirmar que con el transcurrir del tiempo la verdad iba a sernos revelada gracias al progreso; y tal progreso no sería otra cosa que un ateísmo insoportable para mí.
Los siglos me fueron décadas; las décadas, minutos. Ahora que la humanidad ha tomado con escepticismo mi perdurante desdicha, he decidido aceptarme como una mentira y morir como todos los hombres.

La incertidumbre me embargó por completo. No sabía si lo que había terminado de leer era verídico o sólo una excusa para narrar, con atisbos fantásticos, un retazo de historia moderna. El papel y su olor, la tinta y su caligrafía decimonónica, y la fotografía eran elementos tangibles que deberían haber disipado mi incredulidad. Si el autor de la epístola deseaba hacer saber —y sentir— al lector que las certezas universales no son más que monolitos próximos a resquebrajarse, lo ha logrado con soberbia.
Renuncié a mi empleo de bibliotecario y a mi afición como lector. Ya ni quiero abrir un libro.
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La hormiga filósofa

Con la vista desenfocada pude ver
un rastro de hormigas excitadas por el sol.

Parecía que estaban tejiendo el césped
sobre el que me hallaba tumbada.

Su movimiento era caótico,
o al menos tuve esa impresión.

Hasta que una logró subir
al libro que estaba leyendo.

Era la hormiga filósofa de Platón.
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• efímero veintidós •

Hoy ha sido de esos días
en los que recuerdas idas y venidas
y te encuentras a ti misma
siendo una desconocida.
He salido de la zona de confort
que tanto me ahogaba, y yo,
tan joven e inexperta
he comenzado a tener la mente abierta.
De nada sirve
temblar y prohibirte
no cambiar y mentirte
diciéndote que puedes ser feliz
sin abandonar o sin irte.
Nunca me he definido,
porque nunca me ha gustado limitarme,
porque soy todo, soy nómada y navegante:
infinitas ganas me caracterizan,
ese afán palpitante
que a alzarme me obligan.
He roto las cadenas
que un pueblo y un vacío
me ahogaban en penas,
agua en los ojos y oídos:
no podía escuchar mis latidos
gritándome que escapara
hacia el olvido y no volviese
jamás a llamar a nada ni nadie
hogar o nido.
Hoy ha sido de esos días
en los que he mirado hacia delante,
con esa agonía del conformado errante,
y he aprendido a no reconocerme en el antes,
sino en un futuro incierto y apasionante
en el que gustosa puedo reflejarme.
He entrado al barco,
que sé que desde siempre me espera,
he saludado a mis acompañantes:
determinación,
ambición,
inconformista fiera.
Ese ansia por saber,
por querer luchar
sin miedo a perder,
querer gritar,
sin temor a desfallecer,
querer amar
sin privarme de ser.
De nada sirve
agarrarse al pasado o arrepentirse,
hay muy poca arena en ese reloj
para no aprovechar nuestro otorgado don
de poder evolucionar, escribir un nuevo renglón,
improvisar y cambiar el guión.
Nunca me he engañado,
ni he descartado sueños
por de "imposibles" etiquetarlos.
No he leído sobre enormes ciudades
triste por no poder gozar de sus escondidos lugares:
he trazado mapas,
hasta muy tarde,
sin fijarme en lo que puede salir mal,
señalando lo que puede hacerme volar.
He roto el disfraz
en el que durante tanto tiempo
me quisieron encerrar,
aquellos que tanto dolieron
ya no me pueden alcanzar.
Hoy ha sido de esos días,
en los que recuerdas mirar hacia atrás
sólo para poder divisar
cuánto camino llevas superado,
sonreír y señalar
cuánto te queda por experimentar. ★ //
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Saudade

Moría el día; un róseo retazo de vasto crepúsculo caía sobre el parque. Algunas jacarandás en flor recortaban el escarlata del poniente. Pero quien se encontraba en el banco enfrascado en Ese maldito yo de Cioran, ignoraba estas minucias de la naturaleza; paradójicamente, es durante la lectura cuando más ignoramos al mundo y cuando, a su vez, más reflexionamos acerca de él.
No sabía dónde se encontraba, pero le agradaba; tampoco sabía por qué con antelación había decidido ir allí. Se preguntaba eso a sí mismo, y una suerte de relajante, dulce y vaporosa nostalgia era la respuesta. Había recorrido previamente y de manera fugaz sitios que sí conocía. Aquel camino fue incierto, confuso; recorrió con impaciencia y sin noción del tiempo, como ebrio, por el verde jardín de su patio, por las aceras que las viejas raíces arbóreas ondulaban, por las puertas cancel de los hogares vecinos y los naranjos; fronda y concreto se fundían como en un fresco surrealista. Y se detuvo en aquel parque que algo de encantador tenía (quizá la disputa de luces y sombras) para leer sin molestias externas aquel libro tan desencantador.
El ceño fruncido y la mirada fija sobre las páginas era sintomático de que poco podía comprender aquello que estaba leyendo; no porque Cioran fuera de prosa compleja, sino porque la relectura de un párrafo hacía que cambie de significado, sentido, forma e incluso idioma.
Aquella nostalgia desconocida pero agradable se disipó junto con el sueño.
Años después, luego de haberse sumado el citado libro a su lista de lecturas, pudo vislumbrar, durante un viaje a un sitio que no conocía, el parque alguna vez soñado. La dulce sensación volvía a dominarlo y no lo abandonó hasta que, con asombro, leyó estas líneas cargadas de misterio pertenecientes a Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges: "Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad."
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La Filosofía

La filosofía es saber y preocuparse,
el filósofo habita en su conciencia
y la conciencia no es otra cosa
que perenne preocupación.


Heclist Blanco
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La confluencia de Spinoza

Ni accidente de mi,
Ni venida de lo otro.

Webern, el tequila
Usted y yo
Somos:
La encrucijada
De lo uno y el todo.

-La confluencia de Spinoza


Rafael Velazquez
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Felicidad

Tú lees mis labios, yo te los recito.
Incapaz de mirarte a los ojos hasta en nuestras fotos.

El malo del cuento salvó a este niño inocente
de princesas malas que sólo querían otro sirviente.

Con cada derrota y a las malas entendí
que el desdichado muere por otra y el poeta de por si.

Cuando la felicidad no es suficiente,
la incertidumbre domina el alma,
no hay respuestas en tu mente
y sólo en la muerte encuentras calma.

Allá donde los filósofos son adictos a la cicuta
y las garrapatas no frenan en pasos de culebras.
Donde son devorados los leones por las cebras
se encuentra la felicidad que es la más cara de las putas.

Estoy condenado a muerte en un lugar al que no quiero ir
pero al menos en el infierno los demonios no son tan malos como aquí.
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