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El peso de la Justicia

Se puso la toga y caminó sobre sus tacones de un lado a otro del despacho. Ya no creía en la justicia, tampoco en su propia inocencia.
La abogada se desangraba y, con gesto suplicante, la miraba desde el suelo. Ella, respondía altiva desde una impostada fortaleza. Dos mujeres, una a punto de morir y la otra esperando que ocurriera cuanto antes.
No dio tiempo, la puerta se abrió a su espalda.
- Señoría, es la hora.
Sin darse la vuelta y con un gesto de su mano se dio por enterada. Respiró profundamente y, recogiendo sus propios despojos, se encaminó hacia la sala de juicios.




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cincopalabras.com/2018/09/09/escribe-tu-relato-de-septiembre-ii-susana
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Convénceme

" Él le dijo: ____Quédate...

Ella soltó el bolso
Se desnudó
Y le respondió: __Convénceme... "
(Lola Bracco)
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El sonido de la esperanza

Paseaba su arte haciendo sonar las cuerdas de su violín por los escenarios más importantes del mundo. Pero esa tarde, su actuación no sería en uno de esos impresionantes auditorios. Tenía un talento especial para los niños, y hoy, tocaría sólo para ellos. A través de su música les transmitiría la cultura de su país de origen, y les llevaría un poquito de alegría, a ese lugar aséptico donde libraban su particular batalla contra la enfermedad. Lo recibieron como se recibe a un Ángel, con los ojos llenos de esperanza y de sueños. Y él, tocó como jamás lo había hecho... Hizo sonar la esperanza y bajó el cielo para ellos.




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Cuando salgo de su casa

después de visitarla otra vez, escojo la calle que peor me va para regresar. Lo hago porque ella siempre sale al balcón para alargar la despedida. Me busca con la paciencia de quien puede abarcarlo todo y cuando, al fin, da con mi silueta en el tapiz de la plaza, alza y mueve despacio su mano, con la misma cadencia que muestran los años pasando ya para los dos, y yo me giro varias veces para imitarla mientras camino, sin detenerme, para no quitarle valor a un nuevo "hasta luego". De todo lo que me da, ésto es lo que recuerdo con más ternura. Bueno, habría que añadir que, una lejana mañana de octubre, dio a luz a mi madre.
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Trebor

Por alguna razón, jamás encontré placer en el amor, pues en mi configuración, se trataba tan solo de una necesidad para poder encajar. Comer, beber, dormir, amar, y poco más. Eran mis funciones básicas. Todo lo demás, lo iría aprendiendo con el tiempo, que se me presentaba intrascendente, pues no podía envejecer como lo hacen los humanos. Mi nombre verdadero es TR-380R, aunque todos me conocen como Trebor.
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Tortícolis

Al venir en sentido contrario

mi cuello quedó retorcido.



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Después de la fiesta

Por solidaridad debía acercarse hasta su casa. No sentía amor por ella, pero se sabía culpable de haber invitado a tanta gente a la fiesta. Le ayudaría a arreglar los desperfectos, demostrándole así, su entrega y colaboración. En la vida hay que asumir responsabilidades. - Pensó
Desde la verja del jardín resultaba evidente el descontrol de la noche anterior. Entró, y el golpe del portón le sobresaltó cerrándose a su espalda. Un extraño silencio y una ligera brisa le estremeció. Desde el porche, el cadáver de ella vestida de novia avanzaba hacia él.
No había sido buena idea volver en plena resaca...





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Volver

Aquella intensa luz que borró hasta su propia sombra, le hacía sentir liviana, sin una historia detrás que pudiera recordar; sin pasado y en un presente ambiguo, casi intangible. Quizá el tiempo había dejado de existir; ¿o tal vez nunca existió?
A pesar de la confusión que experimentaba, no tenía miedo; se sabía segura y protegida. Pero algo cambió; sintió un súbito calor y, recordó lo que era el fuego. Un flash cruzó su mente y también supo, que antes había vivido y conocido el miedo; el pecado y la muerte. Entonces, alguien golpeó sus nalgas; lloró… y de nuevo olvidó.
Debería volver a aprender a vivir.





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Lluvia (II)

Envidiaba a las gotas que caían sin cesar del gris cielo, despreocupadas y temerarias, libres e indolentes. También envidiaba a las gotas que se derramaban sobre su pálido rostro y que caían al inmenso vacío, abandonando sus mejillas hundidas como yermos valles privados de primaveras.

Hoy, despreocupada y temeraria, decidió convertirse en gota, al fin libre, indolente, y acompañó a sus hermanas en su eterna caída.
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Anocheciendo contigo, vida

Cuando un anochecer y un amanecer se unen, el Universo de la Vida cobra todo su sentido.
En sus manos acoge serena, a ese pequeño ser que amanece a la vida.
Blanco, puro y sin mácula, contrasta junto a su piel gastada, cuarteada por el tiempo y las batallas.

- Niño mío, yo te guardo.
Tu corazón naciente, pegadito al mío ya cansado. Así, latiendo juntos. Tu entrando y yo saliendo, en ese minuto regalo, que nos da la vida, para decirnos hola y adiós, entre besos y abrazos.

- Me gusta estar entre tus manos. No me dejes, necesito que me muestres el camino que debo tomar para no caer.

- No tengas miedo, estoy aquí para entregarte suavemente a la vida. Tu vida.
Será como si de un vals romántico se tratara. Acunadito mi niño, sin prisas; suave y dulcemente, meciéndonos juntos.

Después me iré, porque mi vida ya la recorrí. Las arrugas y los surcos de mi piel, reflejan el camino andado. Los sueños cumplidos, los que pasaron de largo. Las alegrías y las penas. Las soledades a solas y las compartidas, que son las que más duelen. Los silencios, las ausencias, los miedos, los dolores.
Lo que disfruté y lo que me ilusionó. Todo lo que aprendí y lo que olvidé. Todo lo que amé y lo que me amaron. Lo que entendí y lo que no logré entender.
Porque, ¿Sabes una cosa? Nunca llegarás a saberlo todo. Nunca aprenderás lo suficiente, para desterrar el dolor de tu corazón. Porque niño mío, vivir duele.

- Entonces llévame contigo, no quiero sentir dolor.

- No, mi niño. La vida es hermosa y has de vivirla. Tu corazón está preparado para sentir y amar la vida. Deja que crezca en ti ese amor y únelo con el de las personas que te rodean y con el de las que están por llegar a tu vida.

- Y tú, ¿Por qué no te quedas siempre conmigo?

- Yo ya viví, mi niño. Este es el testigo que te entrego, ahora es tuyo.
Que cuando tu piel se escriba de arrugas como ahora la mía, puedas decir... He vivido y ha sido hermoso.



Publicado en "Gente Yold" el 10 de Septiembre 2016
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Desde la distancia

Con las manos en los bolsillos de su gabardina y el sombrero calado hasta las cejas, caminaba lentamente por la calle.
Llovía con fuerza pero no le importaba. En el suelo se formaban grandes charcos, que buscaba intencionadamente pisando fuerte sobre ellos.
Paró frente a un escaparate, donde una pantalla gigante, emitía un vídeo musical que no podía oír.
En la imagen reconocía a la cantante bailando una coreografía muy sexy.
Dos bailarines le acompañaban y sujetándola por debajo de los brazos, la levantaban una y otra vez.
Sonreía recordando lo poco que pesaba; prácticamente una pluma para aquellos dos fornidos y musculados muchachos.
Cuando estuvieron casados, él podía llevarla en brazos por toda la casa, hasta acabar en la piscina los dos, entre arrumacos, pasión y deseo.
¡Qué lejos quedaba ya lo que fue su vida...!
Lo había perdido todo, su trabajo como actor, su familia, sus amigos; a sí mismo y sobre todo a ella.
Ese último viaje le alejó para siempre.
Ajustado el cinturón de seguridad, el avión emprendió su vuelo a ninguna parte. Una explosión, una luz muy fuerte cegó sus ojos, y se acabó.
Ahora vagaba bajo una lluvia que no le mojaba y entre unos charcos que no salpicaban sus pantalones.
Y mientras, ella, bailaba tras un cristal.
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Allí está la libertad

Estaba aterrado. Un temible ejército se presentaba delante de mí, con sus poderosos estandartes, lanzando graves improperios e inhumanos alaridos que herían el espeso aire que inundaba el campo de batalla. El miedo que me presionaba el pecho era tan afilado como sus mortales dardos. Las piernas, comenzaban a pesarme, como si la carne se convirtiese en frio mármol. El sudor, me cegaba la vista. El corazón, me latía tan fuerte como los tambores de guerra. Noté una mano en mi hombro derecho, apretándome con ruda suavidad. Al girarme, vi al comandante Vitelio.

- ¿Ves todos esos hombres que pretenden detenernos?-dijo señalando al enemigo con su espada mientras esbozaba una desconcertante sonrisa que le iluminaba los ojos.

- Los veo, mi comandante.

- Pues allí, detrás de sus tiránicos estandartes se encuentra nuestra libertad. Lucha con valor y no dejes que el miedo te domine; pues hoy, la victoria o la muerte habrá de juzgarnos como hombres libres.
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De oficio, Eros

Todos los sueños que Mika pudo recordar se convirtieron en realidad cuando conoció a Nicole. Era hermosa y sabia a la par. Misteriosa y elegante; grácil en sus movimientos y portentosa en sus decisiones. Era todo lo que él, un simple chico de una diminuta ciudad podía desear. Ahora, solo faltaba que el amor hiciera bien su trabajo.
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Lluvia

La lluvia asoló la ciudad al anochecer, todos corrían apresurados a sus hogares, perdida entre el bullicio había una pequeña niña que al parecer no tenía ninguna prisa, ya que no tenía a donde correr.
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El tesoro de la tortuga

Nada parecía querer despertar esa mañana, nada, a excepción de esa espesa e inusual niebla que se había formado a unos pocos cientos de metros en dirección nordeste. La espesura se iría difuminando con las primeras luces del día, dejando al descubierto la inmensa silueta que dibujaba una exuberante y verde isla. El Tritón había llegado a su destino: La isla Tortuga. Su capitán, el aventurero Robert Alcott, junto a su fiel tripulación, se disponía a encontrar el enorme tesoro pirata que durante más de quinientos años había permanecido escondido, y que ni españoles, franceses o ingleses habían conseguido encontrar durante todo este tiempo. Durante el convulso siglo XX, el mundo entero permaneció sumergido en dos guerrras mundiales y un sinfín de conflictos posteriores que borrarían toda pista del legendario tesoro, perviviendo en esencia tan solo en algunas historias que darían pie a escritores para escribir sus novelas de aventuras.
Pero todo esto cambió el día en que Robert Alcott encontró en el desván de casa de sus padres un viejo mapa y un bloc de notas con dibujos, coordenadas y anotaciones sobre la isla que su padre le había descrito cientos de veces en las historías que durante su niñez le contaba cada noche antes de irse a la cama. Robert, había heredado una gran fortuna al morir sus padres, una gran fortuna que ni tan siquiera él sabía que existía. Quizá, las historias que le contaban sobre esa isla no eran solo un cuento, y ese mapa junto al bloc de notas escondían algo más que la imaginación de su padre. Robert Alcott decidió poner a prueba sus sospechas y descubrir con sus propios ojos el lugar al que tanta veces había viajado en sueños cuando era un niño.
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Cuentan que morí de frío

Fue la última noche de febrero, algunos la recuerdan como la más fría en muchos años. Tras un largo invierno regresaste a oscuras y en silencio. Posaste tu gélido cuerpo sobre el mío y yo... Yo me encendí con todo el fuego acumulado en tu ausencia.

Cuentan que morí de frío, no saben lo que dicen.

Foto y texto @nuria_sobrino
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Como cada noche...

Como cada noche se acerca al puerto.
Quiere dejarse llevar por las aguas,
ya que ellas lo invitan,
pero las ve pasar, sin hacer nada.

Él camina hasta la orilla,
a donde llegan las olas de la bajamar.
Al hombro lleva los remos que usaba
antes de jubilarse.
Los deja en el suelo, con el cesto de la comida,
y se seca unas lágrimas de sus pupilas.
Arriba luce la luna que le mira.
Se rasca la cabeza por debajo de la boina.
Todo está bien, todo es perfecto…

Solamente falta la barca
que perdió un día en el mar.

Rafael Sánchez Ortega ©
19/03/18
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Arbeit macht frei

El traquetear de las maderas inundaba todo el vagón. Decenas de personas atrapadas en esa diminuta cárcel de madera respiraban un insoportable aire fétido, aunque a pocos parecía importarles. Tan solo se escuchaban las quejas y el llanto de algunos niños que no entendían lo que estaba sucediendo. Solo el lúgubre silencio de los inocentes, condenados como reses que viajan al matadero, daba más pavor que el destino incierto que les esperaba en ese temible campo de la muerte llamado Mauthausen.
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Que fortuna sería

Que fortuna sería la de romper las cadenas que aprietan esa extraña angustia de no saber quién eres, que buscar, cuál es tu hado. Ese desconocido ser que se esconde en tu interior, que te atrapa cada vez que intentas escapar, que te retiene en su mazmorra de miedos y desazón, que absorbe tu vitalidad como el parásito que succiona la sangre a su huésped.
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