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Coma

Me preguntaba cuanto tiempo me tendrían allí tumbada. Miré al policía que parecía llevar el caso, y cuando fui a hablar, comprobé que no salia voz de mi boca, y que mis labios no se movían. El teniente Rojo le decía a su compañera, Ana Pérez , que parecía un robo que salió mal. "Noooo"- grité en mi cabeza, que no , que nadie me había robado, el bolso se quedó en la barra del bar "Los Últimos", y no fue mas que un simple tropezón, y mi cabeza fue a parar contra el bordillo. Intenté levantarme y me volví a caer, con lo que me di un segundo golpe en el cráneo contra el asfalto. Ellos seguían buscando un culpable, y el único culpable fueron dos copas de mas y mi torpeza. En aquel momento, oí al médico decir que estaba en coma, y que tendrían que buscar al culpable sin mi ayuda.


Este relato fue seleccionado para formar parte del libro "La audiencia ha escrito un crimen" de AXN
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Se va el Otoño

Se van los oros y llegan las platas,
se va el pintor de los campos dorados y tardes airadas.
Aún quedan algunas, míralas ahí tumbadas,
como alfombras que engalanan las gargantas
de los dragones dormidos,
aunque ya saben que los taparán
los copos de la antesala de la vida.

Ya está aquí quien cobija
los sueños de los que comen madroños,
para helar la sangre de los que no tienen cobijo;
pero, no te asustes, pues tras de sí llegará el aliento
aunque es el momento
en que se van los oros y llegan las platas.

Volverá el pintor de los campos dorados y tardes airadas,
aunque ahora ya se va para dar paso a ese niño
de mirada perdida y frío aliento con el que hiela el alma.

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Perteneciente al libro "Trilogía Agua, Aire, Vida y Otros Relatos"
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Tus ojos

—¿Sabes que en tus ojos hay magia?
—¡Oh! —exclamó ella— Pero si no son más que unos ojos...
—Te equivocas, son mucho más que eso. En tu mirada puedo descubrir muchas cosas.
—¿Ah, sí? —preguntó divertida— ¿Qué clase de cosas?
—Pues la luna —respondí perdiéndome en el laberinto de sus pupilas—, y a veces las nubes. El arco iris, luciérnagas, flores recién abiertas, polvo de estrellas, mariposas... También puedo oler cosas cuando te miro —Abrió aquellos ojos enormes llenos de asombro y alegría—. Sí, huelo a lluvia, a tierra mojada, a lavanda, a pan recién hecho, a secretos, a bosque, a primavera, a brisa de mar...
—¿Y todo eso puedes verlo sólo con mirarme?
—Bueno, en realidad no —Me acerqué aún más a aquellos dos abismos de sueños insondables—, sólo veo las mariposas. Tus pestañas son sus alas y cada vez que parpadeas es como si las batieses al aire de la mañana. Más que verlas, las siento en el estómago. Es entonces cuando surge la magia y puedo ver todo lo demás.

Juanma
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El Mar Se Lo llevó para siempre

Candela ha pasado otra vez la noche triste esperando el regreso de su padre, estuvo horas y horas bajo la luz de la Luna. Cada día vive añorando un abrazo o un te quiero.

Diez años han transcurrido desde la última vez que se vieron, apenas ella era una niña cuando despidieron en el puerto, las lágrimas de ambos se fundieron con las olas del mar.

Cada noche vuelve al mismo lugar, abrigada con su pañuelo azul. Se sienta en ese banco frío del muelle, absorta, mira al horizonte, esperando una respuesta por parte del Mar, esa anhelada llegada de algún barco que le devuelva a su padre.

Candela ve su tiempo pasar, sigue esperando a su padre que no regresa, el Mar se lo llevó para siempre, prisionero está en sus entrañas y no lo deja escapar.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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El Tributo (Capítulo I parte 4)

Suspiré un segundo y caminé hacia el centro, con la esperanza que allí me pudiera camuflar entre la gente como había pensado. Cuando llegué, la cantidad de personas que había facilitaba la confusión, aunque tanto para ellos como para mí. Tenía la ventaja a mi favor que eran más altos que la media de los que se encontraban en el centro comercial, por lo que sabía por dónde iban con sólo divisar sus cabezas que sobresalían del tumulto. Se dieron cuenta de que me había percatado que me estaban siguiendo e intentaba eludirles, por lo que aligeraron su paso para intentar no perderme de vista. A estas alturas ya no se trataba de un seguimiento, se había convertido en una persecución. Debía subir a la parte alta del centro comercial, así tendría una perspectiva más ventajosa para poder despistarles. Subí las escaleras, me giré en el último peldaño para cerciorarme de la posición de mis perseguidores y entré en una tienda deportiva situada en frente de las escaleras, a comprarme un chándal y unas zapatillas. También me hice con una gorra. Por suerte para mí, no me vieron entrar, además la gorra me hizo invisible para ellos al salir de la tienda, y ya no pudieron seguirme, al menos yo no les veía. Al pasar por una tienda de electrodomésticos pensé que sería buena idea hacerme de una grabadora, por lo que pudiera pasar. Bajé, salí del centro y caminé hacia la cafetería, apenas me quedaban unos 50 minutos. Pero estaba segura de lo que iba hacer. Ya sólo quedaba llegar y salir de toda duda. Y fuera lo que fuera, estaba dispuesta a dejar constancia de ello. Con la grabadora .
Con todo lo sucedido mi cabeza me daba vueltas, me acordé de mi madre que en cierta ocasión en la que estaba hecha un lío me aconsejó que pensara en lo que más me importaba, que daba igual lo que me rodeara, porque lo que más importaba era lo que iba a sacar en claro. Entonces tenía 8 años y mi vida transcurría entre el colegio, mis amigas y mi madre, pues mi padre murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía 4 años, me acuerdo vagamente de él, y siempre pensaba que me protegía ante cualquier adversidad. Era lo que más me importaba en aquel momento. Ahora lo sustituía Luis.

De repente lo vi todo claro, debía regresar a ver al cadáver de Luis. La corona de flores del club de poesía tenía esa inscripción "condita, tutus et implevit", no era una casualidad, Luis debía haber muerto por algo relacionado con la frase: Guardad, proteged y cumplid. ¿que debía guardar y proteger?, ¿Qué debía cumplir?. Sin duda la clave estaba en Luis, pero ya lo habían liquidado, quizá buscando algo que él guardaba y que protegió con su vida. Ahora faltaba la tercera parte "...implevit". Sin pensar en las pintas que tenía , con aquella gorra, en chándal y con tan poco tiempo de margen, eché a correr, al fin y al cabo iba vestida con ropa deportiva y verme correr a nadie le iba a extrañar. Sorteaba a la gente milagrosamente para no caer por los suelos, agradecí que también me hubiera comprado aquellas zapatillas. Llegué al portal donde vivía Luis y me disponía a subir las escaleras sin importarme lo que la gente pudiera decir al respecto de mis pintas en un velatorio, cuando oí la voz de un niño:

- ¡Señorita! -

Me paré en seco, era el niño de la ventana, esta vez su mirada estaba perdida, no me miró a la cara si no para otro lado.

- ¡Señorita! - repitió lánguido extendiendo su mano pequeña derecha, en la que portaba un sobre.

-He arrancado este sobre de la cinta de la corona de flores de su amigo, ¿Usted se llama Rosa Verdad? . Sabía que iba a regresar, es usted muy inteligente. No puede volver a subir pues se extrañarían de su comportamiento y no sé qué tipo de gente hay arriba-. Habló de carrerilla sin tan siquiera dejarme contestar a sus preguntas.

Me quedé boquiabierta, no sabía que decir, cogí el sobre y leí:

- “Nunca las estrellas taparán tu luz” -

Me estremecí de nuevo pues sin duda alguna el sobre era para mí, levanté la vista para darle las gracias y para saber quién era ese niño, pero ya había desaparecido. "Nunca las estrellas taparán tu luz", era el título del poema que me dedicó Luis en el instituto. Las lágrimas afloraron por mis mejillas, aún recuerdo aquel día, estábamos sentados en el césped del patio de recreos del instituto, yo llevaba una minifalda que casi podría ser más bien un cinturón, o sea que casi se me veían las braguitas, unas botas altas y una blusa de color azul de seda que marcaban mis senos. Me había vestido para la ocasión pensando que podía convencer a Luis para quedar en una cita, era sólo una adolescente con las hormonas haciendo burbujitas; pero no pudo ser pues me dio la noticia que se marchaba a su pueblo una temporada para despejarse y aclarar las ideas. Yo entonces le entregué las llaves de mi baúl, donde íbamos guardando las pruebas de todos los acontecimientos que habíamos vivido juntos, y que no abriríamos hasta que el destino nos volviera a juntar. El destino ha sido cruel pues ha llegado tarde, o ¡quizá no!. Abrí apresuradamente el sobre, no sé por qué pero llegado a estas alturas ya me estaba imaginando qué había dentro. Efectivamente dentro estaban las llaves del baúl, las llaves que quizá abrirían las puertas a la solución de mis dudas. Miré el reloj:

- ¡Oh Dios, son las seis menos veinte! . Otra vez a correr.

Pude llegar a la casa en menos tiempo del que había pensado, de algo debía servir la carrera que me había marcado ¿no?. Saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta de casa. Sin pararme en ningún otro sitio, subí las escaleras de la buhardilla todo lo aprisa que pude y me fui directa al baúl. Esta vez sí tenía la llave, la introduje en la cerradura algo oxidada, me costó girar la llave hasta el punto de asustarme al oír un “clip”, pensando que me la había cargado. Por fin pude abrir el baúl, y lo que pude contemplar podría describirse como dantesco si no fuera porque eran recuerdos que habían sido depositados sin orden a lo largo de los años. Ya hacía algún lustro que allí no se había depositado ningún recuerdo, la llave se echó hace al menos doce años sin que se hubiera vuelto a abrir hasta ahora. Cogí una serie de notas y algunos poemas que había guardado de Luis. Recordé el sobre, me lo entregó con una llave dentro y una nota: “estas son las llaves de la consigna que está a mi nombre en la estación de autobuses, haz uso de ella sólo en el caso de que me pase algo”. Sentí que había estado perdiendo el tiempo, el propósito de abrir el baúl era encontrar mis apuntes de latín, pero a estas alturas ya sabía todo lo que debía saber, aunque una intuición femenina me había obligado a ir a casa y abrir el baúl. Como dice el refrán: “no hay mal que por bien no venga”, y había encontrado aquel sobre qué guardé, entre otras cosas, y que seguro que me serviría para algo. Además estaba dispuesta a hacer uso de aquella llave, ¿acaso no le había pasado algo a Luis?, pues ya está debía abrir la consigna; pero ahora eso podía esperar, así que dejé en el baúl el sobre y lo cerré. Bajé a la calle y fui a la parada de taxi para coger uno, me monté en el primero de la fila de taxis aparcados en la parada.

-A Alcandoria 66 por favor-

El taxista miró a través del espejo retrovisor e inició la marcha, sonaba una hermosa canción que no pude identificar el título ni el autor, aunque sí que estaba segura de que era música celta. Eso me dio fuerzas, me ayudó a tener las cosas más claras, fue el único momento de relax que había tenido durante todo el día.
CONTINUARÁ
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Grandes Moños Negros y Ese Azul Tan Feo!

Vámonoos!! grtó el abuelo había llegado la hora, Lucerito perfectamente arreglada
subió a la camioneta de su abuelo y partieron rumbo al pueblo.

Mientras la camioneta atravezaba la campiña,entre saltos y rebotes
por lo rudo del camino, iba imaginando soñando como serían.
No era la primera vez que su abuelo se los compraba, era una costumbre,
lo hacía tan seguido como ella visitara la casa de los abuelos.
Pero esta vez, sólo ella los escogería, nadie iba a intervenir esa era lo mejor.
Que importaban las recomendaciones que la abuela le diera al abuelo.
Fíjate que sean de su medida, checa la calidad de preferencia negros o café .
Sí sí no te preocupes mujer , contestaba el abuelo.
Ella sabía que su abuelo la dejaría escoger los que más le gustaran, no por algo ella era la niña de sus ojos.

Sólo ellos dos iban al pueblo, ella y su adorado abuelo,
con apenas ocho años de edad sabía del gran amor que su abuelo le profesaba,tan correspondido
por la niña como sólo un infante puede hacer.
Cuando apenas tuvo conciencia se dio cuenta de cuanto la amaba ese hombre,
y lo que significaba para él .
Aaay! de aquél o aquella que se atreviera a importunar o lastimar a su nietecita,
porque ya más de una y más de uno supieron de su enojo,y de su rabia.

Tanto iba perdida en sus pensamientos que no se dio cuenta que ya habían entrado al pueblo
su abuelo manejó hasta la avenida principal y en algún lugar estacionó su camioneta.
-Vamos hija , le dijo el abuelo, a buscar y escoge lo que más te guste .
Esas palabras mágicas eran las que ella esperaba escuchar, sabía que nadie intervendría o la haría disuadir
de lo que a ella le gustara, que alegría sintió.

Dio la mano a su abuelo, y empezaron a caminar desde donde empezaba las tiendas en la calle principal.
Después de un rato de entrar y salir viendo los aparadores por fin los vio, allí estaban
los más hermosos que en sus cortos ocho años ella hubiera visto.
Eran color azúl, con unos enormes moños negros, los más preciosos que su ojos infantiles pudieran haber visto.
-Esos!! esos! abuelito !
Cuales decía el abuelo, incrédulo a lo que estaba viendo, se equivocaría su nietecita ?
Esos zapatos entre azul verde, gris, no eran ni azul mar, ni azul cielo, eran de una azul tan feo!
Seguro que eran esos de color azul? pensó incrédulo.
_Cuales hijita ?
_Esos abuelito! esos!
La pequeña los señalaba insistente con su dedo .
-Estas segura mi niña?
Si abuelito! esos me gustan !
Y entraron a pedir el par de zapatos, azules con grandes moños negros, mientras Lucerito se los probaba, ya sabía él lo que le esperaba con la abuela ...
-Porqué le compraste zapatos tan feos ?
Que no te dije que fueran café o negros que no ves que no los puede combinar con sus vestidos?
Si al menos hubieran sido blancos, con un gesto de desaprobacion en su cara y moviendo la cabeza de un lado a otro, en forma de reclamo.

Ya le diría él en su momento, déjala que disfrute sus zapatos, ya regresaré a comprarle otros.
Y la familia le dirían porqué le compraste a la niña zapatos más feos! y azules! que no había negros?
Pero, para lo que al él le importaba!
Esa niña era su vida y la sonrisa de felicidad que se dibujaba en su cara
Lucerito su nietecita era lo que él más amaba, la luz en su atardecer,
colores brillantes en su ocaso, su risa era el cascabel a su vida.

Los zapatos azules, con grandes moños negros, eran los que Lucerito quería.
A él que le importaba que fueran morados, grises ,verdes o naranja
O esos! si esos!
Lo más importante para era verla feliz y que más daba si era precisamente
con ese par de zapatos de grandes moños negros con ese azul, ese azul tan feo!
Y Lucerito lo era y el abuelo con la felicidad de su nietecita.
Se los lleva puestos? pregunto la señorita, empleada de la tienda, al mismo tiempo que lo sacaba de sus pensamientos.
Sí contestó el abuelo, y salieron de la tienda sonriendo y agarrados de la mano y por toda la avenida principal.
Él caminando orgulloso, ella dando brinquitos así como suelen hacer los niños y luciendo el más bello par de zapatos feos.


MMM
Malu Mora MoraG
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Aserrín Aserrán (Travesuras encantadas )

Tres años tenía Mía, cruzaba corriendo el patio hasta la casa grande
se encaminaba hasta el comedor sus ojos apenas alcanzaban el nivel de la mesa, y sin que nadie la viera
después del desayuno, por la mesa buscaba su bebida preferida, después de unos segundos la localizaba,
allí estaba! esperándola, le daba vueltas a la mesa, estiraba sus bracitos y si no la alcanzaba, se subía a una silla
y agarraba con sus pequeñas manos ese recipiente de leche evaporada que bebía, para la niña exquisito manjar.

Cada mañana era el mismo ritual, esperaba que terminaran el desayuno y sin que la vieran corría a la casa grande.

Muchas veces después de hacer la travesura deambulaba por las habitaciones de la casa , callada,
observaba silenciosa todo lo que pasaba, era la nieta, no muy querida pero tenía libre entrada.

Otras se quedaba mirando desde la puerta de alguna habitación, como la señora mayor acariciaba y hablaba con mucho cariño a otros niños, nietos también pero nunca se preguntó porque a ella no.

Mía jamás sintió ese cariño con la que la señora hablaba, y la diferencia no le importó.

Minutos antes de ver esa escena, había recibido una reprimenda de la abuela, el motivo?
el motivo no importaba era costumbre que la regañara y a su corta edad ni entendía el porqué.

Ni el porque no vivía en la casa grande, si no había cariño, ni palabras dulces ni regalos para ella .

Observó unos segundos más, giró sobre sus pies y salió corriendo, atravesó habitaciones hasta llegar al patio trasero al fondo entre árboles de almendros y un nogal se encontraba su pequeña casa de madera vieja, llena de rendijas , por donde se colaba el aire del norte y el frío del invierno que congelaba hasta los huesos , pero ella nunca lo sentía su mamá arropaba muy bien , además su casa tenía siempre ese calor,que calienta más que el de una chimenea .

Cruzó la puerta de la vivienda y buscó los brazos amorosos de su madre, y los besos que cubrían su cara,
a su cuello se colgaba y reía Mía, reía de felicidad, a carcajadas con su bella mamá, que con sus amorosas y trabajadoras manos la acariciaba y con brazos fuerte la abrazaba y jugaban al "Aserrín aserran " era el juego que más le encantaba.

Despúes comía unas galletas o rosquillas de sal, que su madre siempre horneaba para ella.
Así era su hogar lleno de alegría pero principalmente de amor, tanto que al no caber y por las rendijas de la vieja casa como el humo del horno de tierra escapaba, quizás volaba, hasta otros hogares donde pudiera hacer falta.

Y cada mañana nuevamente al comedor silenciosa entraba, pues allí su leche preferida, la del café, la que sobraba, en la gran mesa todos los días pareciera que la estaba esperando servida sólo para ella.
Jamás se dieron cuenta porque desaparecía, quizá para esos adultos fue un misterio, quizá culparon a algún inocente de terminarla.
Alguna vez escuchó a la abuela decir que otra vez se terminó la leche, y gritar ¡Que pasa Filomena si casi llena la jarrita de leche quedaba, vuelve a llenarla quiero otro café!

No le afectaban los regaños y el desamor de la Señora , Mía era feliz!

Nunca nadie lo supo, ni su madre, ni la señora de la casa grande la que decían que era su abuela .
Nadie jamás sospechó que ella era quién a hurtadillas y sin que nadie la viera del mismo recipiente la bebía.
Después de hacer la travesura todos los días ,corría atravesando el patio, nuevamente a su casita de madera, muy apurada, allí la esperaba siempre los brazos amorosos y los besos de su madre que como siempre le prodigaba.
Y volvería con ella a jugar "Aserrín aserran".

MMM
Malu Mora
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Cartas desde Stalingrado

9 de Septiembre de 1942.

Queridísima Sveta:
El día ha amanecido frio y lluvioso, y en el aire se respira el aroma de la sangre y la muerte. Apenas he podido conciliar el sueño debido a los continuos bombardeos de la aviación enemiga que han hecho temblar el cielo y la tierra con su fantasmal sonido. Llevamos tres días atascados en la misma posición, y apenas nos quedan víveres para subsistir un día más. Más de la mitad de nuestra unidad ha caído, y hemos perdido toda conexión por radio con el exterior. Si hoy no llegan los refuerzos, mañana nos jugaremos el todo por el todo.
Nadie ha venido en nuestra ayuda. Ya no nos queda otra opción; si continuamos en esta posición moriremos de hambre o congelados por las heladas de la noche. Debemos ser rápidos y no mirar atrás. La ciudad está completamente destruida, y la lucha es infernal por la conquista de cada palmo de terreno. Nuestra única posibilidad es cruzar la posición enemiga por su flanco derecho, atravesando la vieja fábrica de tractores. Solo de esta manera podremos romper el cerco y reunirnos con los camaradas de nuestra compañía para reorganizarnos y contraatacar con todas nuestras fuerzas.
Espero poder volver a escribirte y a tenerte de nuevo entre mis brazos. Dale un beso al pequeño Kolia de mi parte.
Yaroslav Nóvikov.


22 de Noviembre de 1942.

Queridísima Sveta:
Por fin puedo volver a escribirte. Durante nuestro repliegue conseguimos reunirnos con el grueso del ejército, aunque hemos perdido cinco hombres más. Me han ascendido a Sargento 1º, y ahora comando mi propio batallón. Nuestra ofensiva parece hacer efecto, y hemos roto el avance enemigo. La situación comienza a ser favorable a nosotros. El ejército alemán y sus aliados no podrán soportar en frio invierno, y nuestro frente se mantiene compacto con el continuo envió de refuerzos. Mi batallón defiende la posición de la vieja acería (Fábrica Octubre Rojo), y a pesar de los continuos ataques, nuestra resistencia se mantiene firme. Las ordenes del camarada Stalin son ¡NI UN PASO ATRÁS!, y así se hará.
Si vencemos al ejército alemán en Stalingrado, el alto mando nos ha prometido unos días de permiso. Solo volver a verte y abrazar por primera vez al pequeño Kolia me da fuerzas para aguantar cualquier cosa. No pienso morir a no ser que lo haga en tus brazos. Yaroslav Nóvikov.


2 de Febrero de 1943.

Queridísima Freya:
La guerra ha acabado para nosotros. Esta lucha parece no tener sentido, y han sido el hambre, el frio y la disentería los que ha precipitado todo esto. Hemos recibido noticias de que nuestro general (Friedrich von Paulus) ha capitulado ante el asedio del ejército rojo. Ya no sirve pelear en esta guerra de locos, cuando solo unos pocos lo continuamos haciendo. Nuestra unidad, que luchaba incansable entre los escombros de la fábrica de acero, se ha rendido ante los soviéticos. Como responsable de mi unidad he depuesto las armas ante un sargento ruso de nombre Yaroslav. No había odio en su mirada, tan solo alegría. Me ha dicho en un alemán muy simple que se alegraba, porque ahora podría reunirse con su mujer y con su hijo. Le he pedido poder escribir una carta, tanto yo como mis hombres, para hacer saber a nuestras familias que estamos vivos. Te echo tanto de menos amor.
Hoy me he dado cuenta de que no somos tan diferentes. Lo único que queremos tanto rusos como alemanes es poder vivir en paz con nuestras familias. No sé que será ahora de nosotros. Espero que acabe esta maldita guerra y poder regresar a Alemania. Deseo casarme contigo, tener hijos, y olvidar este infierno para siempre. Eternamente tuyo:
Matthias Leitner.
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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No volvió

La mía aprendió mi nombre,
por que ya me conocía
cada vez que miraba por mi ventana fría
para observar la forma del hombre
y adivinar si éste se movía.

La espié bajo el dintel de mi ventana
para deleitarme con su vuelo,
cazando la comida de la mañana
para dar de comer a su polluelo,
o simplemente contemplar su hermosura.

Pasaba las mañanas sintiendo mi dicha
esas son las que mueven ficha
las de panza blanca y espalda oscura.

Una de esas, la mía,
como la tupida madreselva,
siempre esperando a que vuelva
y no volvió ese día.

Allí quedó de mi balcón colgado,
aquello que durante un tiempo vivido
su morada hizo del nido.

Que solitario y vacío ha quedado
aquella que aprendió mi nombre,
aquella que su vuelo refrendaba,
esa que Bécquer contemplaba,
esa, tan oscura, no volvió.

Dedicado al poema “Volverán las Oscuras Golondrinas” de Gustavo Adolfo Bécquer

Fdo.: Alfonso J. Paredes
Pertenecente al libro "Trilogía Agua, Aire, Vida y Otros Relatos"
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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Un Verano Perfecto

María, de escasos siete años, de piel muy blanca de ojos grandes castaños,
su cabello hasta los hombros como el color de la miel, volaba en libertad con el suave viento,
mientras corría al encuentro con los niños del poblado morenos por los rayos del sol
que contrastaban con la blancura de su piel.

Emocionada y con la alegría reflejada en su carita lo primero que hacía al llegar y antes que se lo impidieran ,
era quitarse los zapatos, despojarse de sus calcetitas y sentir con sus pies la tierra caliente que le hacía cosquillas.
Los restregaba como bailando twist para sentir más cosquillas sobre esa tierra seca con grietas como boas pidiendo al cielo el agua tan preciada.

Su llegada al rancho de sus abuelos coincidían con la época de verano, así que disfrutaba del sol, y el calor.
También algunas veces de la lluvia a torrenciales que algunas veces caía.

Lluvia que no le permitía salir y atrapada dentro de la casa observaba por la ventana como el agua al caer hacía caminos
por la tierra del jardín hasta llegar a formar charcos.
Allí pegada a la ventana aguardaba a que la lluvia pasara, había escasas ocasiones que su abuelo le permitía salir a jugar
y correr bajo la lluvia como una yegua en libertad.

Disfrutaba beber y saborear tan exquisita agua, el olor a la tierra mojada, ver como se llenaban los aljibes
y brincar en los charcos cual si fuera una rana.

Que alegre era María, no había niña sobre la faz de la tierra más libre y feliz.
De pronto la lluvia así como llegaba se marchaba las nubes negras se disipaban y el cielo se aclaraba
dejando ver nuevamente el sol, las buenas lluvias refrescaban la región.

Estas precipitaciones era muy esperadas, cosechas abundantes, agua almacenada,
limpieza de patios, y techos de tejas como nuevos brillaban, contrastando con el verde de los árboles.

Era un espectáculo ver caer las gotas de agua contenidas en las hojas de los árboles,
como pequeños arco iris cayendo al suelo, una a una, cual si fueran lágrimas.
Como prismas reflejando colores, agradeciendo al cielo su abundancia.

Y ay! de aquel niño que se acercara bajo un árbol , en seguida aparecía él niño travieso
que con fuerza sacudía el tronco del árbol y como lluvia fuerte las gotas prendidas a las hojas
que caían como lluvia mojando a los niños que reían.

Con las lluvias el río aumentaba su nivel y eso era motivo de sonrisas, la alegría llegaba con las lluvias,
porqué en compañía de otros niños nadaría y saltaría en sus aguas.
Entonces podría disfrutar de un verano perfecto, llenando el corazón de historias nuevas para contar.
Vacaciones inolvidables de verano, llenas de alegría y aventura cada año esperadas, antes de regresar a la monotonía de la ciudad y del colegio.

MMM
Malu Mora
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Por un puñado de dólares

Año 2159.

Desde hace más de setenta y cinco años, la empresa Biox Genetics se ha convertido en el máximo exponente de la investigación genética con ADN humano. Sus avances científicos, han permitido erradicar enfermedades como el cáncer o el sida en los países desarrollados del primer mundo, aunque todavía, una gran cantidad de pueblos, están sufriendo las consecuencias de tan agresiva búsqueda. Millones de personas de los países pobres, han sido expuestas a cepas contagiosas, con el único pretexto de conseguir una cura universal para toda la humanidad. Aunque esto no es así.
Henry Nart, un reputado abogado afincado en Washington, lleva más de diez años investigando y combatiendo las irregularidades cometidas por la empresa Biox Genetics, entre las cuales, se encuentra la del uso de humanos para sus experimentos. Ellos lo niegan todo, así como también lo hacen parte de los políticos más influyentes del país, entre ellos, el Senador Albert Forrester.
El acceso a estos medicamentos es proporcional al poder adquisitivo de las personas, y quien no paga, muere. La ética y los derechos humanos con lo que tanto se llenan la boca los responsables de Industrias Biox Genetics es únicamente papel mojado. Las gentes del denominado primer mundo tienen un pañuelo en los ojos que les impide ver la realidad. Para la gran mayoría, los responsables de esta maquinaria empresarial son algo similar a divinos salvadores, los cuales han erradicado la peste que llevaba asolando la humanidad desde hacía siglos. Pero lo que ellos no saben, es que, para salvar sus vidas, han tenido que morir pueblos enteros, niños inocentes, padres, madres y abuelos…, es decir, gente inocente, las cuales, su único delito había sido no disponer del suficiente dinero para satisfacer a los despiadados dirigentes de industrias Biox Genetics.

Esto es solamente una pequeña historia, aunque no deja de ser cierto. Muchas empresas ganan dinero a costa de las vidas de personas inocentes, que lo único que buscan es ganarse dignamente la vida, y poder llevarse tanto ellos, como sus familias, algo de pan a la boca. Cientos de ejemplos están a la vista de todos nosotros, aunque la gran mayoría debe quitarse aún la venda de los ojos.
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Entre Su Oscuridad...

Su oscuridad me atrajo del mismo modo que la luz a las polillas… Irremediablemente.
Cuando quise darme cuenta, estaba tan entre sus brazos como una mariposa en una tela de araña, cubierta de expertas telas que me impedían mover.
Solo me cabía un destino… entre el dejarme hacer o dejar que creyera que hacía… Ante esta dicotomía, decidí dejarme llevar y sentir hasta dónde éramos capaces de llegar, hasta dónde la inconsciencia nos hacía avanzar.
Él, un hombre oscuro, de pensamiento ágil, de mirada profunda y voz ronca. Yo, una mujer que sabe leer más allá de sus intenciones, consensuar su pensamiento, desvestirme de prejuicios y seducirle con la cadencia de mi cuerpo y de mi voz.

Y como al toro, en estas situaciones, solo cabe ir de frente y sin miedos, cogerlo por los cuernos y mantener la dignidad en cada acto…

©ɱağ
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Reset

¡Qué asco de vida! Se repetía una y otra vez Julián mientras caminaba rumbo a la estación de tren. Avanzaba a paso lento, absorto en sus pensamientos. La gente pasaba a su lado como si fueran seres imaginarios, de otro mundo. Julián, ya no sentía la necesidad de continuar en ese lugar; tenía la impresión de haber llegado a su final. Una vez en la estación, se mezcló con el gentío que corría arriba y abajo, siempre con las prisas y el estrés de la gran ciudad. El tren aún no había llegado. Se colocó en el filo del andén, imaginando su cuerpo destrozado y esparcido por las vías debido al impacto contra la locomotora. Después de esperar varios minutos, por fin llegó el tren. Había llegado el gran momento. El hombre tomó aire, respiró profundamente, y se preparó para marcharse definitivamente, para no volver a rendirle cuentas a nadie. Cuando los vagones del tren cerraron nuevamente sus puertas, Julián partió rumbo a lo desconocido, hacia un nuevo mundo, un lugar donde empezar de nuevo.
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Corazones de barro

Erik Hans, un joven muniqués que se había alistado en el ejército alemán, ansiaba poder entrar en combate. Llevaba preparándose dos años, y en 1940 llegó su oportunidad. A principios de mayo, comenzó el avance hacia Francia. Bélgica, y Holanda cayeron rápido, y en poco más de tres semanas Francia se encontraba controlada por el poder de la maquinaria de guerra alemana. El soldado Erik Hans se sentía orgulloso de pertenecer a tan glorioso ejército, así como de ser miembro del partido nazi. A pesar de todo, pronto cambiaría su forma de pensar.
Habían pasado tres meses, y a su unidad le habían ordenado controlar la cabeza de puente que daba acceso a la ciudad de Amiens por la zona norte. Extorsionar a los judíos y demás prisioneros de guerra se había convertido en el entretenimiento de la mayoría de soldados, pero Erik Hans no lo veía igual. Día tras día, la duda le resonaba en su cabeza. Una mañana, mientras hacía su turno de guardia vio pasar a una joven en bicicleta. Era tan hermosa y tenía unos ojos tan brillantes, que Erik no vio la gran estrella amarilla que lucía en su pecho. El joven soldado sonrió de manera involuntaria, pero la chica no le contestó devolviéndole el gesto. De repente, una voz a sus espaldas gritó:

-¡Juden!¡Juden!¡Es ist undicht!

Segundos más tarde, un disparo resonó en el aire. El joven soldado mudó su rostro al instante. La bella chica, que le había sacado una sonrisa, caía desplomada en el suelo, a su lado, un reguero de sangre le brotaba de la cabeza. El vigía alemán había realizado un certero disparo. Erik corrió hacia la chica con la esperanza de encontrarla con vida, pero ya era tarde. Allí, en la cesta de su bicicleta la joven llevaba escondidas unas flores que había recogido en el campo. En su chaqueta, una foto de su marido, al cual el joven reconoció como miembro de la resistencia francesa. Unos días antes había sido fusilado, y él, había sido su ejecutor.
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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Arcadia: Última esperanza para la humanidad

Año 4689. El planeta Tierra agoniza tras largos años de guerras interestelares y epidemias. La población mundial ha descendido a más de la mitad, y los recursos naturales del planeta escasean a un ritmo imparable. Los Gorks, una raza guerrera de seres antropomorfos quiere hacerse con el control de la galaxia, y durante años han intentado hacerse con el dominio del planeta, provocando numerosos daños en sus frecuentes incursiones. El Imperio ha estabilizado temporalmente la situación, pero la raza humana se encuentra bajo una seria amenaza. La tierra se vuelve por momentos más estéril, los animales mueren sin explicación lógica, y ni tan siquiera los alimentos creados genéticamente aseguran la supervivencia de los hombres. Tras largas deliberaciones, el Consejo Imperial ha ordenado el envío de una flota de reconocimiento en busca de un planeta habitable para los humanos. Durante años, el hombre ha investigado diferentes galaxias, pero ninguno de esos planetas era adecuado para asentarse definitivamente, unos por su atmosfera y composición, otros por la falta de recursos, y la gran mayoría por la invasión de los Gorks.
Una de esas naves es la Arcadia, comandada por el Almirante Lars Bishop, veterano de las guerras imperiales en el planeta K-P21. Uno de los pocos lugares donde el Imperio ha podido establecer una base permanente. Según los exploradores de la Liga Imperial de defensa, en la galaxia Icarus X-23, se ha localizado un planeta de características muy similares a la Tierra, prácticamente idénticas, aunque se desconoce su habitabilidad y si hay vida inteligente en él. La misión de la tripulación de la Arcadia es descubrir la habitabilidad del planeta, y en caso afirmativo, organizar un puesto de enlace con la Tierra y un cordón defensivo contra posibles enemigos.
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