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Soy yo

Se había oído una llamada en la puerta. A nadie aguardaba a esas horas. Tras unos segundos de espera volvieron a repicar los tres toques en la aldaba. El gato negro ni siquiera se sobresaltó y continuó dormido sobre la alfombra. El sofá todavía conservaba el calor del anciano cuerpo arropado. Con mucho esfuerzo se levantó y, a pasos cortos, recorrió el pasillo hasta llegar a la entrada de la casa. Retiró la chapa metálica de la mirilla y un rostro, desconocido pero esperado, permaneció inmóvil, clavado en ojo cristalino de la vivienda.
 -¡No puede ser! ¿Por qué llega en este momento? –Gritaba su mente descompuesta. Ya se había dado cuenta de la identidad del visitante, pero no obstante hacía un esfuerzo por confirmar que no se había equivocado con el personaje.
 -¿Quién es?
 -Soy yo.
 -Y, ¿quién eres tú?
 -Lo sabes perfectamente. –Es verdad. Tenía la certeza de que tarde o temprano llamaría a su puerta. Estaba ahí. No había dudas.
-¿Puedes volver más tarde? –La pregunta carecía de sentido y el sonido se diluyó en el aire ahogando el deseo más fuerte que cualquier ser vivo alberga en su interior. A pesar de la evidencia ineludible intentó descorrer un enorme cerrojo para impedir la entrada del extraño, pero la madera se pulverizó por arte de magia e hizo un pequeño montón de serrín junto a sus zapatillas. De repente, quedó paralizado frente a su nuevo y último visitante.
-¡No me toques, por favor! –La súplica resonó como un eco de los tiempos mientras se esparcían sus propias cenizas en una cuneta de la historia. Silencio.
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La Violinista

Como cada noche, miraba a través de mi ventana del cuarto piso, como ella delicadamente tomaba su violín y se disponía a tocarlo. En esta noche me regala las dulces notas de Adagio for strings, por lo que cerré mis ojos y sentí como la música en el alma me elevaba. Sus dedos acariciaban cada cuerda y verla, era ver una pintura cobrando vida.
Su cabello negro cuidadosamente peinado y ese vestido rojo que enmarcaba su figura me enloquecía, le disfrutaba mientras se movía al compás de cada sonido cual si bailara con las notas: quiero tocarla, pero interrumpiría esta paz que cada noche me regala.
Hoy esta magnífica. Hoy da un concierto solo para mí y la luz de la luna ilumina el escenario de su balcón. Solo existe ella, su violín y yo.
Cada nota es una caricia, un beso. Cada movimiento es un acorde que equilibrio su cuerpo. Quiero que toque para mi, quiero ser su único público, quiero que sea mía.
Mis pensamientos vuelan a su cuarto y puedo sentir su perfume, su respiración agitada al tocar con tanta pasión. Embelesado estoy cuando de pronto, la música es interrumpida por el sonido fuerte y sordo de un disparo... abro los ojos y ella yace en el suelo. La sangre del pecho brota como si fuera una adorno de su vestido, su mano derecha aún sujeta el violín y con la otra mano busca el arco como queriendo terminar su concierto.
La noche toda se sorprende al escuchar el estruendo, en ese instante salgo al balcón para que ella pueda verme al fin antes de cerrar sus ojos para siempre, y en las últimas notas de su adagio un grito silencioso se vislumbra dentro sus ojos cuando escondo el arma tras mi espalda.

P.E.S.S

www.youtube.com/watch?v=05G-iEETxRU
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La Hora Gris

Entre el día y la noche se fue.
Entre un suspiro y una larga pausa,
entre el traspatio nocturno
de una agonía degollada.
Un gélido beso
de su alma callada
mutiló mi alborada.

Cuanto dolor y zozobra desbocada.
Un mar de lágrimas
donde la esperanza esta exiliada.
Desgarro que despierta mi locura
aprisionando en mis manos
el inmóvil cuerpo
en el esfuerzo imposible de revivir
el pecho tan amado.

Todo es en vano a pesar de la esperanza.
Puñal entrando en el alma,
la sin razón asfixia mi mirada...
Un último destello en sus ojos.
Terminaron sus horas y
me carcome la mordaza.
Decreto un crimen.
Han matado mi historia
y mis pasos se hacen agua.

P.E.S.S
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Siento la vida lejos

Siento la vida lejos,
palpo la muerte negra,
lidio con ella.
Nunca es aquí donde quiero estar,
siempre vuelvo a donde te prometí no volver,
allá dónde fallecí 13 años atrás.
Mi máscara taimada es mi muerte,
la siento cada día en mi piel.
sé cómo me separa de la vida que estalla en el salón,
del diálogo chispeante y creciente,
de los giros oportunos e intencionados para no chocar,
para continuar,
para ir y volver sin tropezar.
Persigo inocente al día,
cuando llego;
ya es tarde.
La noche me espera al otro lado de tu paso firme,
de tu sueño plácido sin escondites, aristas ni cavidades huecas.
Aquí,
Yo,
donde nunca quiero estar,
en la habitación de al lado,
en la otra cara de la moneda,
al abrigo de mi misma,
intentando no rozar la arena donde las monedas
caigan por la cara que caigan normalmente se pierden.
Ando soñando con mi velatorio
aunque hay una fiesta que no quiero perderme.
Las golondrinas vienen a mi ventana,
quiero seguirlas.
Mi casa arde, he de entrar.
No quiero saber qué pasará cuando me atrape la realidad.
Siento la vida lejos,

palpo la muerte cerca,
lidio con Ella.

Escrito en Agosto de 2012 a cuatro manos con Eva González.
* En la imagen; Charles Bukowski.
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La Muerte

La Muerte es un hermoso enigma
oscura fascinación
que atrae e intimida
invocación eterna
de quien la anhela
temeroso de verla llegar.


Heclist Blanco
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1comentarios 27 lecturas versolibre karma: 56

UN CUENTO PARA MATARTE (Basado en sueños reales)

La silla de ruedas estaba tirada en el suelo. Ella, arrastrándose para alcanzar el teléfono que estaba a unos centímetros más allá, lo toma e intenta marcar el número 95237 sin embargo, un golpe del bastón en su mano derecha, le hizo soltar el aparato sin permitirle terminar de marcar el número.

Mira a los ojos a su asesino: pagaría tarde o temprano con su muerte después de tanto daño. El asesino le sonríe y deja caer en el cráneo de ella un contundente fierro y empieza a golpearla reiteradamente en la cabeza como si fuera una pelota de hule, despedazándole la nariz y los pómulos. Con cada golpe que daba, el odio se le escapaba del alma, la quijada se rompió en pedazos desfigurando su cara inerte, los dientes saltaron lejos, dejando trozos de carne y un profuso charco desangre por el suelo. Al dejar de golpear la cara de su víctima, suelta el instrumento y observa sus manos llenas de sangre. Después, para terminar su obra, introdujo los dedos en lo que quedaba de boca, tiró la lengua de la mujer, y con unas tijeras la rebanó con goza, pues de esa lengua maldita, provenía todo el odio que le tenía. Lengua de víbora que hacía daño a las personas, sobre a todo a aquellas que si la querían. La envidia de esa mujer destruía vidas..

Sujetó el trozo de lengua y lo depositó en el recipiente del microondas. En tres minutos estaba listo. Se lavó muy bien las manos en la cocina, abrió la puerta del patio y la dejó entreabierta para que los gatos del barrio se diesen un festín.
Luego, regresó al cuerpo de la mujer que está en el suelo en su charco de sangre y sintió el ruido insoportable del disco que aun tocaba “Pimpinela”. Apagando el artefacto de una patada, tomó la silla de ruedas, se sentó en ella y encendió un cigarrillo mirando su obra de arte, de venganza.

Disfruta del sabor del tabaco y del humo, pero es interrumpido por el golpe de la puerta, una y otra vez. El golpe incesante se hace cada vez más intenso, y al despertar en mí cama, escucho su desgraciada voz:
- ¡Hey, no te olvides de tirar la basura!

Luego ella ya se marcha a su sesión de diálisis y oigo como se aleja con el enfermizo rechinar de su silla de ruedas.


P.E.S.S
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Frío

Frío, frio que apelmaza
huesos que se lastran,
mendigos que mueren
al caer el alba.
Frío, frío que no siente
la de la guadaña
viene a visitarlos
todas las mañanas.
Frío, frío el que recorre
mi cuerpo al pensarlo,
lo cuento en mis letras
pero nada hago.
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Amor que vence la propia muerte

Requiero de la fuerza del fuego.
Con eso me bastará por siempre.
Huir del desasosiego que hunde.
Por un estéril corazón vacío.

Mis letras consuelan lo que tengo.
De modo que recobro el animo.
Venzo al que lo quiere invadir todo.
Recuerdo las alegrías sintiendo.

Para no morir de frío y hambre.
Basta que el ego no rompa a la fe.
Con su dolor de la pesadumbre.
Que lo consume en segundos todo.

Lograremos ganar lo perdido.
Música que cura lo sublime.
Amor que vence la propia muerte.
Seremos como la poesía al oído.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
13/02/2017.
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Partieron inéditos de nuestras vidas

El invierno a llegado a mi vida.
Poco a poco he dado paso al frío que cala en los huesos.
No he podido detener las tempestades.
Porque el tiempo es imperdonable y solo sigue avanzando indolente y testarudo.

No le importa el ayer cuando el corazón brincaba jubiloso en las praderas.
Tampoco le importan mis ojos que retaban al peligro sin medir sus consecuencias.

Ahora solo observo quito al cúmulo de experiencias que se mueven en el vaivén de la indiferencia.

Sobre un pasado que se escurre como el agua de las manos así he solapado la injerencia en mi vida de un montón de gente necia.

Ahora la noche esta cerca de mi vida.
La muerte ronda escondida.
Es su aroma a ocre se pasea ofendida.

No es a mí a quien lleva en sus finos carruajes.
No le teme a la ironía de la parodia.
Nunca le incomoda el presente que se acorta con el transcurrir de los obvios sucesos.

El invierno a llegado a mi vida.
Poco a poco a dado paso al frío que solo cala en los huesos.
No he podido detener las tempestades.
La caricia fría me mantiene despierto ante una realidad que me marchita.

Se fueron.
Seres queridos que partieron inéditos de nuestras vidas.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
26/11/2014.
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Cementerio General del Sur

El cementerio es la diaria cita
de los muertos en vida
con los vivos en la muerte.
O tal vez sea
un sitio para el reposo de las almas
de los que mueren
y el comienzo de las memorias
de los que siguen viviendo…

Sepultura de corazones
de difuntos y dolientes,
poblados en los que entramos a despedir un pariente
y salimos despidiéndonos
de aquello que un día fuimos.

La única certeza al pisar un camposanto
es que lo abandonamos siendo completamente distintos.
Entre el dolor y el llanto
ya no seremos los mismos.


Heclist Blanco
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Ya ha llovido

Ya ha llovido.
Y sigue doliendo tu árida ausencia.
Y se quedaron los pájaros cantando.
Y en nuestro hogar una urraca graznando.

Ya ha llovido.
Y la normalidad pide paciencia.
Y llegará. Quizás ya haya llegado.
Pero nos quiebran rayos desolados.

Ya ha llovido.
Pero no con suficiente frecuencia.
Y cada triunfo te trae a mi mente.
Y en ningún fracaso te tengo ausente.

Ya ha llovido.
Y cada alma guarda algo de tu esencia.
Pero sería mucho mejor verte.
Y que hicieras mil burlas a la muerte.

Ya ha llovido.
Pero el recuerdo atiza con violencia.
Pero apareces cada anochecer.
Pero aún queda mucho por llover.
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Límite

Cuán difícil trazar el límite y
qué infinita línea del horizonte,
entre el océano y el cielo.

Insoportable tortura y sufrimiento,
si no cede la dolencia del liviano dolor.
Tormento, la persistencia en la aflicción.

Sin consciencia, ni vida con sentido,
cuando todo se ha perdido,
amor y desamor se parten en dos.

Las arrugas aparecen sin presentarse.
El crono ya se esfumó
contemplando las saetas del reloj.

La noche llega a ser tal
si la tarde decide abandonar al día
que todavía le sustenta.

Y el deseo mantiene la ilusión,
y aguanta al microsegundo justo
que le regala una esperanza.

Límite, eterno envolvente.
Vaporoso, velo transparente,
que decide sutil entre vida y muerte.
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Tengo ganas al miedo

Tengo miedo a no sentir, y a sentir demasiado,
a saber de más y a no saber nada,
al qué dirán y a que no digan nada,
a ser yo misma y a esconderme,
a que no me quieran y a que me amen,
a no decir y a decir demasiado,
a que el tiempo vuele y a que vaya demasiado lento,
a dormir para siempre y a quedarme despierta,
a soñar y a que sea todo real,
a dejarme llevar y a ser guía de alguien,
a creer en ti y a que creas en mí,
a defraudar y a que confíen demasiado,
a triunfar y a fracasar,
a reír hasta que duela y a llorar hasta que se calme el dolor,
a vivir y también a la muerte.

Cuánto temor camuflado,
qué sinsentido más grande tener miedo
al miedo de no tenerlo,
pero sufrir también si tienes demasiado.

Qué estúpido tener miedo a las ganas y ganas al miedo.

Tengo ganas de sentir el miedo
que se siente al sentir demasiado,
al no sentir nada, al saber de más,
al no saber nada,cuando no me quieran,
cuando me amen, al ser yo, al esconderme,
al callarme, y al gritar lo primero que piense,
al que el tiempo se detenga, al que sea muy rápido,
al dormir, al despertar, al triunfar, al fracasar, al defraudar,
al que me defrauden, al reír,
al que se me acaben las lágrimas...

Tengo ganas de vivir y a veces, incluso, de sentir la muerte.
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La más profunda melancolía

"Gregorio dirigió a continuación su vista hacia la ventana
(...) y el cielo encapotado lo sumió en la más profunda melancolía"

La Metamorfosis

¿Ves aquel escarabajo patas arriba en la acera?
¿Puedes escuchar su lamento al lado de tu zapato?
¿Te has preguntado alguna vez cómo suena?
No es el perro que chilla, ni el gato que maúlla,
no es el bebé que llora, ni la lágrima de puta
Es el miedo detrás de tu grito
es el miedo con alas, caparazón y pelos en las patas
es el miedo que no sabe que él es miedo
es el miedo, ya con miedo

No escondas tu rostro, ahí está
con sus patitas hacia arriba, ya vencido
dentro de poco muerto y seco
¿ya puedes escuchar su quejido?

¿No está mirando nuestros rostros,
las nubes, ese árbol viejo?
¿Lo puedes ver hundiéndose
en la más profunda melancolía?
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La Calavera

A diferencia de muchos, la idea de mi propia muerte no me atemoriza en lo absoluto. Al contrario, lo que siento es una devota fascinación por su símbolo más emblemático: las calaveras. Todo comenzó cuando yo tenía ocho años y, en compañía de mi maestra y un grupo grande de niños integrantes de varios cursos de la escuela, viajé al Museo de Antropología ubicado en el estado más próximo a la ciudad como parte de un paseo escolar; una de las pocas vivencias infantiles que guardo en lo más profundo de mi memoria.

Fue allí cuando, en medio de todas las cosas que se exponían ese día en el lugar, mi naturaleza curiosa me llevó hasta una sala en la cual se exhibían diferentes reliquias pertenecientes a los ritos funerarios de las primeras tribus indígenas que poblaron la región. Según las explicaciones repartidas en grandes rótulos negros con letras blancas por las distintas paredes del inmenso salón, estas tribus acostumbran a depositar los cuerpos de sus muertos en sendas vasijas de barro en lugar de enterrarlos, por lo cual en medio de la sala se ubicaban seis de éstas, todas enormes, con sus respectivos difuntos milenarios dentro, ornamentados y coronados con guirnaldas de flores resecas por el tiempo pero extrañamente conservadas.

Recuerdo asomar mi cabeza inspeccionando el contenido de las vasijas, una por una, observando sin mucho entusiasmo los restos colocados en el interior, para luego alzar la mirada y, al voltear a mi derecha, toparme de súbito con un vetusto y ocre cráneo humano. Esa cosa sí que me asombró. Nada que ver con los dibujos que ilustraban la canción de Los esqueletos en el libro de clases: ¡estaba frente a una calavera de verdad! Quedé obnubilada por un breve instante ante aquel descubrimiento –«¡ay, un cráneo de verdad, una cabeza de un muerto!» no dejaba de repetirme para mis adentros– tan extraño. Ni siquiera los huesudos de las vasijas, con sus coronillas agrietadas y curtidas por siglos de tierra, me impresionaron tanto como esa sola visión. Aquel cráneo a un palmo de mis narices, con la vitrina en medio como única separación pero tan cerca que se producía un horrible efecto visual que mostraba mis propios ojos reflejados por el cristal dentro de sus orbitas vacías y oscuras, como si me mirase. Aún así yo no sentía nada de miedo. Más bien me entraron unas ganas imperiosas de tocarlo, de tenerlo entre mis manos (como el hombrecito barbón que sostiene uno en la portada del Hamlet para niños de la biblioteca) para poder mirarlo con más detalle. En ese instante me asalto una idea; un pensamiento que hasta hoy llevo en la mente tan claro como si todo fuese sucedido ayer: «Entonces, ¿es qué así somos todos por dentro, verdad? Llevamos una calavera igual a todas partes, en todo momento, siempre sobre los hombros, sólo que escondida entre el pelo y la piel. Y si esta es la muerte, ¿quiere decir que llevamos la muerte encima?» Eso era lo que exactamente pensaba mientras miraba el cráneo en la vitrina e instintivamente me llevaba las manos a la cara y las colocaba en forma de estrella sobre mi rostro, tanteándome la cara con los dedos.

Pronto me sacó la maestra de mis ensueños, asiéndome de un brazo para llevarme junto a mis compañeros de clase, visiblemente molesta pues había estado buscándome por toda el área y ya era hora de que me uniera al grupo para seguir con el recorrido. Mientras continuaba la visita, no me concentré en otra cosa que no fuera el gran alivio que sentía luego de la revelación que tuve en mi anterior encuentro con la calavera: todo el tiempo los adultos relacionando cráneos con el peligro y la muerte, y resulta que todos llevamos uno día con día sobre nosotros. «Su forma es extraña, da miedo, pero si es así no debe ser tan malo», pensaba yo en el trayecto hacia la próxima exposición.

Después de ese primer encuentro tan particular, tan revelador, le tome un gusto inusitado a todo lo que tiene que ver con calaveras, además de haber perdido prematuramente ese miedo a la muerte que tanto acosa a los mortales. Con el paso de los años comprendo mejor lo que aquel secreto instante de mi vida entre la antigua calavera y yo significaba: la muerte es parte de cada persona en la tierra y no la abandona ni por un instante. Desde entonces, siempre que me miro al espejo y contemplo mi rostro, no me olvido nunca de la calavera que se oculta detrás.
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Como mariposa

Como mariposa

Las hojas vuelan como mariposas
mostrando esos colores que decaen
en este frío otoño donde las rosas
de esas mejillas tuyas me atraen a tu boca.

El árbol observa esta vida y esta muerte
la noche y los días pasan y vuelan
como polvo en la mano, como loco sin suerte,
como esas hermosas mariposas multicolores...

Las raíces del árbol se extienden
son como nuestras manos o nuestros píes
son el origen de una vida, una historia sin fín,
pero aquellos que caminan no lo entienden...

Aquellos que miran no ven y terminan por matar
eso que alguna vez pretendían proteger,
esta vida verde que ya no crece,
y en la bruma de esa maquinaria; se desvanece...
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Sin título (el último)

Ni se os ocurra colocar coronas florales encima,
solo aire libre,
aire puro de montaña.
Quizá la claridad del aire alivie al desocupado
que ya no dormita aquí y sin embargo reposa
ataviado con ese ropaje que en pocas semanas
tan solo será una cruda desnudez,
simple animal deshuesado galopando dirección a ninguna parte,
y lo más importante,
nada de lágrimas
-¿qué ganáis llorando?

Canet
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Viví muerto en vida

No sé qué me conviene,
si vivir muerto,
si morir en vida.

No sé quién me entiende.
Si esta vida es un sueño,
soñaré con el alma partida.

Yo sé que tú recuerdo me entretiene.
En mi mente es invierno
y en mi corazón una primavera fría.

Solo tu recuerdo me sostiene,
ya solo reflejo en mi cuaderno
lo que veo en mi mirada perdida.

Busco la salida
a cada problema.
Cada poema
refleja mi vida.

Estoy entre sollozos,
Entre bambalinas.
Viviendo en ruinas
Junto mil corazones rotos.

Entre mil calaveras,
Herido,
Perdido.
Tirado en las aceras.
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Mi último aplauso

Un incesante torrente de libélulas
escarchadas se mece
en todas direcciones,
como el embate de las olas;
la tarde de variadas tonalidades
emerge de las sombras
como promiscuos matices
que componen el espectro
de los colores más hermosos.

Navegan alrededor del viento;
la bruma y un azul intenso,
pincelando el cielo antibélico
figurando los aromas del Sinaí,
la frescura del Cairo
y los seis días vividos por Israel.

El silencio se refleja en lo desconocido…
¿Qué traerá el mañana en su tupido vientre;
ensalzamiento o podredumbre?
Desorientada y confusa
vago en tus recuerdos, en lo cotidiano
que eran tus besos y en el fondo coral
de tus negros ojos.
El cuadro denso y crudo
muestra tu cuerpo en el fango de la muerte,
entonces siento
aversión y culpabilidad por la vida urgente,
puedo experimentar cansancio
pero en ningún momento expreso angustia,
enmudezco y también muero contigo.

Ya no iluminaras mi altar, simplemente,
subsistiré en las vicisitudes que he de enfrentar
buscándote en los ojos de la multitud.
Mis ansias me hacen olvidar
tu virtuosa sonrisa y
la luz inmaculada de tu dulce mirada.

Todo desapareció en una exhalación
y el sereno brillo de tu ausencia
ilumina una franja en mis tinieblas.
Hoy soy víctima de un amargo final;
construir de nuevo la vida sin tus cimientos,
es una ingrata pena...
"Rehacer mi existencia cotidiana
será como volver a nacer".

¡Bajo el telón!
Mi último aplauso,
antes de ver partir
lo que resta de ti.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Vidas Paralelas

De segmentos paralelos
nuestros caminos están hechos.
No nos cruzaremos en el cielo,
porque yo amada mía, iré al infierno.
En la misma morada, moraremos,
pero tu como agua y yo como fuego,
yo como lamento y tu como silencio,
tu como la vida, yo como lo muerto.

Y al final en esa agonía eterna,
tu vivirás en un instante infinito,
alegría, felicidad, amor y paz.
Yo viviré, tristeza, dolor y soledad.

Por eso de mis ojos caen lágrimas
mi boca tiene sed, sordos mis oídos,
mi corazón se apaga y sangra,
sangra hasta mi alma.
¿Que me has hecho cielo mio?
Contigo, todito, todo, lo he perdio.
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