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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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monDo

Existió una época de mi vida en la que llegó alguien
y me cambió de especie,
no era acuático,
no volaba
y gratamente
no era un felino
de
bolso
amarillo.

Tampoco era uno solo,
aunque separados eran mejor
siempre terminaban unidos en una boca
que los volvía locos y morados.

Porque aunque separados cada cual pintaba
de brillante futuro,
de obscuro presente
y pálido pasado
todo,
era esa saliva la que los intensificaba
y les daba nombre a estos seres
que eran ciegos
que vivían de palabras
que terminarían
intoxicándolos
infectándolos
destruyéndolos
volviéndolos grises
pero,
finalmente,
liberándolos.

De a poco se fueron haciendo superfluos por las mañanas
-donde ya nadie estaba-
opacos por las tardes,
intensos por las noches.

Hasta
que
perdieron
el
color -rojo- vital

Y ni la saliva intensificadora
ni los recuerdos sirvieron para pintar
a toda esa especie de nuevo.

Fue una mañana -o noche, ya no lo sé-
en la que esa época fue obligada a quedar atrás
y a ser
mono-eternamente-cromática
- por compasión-
pero ya no servía
-la especie se había extinguido-
y no importaba
ya que aún así
estaba siendo feliz a distintas tonalidades.

Era tan irrelevante que los recuerdos vinieran acompañados de manzanas verdes
y cartas con intensa tinta purpura
porque el final
siempre
por siempre
e infinitamente siempre
terminaba
siendo
asulado.

Y no,
no hay error
–ortográfico-
en eso



Creo.
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Jamás te soltaré

La vida los cruzó en el camino y tropezaron...
Le agarró su mano para no caer.
Ella le dijo mirándolo fijamente a sus ojos: "No me sueltes despues de esperarte tantas vidas, tantos años, meses, días, horas y al fin llegaste a mi vida y no quiero dejarte ir tan fácilmente.

Él (apretando su mano) le dijo:
"Jamás te soltaré"
Ella preguntó: ¿Hay riesgo?
Él contestó: Siempre existe el riesgo.

Sonrieron en complicidad. Siguieron caminando tomados de la mano, ambos mirando hacia la misma dirección y el sol como testigo iluminando su camino.

Juntos hasta la eternidad...
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2 Segundos

Dos segundos fueron suficientes
para poder capturar la imagen de tu rostro con mis ojos,
esos dos segundos de tu mirada y la mía
incitaron a que tú te acerques y que yo te diga hola
pero simplemente te ignore,
esos dos segundos se convirtieron en esto,
esto que es solo un resumen de lo que experimente
en aquel momento si contarles lo que sentí por dentro,
hubiesen sido minutos quizá horas
pero por temor al amor solo fueron 2 segundos.

@NJ_Dmnt_Libre
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Relato de un viaje

¿Qué falta? - Pregunté mirando a la ventana -
Nada - Respondió la Muerte.

¿Quieres ser la fuente de inspiración?
¿De estos escritos?
De proceso de comunicación
Entre la percepción de este cuerpo,
La mirada de tu frente,
El ansío de encender la mañana,
O cerrar la urna,
En donde no hago otra cosa más
Soñar que llega la noche,
Podría encender con llamas
Algunos humos,
Porque no puedo hacer algo mejor.
Que entre plena oscuridad,
Se sirva el brebaje de bienvenida
A la apertura de un ojo inquieto,
A punto de abrir:

Nos regalan un cactus en la falda del cerro, en pleno Valle.
Fatigado de conducir, me estaciono afueras de una casa abandonada, la última visible, era el fin de un camino.

Resentido de las heridas de hace algunos días. Nos disponemos a cocinar el San Pedro, un agua santa. Previo a esto, grité al cielo para alejar a la experiencia de mis ausencias, ¿qué más importaba?, si no nos escuchaba nadie más que el viento.

Durante el proceso, no cabían más preguntas, de las que este cuerpo recuerda. No había comunicación, solo la experiencia de lo peor.

Una vez listo el brebaje, algunos zumbidos se hacían manifestar.
'Bebe un poco más' - Oí en mi cabeza -
'Aun falta' - Seguía escuchando -
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De piel a piel

Le escribió el mejor de los poemas en su piel, recorriendo suavemente los lugares secretos.

Descifrando con sus labios perfectos cada lunar en su cuerpo, besando todos los rincones con sabor a miel.

Ambos cuerpos se fundieron de placer, fue el mejor poema escrito de piel a piel.
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Gemido al compás

Terminó su copa mirando por la ventana.
Mientras se acomodaba en el sillón,
se ató el pelo y me sorprendió con un beso.
Sus labios estaban húmedos
y mordían con fuerza.
Me agarró por el cuello,
y me miró buscando mi expresión
entre las sombras.
Se abalanzó sobre mí,
se acomodó sobre mis piernas
y sus labios arremetían
contra los míos una y otra vez.

Corrí la cara y empecé a besarle el cuello.
Aceleraba y frenaba la intensidad.
Recorrí su cuello entero.
De un lado a otro.
Sus orejas y sus mejillas.
Me llené de su perfume.
Corrí su pelo lacio para no perderme
ni un centímetro de piel.
Para hacerme experto
de esa textura fina,
suave, infinita.
Para recorrerla entera.
Para seguir viendo la expresión
de ojos cerrados,
cuello extendido,
y gemidos suaves.

Cuando ella creía que volvía a sus labios,
comenzaba otra vez.
Pasaba mi lengua
y me detenía detrás de sus orejas.
Sus gemidos ahora eran largos
y su respiración agitada.
Sus ojos se cerraban con cada inhalación profunda.

Comenzó a mover su cintura en círculos.
Buscándome.
Haciendo que la fricción
sea su arma infalible.
Las fronteras entre nuestros cuerpos
se habían borrado por completo.
La tomé de la cadera y acaricie su espalda.
Fui subiendo y mis manos llegaron a sus pechos.

Me dijo que pare.
Que estaba mal lo que hacíamos.
Asentí con la cabeza y levanté
mis manos como un ladrón
que se entrega sin salida.
El silencio se hizo eterno.
Nos miramos fijo por algunos segundos.
La luz de la calle entraba por las rendijas
de la persiana mal cerrada.

Busque sus ojos.
Brillaban y me miraban fijo.
No pestañaba y casi no respiraba.
Alerta. Excitada. Seductora.
Entendí lo que sucedía.
Un microsegundo después,
me agarró fuerte,
me pasó su lengua por la cara y
soltó un gemido al compás
de su cadera en círculos.
Se agarró sus pechos con
furia y se transformó.

Ya no estábamos en el sillón.
Nos habíamos ido de viaje.
Ni siquiera estábamos conscientes
de que habíamos encendido la mecha
y nuestra explosión
generaba una onda expansiva
que recorrió el living y la habitación,
más rápido que el sonido.
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La Carta

Sacó del cajón la carta.
La había leído tantas veces que
sabía de memoria cada frase,
cada párrafo, cada palabra.
Volvió a leerla una vez más,
y volvió a llorar una vez más.
Fue la última vez que tuvo
alguna noticia suya.
En la era de los mensajes cortos,
escuetos y breves, eligió escribir
una carta larga, densa y eterna.
Parecía que quería decir adiós
mil veces. ¿Por qué?
¿A quién quería convencer,
a ella o así mismo?
Dobló de nuevo la carta,
pero esta vez no la depositó
de nuevo en al cajón.
La rompió en mil pedazos,
como los mil adioses,
depositó los pedazos en el sobre
y lo quemó todo.
-Ahora si. –se dijo-. Adiós.
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Bajo la larga escalera

Cuando el silencio se apaga
sin una ventana abierta,
la noche ya no es tranquila.
Algo muerto se despierta.

En el oscuro pasillo
resuena afinando un eco;
Grita por unos segundos
y tras ellos para en seco.

Mas incansable es el llanto
de eso que siempre duerme.
Y si despierta con Luna,
hace que la vida merme.

Enfría toda la sangre
y hasta el corazón se para.
Lo que abajo está llorando
malas nuevas me depara.

Bajo la larga escalera.
Un miedo viejo se asoma.
El mismo que nunca muere
se levanta de su coma.

Pasados los escalones
hago que se calle el llanto.
Pongo su boca en mi oreja.
Mensajero del espanto.

Le susurro dos palabras,
Al otro lado un suspiro.
En el mío una pregunta
y por respuesta un gemido.

El tiempo se para en seco
frente a caras olvidadas
de parientes muy lejanos;
de mis viejos camaradas.

Encerrados tras el cristal.
Por siempre jamás cautivos:
Los que moran en el muro
de momentos ya vividos.

De pronto el cuerpo me pesa
y en los huesos siento el frío.
Lo que en la mano sostengo
salta de pronto al vacío.

Y quedando suspendido
como un péndulo se mece.
Recreando el triste baile
del que en la horca perece.

El dolor rompe mi rostro.
Oprime todo mi pecho.
Pesa como cien medallas
y me deja más maltrecho

que tres años en trincheras
bajo lluvias de metralla.
He perdido más ahora
que durante la batalla.

Esta noche sin estrellas
abandonó mi morada
todo lo que antaño tuve:
Su perpetua luz dorada.

Fue mi faro en la tormenta,
mi ardiente antorcha y mi bastón.
Primavera de mi vida.
Hoy, invierno en mi corazón.

Pues se convirtió en recuerdo
lo que significaba amar.
Si la vida fuera un sueño
hoy querría despertar.
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Dime tu nombre

Desde el primer día que la vi, no me la pude sacar de la cabeza. Era como una diosa, iluminada de una radiante luz hipnótica. Cada día, la veía pasar delante de mi puesto de trabajo, y pensaba, cual sería la mejor manera de acercarme a ella y entablar una agradable conversación. A pesar de todo, el miedo al rechazo me hacía echarme para atrás.
Una mañana, salí de casa decidido a parar a aquella chica, y explicarle todo lo que mi corazón sentía por ella desde hacía más de un año. La esperé impaciente y nervioso delante del trabajo, pero la chica, no apareció. Día tras día la esperaba, con el deseo de poder volver a verla; incluso la busqué por cada uno de los rincones de la ciudad, pero todo fue en vano. Nunca más la he vuelto a ver, ni siquiera a saber de ella, y a pesar de todo, después de más de cuarenta años, mi corazón late con fuerza cada vez que recuerdo a aquella chica sin nombre.
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Hay quien considera

Hay quien considera
que los poetas son
quienes escriben versos,
y no les falta razón,
pues en su pensamiento inmerso
cree que poeta es cualquiera.

¡Cualquiera escribe a la primavera!
exclama en su alocada conclusión
creyendo que escribir un verso,
es unión de palabras a la ligera.

Esa sucesión de palabras pudiera
que definieran el universo,
de modo que sonara una canción
que jamás oído hubiera.

Hay quien considera
que los poetas son
quienes escriben versos,
y no les falta razón,
aunque en el fondo del corazón,
poeta, ser quisiera.


"TRILOGÍA AGUA, AIRE, VIDA Y OTROS RELATOS
Fdo. : Alfonso J. Paredes

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REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL SafeCreative/Copyright
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Eclipse de amor

Él, tan radiante y enérgico como el sol que iluminaba y alegraba sus días. Ella, hermosa y coqueta como la luna, llena de secretos que lo tenía hechizado por su gran misterio.

Ellos tan diferentes como los polos opuestos que se atraen. Un amor no posible con muchas barreras para poder estar juntos, una distancia que los separa entre el mar y la tierra. Pero su amor era tan fuerte que sin importar tiempo, ni distancia, nunca pudieron resignarse a ese tan esperado encuentro.

Ella, era todo lo que él imaginaba, era la luz en sus noches más oscuras.
Él, era su última esperanza, su flama divina.

El amor entre ellos era misterioso y deslumbrante que sus rayos penetraban el lugar más recóndito de su alma sanando así su nostalgia y melancolía.

Surgió el tan esperado encuentro... Dos almas que se funden piel a piel formando uno solo, amándose con una pasión desenfrenada y surgió...

EL ECLIPSE DE AMOR
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Esa larga espera

Sentada en la orilla del mar, aquella mujer de cabellos negros y sedosos, con su mirada perdida hacia el horizonte, desahogaba su llanto escribiendo en la arena las letras del silencio lo que su alma gritaba. Esa noche en soledad, le preguntó a la luna, si existía el amor para ella. Venus interrumpió la conversación y le dijo: "El amor reinará en tu vida y tu corazón cuando estés preparada".

El viento susurraba el nombre de su amado, pero las olas no le permitían escuchar, el viento acariciaba su piel, la luna resplandecía en su cuerpo convirtiendo en sueño la sombra de aquel hombre que sigilosamente aparecía, despertaba el deseo de amar, callaba en silencio y se perdía entre las olas del mar...

Aun recordaba el beso que le pidió y ella cómo negarse si su mirada la elevaba hacia el cielo, sintiendo el perfume de su piel, suave al respirar...
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La física del amor

Estoy perdido,
en las entrañas de tus huesos,
buscando la alternativa que sepa suplir
la carencia de amor que tengo.
Estoy perdido
en lo más adentro de mí,
intentando encontrarme
y no puedo.
Hace demasiados años que dejé
de ser yo mismo
para ser lo que quieren que sea.
Hace demasiados años que conozco
el principio del amor verdadero
y del amor, asecas.
Hace demasiados años que llevo buscando
un corazón que sepa darme caricias,
y todos me devuelven heridas.

Demasiado tiempo que fluye,
demasiadas tardes de verano
donde el reloj de arena corre
y ningún Einstein ni su relatividad
es capaz de llevarme a ti.

Pero supongo que tenemos diferentes concepciones,
a fin de cuentas;
si el tiempo es relativo
tal vez nosotros también lo seamos.
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4comentarios 102 lecturas versolibre karma: 74

¿Como te sientes?

Y así contestó a la pregunta :
¿Como te sientes?
A veces optimista otras decaigo.
Cuando menos lo espero a cualquier hora del día
o en cualquier oscura esquina de mi vida, no le importa que el sol brille o si la tarde está fría,
el miedo me toma por sorpresa, donde se le da la gana hasta hacerme suya.

Muchas ocasiones me despierta por las noches con la mente a oscuras,
buscando a tientas un camino en el que pueda vislumbrar una chispa de futuro,
pero la incertidumbre gana, va anulando mi sueño y sumo a mis noches una noche más de desvelo.

Y no me dejan nutrirme las interrogaciones y los pensamientos,
como enjambre de abejas zumban y hacen preguntas dentro de mi ya cansada mente,
y no, no me dejan hacer nada, a tal grado que me inmovilizan en algunas ocasiones.

Y el cansancio prematuro y oportunista que se siente, que se abraza a un cuerpo sin defensa,
a un cuerpo ya con desventajas, donde el peso se acumula
y ese cruel cansancio de meses de años, el cansancio de un cuerpo,
que ya no sabes si te pertenece, que ha sido tan maltrecho, que cuando te miras al espejo,
otro rostro ves en su reflejo.
Y te buscas y no sabes en que sección de ese laberinto de cuartos ambulatorios
o en que tratamiento casi obligatorio por tu vida, allí se quedó hundido
en ese negro y lúgubre sofá frío.

Dónde se acabaron las ganas? Dónde se acabó la voluntad?
Dónde un lastimado y herido cuerpo no pudo dar una muestra de fortaleza más?
Y no aguantó, en su carretera de venas una pincha más,
y un grito ensordecedor necesariamente silencioso, disfrazado de sollozo
se rebela y quisiera desvanecerse hasta quedar liso transparente, inexistente
y como novia al final de una relación, balbuceando dice al enfermero,
al tratar de no culparlo cuando ya no puede más." No eres tú, soy yo"
Pero la más dolorosas son esas agujas de muerte que atraviesan el corazón sin piedad,
de seres sin sentimientos, inhumanos que sin conciencia sin detenerse un segundo a tener
misericordia o piedad, te dan.

Y el cansancio de una mente que no para y no deja de dar vueltas
pensando lo que vive, por más que lo intente.
Con desesperación busca una salida
a tan grande círculo de zozobra y dolor.

¡Y allí está!
Las sonrisas, la alegría de esas caras que miran con amor,
las que te vuelven a la vida, las que te dan medallas de vencedor.
Así la batalla a la lucha por la vida diaria,
yo te lo digo, con absoluta verdad y razón ,
las mejores armas, las que vencen, esas las da el amor.

MMM
Malu Mora
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Circo Circular

Entreabrió las manos y vio cómo se escurrían entre sus dedos los añicos de su compacta filosofía de vida.
Donde alguna vez pensó que estaban sus metas, podía ver ahora claramente cómo el camino en lugar de terminar, daba la vuelta y ,encerrado en el centro de su perfecto círculo de egoísmo, prejuicios y ansiedades, estaba él sólo chocando con sus elevados bordes.

Lo peor del caso fue la manera brusca en la que se dio cuenta de su estado ,fue como despertar de un mal sueño de golpe, o quizás al contrario, fue como entrar en una pesadilla en la que verse fuera de todo control, en la que volver a aprender a andar sobre un suelo inestable, en la que sentirse pequeño frente a los demás y a su actual situación.
Acababa de descubrir un nuevo mundo fuera de aquel para el que se había preparado durante tantos años, y su sensación de frustración era grandísima , si alguien se lo hubiera dicho antes, quizás hubiera sido capaz de preparar las armas adecuadas para defenderse o quizás simplemente hubiese pasado desapercibido.
Pero no era así: ahora debía cargar sobre su espalda aquel pesado, enorme y compacto círculo de cultura, moralidad y falsas creencias, aparentemente bien encajado, pero inútil.

Se detuvo para observar a su alrededor, su perplejidad crecía por momentos y le hacía oscilar entre la desesperación y la desolación .
A su alrededor cientos de miles de individuos danzaban llevando sobre sus espaldas sus compactos círculos. Algunos de ellos eran gigantescos, otros más pequeños, pero a ninguno de los integrantes de la rítmica procesión parecía molestarle en exceso. Formaban a su vez un círculo perfecto y se movían sincronizadamente, con sus ojos cerrados y su expresión más o menos sonriente.

Muy de vez en cuando, alguno de ellos se salía de la perfecta hilera, y era entonces cuando tomaba protagonismo una nueva y poderosa figura que de nuevo le convencía para que volviese a poner sobre sus espaldas el pesado círculo y continuase el baile con el resto.

Lo más sorprendente sin embargo fue mirar hacia arriba y descubrir por encima de los anteriores otro tipo de individuos. Era un grupo escaso, brillante, no cargaban nada, no danzaban sincronizadamente, no había nadie que les indicase cual debía ser su posición, se mezclaban unos con otros, sin temores, sin prejuicios, sin ataduras, sin sufrimiento y eran la viva imagen de la felicidad.

Fue entonces cuando él se preguntó, cómo podría hacer para deshacerse de su tedioso círculo y unirse a ellos. Sus brazos estirados apenas podían alcanzar el ajustado nudo que comenzaba a asfixiarlo, algo que antes nunca había percibido.

Se dio cuenta de que no iba a ser fácil, puede que hasta imposible. Se aferró a su áspera circunferencia y comenzó a llorar intensamente ,luego entreabrió las manos y vio como se escurrían entre sus dedos los añicos de su compacta filosofía de vida.
Donde alguna vez pensó que estaban sus metas, podía ver ahora claramente como el camino en lugar de terminar, daba la vuelta.


Canet
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Arista

Vivo en una arista. Mi camino es estrecho como dos líneas continuas en autopista, peligrosas en sí mismas…
Siempre transito el mismo sendero, es una línea blanca infinita; es una arista. Separa mundos; mundos antagonistas: los sueños y el tedio.
No hay vértices entre ellos; son insurrectos al consenso.
Debo transitar, sin dejarme apresar, ambos quieren atraparme sin piedad.
Los sueños drenan el aire de un delirante misterio que dirigen mis pasos hacia ellos. Cálidos y bellos deseos: aquella casa que tanto anhelo rodeada de árboles frutales donde el aire almibarado me besa a su paso. Buganvilla lila cayendo en cascada sobre mi pérgola amada. Mientras contemplo mi estanque enamorada; flores de loto moteando el verde ramaje pretencioso que emerge del fondo.
¡Ay! ¡Qué feliz me siento allí! Y más al verlo venir a lomos de su corcel gris…
El tedio me embota la mente, advierte que aquello no será para siempre, mostrando un rictus de muerte si acato y voy con el oponente.
Resuenan sus villanerías, creen que mis sueños son meras bufonerías. Sus risotadas sabotean mi paz, giro sobre mis talones y una protuberante faz me asesta el fétido aliento de la orfandad.
Estoy agotada, caeré postrada en una morada. La arista se estrecha, el horizonte se niebla. Palpo la densidad brumosa en mis manos temblorosas… Aullidos silbantes y voces cavernosas inyectando miedo en mi ser pusilánime y tambaleante.
Miro al suelo, pero no veo nada, quiero volver a mi arista; allí en indiferencia era artista.
Ahora el suelo es cenagoso, hay lucha y alboroto; ya no crecen flores de loto.
¿Me hallo en el tedio? ¡Los sueños no pueden ser tan horrendos! En el tedio estaban inertes, no reinaba esta desazón permanente.
Creo que mi ser inconsciente se fue a la pérgola, y ahora llora su pérdida.
Oigo un lisonjero gorjeo, atiendo, pero no lo entiendo. Avanzo y yerro en mis pasos.
Postrada ante una losa aguzo la vista para ver la inscripción borrosa. La bruma se condensa en relojes de arena y pierdo la pisa.
Extiendo la mano, puedo palpar los trazos… Y en ese momento un ser afelpado se apoya en mi hombro, y en tono armonioso susurra: <<Fueron los ecos del tedio que en lodo hundieron tus propios sueños. ¡Despierta!>>


Marisa Béjar,
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Tomo I

Extraje de la antigua biblioteca
un libro de lomo plateado,
como una luna cuadrada
para iluminar mis ojos,
lo abrí al salir el sol
y el sol emanó de sus hojas,
era un libro de espejos
en cada página un reflejo,
con luminoso prólogo
azul cielo esperanzador,
en los primeros reflejos
me vi niño alegre y vivaz,
luego triste y distraido
a veces llorando toda
una página.
Así recorrí el tomo,
con mil distintos reflejos
de mi mismo,
y en la última hoja
me miré fijamente
atravesando mis pupilas,
y encontré a un hombre
tratando desesperadamente
de hallar un buen final.
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La leyenda del ave fénix

La leyenda del Ave Fenix relata la historia de un ave capaz de renacer de sus propias cenizas. Es un símbolo universal de la muerte generada por el fuego, la resurrección, la inmortalidad y el sol. También representa la delicadeza ya que vive solo del rocío sin lastimar a ninguna criatura viviente.
Sumergida me encontré!
Muy triste e insegura me escondí! De la crítica y la mirada, que me tenía acorralada, ante lo que en mis sentimientos albergaba! Me encontré desesperada! Muy dolida y engañada! Pero jamás derrotada!
Renací de entre las cenizas! Cuál ave Fénix que vuela! Y sin que eso me produjera! más que fuerza en mi tristeza.
Me sentí desamorada y un poco avergonzada! Pero la vida traería, un giro improvisado que me llevaría a seguir, haciendo lo que más amo.
Amo escribir! Aunque no sea una gran escritora y mucho menos poeta! Pero amo lo que saco de mi Alma liberada, de penas , engaños y malos tratos!
Agradezco en el alma! de mis amigos poetas! que jamás me dejaron sola, aunque no les diera razón de mi triste situación. Aprendo de mis errores! Los que me dieron muchas lecciones! y como siempre saldré y como ave fénix renaceré, entre cenizas y más, que no me van a derrotar!
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