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Carcelera

Carcelera de mi alma
llora en soledad sus penas
apresada en su torre de marfil
tan solo su eco le susurra
con voz agonizante
preludio de su último aliento

Vive sin la alegría del sol
ni sentir el viento en su rostro
a su búsqueda sale la luna
y gritan las estrellas su nombre
con el silencio como respuesta

Mi alma ya no tiene boca
ni ojos, ni oídos, ni olfato
presa se halla
en su torre de marfil
llorando en soledad sus penas
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Las Veces que La Amé En Silencio

A veces, pedir un poco de cariño me hacía sentir un quiltro en busca de hogar antes de la tormenta.
Siempre estaba tras de ella esperando algo de afecto; pidiendo una caricia, un beso en los labios. Mas, esquivaba mis intenciones alejándose con una poco creíble excusa.
Navegaba agónico entre las sabanas de su mar hasta llegar a la orilla, sintiendo su desnudez y su piel mientras me moría de deseos contenidos, y ella, sin un mísero gesto de pasión y compasión, me hacía retroceder en mi vano intento.
La amé. La amé como nunca y la soñé como siempre, pues solo en sueños se enlazaba por las noches a mi pecho, abrazándome, besándome. Recorriendo con su mano mi piel y profanando el silencio de la con un -te deseo-.
La realidad de mi vigilia era otra. Una mediocre y triste realidad que mis ojos cegados de amor no se permitían ver. Solo un te quiero, nunca un te amo...
¡Conformate con eso pobre infeliz!
La voz de mi conciencia gritaba cada noche para despertar. Sin embargo yo, amaba en silencio.
Un reproche era siempre mal visto. Siempre desconforme, siempre pidiendo mas. ¿Por qué no eres feliz con lo que tienes ?
Yo callaba, no hables me decía sin gesticular palabra. La miraba en silencio y sonreía.
La calle fue testigo de nuestro caminar como dos amigos, sin tomarnos de las manos, sin un beso tierno en los labios. ¡Sin mirarla como como un flechado por cupido!
Nadie se puede enterar - silencio no hables, es un secreto-. Somos dos los dos que se quieren, que nadie se entere.
Solo escuchaba sin decir nada. La amaba en silencio.
Nunca supe que pasó, un día se alejó. Poco a poco sus cosas desaparecieron; sus aros, las hojas de sus notas, algunas boletas de compras, las llaves, su ropa, la maleta, sus 15 pares de zapatos, algunos lápices... poco a poco desaparecieron sus ojos, su pelo, su bella nariz, su boca, sus manos su cuerpo, su sonrisa.
Una noche de invierno en que la lluvia azotaba la ventana, su perfume desapareció. En silencio inhale profundo, me miré al espejo y mis lágrimas brotaron en respuesta a un dolor que nunca había padecido mi alma. Brotó desde mi pecho, abrió la carne y la sangre rodó cual cascada mientras veía a mi corazón salir y ser arrastrado por la corriente del río de sangre que lo secuestraba flotando para ser devorado por pirañas hambrientas.
Recuerdo haber despertado por una fuerte luz en mis ojos mientras una mujer de blanco tomaba mi mano, mirándome entre lastimeramente, con lástima. Salió de la habitación e inmediatamente entraron dos hombres con delantales blancos y uno con una vestimenta azul. Me hablaban. Yo no entendía. Traté de escapar, pero al bajar de la cama caí al suelo de golpe.
Entre dos me volvieron a meter en la cama, la bata se abrió y pude ver una inmensa cicatriz en mi pecho, di un grito de dolor y me desmayé.
No sé cuanto tiempo paso. No recuerdo mi nombre, no se quien soy. Me llaman el sin corazón, por la cicatriz en mi pecho. Sé que mienten. Sé que tengo corazón. Lo siento latir cada vez que pienso en ella, por que aquí estoy aún, amándola en silencio.
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