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Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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A Lucía

Contaba trece primaveras el día que dijo basta.
Trece primaveras, donde cada flor se clavaba como una espina.
Era invierno cada día,
Cada mañana que salía de su cama para enfrentarse a ellos.

Pero las ramas, a veces se parten.
Lucía estaba hecha de bambú,
Capaz de doblarse hasta el infinito.
Pero demasiadas noches sus ojos acababan empapados
Y sus brazos, heridos.

Incluso el bambú puede romperse.

Contaba trece primaveras el día que se encerró en su cuarto.
Ella no murió,
A ella la mataron.
La arrinconaron.
La humillaron.
La insultaron.
Consiguieron que, una mentira repetida tantas veces
acabase siendo una verdad.

Llevaba demasiado tiempo sin sonreír.
Demasiado tiempo sola, sufriendo.
Mientras los compañeros
maltrataban su cuerpo.
Hijos de puta.

Ahora existe una niña menos.
No es la primera.
Ni será la última.
Tampoco es número.

Es Lucía.
La chica que no murió.
La chica que fue asesinada.
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4comentarios 123 lecturas versolibre karma: 39

El otro arcoíris

Pasado el mediodía me desperté
en una cama desconocida,
haciendo un repaso a mi memoria
no lograba construir una línea
lógica en el tiempo.

Pero no me dolía la resaca,
no me dolía el alcohol dando
patadas a mi estómago,
ni los chispazos internos
de mi confuso cerebro.

Me levanté como acto de rutina
al baño a mirarme al espejo,
a través del único ojo
que fui capaz de abrir.

El reflejo me devolvió un arcoíris
en el que solo existían dos colores,
en ese momento mi mañana se tiñó
de tonos morados y marrones.

Volví a la habitación intentando
buscar algo que me hiciese recordar,
al final no me resultó tan difícil,
solo tuve que mirar
al otro lado de la almohada.
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Arrebol maldito

Silente, la tarde arrebolada.
En el pueblo sisean mil secretos,
enredados rumores indiscretos,
sobre una mujer enamorada.

Mejilla de arrebol encarnada,
sofocos hinchados, de amor repletos
sollozos declarados incompletos,
al candor natural iluminada.

Cielo engalanado de nubes rosas
en el gris tardío, sol explotando,
dormido en azules mariposas.

Sus manos blancas ocultan llorando
el desprecio de almas lastimosas,
maltrato social, vergüenza quemando.
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No soy tu esclava

Cuanta vida pierdes
cuando amas y no te aman.
Cuanta energía devuelta al universo
sin servir para nada.
Cuanto dolor y desesperanza.
¿Por qué no me amas amor?
¿Por qué, que te hice yo?

¿Y tu me lo preguntas?
No puedes decir que no te he amado
si por ti mares de lágrimas
he derramado,
y en el silencio de la noche tus moratones
me he curado.
Con tu amor, me has hecho tu esclava
y de tus labios ya no siento nada,
por ese mirar que tienes
que me ha hecho una desgraciada.
Porque con tus deleznables palabras
has despertado los gritos de mi alma.
Por cobarde y embustero no te deseo,
no te amo no te quiero, iros tu y tu dinero.

Vete, por Dios vete, coge tu camino
por favor, yo de rodillas te lo pido.
Y no te dejes nada,
que se han cerrado las puertas
de mi corazón, mi casa y mi alma.
Vete, por Dios, y no seas canalla.
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Consciencia intacta

Te libero y te doy la plena libertad.

Qué importa si eres mi amor o mi tormento
Gasta mi dinero y dejame en la bancarrota
Vacía mis cuentas y usa a cada rato mis tarjetas
Hiereme y hazme perder el conocimiento
Amordazame y haz imposible que me suelte
Átame duramente hasta adormeser mis brazos
Hasta que el cosquilleo me carcoma,
Una vil y tortuosa angustia me desespere
Y la claustrofobia me enloquezca.

Cuando escuches el ahogado grito
Y veas mis ojos sumergidos en llanto
Desnudame, deja mis miembros al aire
Recuéstate en mis protuberancias
Hazme sentir el desprecio a tu respiración
Y a no querer recordar tu característico olor.

Empuja mi cuerpo al frío suelo
Humillalo con un sexy labial rojo
Rapa mi cabello y desmaquilla mi rostro
Muerde mis labios y hazlos más rojos.
Haz que mi corazón duela
Al mismo tiempo que mi piel se despelleja
Envuelve a mi cuerpo en una cuerda
Y guíndalo para que todo el mundo lo vea,
Desquitate y lánzalo a un precipicio
Ya conseguirá las fuerzas para agarrar el vuelo
Apaga las luces y dejalo en la oscuridad
Que comience la agonía de delirar
La misericordia se basará en asesinar.

Torturame al recordarme que grande fui
Ridiculizame con los elogios que alguna vez
Y muchísimas veces me regodeaban
Hazme anhelar mi mejor momento
Y rebasa los limites de mi flexibilidad,
Aprieta mis manos y truena mis dedos
Prende a mi ser en fuego con morbosidad
Deja que las cenizas comiencen a flotar.

Te libero y te doy la libertad
De hacer esto, no debes fallar
Debes certero, debes ser épico, debes ser macabro,
Debes burlarte y con sadismo tratarme
Venda mis ojos y no me dejes ver absolutamente nada
Tapa mi boca y no permitas que clame piedad
Besame descaradamente y muerdeme salvajemente
Rodeame y llena mi cuerpo de maleza y escombro.

No sé cuando decidirás acabar con todo
Pero asegurate de no dejarme actuar
De hacer esto, no habrá vuelta atrás
Perecerás y aunque no te pueda ver
Yo sabré donde estás, iré por tí
Y no fácilmente la salida conseguirás.
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Domesticar un corazón es maltratarlo

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Vos estarás subiéndole el volumen a tu
fragilidad, mientras despuntarás el recuerdo de
aquel tiempo en que siempre encontraba
refugio en el vientre de tu insomnio.

Y yo aquí, espejismo de una cohorte en
retirada, tan distraído por pensarte que acabo
de barrer una parte de mi sombra,
desconfiando de mi selectiva forma de olvidar.

Los dedos tensos de los soñadores
de imposibles se olvidaron de insinuar
que domesticar un corazón es maltratarlo.

Vos estarás en tu gemebunda realidad,
viendo la tarde desembocar en un desfile
de exprimidas reverencias ante la triste
imagen de las magnolias congeladas.

Y yo aquí, como pozo de otro
sapo, polímata de saberes secundarios, frotándome
la frente con el recuerdo de un
café anémico consumido en una ciudad lejana.

Cada vez que firmo a deshoras el contrato
con una lágrima de arena,
cumplo tres años por minuto.

Vos estarás dejándote madrugar por
un desinterés de risa forzada, con el
apuro de los que no van a ninguna parte,
transformando la incomprensión en opresión.

Y yo aquí, haciéndome el despierto,
enhebrando una oscuridad
innominada, desdibujando sistemáticamente
mi destino con gesto ceremonioso.

Es tan pesada la carga de
lo que siento, que los versos
se me caen de las manos.

Y vos, Galatea de melancólicas facciones,
estarás frunciendo el entrecejo con organizada
perseverancia, queriendo fabricar un azar
que obedezca a las líneas de tus deseos perezosos.

Y yo aquí, puliendo esta forma tan
mía de darme la cabeza contra un muro,
haciendo una parodia de “Bailando bajo
la lluvia”, justo debajo del diluvio universal.

Cuando se desestiman las dimensiones
del aburrimiento, cada hora es un
bofetón que carece de franqueza.

Y vos estarás cantando 33 a las
navajas, pisando hipocondría en la oficina, lustrándole
la caspa a la osadía de contar
las heridas como quien tacha un calendario.

Y yo, sin mí, concentrado en mi afición
de quebrar ritos y escarbadientes, enviudando
de adjetivos traspasados por flechas oxidadas,
deshilachando los más furtivos sentimientos.

¿Ese vaso caliente donde se ahoga el
tiempo detenido no viene acaso a decirnos que
somos un cofre repleto de revelaciones imposibles?

El martes juega ya su tiempo de
descuento, y yo entro a mi vida
por la puerta de servicio. Tengo la
teoría de que nunca quisimos liberarnos de
nuestras culpas, y por eso jamás entendimos
que la felicidad es un acto fallido
que esperamos como un aguinaldo, ejerciendo
de sombras en penitencia contra la pared.
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Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Basta

Ciega enamorada
de un maldito agresor,
casada con dos hijos,
son su mayor valor.

Tu marido te pega,
es un maltratador.
y al día siguiente
te pide perdón.

Tus hijos muy contentos
por vuestra «reconciliación»,
cuidado, te está preparando
el próximo moratón.

Los niños lo escuchan
llorando sin cesar,
los insultos, las palizas,
el chantaje emocional.

Aumenta tu miedo
cada vez que respiras.
No hablas con nadie,
no puedes hacer tu vida.


¡¡¡....PERO BASTA.....!!!!


Basta, mujer,
deja de aguantar.
Puedes comenzar de nuevo,
date otra oportunidad.

Tu vida vale oro,
no mires atrás.
Sigue tu propia estrella.
sólo hazla brillar.

Sonríe, sonríe...
sonríe sin parar,
tu alma te lo grita,
no la dejes marchitar.

No te quedes callada,
denúncialo ya,
que se sepa qué te pasa
para que te podamos ayudar.

Sé fuerte y valiente,
hazlo, de verdad,
que no sea demasiado tarde
para tenerlo que lamentar.

AUTORA ALMAR.
Almudena del Río Martín.
DERECHOS RESERVADOS
25/11/2015
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