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De oficio, Eros

Todos los sueños que Mika pudo recordar se convirtieron en realidad cuando conoció a Nicole. Era hermosa y sabia a la par. Misteriosa y elegante; grácil en sus movimientos y portentosa en sus decisiones. Era todo lo que él, un simple chico de una diminuta ciudad podía desear. Ahora, solo faltaba que el amor hiciera bien su trabajo.
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Reos del amor

No se dijeron nada y se lo dijeron todo mientras unían sus cuerpos y se acariciaban el alma. Tanto ella como él, acabaron por declararse culpables ante el juez alado. Eros, los declaró culpables por haberse robado mutuamente el corazón, condenándolos a amarse para toda la eternidad.
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2comentarios 51 lecturas prosapoetica karma: 89

¡Qué arda Troya!

Tan solo dame un sorbo
de tu elixir de Amazona,
déjame beber de tu cáliz
oh diosa Valkiria

¡y que arda Troya,
mi Helena adorada!

llévame a recorrer
las curvas
y los rincones recónditos
de tu galaxia más preciada

apaga una supernova
de mil soles
en mis labios anhelantes

déjame caer
en el misterio oscuro
de tu acantilado profundo
─allí liberaremos juntos al Kraken─
que cual agujero negro
cósmico,
conecte lo inverosímil y mágico
de tu mundo,
con lo ordinario y efímero,
del mío.




@AljndroPoetry / xii-17
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Leyendas

Podríamos pensar que el cielo es el límite y jugar con las estrellas. Preguntarnos porque el cielo las sostiene y no las deja caer, al igual que hace con la Luna.
Podríamos negar que el tiempo es efímero, que se marchita en sus inviernos, y esperar lo inesperado.
Podríamos materializar lo infinito, decir que lo eterno tiene un fin que aún no hemos descubierto.
Podríamos evitar que nuestras arterias ardiesen tan gloriosamente como nuestras venas se consumen en la agonía o en el placer de sentir, como si de un cigarro se tratase.
Podríamos ser dioses, sostener la esperanza en nuestras manos y alzarla por los aires para ver como se precipita poco después, tal y como una pluma haría.
Podríamos ser leyendas.
Pero las leyendas no existen.
Somos víctimas de un tiempo que no desfallece, somos entes que vagan por un rumbo sin meta.
Somos impulsivos y erróneos, impotentes ante la idea de que hay más oscuridad que luz allí donde no alcanza la vista.
Somos desesperados y ansiosos, deseados y deseosos, inquietos y asustadizos. Criaturas que solo buscan el por qué y el cómo; la razón donde solo existe incoherencia.
Somos la locura y el mal, la enfermedad y la cura. Una pobre imitación de la imperfección.
Así que no me digas que soy tu leyenda, porque las leyendas no existen y yo no creo en ellas.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Despertar

El áureo abrazo de Helios, acariciaba la suave brisa que Eolo insuflaba para dar la bienvenida a la Aurora de rosados dedos. Rebosante de vitalidad, el mar saludaba a los cortados riscos de los acantilados, regándolos con su blanca y virginal efervescencia. Las montañas, coronadas de níveo manto, eran testigo de todo lo que acontecía en los profundos y verdes valles de la región, donde los hombres y mujeres que allí habitaban, daban las gracias a los dioses por un nuevo día.
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Guardiana de nuestros sueños

Las luces de los faroles despertaban al mismo ritmo en que la noche cubría el cielo con su sombrío manto, y en tribuna de blanco marfil, Selene se engalanaba con vestido de plata para saludar a los mortales. Todo estaba en el más absoluto silencio; únicamente, el chirriar de los grillos, resonaba en el ambiente en su particular orquesta sinfónica de cortejo.
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El árbol de la vida

Cuenta una leyenda, que el árbol de la vida fue plantado en la Tierra por los dioses antiguos, y que de él nacieron todos los seres vivos del planeta. La humanidad apareció más tarde venerando a estos dioses en todo el globo. Cada civilización les puso un nombre, pero su naturaleza era la misma. Ahora, en nuestro tiempo, la salvia del divino árbol circula por las venas que recorren el cuerpo del hijo, herencia de sus padres, de sus abuelos y de sus antepasados, los cuales una vez regaron el árbol sagrado con su propia sangre.
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Amanecer

Bailan las flores al ritmo de la suave brisa que anuncia la Aurora de rosados dedos. Helios, ya ilumina a todos sus súbditos mientras despide a su amada Selene hasta el próximo ocaso. La rueda continúa girando, y el ciclo vital da paso a un nuevo día. El cielo sonríe, observando todo a su alrededor, desde su privilegiada poltrona hecha de blancas nubes.
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Ariadna

La elegante amante de brillante plata, magnífica en su plenitud, iluminaba el tiempo, dormida bajo el manto estrellado de la noche, que todo lo cubre.
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Canto a Afrodita

Te canto a ti, musa de melodiosos cabellos y embriagadora mirada. Que tus firmes y cálidos brazos envuelvan mis noches oscuras, y en tus esculpidos senos descanse el amargo sufrimiento de mi corazón. ¡Oh divina protectora de níveo rostro y ojos de mar!
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Tierras del norte

El viento afilado de las montañas, helaba la piel de Feidur mientras hacía danzar sus rubios cabellos por debajo del yelmo. El Sol, lanzaba finos haces de su divino resplandor, que penetraban entre el esponjoso algodón que adornaba la bóveda celestial, custodiada por los gigantes rocosos, cubiertos con su eterno manto blanco. El guerrero, descubrió su cabeza del metal que la protegía, mientras el movimiento ondulado de su larga cabellera se mezclaba con el perfume de las nubes. Su silueta se recortaba entre tanto coloso. Feidur, no podía dejar de maravillarse ante tanta belleza creada por los siempre vigilantes dioses.
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Viajes

Somos navegantes de nuestras propias vidas,
marineros de agua dulce sin rumbo y a la deriva,
buscando restaurar nuestra propia ruina.
Dejando el dolor apilado en alguna esquina.

Ya se ve, Itaca desde lejos en el camino,
persiguiendo sueños como si los marcase el destino
con los pies ensangrentados,
cansado, porque el viaje se está haciendo largo.

Buscando como protegerme del tormento,
y como Aquiles trato de evadir
cualquier arquero,
el talón su debilidad, la mia son tus besos.
Siempre atento por si se me ocurren nuevos versos.

Tu lencería estaba mejor sobre mi cama,
y ahora, es tu recuerdo el que se encuentra sobre la almohada.
Tan vacía, casi como la de tu mirada,
expandiendose en el interior como las llamas.

Miro al cielo oscuro un futuro negro augura,
inseguridades, miedos y un enorme mar de dudas.
Tus demonios, ya estaban preparados para la guerra.
y mi angel de la guarda que pasó de usar trincheras.
Trincheras, que algún día hicieron que enloqueciera.
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Preludio

La Aurora de dedos rosados se descubría dando paso a un nuevo día. Helios, desde su gloriosa tribuna, iluminaba con sus rayos de vida a todos los seres de las tierras del norte, mientras Eolo, insuflaba una refrescante brisa trasladando de un lado a otro el dulce olor del néctar de las flores. En todo el Reino de Northbeck, se trabajaba con diligencia para tener todo dispuesto para la gran ceremonia del equinoccio de primavera, donde se festeja el inicio de la estación verde, y se dan las gracias a los dioses con múltiples ofrendas y sacrificios.
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Del amor y otros mitos

Y aquí estamos,
par de conquistadores inconquistables;
yo tan Alejandro Magno,
tan Darío,
tan Gengis Kan;
tú tan Reina de Amazonas,
tan Cleopatra,
tan Helena de Troya;
y yo tan caballo de madera.

Par de deidades
con pies de barro,
yo tan Zeus del Olimpo,
tú tan Frigg vikinga,
tan Valquiria,
tan Venus de Milo;
y yo tan Sansón sin melena.

Si soy centauro tú eres sirena,
si soy Perseo tú eres Medusa,
si soy sol tú eres luna.

Tan grandes y tan pequeños,
tan todo y tan nada,
tan nuestros y tan ajenos,
tan siempre y tan nunca.

Y aquí estamos.
Par de conquistadores incoquistables.
Tan mitológicos como lo nuestro.


@SolitarioAmnte / viii-17
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2 a.m

Tantas palabras a mi espalda
susurradas en noches de verano,
tu voz en la madrugada,
que ahora sólo sueño,
sueños malditos que me embriagan.
No quiero despertar.
Porque ya las madrugadas no son dignas de deseo,
porque las garras de Morfeo
son menos crueles que tú.
Y de tus ojos, un suspiro,
y una sombra que se apaga;
de tu sonrisa, un sollozo herido,
mi sangre derramada.
Creímos controlar el destino,
prendimos fuego y ardimos,
y ahora que se ha consumido la llama
las madrugadas son demasiado oscuras,
los sueños no son suficiente,
y ya no susurramos,
gritamos,
la sangre se derrama,
muertas en vida esperando la muerte.
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Palingenesia

PALINGENESIA
- Por D. A. Vasquez Rivero.


PARTE PRIMERA

"Sobre el castigo infligido a unos amantes peculiares."

Zaeta envenenada con lujuria,
va Lélape tronchando matorrales
y atrae mil esencias naturales
su hocico (catavientos infalible).
Va en busca del motín apetecible,
de aquella que abrevando en una alberca
presiente esa ansiedad del alma terca
e izando su mirada hacia la oscura
maleza ve en seguida la osatura
del perro que acechando se le acerca.

Ostenta él estigmas en la testa
(terribles cicatrices como ganchos)
y ella, de cortarse con garranchos,
dos marcas en la pata delantera.
Él viste pelo verde, ella entera
es parda con manchones nacarados
y mientras él aguarda camuflado
se cuida ella de mostrarse atenta.
¿No entiende él, ignora a quién se enfrenta?
¿Desdeña o desconoce su pasado?

La presa no es cualquiera, no, mi amado
lector de legendarias moralejas.
Se trata de Teumesia, cuya oreja
distingue la presencia amenazante
del hábil predador milenios antes
que logre darle pábulo a su antojo.
No bien escucha el quiebre de un abrojo
o el mínimo gemir de alguna rama...
¡Se escapa chamuscando tierra y grama
tan lejos que no alcanza a ver el ojo!

Cautivos de emoción persecutoria
comienzan a latir dos corazones.
Pasión y adrenalina a borbotones
exudan al correr los animales,
abriéndose camino por trigales,
subiendo al frío inhóspito de heleros,
cruzando lodazales y veneros
y en vano fatigando los desiertos
que mueren como páramos inciertos,
ocultos a la luz del mundo entero.

Testigo de este juego interminable
el mismo dios del trueno se impacienta.
Apoltronado en cómodas tormentas
que alumbran hasta el lecho de los mares
cavila (realizando malabares
con nueve o diez gaviotas) la manera
de darle fin a tan horrenda espera
y tras considerarlo, por su boca,
dispara un maleficio y vuelve rocas
a aquellos dos amantes en carrera.

No obstante, cierta pena traicionera
rubrica duramente su semblante
(sutil remordimiento penetrante
golpea y debilita su cordura).
¿Acaso una recóndita amargura
nacida de anteriores conversiones
provoca que su vista se emocione
y llegue a esmerilarse con el manto
sagrado, melancólico del llanto
que cae devorando a las naciones?

Pues quedan bajo el agua del diluvio:
el corro de una tribu milenaria,
la sangre de su guerra innecesaria,
el puño sin piedad del gobernante,
la errónea predicción del quiromante,
el premio de la pútrida avaricia,
la falsa lealtad y su caricia,
lo fútil del honor y el apellido
y todos los pecados conocidos
ahogados en acuática justicia.



PARTE SEGUNDA
"Sobre cómo un hombre se vuelve símbolo de esperanza ante semejante tragedia."


Al tiempo que remiten las mareas,
saciadas con humanos por tributo;
teñido el velamén de negro luto
navega a toda marcha una galera.
De Prometeo el hijo la lidera
virando gobernalle al noroeste.
(Bien sabe que en la bóveda celeste
logró quedar en pie esa noble tierra
famosa por su oráculo que encierra
lo ignoto de las dádivas y pestes).

Despuntan las calendas de noviembre
y no sin privaciones acuciantes
fondea Deucalión a su gigante
navío sobre mustia costanera.
Tritones que descansan a la vera
del mar en vigilancia permanente
le ruegan: ¡Continúa hasta la fuente
rodeada por olivos y laureles.
Consigue que la pitia te revele
la forma y resucita nuestra gente!

Deseando concretar tamaña empresa,
surtido con lo justo y necesario,
prosigue el héroe rumbo al legendario
Parnaso (que descolla en horizonte).
Y así, como un audaz Belerofonte,
cabalga sobre vértigos crecientes,
pasando de prehistóricas pendientes
a escarpas, a mortales precipicios
y de éstos a un camino más propicio
del monte para entrar a sus vertientes.

Más tarde, sin embargo, se detiene
delante de una cueva arboriforme
a cuya fauce cuidan trece enormes
antorchas que iluminan sus entrañas.
Adentro, la figura más extraña
procura aproximarse presurosa
(en parte criatura, parte diosa)
preséntase Pitón, brutal serpiente,
jactándose del don clarividente
y al punto revelándole estas cosas:



PARTE TERCERA
"Sobre una decisión.”


- Escucha, fiel heraldo de tu raza.
¡Yo soy la verdadera Pitonisa!
Mi ofensa perdonaron Artemisa
y Apolo (desdeñando su venganza).
Ahora, con motivo de alabanza
y eterna gratitud, he decidido
sumirme en esta gruta del olvido
dejando que confluyan a mi mente
olímpicos mensajes que la gente
reclama tras haberme conocido.

Por eso te pregunto: ¿Qué secreto
anhelas al pasar por mi guarida?
Acércate, busquemos en seguida
propósito a mi historia y a la tuya.
- Quisiera que un encanto restituya
el cuerpo y el espíritu presente
en todas las personas inocentes
llevadas sin aviso al inframundo
- responde Deucalión con un profundo
fervor y le replican lo siguiente:

- ¿Qué vientre maternal te dio la vida?
¿Qué célico soplido, el intelecto?
¿Será que los humanos, por tu afecto,
merecen elevarse desde el Hades?
Después del muladar de iniquidades
merced al cual se vieron condenados,
difícil es que sean perdonados
sin antes arrancar de sus gargantas
el mismo sufrimiento que hoy espanta
mis ojos con un mundo despoblado.

- No creas, Pitonisa, que pretendo
salvar de los ignívomos abismos
a aquellos cuyo fiero despotismo
sembró lujuria, vicio, sed y muerte.
¡No corran ni los buitres con la suerte
de disputar su fétida carroña!
Sugiero ver la cura en la ponzoña
y darle nuevo aliento a quienes fueron
amantes hasta el fin y no vivieron,
(probando así que el bien siempre retoña).

- Tu sabia sugerencia me conmueve,
tu juicio me parece muy sensato…
¡Hagamos el milagro de inmediato!
Comienza por tomar aquella piedra.
- ¿Cuál? ¿Ésta? – Esa, quítale la hiedra,
preciso es que su forma limpia quede.
- ¿Así está bien? – ¡Perfecto! Ve si puedes
cegarte con el paño del turbante
que llevas pues, de ahora en adelante,
tan solo escucharás lo que sucede.




PARTE CUARTA
“Sobre los caprichos alquímicos de la naturaleza.”

Entonces Deucalión accede a hacerlo,
se cubre el rostro mientras la serpiente
reptando se desplaza lentamente
al fondo del palacio de calcitas.
Y allí do banderolas y helictitas
decoran un recinto preparado,
Apolo finalmente es invocado
mediante luz votiva y oblaciones,
dictando por Pitón revelaciones
que escucha nuestro héroe engatusado.

- ¡El polvo es la materia primigenia
del hombre, de la bestia, del cultivo;
por tanto, ¿puede haber algún motivo
que impida al mismo SER cuanto le plazca?!
Si dices: "Piedra, de tu polvo nazca
robusto corazón, labio discreto,
cerebro dócil, venas, esqueleto,
vital aliento o rítmico latido."
¿No hará a tu voluntad lo requerido
mutándose en orgánico sujeto?

Parece inverosímil, mas no tuerzo
mi lengua en artificios ni teorías,
si sigues mis palabras este día
naciones brotarán de los escombros.
- ¿Qué debo hacer? – Arroja sobre el hombro
tu limpio pedernal, hueso de Gea,
y tras de ti hallarás lo que deseas:
varón, mujer o grácil criatura,
dejando su asfixiante sepultura
en pos del aire gris que nos rodea.

“¡Así lo haré!”- Retumba, trona un grito
y su eco resquebraja las paredes
del dombo natural donde sucede
aquel prodigio previo pregonado:
El duro pedernal es arrojado,
cayendo y rebotando varias veces;
se encoge, se alabea, se estremece,
se para, salta, cae, se fragmenta
y sorpresivamente experimenta
una transformación que lo enternece.

¡Un hombre! ¡Ya respira! ¡Ya se mueve!
Un ser antropomórfico dispuesto
a irse de la cueva, lleva abiertos
los párpados plagados de lagañas.
Y sobre sus larguísimas pestañas,
encima de las cejas, claramente,
enseña siete estigmas en la frente
idénticos a aquellos que llevara
el perro cuya caza se frustrara
por no medir la astucia en su oponente…



PARTE FINAL
“Sobre el inesperado modo en que concluye esta historia.”


¡Es Lélape! No busca la salida,
sino al lapídeo amor, la que antes fuera
su más preciada presa en las praderas,
los montes, los heleros y desiertos.
- ¿En dónde está? - pregunta el “antes-muerto”
a la serpiente y ésta le contesta:
- Si buscas a Teumesia solo presta
tu olfato al acre olor de mi caverna,
pues aunque afuera es piedra adentro es tierna
y emana aroma su alma, a VIDA apesta.

El perro vuelto un hombre se prosterna,
arrima rostro a tierra con recelo,
acerca su nariz a ras del suelo
y olisca musgo, barro, sal, incienso;
percibe el rastro débil, luego intenso
del delicioso cuero transpirado
bañado por esencias, perfumado
con jara, nerolí, carbón y albahaca.
¡No hay dudas que entre todas se destaca
la piedra de manchones nacarados!

- Es ésta - ¿Convencido? – Por supuesto.
- Tu turno, Deucalión, obra el milagro…
- ¡Despierta noble zorra, yo consagro
el cascarón a Gea, quedas libre!
¡Desúncete del yugo y haz que vibre
tu espíritu animal en sangre humana!
La piedra se cuartea, se desgrana,
se quiebra cual crisálida al instante
y surge de su seno la infartante
mujer, envuelto el sexo en finas lianas.

Ya presa y predador se reconocen,
contemplan asombrados sus figuras:
¿Cabello? ¿Piel lampiña? ¿La soltura
de un bípedo al andar y comportarse?
¡Añoran estar juntos! ¡Corretearse!
Y puesto que sus ganas son bestiales
se escapan a los valles ancestrales,
su idilio repitiendo por centurias:
“Zaeta envenenada con lujuria,
va Lélape tronchando matorrales…”
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Sin ganas

No tengo, de escribir ganas apenas.
Mis musas se deslizan prepotentes,
entre el cristal borroso de mis lentes
sin detenerse en ayudarme, ajenas.

Comedido, desdeño el altercado
que engendre en mi, meritoria ceguera,
trocando en Tamiris sin que yo quiera,
por el desdén del verso inacabado.

Calíope me niega la elocuencia,
Erato los poemas seductores,
Talía la sonrisa complaciente.

Melpóneme me niega su presencia
solo Euterpe me presta sus favores
y tócome la flauta... inapetente.


©Giliblogheces
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