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Esencia oscura

Cuando la oscuridad salió a la luz,
un árbol de Navidad dejó de brillar,
miles de lágrimas dejó caer,
una familia reunida,
los murmullos cogían fuerza,
la esperanza parecía fluir
al igual que la asimilación de
que cualquier cosa podía pasar,
miles de noticias llegaban,
personas sin aliento de un lado a otro.

La vida estaba cambiando,
estaba cambiando la manera de pensar,
la manera de asimilar las cosas,
ya nada era igual.
Ya no había sonrisas verdaderas
ni lágrimas de felicidad,
tan solo una máscara para que el héroe no se ausentara,
tan inocente flor llena de oscuridad,
sus inmensas ganas de que todo pasara,
su inocente mirada sin saber nada,
con ganas de vivir y volver a su naturaleza.

Si supiera la maldad que recorre su cuerpo,
no querría estar donde está,
pero lo que no sabe es la falta que hace,
es como la medicina que le hace falta al enfermo,
como el agua a las plantas,
como la comida a los humanos o
como un ABUELO a sus hijos y nietos.
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Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estas solas en nuestro enjambre
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!
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Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Ancestral

Entre tambores y flautas
que se niegan a callar,
en el edén donde brotas,
la tierra de sacrificios.
Sabor amargo y dulzón
con tinte marrón espeso,
avivas siete sentidos,
los colores y trasciendes.
Valor de tan alta estima,
pueblos Olmecas y Mayas
te llamaron energía.
Caliente viento que arrastra
imperceptibles sonidos,
transporta las tenues voces,
y murmuran...
Sortilegios de pasiones y amores.
El nombre... tu nombre,
por los dioses pronunciado,
vibración de los Baktunes,
inundante, Xocolatl.

EPadrón
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Qué esperas...

Ya sé que dices que soy una intensa
que me rompo casi sin tocarme
y me recompongo saliendo ilesa
de lo que me hace derrumbarme...
pero qué esperas de alguien que le gusta levantarse escuchando a Izal mientras abre la ventana y se despejan todos los miedos de la noche anterior.
Pero qué esperas de alguien que le gusta hacer trayectos largos en el tren consigo misma.
Pero qué esperas de alguien que no comprende que el amor bueno es el que te hace daño.
Pero qué esperas de alguien que quiere querer tan fuerte que no haga falta decirlo en voz alta porque se siente más un susurro que un grito.
Pero qué esperas de alguien que se pinta los labios y luego se lava los dientes .
Pero qué esperas de alguien que es despistada hasta decir basta.
Pero qué esperas de alguien que tira todas las mañanas el vaso de leche porque es demasiado pronto para ponerse las gafas y ver con claridad todas las cosas que a veces están a oscuras.
Pero qué esperas de alguien que lee y escribe poesía cada vez que la vida le da un respiro.
Pero qué esperas de alguien que lee el horóscopo semana si , semana también.
Pero qué esperas de alguien a quien le gusta el chocolate con galletas de chocolate.
Pero qué esperas de alguien que sigue buscándose en la estación donde se perdió una vez y aún no se encuentra ni se encontrará.- Ya no eres la misma, amor.- me digo.
Pero qué esperas de alguien que no quiere sumar besos sino multiplicarlos y elevarlos hasta ese techo que ninguno podemos tocar , cielo.
Pero qué esperas de alguien que piensa que nada tiene que hacer la poesía si no han visto sus labios.
Pero qué esperas de alguien que quiere llenarse de deseos hasta las pestañas.
Pero qué esperas.
Dime qué es lo que esperas.
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Deseo

Primeramente tendría que hablar de esos versos estrellados que algún día se hicieron pasar por besos en un papel , donde ninguno de los dos terminamos de ser protagonistas.Una vida de cine.Un amor de película. El aplauso que precedía a la oscuridad.Apagamos las luces.Corremos hacia la puerta y cerramos de un portazo encerrando en un grito todas las poesías atrapadas entre sábanas o labios cada noche.

Tendría que hablar de todos esos motivos que fueron alguna vez el ritmo de nuestros corazones.silentes.como tu y yo después del cansancio que nos llevaron los reproches y que después fueron perdones.

Te voy a explicar las veces que miré tu camisa favorita, lago Tahoe ponía.Y podía leer de memoria tus ojos cuando algo no iba como esperabas.

Aunque para esperar , la que finalmente esperaba era yo.

Esperaba que provocaras cualquier gesto , mueca , seña , guiño para descifrar lo que querías decir pero nunca dijiste.

Y decido darme la vuelta esperando a que sigas detrás mía ,a que sigas las huellas que un día intenté dejar en tu vida y que borrabas con cada zancada tuya a algún lugar que no me llevaste nunca.

Y desapareciste como una estrella fugaz .

Y entonces pedí un deseo... No volver a esperar a alguien que no me espera nunca.
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Visitante

Enclavado en plena selva, escondido en el olvido,
entre silencios y bruma, yace un secreto dormido.
Y las ráfagas de viento, que parece que susurran,
en medio de esa negrura, unas voces, en dialecto.
Las estrellas y la noche, Sol y perfectos solsticios,
que son los testigos mudos, de una verdad ocultada,
subterránea y taciturna, que al paso de las centurias,
se va tornando en leyenda, una ya casi olvidada.
La pirámide se erige, reluce entre la espesura
y en el fondo de su entraña, descansa una pared falsa,
que acorazada en un túnel, parece el mismo inframundo,
señalando con un triángulo una angosta escalinata.
Al final de ese camino, entre jade, oro y rocas,
una humedad invertida, ofrece el magno tesoro,
contiene una hermosa cripta, celosamente guardada,
una lápida de piedra y una gran loza pesada.
La morada en el final de esta vida para un ser,
que fue tratado cual rey, en un palacio real.
En la cámara mortuoria sus restos óseos destacan,
ataviados en esencias, tras riguroso ritual.
El relieve que sostiene, esculpido pulcramente,
en sola pieza tallada.
A simple vista es un hombre con gran penacho y melena,
va montado en una silla con total ingravidez,
luce una cabeza erguida y un peinado flotante,
un cuerpo muy concentrado y una mirada hacia el frente.
Las diestras manos se posan, en sutil actividad,
por demás meticulosa, casi delicadamente.
Los pies viajan relajados, posados sobre su asiento,
que a su vez es protegido por su vasta ingeniería,
en todo su complemento.
Según la vieja leyenda, la tapa muestra su muerte
y la serpiente custodia sus pasos al trascender,
el quetzal es el gran cielo y remata con la ceiba,
el viejo árbol sagrado que resurge de su pecho,
representa su poder.
Pero el secreto resuena desde la gruta del tiempo,
un singular tripulante, que maneja con soltura,
una gran nave espacial, con fuegos de propulsión,
el rey de linaje cósmico, Pakal, el Maya astronauta,
el cosmonauta ancestral.

EPadrón
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Lo que no existe

Hay algo triste
en lo que no existe,
un fugaz recuerdo
de una luz dorada,
un salón de baile
de la Rusia Blanca,
y entre dos amores,
la estepa siberiana.

Hay algo triste
en lo que no existe,
una cohorte dorada
de yelmos bruñidos,
y blancos pendones,
y al galope,
Juana de Orleans,
que marcha a la muerte.

Hay algo triste
en lo que no existe,
humo de Ilión,
polvo de estrellas,
y Venus Afrodita
mirando sorprendida
su mano de la que, como rubí,
fluye el Icor de una herida.

Hay algo triste
en lo que no existe,
¿Qué misterio habrá
en lo insondable
del alma de lo que no es?
¿Puedes decírmelo , corazón,
antes de que se pare tu andar
en la ominosa muerte?
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Tertulias

Las charlas cuando jóvenes se tornan hacia las fiestas y aquellas jergas que se viven, se portan como estandarte con las horas que se trasnochan viviendo al límite. Vivir el momento, el presente efímero como suspiro de cianuro, como trago amargo, fermento de lúpulo, destilado de agave, catarsis fugaz, éxtasis y agonía.

Las pláticas entre adultos hablan de proezas de los hijos y de las deudas por pagar, la cotidiana del trabajo, el devenir de recursos que se agotan. Y para el hombre el enemigo silencioso asecha en cada paso, el tiempo, aquél que dicta indiscriminadamente la sentencia del juicio al final del día de insomnio.

Las conversaciones cuando viejos se llenan de dolencias, de falta de apego, lo que no se hizo, lo que nos falta, la falta de querer. Los fármacos que han hecho que tu vida siga en pie y los mismos que a su vez van desgastando tu mirada, se lleva como estandarte cuántas cirugías llevas, cuantos consultorios has pisado y dónde ha caído tu cuerpo rendido en las noches, taciturno y olvidado.

Cuando anciano las palabras pesan toneladas, son gramos de oro y diamantes en bruto, tanto cuestan que suelen quedar entre labios. Se sueltan al viento clamando ser escuchadas ligeramente entre el ruido de los jóvenes. Para el anciano la moneda más valiosa es ver ligeramente una vez más ese amarillento resplandor de sol y a su vez, ver tu rostro.

- Ulises Oliva Martínez.
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El amor no tiene género

Amores diferentes, diversidad de colores, razas y apertura de mente.

Personas que se aman y quieren vivir sin límites.

Alegría compartida, emociones vividas.

Sentimientos cautivos, amores furtivos.

Parejas que se extrañan, corazones que aman.

Distancia que separa, amantes que lloran.

Llamadas alentadoras, vidas compartidas.

Caricias que se añoran, alegría que emociona.

El amor no tiene género, ningún amor es ilegal.

Enamorarse de la persona, no del físico, ya que es pasajero.

El amor no tiene fin, simplemente se transforma.

Y la alegría es mejor compartida, si amas y vives en armonía.

El amor no sabe de géneros, sólo quiere hacer feliz a todo aquel que lo lleva por dentro.
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Mi coraza de mar...

Me voy a hacer una coraza
de arena, nácar y olor de mar,
para soportar las noches frías,
las mareas de palabras,
las palabras que marean...

Me voy a hacer una coraza,
para ser fuerte, dura, fría,
para abrigarme por las noches,
luchar en los días,
y que el olor de mar
me dé calma...
a mí... y a mi alma...
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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estas solas en nuestro enjambre
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!
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La vida es una mujer

Siempre con los brazos tendidos
nos pasea en sus alas a través de los años,
enseña lecciones sin abrir la boca
y nos despide cuando le pesan las almas.


Abuela, madre, hermana, hija, pareja o amiga
son la misma existencia en distintos rostros,
mitad del hombre desde que éste es hombre.


Mal infierno acoja a los demonios
si estrangulan la vida en sus raíces
y la golpean por no saber cortarse las garras.
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La abuela

Yo tenía cuatro mujeres de barro sobre la mesa.
Llegaron sin invitación, una a una ocupando el espacio.

Me detenía a mirarlas minutos a veces por horas;
su vida fue expandiéndose a la cocina, al patio a la sala de estar.

Cuatro mujeres están en la casa.

Me confundían.

Dormía con ellas,
soñaba que desnudas danzaban,
a la orilla de un mar;
una hoguera encendida
a mi lado para hacerlas más fuertes,
pegadas a mi cuerpo para darme calor.

Una tarde,
pasada la lluvia,
las puse bajo el sol,
supe que se hacían mayores,
grité,
en su regazo puse un mechón de mis cabellos.

El tiempo fue creando grietas en sus cuerpos; chispa caliente del calor.

Como si nadie las viera,
se volvieron polvo una madrugada,
dejando herido mi sueño, mi insomnio, la vigilia.

Y sin quererlo,
junté con mis dos manos su materia,
y caminé y caminé hasta perderme.

Cansada, abrí mis manos
y entregué al mar,
la muerte,
el polvo,
mis cenizas.
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La Muñeca

-¿Te enamoraste de mí?
-(No podría estar más enamorado…)

-¿De estos rizos desordenados,
o de estos lentes anticuados,
que esconden mis ojos castaños?
No logro entender a la gente,
Los rumores invaden mi mente,
Y las cadenas se aferran tan fuerte...


-Dibujo en tus mejillas,
Con la pluma de mi poesía.
Navega en los ríos de tinta,
Seca tus lágrimas con la brisa.
Ya no veo el miedo en tus pupilas...


-Encerrada en esta caja con cinta
¡No quiero ser ejemplo para las niñas!
Ni de la mujer que esta perdida
Porque quieren cintura de avispa,
o vestir para llenar la vista
¿Que no le encuentran valor a la vida?
¿O no pueden sentir la hipocresía?

-Nunca fuiste una muñeca,
Rompe el paradigma que te encierra.
¡Iza la bandera de una guerrera!


Marcame a rojo fuego,
En mis labios y en mi cuello.
Desliza tu luz en mis tinieblas
Que con ternura y paciencia,
Me atrapaste en tu estela.
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