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Oscura y atrayente obsesión

Allí vería llegar el tren y tendría tiempo para tumbarse sobre las vías.
Apareció a lo lejos y se acercó hasta los raíles. El tren tronó a su paso. Todo vibró dentro y fuera de su cuerpo como las cuerdas de una guitarra.
Faltó un paso más. Tal vez mañana.





Publicado en:
www.cincuentapalabras.com/2017/11/oscura-y-atrayente-obsesion.html
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Reset

¡Qué asco de vida! Se repetía una y otra vez Julián mientras caminaba rumbo a la estación de tren. Avanzaba a paso lento, absorto en sus pensamientos. La gente pasaba a su lado como si fueran seres imaginarios, de otro mundo. Julián, ya no sentía la necesidad de continuar en ese lugar; tenía la impresión de haber llegado a su final. Una vez en la estación, se mezcló con el gentío que corría arriba y abajo, siempre con las prisas y el estrés de la gran ciudad. El tren aún no había llegado. Se colocó en el filo del andén, imaginando su cuerpo destrozado y esparcido por las vías debido al impacto contra la locomotora. Después de esperar varios minutos, por fin llegó el tren. Había llegado el gran momento. El hombre tomó aire, respiró profundamente, y se preparó para marcharse definitivamente, para no volver a rendirle cuentas a nadie. Cuando los vagones del tren cerraron nuevamente sus puertas, Julián partió rumbo a lo desconocido, hacia un nuevo mundo, un lugar donde empezar de nuevo.
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Corazones de barro

Erik Hans, un joven muniqués que se había alistado en el ejército alemán, ansiaba poder entrar en combate. Llevaba preparándose dos años, y en 1940 llegó su oportunidad. A principios de mayo, comenzó el avance hacia Francia. Bélgica, y Holanda cayeron rápido, y en poco más de tres semanas Francia se encontraba controlada por el poder de la maquinaria de guerra alemana. El soldado Erik Hans se sentía orgulloso de pertenecer a tan glorioso ejército, así como de ser miembro del partido nazi. A pesar de todo, pronto cambiaría su forma de pensar.
Habían pasado tres meses, y a su unidad le habían ordenado controlar la cabeza de puente que daba acceso a la ciudad de Amiens por la zona norte. Extorsionar a los judíos y demás prisioneros de guerra se había convertido en el entretenimiento de la mayoría de soldados, pero Erik Hans no lo veía igual. Día tras día, la duda le resonaba en su cabeza. Una mañana, mientras hacía su turno de guardia vio pasar a una joven en bicicleta. Era tan hermosa y tenía unos ojos tan brillantes, que Erik no vio la gran estrella amarilla que lucía en su pecho. El joven soldado sonrió de manera involuntaria, pero la chica no le contestó devolviéndole el gesto. De repente, una voz a sus espaldas gritó:

-¡Juden!¡Juden!¡Es ist undicht!

Segundos más tarde, un disparo resonó en el aire. El joven soldado mudó su rostro al instante. La bella chica, que le había sacado una sonrisa, caía desplomada en el suelo, a su lado, un reguero de sangre le brotaba de la cabeza. El vigía alemán había realizado un certero disparo. Erik corrió hacia la chica con la esperanza de encontrarla con vida, pero ya era tarde. Allí, en la cesta de su bicicleta la joven llevaba escondidas unas flores que había recogido en el campo. En su chaqueta, una foto de su marido, al cual el joven reconoció como miembro de la resistencia francesa. Unos días antes había sido fusilado, y él, había sido su ejecutor.
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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Arcadia: Última esperanza para la humanidad

Año 4689. El planeta Tierra agoniza tras largos años de guerras interestelares y epidemias. La población mundial ha descendido a más de la mitad, y los recursos naturales del planeta escasean a un ritmo imparable. Los Gorks, una raza guerrera de seres antropomorfos quiere hacerse con el control de la galaxia, y durante años han intentado hacerse con el dominio del planeta, provocando numerosos daños en sus frecuentes incursiones. El Imperio ha estabilizado temporalmente la situación, pero la raza humana se encuentra bajo una seria amenaza. La tierra se vuelve por momentos más estéril, los animales mueren sin explicación lógica, y ni tan siquiera los alimentos creados genéticamente aseguran la supervivencia de los hombres. Tras largas deliberaciones, el Consejo Imperial ha ordenado el envío de una flota de reconocimiento en busca de un planeta habitable para los humanos. Durante años, el hombre ha investigado diferentes galaxias, pero ninguno de esos planetas era adecuado para asentarse definitivamente, unos por su atmosfera y composición, otros por la falta de recursos, y la gran mayoría por la invasión de los Gorks.
Una de esas naves es la Arcadia, comandada por el Almirante Lars Bishop, veterano de las guerras imperiales en el planeta K-P21. Uno de los pocos lugares donde el Imperio ha podido establecer una base permanente. Según los exploradores de la Liga Imperial de defensa, en la galaxia Icarus X-23, se ha localizado un planeta de características muy similares a la Tierra, prácticamente idénticas, aunque se desconoce su habitabilidad y si hay vida inteligente en él. La misión de la tripulación de la Arcadia es descubrir la habitabilidad del planeta, y en caso afirmativo, organizar un puesto de enlace con la Tierra y un cordón defensivo contra posibles enemigos.
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Honor, sangre y acero

Avanzamos inexorablemente hacia la batalla. Majestuosos, como un solo ser; un fiero dragón de miles de cabezas, de flameantes escamas relucientes al sol, y de amenazantes lanzas protegiéndole todo el cuerpo. Nuestro avance resonaba en la tierra estéril al son del crujir metálico de nuestro equipo de combate. A una distancia prudente del enemigo nos detuvimos, y como si nadie ni nada amenazara nuestras vidas, comenzamos a cantar el sagrado Pean en honor al dios Apolo. Una vez finalizada la plegaria, nuestro general nos alentó para el combate, y tras estallar todos los hombres en un éxtasis guerrero, nos lanzamos contra el enemigo, con la furiosa ira de los valerosos soldados griegos que luchan por la libertad.
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Ángeles en el Averno

A mis 84 años, todavía recuerdo a aquel soldado alemán que salvó la vida a mi madre y a mis hermanas. Yo era tan solo un crio de doce años, pero en mi memoria parece que ocurriera ayer. Vivíamos de lo que nos daba la tierra en una pequeña granja al norte de Odesa, en una comunidad rural, y a pesar de nuestras raíces judías, antes de la invasión alemana nadie parecía percatarse de ello. Un día vimos acercarse a los soldados alemanes hacia nuestra granja, pero en ese instante no sentí miedo. Mi padre nos escondió en una especie de cripta secreta excavada en el granero, la cual a través de un túnel conducía a los bosques adyacentes a la granja. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida. Junto a mi madre y mis dos hermanas menores, nos acurrucamos intentando no hacer ningún ruido. Escuchamos algunos tiros, uno de ellos sería el que mataría a mi padre. Unos gritos y unos pasos inundaron el granero. Eran soldados alemanes que vociferaban en su gutural idioma. De repente, los pasos se detuvieron y alguien abrió la trampilla que conducía a la cripta. Nunca olvidaré esa mirada azul y esa cara tiznada.

- Al anochecer coged todo lo que podáis y esconderos en el bosque. Siento lo de su marido - se dirigió el soldado alemán a mi madre en un ruso muy simple.

Luego, lanzó una tableta de chocolate al suelo, hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, cerró la trampilla y desapareció. Algo gritó a sus compañeros. Minutos más tarde, un ruido de motores desapareció en la lejanía. Tal y como había dicho ese joven soldado, esperamos a que anocheciera. Al salir al exterior vimos el cuerpo sin vida de mi padre, pero mi madre, haciendo honor a la fuerza de las mujeres ucranianas, nos alentó rápidamente a que cogiéramos toda la ropa de abrigo y la comida que encontráramos entre los escombros de lo que había sido nuestro hogar. No había tiempo para llorar a nuestro padre. Después de recuperar lo que pudimos, nos adentramos en el bosque con los demás supervivientes. Allí, vivimos como pudimos hasta el final de la guerra. Gracias a ese joven soldado alemán nunca perdí la esperanza, ya que, hasta en la más absoluta oscuridad puede brillar la luz más pura.
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Jamás podré encontrarla

Miré al monte con ojos otoñales, e imaginé sendas entre las jaras y cantos en los arroyos clandestinos. Pensé y no supe dónde ir, escuché susurros entre las hojas, sentí que miraba, sentí que veía. Supe, entonces, que las ciervas corrían. Sin destino, sin caminos, sin cadenas, totalmente libres, como el viento del otoño, como las hojas que caen y los arroyos que esperan con ansías el caer de las aguas. Entonces, comprendí que tenía que abandonar los caminos y seguirlas, aunque siempre supe en el perdido fondo de mi corazón que jamás podría encontrarlas, por qué cómo iba a encontrar a algo tan libre qué ni la libertad puede nombrar, cómo iba a seguir algo que no deja más rastros que el viento a su paso.
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Tus huellas

Déjame seguir las huellas de tus pisadas y acompañarte por los caminos de la vida sin importar peligro alguno. Permíteme luchar a tu lado; mi pecho será tu escudo, mis brazos, serán tu espada. Guíame por los senderos de lo divino. Juntos, forjaremos nuestra propia historia, a golpe de sueños y esperanzas, trabajoso en el yunque ardiente de nuestro destino.
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¿De qué sirve huir?

La tarde despuntaba como una triste alegoría del alba. En su claridad todavía potente un niño paseaba, explorando el pisar del suelo, el crujir de las ramas y el revoloteo de las aves. Caminó y caminó hasta que el camino se encontró frente a un espejo en el que se hundía y se perdía. La tarde era clara, no parecía que la noche aguardaba, siempre escondida, siempre tan poderosa. El niño jugaba con los brillos y relámpagos de aquel espejo que reflejaba más de lo que realmente había con una sinceridad cegadora. El niño perturbaba los reflejos y nada pasaba, pero llegó para apoderarse de las aguas el brillo de plata de la luna. La noche se acercaba pensó el niño, pero la noche ya estaba allí, huyó por el mismo camino intentando que la noche no se acercase, mientras una garza, el último ave del cielo, volaba, la luna vigilaba.
El niño corría, jadeante exploraba los silencios del bosque y los ruidos de la noche. Lo que dejaba atrás lo perseguía y acechaba, maldito camino de huellas y recuerdos se decía. El niño corría y corría, pero el camino siempre lo seguía, le tocaba la espalda y le susurraba: soy la sombra que acecha y el miedo que persigue. El niño seguía corriendo y tuvo horizontes nuevos, pero siempre el mismo camino le desgarraba la espalda. No tenía ninguna posibilidad de escapar, salvo, tal vez, dejando de huir.
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Aullidos de libertad

Fiereza cubierta de la belleza más indómita, pureza que a la brillante luna suplicas tu amor. Alma noble y fiel, amante inmortal, protector de tus hermanos. Cuestionado desde el principio de los tiempos; siempre temido, a pesar que tus ojos reflejan solo el anhelo de la libertad que siempre fue tuya y que el hombre un día te robó. Eras rey en tus vastos dominios, señor entre todas las fieras del bosque, las montañas y los fértiles valles regados por espejos de plata. ¡Lucha bella criatura, lucha!¡Reclama nuevamente tu trono! Nunca desfallezcas y sigue aullando en la oscura noche, pues el hombre sigue siendo siervo, y tú, el señor de los grandes bosques.
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Ira: sobre los pecados capitales

Víctor, trabajaba desde hacía un par de años en la conserjería del gran hotel Imperial, situado en la avenida Lexford. El chico era muy querido por todos los trabajadores, y muy bien visto por sus jefes, ya que su trato era siempre amable y cordial. Desde hacía meses, se alojaba en el hotel Elena Liudnyeva, una desconocida, pero prometedora modelo rusa que había venido a la ciudad por motivos de trabajo. Víctor se enamoró nada más verla, aunque en su interior sabía que su mundo y el suyo eran incompatibles; aun así, el chico no desistió. Cada día, procuraba ser amable cuando se la cruzaba por los pasillos, intentando que ella se fijara en él, pero la soberbia de la joven modelo, y su indiferencia respecto al muchacho, iban pasándole factura. Víctor se preguntaba qué podía hacer para causar buena impresión a Elena, y comenzó a enviarle flores de manera anónima. Cada mañana con el desayuno, le enviaba una rosa, pero siempre se la encontraba tirada en la basura. El chico, desesperado por la indiferencia de ella, pensó que si se declaraba, y le decía a la joven modelo que él era su admirador secreto, quizá ella empezaría a fijarse en él, y que si no llegaban a nada, como mínimo podrían acabar siendo amigos. Víctor solo pretendía ser amable. A la mañana siguiente se armó de valor, y él mismo sirvió el desayuno a Elena en la habitación. Al abrir la puerta salió ella, y Víctor se quedó por un momento perplejo. Tomó aire y habló:

- Señorita Liudnyeva, aquí tiene su desayuno.

- Puedes irte ya -dijo ella sin mirar al chico.

- Una cosa más -dijo Víctor.- Aquí tiene una rosa como cada día. He sido yo quien ha pedido que le trajeran cada mañana una rosa, ya que no me he atrevido a traérsela en persona hasta hoy. Me preguntaba si le gustaría tomar un café o alguna otra cosa algún día conmigo.

- ¿Contigo?- rió sarcásticamente la chica.- ¡No iría contigo a ningún sitio, perdedor! Yo voy a ser una famosa modelo, y tú…., tú eres un simple recepcionista.- volvió a reír maliciosamente.- Creo que te equivocas chico; no estás a mi nivel - luego, cogió la rosa y la lanzó a la papelera; acto seguido cerró la puerta de un portazo, dándole con ella en las narices.

Víctor marchó deprimido y triste. Habló con Mayra y con Joseph, compañeros suyos, los cuales intentaron animar a su amigo, aunque no lo consiguieron. Esa noche, Elena Liudnyeva apareció con su representante en el hotel. Víctor les dio las buenas noches, ya que era su trabajo, pero tanto ella como su acompañante pasaron por delante de él riéndose a carcajadas. Elena, había contado a ese guaperas de tres al cuarto la escena de esa misma mañana. Entraron en actitud era muy cariñosa al ascensor, y antes de que las puertas se cerraran Elena gritó:

- ¡Haz que nos suban una botella de champagne a la habitación! ¡Pero esta vez ahórrate esas horribles rosas!- rió junto a su acompañante y le besó apasionadamente para que Víctor lo viera.

Algo en el interior de Víctor cambió de manera fulminante. Sus ojos ya no transmitían alegría, y sus palabras empezaron a ser frías y breves. Así transcurrieron tres meses más, donde cada día que pasaba, el muchacho se iba encerrando más y más en él mismo. La relación con Elena Liudnyeva cada día empeoraba. La modelo era desconsiderada y soberbia con Víctor, y cada vez que venía acompañada al hotel por un hombre, se empeñaba en mostrárselo y restregárselo por la cara al muchacho. Una de esas noches sucedió lo que desde hacía meses se iba cocinando en el subconsciente del conserje.
Elena apareció junto a Hugo, su representante y unos de sus habituales escarceos. Este ya conocía a Víctor, y su trato hacía él era irritante y altivo; tanto Hugo como Elena se creían superiores a la demás gente, ya que se movían en un mundo lujurioso, donde predominaba la gente adinerada y de éxito, así como modelos, actrices, estrellas de la música…, aunque por supuesto, no todos eran así.

- ¡Haz que nos suban una botella de champagne!- dijo Hugo. Luego le lanzó unos pocos billetes al muchacho.- ¡Esto para que te compres algo, muerto de hambre!- luego soltó una carcajada y subió por el ascensor junto a la modelo. Los dos reían. Al parecer disfrutaban humillando al pobre Víctor.

- ¡No les hagas caso!- dijo Joseph, que en ese momento estaba a su lado. Son unos idiotas.- Voy a buscar a Mayra. Luego les subiré el champagne.

Después de irse Joseph, Víctor empezó a llorar desconsolado. Se sentía desgraciado, y no entendía cómo podían tratarlo así, si él solo había pretendido ser amable con esa chica. Se sentó en la portería e intentó calmarse. No quería que nadie le viese llorar. De pronto, una desconocida sensación comenzó a apoderarse de su ser. Estaba ardiendo por dentro, impregnándose cada musculo de su cuerpo de esa misteriosa energía. Se sentía poderoso, ávido de expresar lo que sentía. Su mente se había nublado, y era su instinto animal lo que dominaba su cuerpo. Se dirigió a la cocina, donde cogió una botella de champagne. Luego, cogió una de las rosas del pequeño invernadero que tenían en el hotel y se dirigió a la tercera planta, exactamente a la habitación 312, la misma que ocupaba Elena Liudnyeva. Al llegar, picó a la puerta; eran más de las tres de la mañana.

-¿Quién cojones es a esta hora?-se escuchó a Hugo desde dentro.

-Servicio de habitaciones - dijo Víctor, al cual, aparte del semblante parecía haberle cambiado la voz.- Traigo un regalo urgente para la señorita Liudnyeva, cortesía del hotel.

Hugo abrió la puerta, y en ese instante el conserje le reventó la botella de champagne en la cabeza, dejándolo inconsciente en el suelo. Víctor lo remató, clavándole varias veces en el pecho el cuello desquebrajado de la botella. El charco de sangre se esparció por la moqueta de la habitación. Elena gritó con todas sus fuerzas, pero era inútil, ya que las paredes de las habitaciones estaban insonorizadas. Víctor agarró a Elena del cuello y le propinó un tremendo puñetazo. En seguida, el cuello desquebrajado de la botella de champagne atravesó la carne de la modelo. Una y otra vez le hundía el frio cristal en sus costillas, para posteriormente, desfigurarle con el arma homicida su hermosa cara. Después, la tumbó en la cama junto a Hugo, dejando encima de la joven modelo una rosa. Víctor se sentó en una silla de la habitación, al lado de los dos cadáveres, se encendió un cigarrillo, llamó a la policía, y esperó pacientemente a su llegada.
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Semillas de amor y muerte

Llevaba tres días seguidos viéndola a través del cristal de mi despacho. Todo en ella era hermoso: Su brillante pelo castaño y suelto serpenteaba en el viento como en un hipnótico baile oriental; sus ojos verdes desprendían una luz mágica, su insinuante figura se vislumbraba a través de su siempre elegante vestimenta, sus andares deliciosamente femeninos, su respingona nariz, su carnosa boca.Todo este despliegue de belleza era observado siempre a la misma hora. El día en que nos conocimos, todo cambió, irremediablemente en nuestras mortales vidas.
Eran las nueve de la mañana y yo esperaba con impaciencia la visión de esa chica. Estaba dispuesto a establecer contacto con ella, de descubrir quién era, o simplemente de conocer su nombre y compartir con esa desconocida unos segundos de mi metódica vida. Salí de la oficina y me dirigí al pequeño parque que había justo enfrente de esta. Me senté en un banco a esperar la llegada de ese ángel. Pensé en que podría decirle al verla, como me presentaría, cuál sería la reacción de ella frente a tan osado desconocido. Todavía quedaban unos veinte minutos antes de que apareciera. A la misma hora de los tres días anteriores apareció ella. Iba perfecta, como siempre, pero hoy se la veía especial, como si la envolviera un aura divina que solo mis ojos podían acertar a ver. Pasó delante de mí, y por unos segundos nuestras miradas se cruzaron provocando que nuestros mundos se fusionasen en uno solo. Yo me quedé callado. Mi cerebro ejecutaba las órdenes correctas, pero mi cuerpo se veía incapaz de responder, y ella pasó de largo. Después de esto todo pasó muy rápido.
De repente, unos metros más adelante se produjo una terrible explosión, que siguió a otras más, retumbando en el aire el miedo y la desesperación. El aire se convirtió en ceniza, asfixiante, mientras las llamas que se alzaban desde el suelo se reflejaban en el cielo como en un inmenso espejo. Me quedé aturdido unos momentos. Al despertar pensé que todo había sido una pesadilla, pero no era así. Todo era macabramente dantesco. Levanté la cabeza, descubriendo grandes aves de metal surcando los cielos ardientes de nuestro territorio. El chirrido de sus motores era ya de por sí espeluznante. Las explosiones continuaron, pero ahora el terror se alejaba hacia el otro extremo de la ciudad. Me repuse y me levanté como pude. Todo me daba vueltas, pero en mi cabeza solo había lugar para esa chica: ¿Dónde estará? ¿Estará bien? Me puse a buscarla mientras veía gente herida y asustada por las calles; También me pareció ver a personas muertas cerca de mí, pero en ese instante no hice nada por intentar socorrerlas. En la calle algunos edificios habían quedado destruidos. Corrí algunos metros hacía donde la había visto por última vez. Allí estaba ella, en la puerta de esa cafetería completamente arrasada por el impacto de las bombas. Todo a su alrededor estaba destruido y envuelto en llamas, pero ella permanecía en pie, con el gesto impasible y la mirada perdida en el frente.

-¿Estás bien, estás bien?-grité mientras le cogía suavemente las manos. No encontré ninguna reacción, así que volví a preguntarla.- ¿Estás bien? ¡Dime algo!

-Estoy bien. Eso creo. - dijo ella con un tono sereno.

A pesar de los sucesos ella parecía tranquila. Como si después de todo, lo ocurrido solo hubiera sido una broma sin importancia. Entonces, me cogió fuerte las manos y me dijo:

-¡Vámonos de aquí!

Las calles empezaron a llenarse de policías, ambulancias, bomberos, gente que intentaba ayudar en todo lo posible, incluso comenzaba a hacerse notoria la presencia de militares. Nos dirigimos a otra cafetería cercana donde el dueño repartía café caliente y agua a todos los afectados. Nos sentamos en una mesa y una camarera nos sirvió muy amablemente dos tazas de café con leche.

- ¿Cómo te llamas?- dije después de dar un sorbo a mi taza.

-Claudia Addkinson.

- Te estaba esperando, ¿sabes?- dije.- Antes de que pasara todo. Hace tres días que te veo pasar por delante de mi despacho, y hoy me había propuesto conocer tu nombre. Claudia, un nombre precioso, como tu simple presencia.

- Gracias.- contestó ella esbozando una sonrisa y sonrojando sus mejillas.- La verdad es que yo también me había fijado en ti cuando te he visto en el banco sentado. Si me paré enfrente de la cafetería fue porque pensé en darme la vuelta para hablar contigo, ya que al mirarte sentí una conexión especial que jamás había sentido. ¿Cuál es tu nombre? Aun no me lo has dicho.

- Me llamo Peter Suvovich.

- Encantada.-sonrió ella.

En ese instante el dueño de la cafetería subió el volumen de la radio, desvelando el misterio de los pájaros de acero que hacía unos minutos habían descargado sus diabólicas bombas sobre nuestras gentes. Todo el mundo guardó silencio, hablaba el presidente:

“Queridos conciudadanos. Una fuerza hostil nos ha atacado cobardemente en nuestro territorio, bombardeando despiadadamente a la población civil, y causando cientos de muertes inocentes. La justicia exige que se tomen medidas drásticas en consideración a estos terribles acontecimientos. Nuestro enemigo más peligroso nos ha declarado la guerra sin previo aviso, y nuestra nación, junto con nuestros amigos y aliados estamos dispuestos a entrar en guerra por la salvaguarda de la paz y la justicia. Atacaremos sin compasión a esos despóticos gobiernos. Por lo tanto, declaro que estamos en guerra contra cualquiera que atente contra las libertades de nuestra nación o la de nuestros aliados”

Así fue como cambió mi vida el día que conocí a Claudia. Por supuesto también la de ella. Después de esto, pasamos una magnífica semana juntos en una pequeña cabaña que mi familia tenía cerca del lago Sanders, entre las montañas O’Kiff. Luego tuve que alistarme. Durante dos años aproximadamente, nos enviamos correspondencia, pero fatalmente la comunicación se rompió. Yo caí en el frente occidental mientras realizaba con mi equipo un ataque a las posiciones más avanzadas del enemigo. Una bala atravesó mi corazón dejando mi cuerpo sin vida en el frio barro del campo de batalla. De ella no he vuelto a saber nada. Lo último que supe es que nuestro hijo Peter había cumplido un año. Un hijo al que no conoceré. Ahora que ya ha acabado la guerra espero que Claudia sea feliz. Deseo que encuentre un hombre bueno, que la cuide y la adore como yo lo hacía, y que se porte bien con mi hijo, aceptándolo como suyo propio. Por último solo pido una cosa: Que ella nunca me olvide y que hable de mí a nuestro hijo. Así, hasta que nos volvamos a ver.
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Ojos que llegan al alma

Estos ojos desnudos del falso manto de la vanidad se pierden entremezclándose con la perfección de tu salvaje y suave desnudez. Gotas de frio sudor recorren mi espalda al rozar tu delicada piel cubierta por la radiante luz de las divinidades antiguas, mientras tiemblo en silencio regresando a mi más tierna infancia. Tu sinuoso cuerpo, coronado por finos cabellos de elegante belleza, repica al contonearse con cada paso, como si todo el universo se precipitara al compás de tus esculpidas caderas. Pero eso no es todo. Tu inteligencia te hace más y más hermosa con cada palabra salida de tus sensuales labios, tu amor por los demás, tu facilidad para despertar una sonrisa hasta al moribundo, y la sensación de vacío al contemplar tu ausencia. Y tú te preguntarás que cómo descubrí todo esto, y yo te responderé, que todo fue al darme cuenta, que tus ojos hacían juego con mi alma.
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Guardiana de nuestros sueños

Las luces de los faroles despertaban al mismo ritmo en que la noche cubría el cielo con su sombrío manto, y en tribuna de blanco marfil, Selene se engalanaba con vestido de plata para saludar a los mortales. Todo estaba en el más absoluto silencio; únicamente, el chirriar de los grillos, resonaba en el ambiente en su particular orquesta sinfónica de cortejo.
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Añorada desconocida

Somos dos corazones solitarios rodeados de la multitud de las calles. Repletos, y a la vez rotos por el amor, vagamos errantes buscando el consuelo en nuestras noches más amargas. Algunas a solas, cantando nuestras penas a las estrellas o rezando a algún Dios por una señal; otras, acompañados por el deseo y el miedo, pero con la certeza de que no estamos juntos.
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Maestra en edades

Era una mujer madura pero rebosante en sus encantos. Su belleza acentuada por el paso de los años todavía conservaba esa sensual y cálida suavidad de la juventud, aunque sus ojos, siempre eran sus ojos, estaban repletos de una vitalidad inusual, donde dioses y mortales se habían perdido en las horas observando las olas del mar rompiendo en el cielo de su mirada.
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Lo que dure la eternidad

Viajó eternamente por las curvas de su cuerpo. Por la mañana, la claridad de los rayos del sol lo transportó a la realidad, pues ella se había marchado. Nunca más la volvió a ver, y la eternidad de esa noche se convirtió en un efímero recuerdo.
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Juntos

El viento mece el aroma de tus cabellos, delicioso sabor, ambrosia para mis sentidos. ¿Y tu piel? Qué decir de tu piel que no haya soñado ya; fina y suave como la seda más delicada. Por eso ardo en deseos de rozar tu boca, de perderme en tus ojos de mar, de recorrer las sinuosas curvas de tu cuerpo, de hacerte mía mujer, de hacerme tuyo, de hacernos juntos.
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