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Escribiendo me encuentro

Escribiendo me encuentro, no poseía, aunque eso parezca, ni la prosa mas bella, pese a que eso mis dedos pretendan, sino aquello que por mi mente vaga, plasmado ante mi, sin pensar demasiado, como en el siglo veinte se hacía, si no recuerdo mal, que mal no recuerdo, sino diferente, puesto que la realidad varía, y aqui desvariando me encuentro, y que decía, ah sí, el surrealismo decían, escritura automática lo llamaban, sin revisión alguna, sin proceso previo, sino escrito era, y escribiendo me encuentro
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Patria

¿Qué es la patria? La patria son tus ojos, y hasta donde alcanzan tus brazos mi frontera. La patria son las voces de la gente, cada amanecer, cada luna, cada sueño. La patria son los niños, los ancianos y sus historias; los hombres y mujeres libres que caminan en una misma dirección. ¿Qué es la patria? La patria es la tierra, sin importar su color.
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Lágrimas de sangre

Todo ocurrió en cuestión de segundos. Tras la primera explosión se desató el pánico. La polvareda atrapaba en su interior a decenas de personas que corrían sin orden alguno. Algunas se agazapaban, inmóviles por el miedo, confundiéndose con los cuerpos inertes en el frío pavimento. Quizá ya no notarían nada. Una segunda explosión volvió a sacudir el lugar, una pequeña plaza rodeada de bares de copas, establecimientos de comida y modernos escaparates de ropa. El céntrico lugar se había convertido de manera inesperada en un improvisado infierno. Marcel solo pensaba en Esther, su hija, a la cual abrazaba con fuerza para notar los latidos de su pecho. “Está viva”, se repetía una y otra vez en su interior. Habían salido a comprar algo de comer para la cena. Su teléfono sonaba, y la pantalla marcaba el nombre de Chloe, su esposa. La antes soleada y transitada plaza, estaba ahora cubierta por una negra y densa nube de muerte y destrucción. De su interior, algunas personas surgían como espectros de entre las tinieblas. Cristales rotos, sangre, y cuerpos de inocentes poblaban el lugar. Gritos y sirenas acompañaban la dantesca escena.
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Visca Catalunya! Visca la República!

A les tres de la tarda, en Ramón i en Marcel van ser traslladats per un grup de militars sublevats prop de la torre de l’aigua. Ells caminaven ferms, acceptant que aquest seria el seu últim viatge. Havien viscut tota la seva vida a Sabadell; en Ramón, era el petit propietari d’un taller de bicicletes, y en Marcel, un mestre d’escola. Els dos homes eren amics des de l'infantessa, y ara, el destí també els havia unit en la guerra. Tots dos havien estimat i abraçat la causa republicana, tant pel seu amor a Catalunya, com pels seus ideals llibertaris.
El camió es va aturar y els van fer baixar tot empenyent-los y cridant-los:

-¡Venga Rojos cabrones!

Els van fer posar un al costat de l’altre. Davant seu tres homes conformaven un improvisat pelotó d’afusellament. Els van donar unes venes per tapar-se els ulls, però cap dels dos les va voler. Un dels militars els va dir si volien dir unes últimes paraules, i tots dos van assentir amb el cap. Els dos amics es van mirar per últim cop. Va ser una mirada rápida, però plena de sentiment, un sentiment d’amistat que els uniria en el mes enllà. Tots dos van cridar alhora:

-Visca Catalunya! Visca la República!

Llavors, els fusells dels militars van tronar a l’aire, y els dos amics van caure al terra desplomats. En Marcel i en Ramón van afrontar la mort com valents milicians, amb l’esperança de que aquesta guerra alliberés Catalunya y tota Espanya republicana de l’amenaça feixista. Tot i els fatals aconteixements, persones com ells, van ser el fidel reflex del homes i dones que van donar la seva vida per la llibertat, per la germanor de tots els pobles d’una Espanya que va ser traïda, i per una pau que desgraciadament no es va poder aconseguir.
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Diguem el teu nom

Des del primer dia que la vaig veure no me la vaig pogué treure del cap. Era com una Deessa tota il·luminada d’una radiant llum hipnòtica. Cada dia, la veia passar davant la feina, i pensava, quina seria la millor manera d’acostar-me a ella i establir una agradable conversació. Tot i això, la por de ser rebutjat em tirava cap endarrere. Tot un any de dubtes em van fer perdre el cap.
Un matí, em vaig aixecar decidit a aturar a aquella noia per explicar-li tot el que sentia per ella des de feia un any. La vaig esperar impacient a la porta de la feina, però no es va presentar. Dia rere dia, la esperava desitjant tornar-la a veure; inclús la vaig buscar per tots els recons de la ciutat, però tot va ser en va. Mai vaig tornar-la a veure, i encara avui dia, després de mes de quaranta anys, el meu cor batega pel record d’aquella noia sense nom.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Fantasía de amor

Le preguntó cuál era su fantasía
y ella le contestó:
"Mi mayor fantasía eres tú,
un sueño inalcanzable".

Y siguió creando historias en su mente,
idealizaba un romance danzando juntos sintiéndose en las nubes que los elevaban al cielo deseando que su fantasía de amor
se convirtiera en realidad.
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Bajo la roja nieve

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

- ¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

- Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.
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Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Un Relato de Amor en Navidad

La noche era muy fría, en una ciudad tan grande.
En soledad el frío se siente y congela hasta los huesos.

Como cada mañana muy temprano antes de que la luz del alba y se hicieran presente los rayos del sol.
Miné saltaba de la cama, se bañaba, se vestía, daba un beso a Marita su hija de nueve años
que todavía dormía, que se medio despertaba para responder a ese beso.

No había colegio, Marita estaba de vacaciones,
no tenían ni un pariente ni un amigo, lejos todos estaban,
preocupada salía hacia su trabajo en una ciudad tan grande.
No sin antes declamaruna a una las tan repetidas frases características de todas las madres.

No le abras a nadie, si tocan no respondas,
no prendas las estufa, no salgas a ninguna parte, lee un libro, pinta un paisaje,
escribe para que mejores la letra, colorea, ponte a ver la televisión, te dejé el desayuno en la mesa,
y allí hay comida, nos vemos en la noche hija, te quiero.

Y corría a la parada del autobús, preocupada de dejar sola a su hija.

No siempre fue así, a veces había quien la cuidara, pero esta vez las circunstancias eran diferentes.
Marita era obediente, creativa, no le daba problemas a su mamá.
Ya su madre mucho se afanaba como para causarle disgustos, así que se levantaba, se bañaba,
escogía un vestido, luego iba a ver que le había dispuesto su madre para el desayuno,
terminaba ponía los platos en el fregadero y se iba un sofá de la sala frente al televisor.
esa era su rutina vacacional

Pero esta no ocasión no podía ver sus programas favoritos, todo cambió.

Jugaba con sus muñecas, inventaba juegos solitarios, recorría uno a uno cada cuarto,
salía al balcón que daba a la calle a ver pasar a la gente, tanta gente y ellas tan solas, pensaba para sí.
Mientras con la mirada seguía un auto, ese también era uno de sus juegos solitarios,
adivinar cuantos autos rojos pasaban, si eran más que los otros colores de autos el rojo era su color preferido.
Llegaba el medio día, buscaba su comida y sola se sentaba a comer, luego, caminar por todas habitaciones,
contar las horas y esperar a su mamá

Anochecía la penumbra cubría la gran ciudad y su casa en ésta ocasión estaba a oscuras, un árbol navideño sin luces,
ni regalos y al pie un nacimiento, desangelado, con sus reyes magos,
que esta vez no hicieron magia y la estrella de belén no brillaba.

Sólo las luces decembrinas de los anuncios publicitarios podían iluminar el departamento de ese segundo piso.
Se ponía su pijama, luego iba al cuarto de su mamá y allí se acostaba , teniendo su propia recámara
prefería dormir con su madre, las noches de invierno eran muy frías, las sábanas estaban heladas,
Marita se acostaba del lado de su mamá para calentar su almohada y las sábanas,
mientras iba contando los minutos que faltaban para la llegada de su mamá.

Daban las 10 y por fin oía el ruido de la puerta abrirse, luego los pasos por el pasillo hasta su recámara.
Inmediatamente la abrazaba y le decía :
-Mami ya calenté tu lado, y se recorría al extremo de la cama donde estaban las sábanas frías..
Su mamá se acostaba, la abrazaba y así platicaban, la niña tantas cosas que quería decirle a su madre
y ella por el cansancio, haciendo esfuerzos por escucharla, hasta que caían rendidas de sueño y abrazadas.
Esa era la rutina diaria.

Pero ese día precisamente fue distinto.
No tenían luz, ni gas, ni nadie que la cuidara, así que al llegar la noche,
esperando la llegada de su madre solo con una vela se iluminaba.
Miné abrió la puerta de la entrada y la niña estaba sentada en el comedor esperando por ella.
Miné la abrazó y la besó mientras le preguntaba como le había pasado el día después le preguntó
_ ya cenaste hija? _
sirviendo el único plato de sopa fría que se había hecho antes que el gas se terminara; al mismo tiempo
que lo ponía en la mesa en el lugar de Marita.
-Mami no quieres? tú ya cenaste?-
Su mamá le contestó
- Si hija, anda come tú.
Marita comió unas cucharadas de esa sopa fría e inmediatamente se lo acercó a su madre,
diciendo que satisfecha estaba.
Mine comió el resto de la sopa no sin antes volver a preguntarle a su hija si no quería más.
La niña intuyó que su madre no había comido nada en el día,
Porqué madre al fin ,la comida de su boca se quitaba por su hija, el amor de su corazón, la razón de vida y por la que luchaba día a día en esa fría y gran ciudad.

Pero esa noche no necesitaban ni gas ni luz, porqué el amor que madre e hija se profesaban,
era suficiente para convertir una sopa fría en un platillo excepcional, y es que el amor hacía su milagro,
todo lo iluminaba su vida , sus corazones, al mismo tiempo que les daba calor a ese departamento
y a la misma ciudad tan fría tan indiferente al dolor y a la desgracia ajena.

Esa joven madre, trabajaba para poder dar una mejor vida a su hija.
Y una noche de quincena cuando recibió su sueldo y sus aguinaldos duramente ganados,
fue objeto de un asalto, con violencia arrebataron su bolso y con ello algunos sueños,
el robo la dejó sin cena Navideña ni regalos para Marita.
No hubo pago de luz ni gas pero gracias a Dios un pedazo de pan nunca a su mesa faltaba.

Solo con la fuerza y la fe que Dios le daba levantó el ánimo, total Miné se dijo,
a mi no me pasó nada, y mi hijita está sana, ya vendría días mejores, otra quincena,
otro año con sus navidades, otros aguinaldos, pensaba, podré llevar la cena navideña y los regalos,
que esta vez a su hija y a ella les faltaron.

Pero esa noche de navidad en esa casa iluminada sólo por las luces de la gran ciudad,
el niño Dios nació allí esa noche fría rodeado del verdadero amor.

Volvieron a su rutina, la niña a calentar con su pequeño cuerpo las frías sábanas,
el lugar dónde su madre en un momento más se acostaría.
Y como cada noche abrazadas platicaban sus sueños por alcanzar,
quizás un día con su arduo trabajo; se quedaba pensando Miné, los lograré,
se decía así misma mientras el sueño las vencía.
Hasta mañana hijita, mañana será otro día.
Mientras le daba un beso de buenas noches le decía :
-Te amo hija.
_Te amo mami.
Y al unísono
Hasta mañana!

Y se quedaban dormidas, mientras una brillante luz su bendición y protección les daba.

MMM
Malu Mora
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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Un Alma Desquiciada

Era una tarde linda y soleada en aquella aldea alejada de la civilización, por las noches se podía dormir muy tranquilamente, los días allí eran maravillosos, en aquel lugar vivía gente muy humilde y trabajadora, hacía mucho tiempo que no iba nadie a vivir allí, pero una tarde llegaron a la aldea una pareja joven con su hija de siete años, los aldeanos los miraban extrañados, era la primera vez que alguien nuevo llegaba, así que decidieron darles la bienvenida.

Se iban adaptando genial y cada vez se llevaban mejor con los aldeanos, pero ellos guardaban un secreto que traían de atrás y les iba a perseguir siempre, lo cual era un sin vivir, un terriblemente sufrimiento que nunca jamás se alejaría de ellos.

Iban huyendo de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, un alma desquiciada les seguía a todos lados, el alma de una niña que desde que apareció en su primera casa, siempre iba con ellos a todos lados, la que más lo sufría era la hija, se quería adueñar de su cuerpo para revivir en ella y poder así ejercer su venganza contra los que la mataron, da la casualidad que en esa aldea vivía uno de los culpables, cosa que ellos no sabían, ni se imaginaban.

Una noche, mientras los padres dormían, el alma apareció en el cuarto de Sheila, la hija, la niña se despertó sobresaltada pensando que había tenido una pesadilla, pero ahí la vio y le dijo… ¿Otra vez aquí? ¿No te cansarás nunca de hacerme la vida imposible? ¡Déjame vivir de una vez, sal de mi vida! De repente se despertaron sus padres y se acercaron al cuarto de la niña, al llegar allí se dieron cuenta de que sus vidas volverían a estar atemorizadas, de repente el alma les dijo… Nunca os dejaré tranquilos, seré vuestra pesadilla de cada día, necesito el cuerpo de Sheila, ha llegado el momento y ya no puedo esperar más, fuertemente con sus manos extendidas y sin tocarlos, los empujó contra la pared y aparecieron unas cuerdas que los ataba sin poder moverse, seguidamente, paralizó a la niña para poder meterse en su pequeño cuerpo y así lo hizo.

Sheila ya no era ella misma, era aquella niña que mataron en aquella casa, salió de la casa y se dirigió a buscar a ese hombre que le robó su vida, llegó a una casa escondida en el bosque, se suponía que allí vivía, vio un granero, entró y cogió un hacha que había por allí, después inmediatamente se adentró en la casa, subió las escaleras, recorrió el pasillo y entró en una habitación, allí estaba el hombre acostado en la cama, con las mismas y sin pensarlo le clavó el hacha en la cabeza, tanto le gustó la venganza que empezó a matar a todo ser viviente que se encontraba.

Al otro lado, los padres consiguieron desatarse y salieron a buscarla, debían pararla, no podían permitir que pasaran esas cosas horribles, mientras tanto, Sheila continuaba entrando a las casas para matar, pero no lo hacía en silencio, iba tirando todo lo que se encontraba en el camino, de esa manera los vecinos se despertaron aterrorizados, corrieron y corrieron sin saber a dónde iban, todo fue un caos de terror.

Los padres seguían buscando a su hija, al fin se la encontraron e intentaron hablar con ella para ver si podían hacer que Sheila desde su interior echará a esa alma desquiciada, lo consiguieron y al fin salió de su cuerpo y el alma enfurecida se fue volando y ellos quedaron libres al fin, pero quién sabe si esa alma desquiciada volvería a meterse en el cuerpo de otra niña inocente, el tiempo lo dirá…

Davinia Mesas Lorenzo
1 de Noviembre de 2017
La Poesía De La Vida – Artes Literarias –
© Derechos de autor.
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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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Finales de Septiembre (relato corto)

Amanecía, y la luz de la mañana se filtraba por la cortina, haciendo que la habitación estuviese iluminada, con esa tenue luz que te permite verlo todo sin que moleste. Adoraba aquellas mañanas perezosas de sábado, de finales de septiembre. Cuando ya los días van a menos (como decía su madre). Le gustaba despertarse así, de a poco, comprobando cada rincón de aquel espacio que tan bien conocía. Haciendo memoria de cosas banales del día anterior. Poniendo una pequeña lista de planes para el día.: leer, pasear, quizá un café con Ana, o podía quedar para ir a ver alguna película.
Se levantó y avanzó hasta la ventana para correr las cortinas y abrir. El aire fresco de la mañana inundó la sala y sus pulmones. Dejó que acariciara su piel hasta erizar el bello. No era nada ni nadie, antes del café. Puso una canción y se sirvió un café con leche y una cucharada de azúcar moreno, una tostada con aceite de oliva y dejó que el café y la música la posicionaran de nuevo en el mundo de los vivos.
Mientras desayunaba, hizo un repaso mental de la conversación que había tenido con Jorge unos días atrás, seguía sin entender el porqué de su nueva postura, había pasado de ser un proyecto de relación a amigos distantes. Creía que había buena química entre ellos, es mas sabía que la había, por eso no entendía que había pasado. No quería comerse la cabeza con aquello, hacía tiempo que las relaciones habían pasado a un segundo plano en su vida.
– Mejor sola que acompañada de seres que proyectan mala sombra- como decía Ana.

Tomó la taza y se aproximó a la ventana, corría una brisa que hacía que las ramas del chopo que tenía frente a la ventana se movieran, parecía una danza un tanto alocada con una extraña coordinación descoordinada. Las hojas se movían como bailarinas de una cajita de música. Dio un sorbo al café y dejó que aquel bonito espectáculo de ramas y hojas bailando al compás de la música que salía de su equipo, inundase la cocina. (Dulce mañana de sábado, me conformó con poco – se dijo).

Dejó la taza y la cuchara en el lavavajillas y de dispuso a leer un rato. Se dejó caer en la cama, acomodó la almohada a la espalda, se puso las gafas y dejó que la lectura la envolviera en ese mágico mundo que sólo un buen libro sabe crear. Por espacio de aproximadamente una hora ya no era ella, era el personaje central y sus circunstancias.
Miró el reloj, y pensó que quizá ya era hora de dejarlo, pero un capitulo a medias, ni pensarlo (manías de lector-se dijo).
Puso el marca-páginas y se levantó, de verdad que no sabía qué hacer, estaba tan a gusto así, perezosa y relajada.

En el cine de la esquina estaban reponiendo grandes clásicos. Ese podía ser un buen plan para la tarde. Un paseo matutino y de paso mirar la cartela para hoy.
-Si algún título me interesa llamo a Ana por si la apetece – pensó.
Se puso un pantalón cómodo, unas zapatillas y su camiseta preferida, esa que ya iba perdiendo el color por el mucho uso y el tiempo. Le que se compraron en aquel puesto del rastro una mañana de domingo de resaca y risas hace ya un sinfín de años. Tomo el bolso y las llaves y salió a la calle a disfrutar de aquel maravilloso día de finales de septiembre.


Hortensia Márquez - Sep.Oct/2017 (@horten67)
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A la sombra del árbol...

El día era normal y relajado, un típico día de noviembre que comienza a anunciar que el frío llegará pronto y aun así nos regalaba sus últimas trazas de un cálido sol. Por el camino los pequeños bambúes se mecían con la mano suave del aire y sus hojas silbaban con un tono bajo y esperanzador, su baile era casi hipnotizarte.

Mientras tanto en mi auto la temperatura subía, el sol me abrazaba por completo y las gafas obscuras parecían solo un tenue paño ante tal brillo... una gota de sudor recorría mi frente lentamente, como si reconociera cada surco, cada arruga, cada ínfimo detalle de mi gran imperfección y la conquistara para sí misma, al llegar a mi ceja se despidió con un cosquilleo y murió a causa del dorso de mi mano derecha.

La boca un poco reseca y el agua un poco tibia.

Exhalé un leve suspiro y giré la cabeza tomando mi cuello para liberar el estrés, el reloj marcaba las 4:17 pm con su pequeño tic tac, como si un insecto minúsculo fuera el que marcaba mi tiempo. La pulsera roja y la de piel con un pequeño cráneo de metal se enredaban al cambiar la velocidad, el motor parecía aletargado, como si el calor lo hubiera sumido en un sopor mundano. Miré a ambos lados del camino casi desértico, ningún auto asomaba ni por ventura, aun así, me tomé el tiempo de girar con suavidad sintiendo la piel candente del volante quemar un poco mis manos, parecía que aún podía sentir algo.

Seguí recto por unos metros más y llegué a la dirección. Un lugar solitario, con el sol en pleno y una pequeña banca resguardada en su propio bunker de sombra amablemente proporcionada por un gran árbol frondoso, el cual pareciera ser lo único vivo por ahí.

Estacioné el auto a un costado y abrí la puerta, la cual hizo un extraño sonido en sus bisagras como si se hubiera molestado por haberla despertado, descendí y mis pasos se escuchaban arenosos y algo arrastrados. La verdad es que no quería estar ahí pero el destino es inevitable y pensé "qué más da". Me senté en la banca y la sombra me refrescó como si me hubiera transportado en un instante a una selva húmeda, esa sombra era perfecta, me parece recordar que esbocé una sonrisa, pero no estoy muy seguro. Cerré los ojos y disfruté de mi pequeño espacio en el mundo, un pequeño espacio sólo para mí.

El ruido de un motor me hizo regresar a ese panorama semidesértico, giré la mirada y pude notar su auto a la distancia, el sol reflejaba el color plata como si una pequeña bala de cañón viniera directa a impactarme... y así era.... de nuevo el reloj 4:32 pm. Su auto se detuvo al otro extremo del mío, que mensaje más claro que el que ni siquiera podamos estacionarnos juntos. "Hola" exclamo con una voz apagada y con calma "Pensé que no vendrías"... Hacía días que no sabía de ella... "yo pensé que no vendría... y henos aquí, sólo he venido para saber qué tienes que decirme" aunque por dentro pensé que en verdad había venido por la sombra de ese árbol... "Pues bien dime, te escucho" lo dije con la voz más satírica que tenía y es que todo el mundo sabe que nada bueno puede salir de una plática que se pacta con un sinuoso y misterioso "Tenemos que hablar". Se sentó a mi lado, pero jamás me observó, sus manos temblaban un poco y sus ojos parecían quebrarse en cualquier instante "Te quiero, lo sabes..." .... "No, no lo sé, ¿me quieres?".... de nuevo pareció que le daba una punzada en la espalda... "Quisiera que la vida fuera diferente, que el universo nos perteneciera y que no tuviera nada más que hacer que quererte, sin embargo, mi vida es todo menos sencilla, es por lo que no puedo darte más de aquello que quisiera, no es falta de cariño de verdad, solo es un poco de ego porque me necesito a mí misma por el momento, por ello no puedo darme a nadie más, lo siento, pero lo mejor será despedirnos"... De ser honesto me sorprendió su sinceridad a quemarropa, esperaba un preámbulo de charla sin sentido, me gustó verla valiente por una vez.

Guardé silencio por unos momentos, giré mi cabeza hacia el cielo, el árbol seguía tan fresco... "De acuerdo" dije por lo bajo... "¿No tienes más que decir?"... espetó con algo de inconformidad... "Es claro que tu decisión está tomada, y solo has venido a decirla, si no, tu comentario de apertura hubiera sido eso, apertura, y no conclusión, cuando uno busca un dialogo suelta una hipótesis para ser desarrollada, tú querida mía, has llegado directamente a la conclusión, entonces esto no es un diálogo, es una imposición, y de ser sincero estoy cansado de ello. Te quiero, vaya que lo hago y por ello lo menos que puedo hacer es darte tu libertad a pesar de todo, porque querer de verdad significa dar todo para alguien, hasta darle el sello de salida en su pasaporte de amores olvidados" mis palabras parecieron caerle de sorpresa, no hubo discusión ni malos tratos... "De acuerdo, siendo así, gracias por venir... y por entenderme"... se levantó y caminó... En mi mente sólo pude pensar "Espero que con él sí seas feliz" y al hacerlo pareciese que me habría escuchado pues giro su rostro y por un instante me observo fijamente con sus intensos ojos verdes, aún hoy no sé bien a bien qué tipo de mirada fue la que me lanzó, si de nostalgia, enojo, locura, empatía, remordimiento, culpa...

Tres días antes de que ella me pidiera hablar, por azares del destino me enteré de su nueva situación sentimental, que obviamente era con alguien más... al saberlo el alma me abandonó por un momento, un buen trago del santo tequila calmó todos los demonios que de mí emergían... eso explicaba tantas cosas, así que callé y decidí esperar a escuchar sus motivos... nunca dijo nada sobre el tema... y yo que por un instante la vi tan valiente.

Una última mirada antes de subir a su carro y se esfumó detrás de una nube de fino polvo...

Por mi parte me quedé disfrutando de las nubes que recorrían el cielo sin preocuparse de cosas mundanas como el desamor humano... la sombra era aún fresca, la escena era tan sublime que cerré los ojos esperando que de un tajo la muerte me llevara... no fue así...

Me levanté y coloqué mis gafas de sol, 5:26 pm en el reloj, de nuevo los pasos arenosos pero esta vez menos arrastrados, es raro, sentía el cuerpo más ligero. Encendí el motor el cual rugió como si me estuviera esperando "al punto", aceleré y sentí el viento jugar con mi cabello, pareciese que el calor me había dado una pequeña tregua... "Tal vez mañana venga un rato a la sombra del árbol" pensé, mientras el camino devoraba con una sonrisa irónica mi ingrato destino...
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Al otro lado del espejo

Alicia anda perdida al otro lado del espejo. El sombrerero no la invita hoy a tomar el té. Detrás de aquel conejo inquieto y divertido, se deja conducir por agujeros que la agrandan y empequeñecen, dependiendo de la botella que tome. Al dorso del papelito que dice "Bébeme" escribe un aviso de socorro y lo clava en un árbol, justo cuando la reina de corazones grita que le corten la cabeza.

¿Quizás aquel mundo le resulta superfluo? ¿Acaso le parece banal? Tal vez en su medio orden todo se vuelve siempre medio caos, la superficie del cristal se distorsiona y desencaja, la fantasía la aplasta y se mezcla entre ella y la realidad, envolviéndola como niebla en una fría y húmeda mañana de noviembre. Aquella extraña irrealidad la engatusa. Guarda dentro de su país de las maravillas el lado más hermoso del universo y se gira hacia el otro cuando quiere llorar. Busca el rincón más recóndito y a la vez más cercano. Intenta esconderse, hacerse invisible, correr rápido para que no la vean. Pero sus huellas se hacen aún más profundas con cada paso que da. Su rastro es obvio. Su intención evidente. Y su silueta, antes compuesta de una miríada de sonidos y colores, ahora semeja tan sólo una sombra retorciéndose entre el silencio y la soledad.

La locura la sigue, la acecha, la atormenta... por mucho que se esconda en el más inaccesible agujero o en la más inverosímil madriguera. Se expande en torno a ella de un modo tan desesperante que la hace balbucir y sollozar. Gime buscando ese cariño que siempre quiso, pero jamás logró. Se encoge. Tirita. Sus extremidades se retuercen, sus fuerzas flaquean; la oscuridad cegadora quema y se muestra inmisericorde ante aquella pequeña y asustadiza criatura. El resplandor y su nitidez siempre vuelven, regresan cada mañana y, al despertar, ella se indigna. No hay salida, la huida es en vano; la única manera es encarar el camino con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Y tal vez, sólo tal vez, afrontar de nuevo el principio con la certeza de lo antes evitado. Y con la fortaleza de la verdad que siempre tanto había anhelado. Los niños siempre saben soñar despiertos. E incluso en los grises y tenebrosos días de tormenta, descubrir sonrisas de Cheshire suspendidas entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo

Alicia abre sus ojos, grandes y asustados. Es su no cumpleaños justo hoy, pero no lo festeja. Una nube de tristes recuerdos ha ocultado para siempre su país de las ilusiones. ¿Y algo más? Sí, por supuesto. Que sea a este mundo real, sin sueños ni maravillas, al que por fin le corten la cabeza.

Juanma
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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