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Arista

Vivo en una arista. Mi camino es estrecho como dos líneas continuas en autopista, peligrosas en sí mismas…
Siempre transito el mismo sendero, es una línea blanca infinita; es una arista. Separa mundos; mundos antagonistas: los sueños y el tedio.
No hay vértices entre ellos; son insurrectos al consenso.
Debo transitar, sin dejarme apresar, ambos quieren atraparme sin piedad.
Los sueños drenan el aire de un delirante misterio que dirigen mis pasos hacia ellos. Cálidos y bellos deseos: aquella casa que tanto anhelo rodeada de árboles frutales donde el aire almibarado me besa a su paso. Buganvilla lila cayendo en cascada sobre mi pérgola amada. Mientras contemplo mi estanque enamorada; flores de loto moteando el verde ramaje pretencioso que emerge del fondo.
¡Ay! ¡Qué feliz me siento allí! Y más al verlo venir a lomos de su corcel gris…
El tedio me embota la mente, advierte que aquello no será para siempre, mostrando un rictus de muerte si acato y voy con el oponente.
Resuenan sus villanerías, creen que mis sueños son meras bufonerías. Sus risotadas sabotean mi paz, giro sobre mis talones y una protuberante faz me asesta el fétido aliento de la orfandad.
Estoy agotada, caeré postrada en una morada. La arista se estrecha, el horizonte se niebla. Palpo la densidad brumosa en mis manos temblorosas… Aullidos silbantes y voces cavernosas inyectando miedo en mi ser pusilánime y tambaleante.
Miro al suelo, pero no veo nada, quiero volver a mi arista; allí en indiferencia era artista.
Ahora el suelo es cenagoso, hay lucha y alboroto; ya no crecen flores de loto.
¿Me hallo en el tedio? ¡Los sueños no pueden ser tan horrendos! En el tedio estaban inertes, no reinaba esta desazón permanente.
Creo que mi ser inconsciente se fue a la pérgola, y ahora llora su pérdida.
Oigo un lisonjero gorjeo, atiendo, pero no lo entiendo. Avanzo y yerro en mis pasos.
Postrada ante una losa aguzo la vista para ver la inscripción borrosa. La bruma se condensa en relojes de arena y pierdo la pisa.
Extiendo la mano, puedo palpar los trazos… Y en ese momento un ser afelpado se apoya en mi hombro, y en tono armonioso susurra: <<Fueron los ecos del tedio que en lodo hundieron tus propios sueños. ¡Despierta!>>


Marisa Béjar,
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Tomo I

Extraje de la antigua biblioteca
un libro de lomo plateado,
como una luna cuadrada
para iluminar mis ojos,
lo abrí al salir el sol
y el sol emanó de sus hojas,
era un libro de espejos
en cada página un reflejo,
con luminoso prólogo
azul cielo esperanzador,
en los primeros reflejos
me vi niño alegre y vivaz,
luego triste y distraido
a veces llorando toda
una página.
Así recorrí el tomo,
con mil distintos reflejos
de mi mismo,
y en la última hoja
me miré fijamente
atravesando mis pupilas,
y encontré a un hombre
tratando desesperadamente
de hallar un buen final.
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La leyenda del ave fénix

La leyenda del Ave Fenix relata la historia de un ave capaz de renacer de sus propias cenizas. Es un símbolo universal de la muerte generada por el fuego, la resurrección, la inmortalidad y el sol. También representa la delicadeza ya que vive solo del rocío sin lastimar a ninguna criatura viviente.
Sumergida me encontré!
Muy triste e insegura me escondí! De la crítica y la mirada, que me tenía acorralada, ante lo que en mis sentimientos albergaba! Me encontré desesperada! Muy dolida y engañada! Pero jamás derrotada!
Renací de entre las cenizas! Cuál ave Fénix que vuela! Y sin que eso me produjera! más que fuerza en mi tristeza.
Me sentí desamorada y un poco avergonzada! Pero la vida traería, un giro improvisado que me llevaría a seguir, haciendo lo que más amo.
Amo escribir! Aunque no sea una gran escritora y mucho menos poeta! Pero amo lo que saco de mi Alma liberada, de penas , engaños y malos tratos!
Agradezco en el alma! de mis amigos poetas! que jamás me dejaron sola, aunque no les diera razón de mi triste situación. Aprendo de mis errores! Los que me dieron muchas lecciones! y como siempre saldré y como ave fénix renaceré, entre cenizas y más, que no me van a derrotar!
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El velorio

Me perdí en la madrugada, en los laberínticos recovecos
de un suburbio, arrastrando mi sombra, apenas visible
para mis ojos opacados por el alcohol, abandoné el miedo
en una botella de ginebra y me lancé a la nada.
Una luz mortecina me llamó al pasillo de un conventillo,
la seguí, esperando encontrar otro vaso de licor,
alcance a distinguir a medida que avanzaba
un aroma lacerante a flores, creo que me recordaban
algún acontecimiento del pasado. Comencé a distinguir
murmullos, secretos contados al aire (pensé en ese instante),
tropecé con una mujer vestida de negro que se alejaba
del lugar, ¿ por que lloran? le escupí de improviso,
no se si me miró, solo me respondió - por la partida de otro
buen hombre- y se esfumó en la noche. El patio estaba lleno de gente
humildes desarrapados se apiñaban para entrar al pequeño
cuartito de donde salia la amarillenta luz de las velas.
Fui tropezando con personas que me empujaban
hacia el difunto mientras decían- era un hombre bueno-, -sufrió mucho-
y otras cosas inentendibles.
Alcancé a mirar al cielo antes del último empujón, las nubes grises
corrían a tapar las estrellas, dentro de la piecita rodeado de mujeres
que lloraban y rezaban, descansaba ya el difunto, me persigne
como pude, y me acerqué un poco como para no quedar mal
y salir disimuladamente después del fiasco.
Una de las ancianas se corrió al verme y me tocó el hombro,
y pude ver el rostro de aquel hombre, las llamitas de las velas
quemaron mis ojos y apagué ese fuego llorando desconsoladamente,
a mi mente vino el abandono de mi padre, ese al que nunca había podido
llorar ya que su fallecimiento, solo me llegó a través de una confesión tardía
como tardío es este llanto por alguien al que nunca conocí.
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Por los siglos de los siglos paternidad equivocada

Padre ¿por qué me has abandonado? preguntó el hijo herido, preguntó el hijo dolido, preguntó el hijo agonizante. Si quizás el hijo hubiese vivido un poco más el padre le hubiese contestado; en este caso y en muchos casos no hubo ni habrá respuesta pues ya los hijos han muerto. Han muerto porque han decidido morir, han muerto porque se han suicidado, han muerto porque los han asesinado. Se vive en un mundo sin padre y quienes quieren serlo son juzgados, se vive en un mundo que no respeta a la autoridad pues ésta está sólo en los momentos más convenientes, se vive en un mundo que no conoce el llanto, que no conoce el abrazo pues nunca se le ha enseñado, siempre se la ha vetado, en ese mundo lleno de fracturas, lleno de ausencia, lleno de insatisfacción, lleno de inconformidad, lleno de ejemplo inasistente, lleno de juicio injusto, lleno de pérdida, lleno de luto, lleno de mentiras por justificar, lleno de mentiras blancas que buscan impresionar o al menos que no se indague más, lleno de inocencia incomprendida, lleno de hipocresía. Al final de todas esa inquietudes anexadas a la primera, histórica además y con un legado ancestral, muchos se preguntan "¿nos rescatarán algún día?"

Resucitar ¿para qué? si ellos están vivos, matarlos ¿con cuál fin? si el mundo debe verlos y señalarlos, denunciarlos, ¿cómo? si los entes pertinentes no te prestan atención y violan tu derecho a la defensa y justicia aunque te vean golpeado, reconciliación, ¿cómo? si ya han pasado a otro plano, si llamaran no se les contestaría, si se les hablara no entenderían la lengua pues ésta ya ha evolucionado, si los buscarán no los encontrarían, aunque siempre los vean, el paradero sigue siendo desconocido, seguirá sin haber forma de conseguirse sin contactarse. Tal vez a partir de todas esas propuestas refutadas se adopten actitudes de intransigencia, sucede que si el algún momento se quiso resucitar ahora la negación es rotunda.

No se quiere que se hagan leyenda o religión por profesar a costa del sacrificio, no se quiere que se viole el derecho de autor dejando que otros publiquen lo que se dijo, no se quiere que el sudario se exponga por miles de euros que beneficiaran a otro; tal vez por esto se sigue encerrados y enterrados si dependiera de ellos su tumba sería tapiada no sólo con una piedra enorme sino también con un monte Sinai, sin cumplir el cuarto ni ninguno de los mandamientos, las madres serian advocaciones marianas víctimas de diferentes falsos ángeles que las engañaron diciendo que tendrían bendiciones "bendito sea el fruto de tu vientre".

Padre nuestro "santificado sea tu nombre" al llevarlo de primero y hacerlo perdurar por años, las madres si los venderán pero no los venderan en un entorno de decadencia, pobreza, escasez y angustia, los venderán en un entorno de progreso, riqueza, abundancia y bienestar. Al paso del tiempo han aprendido cómo usar herramientas, como cambiar cerraduras y grifos, a medir el aceite del auto, a diferenciar el de caja y el de motor, a manejarlo y a lavarlo, a pintar las casas y a echar mezcla para frisos nuevos después de desatornillar para nuevas mudanzas.
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Miedo

- ¿Pero por qué tienes tanto miedo?
- ¿Miedo? ¿Yo?- se rió sarcásticamente.
- Sí, lo veo en tus ojos.
- La mirada no siempre dice la verdad, eso tan sólo son tonterías que escritores desquiciados con su propio ser os meten en la cabeza. Luego pasa lo que pasa. Os ilusionáis.
- ¿Y qué hay de malo en eso?- pregunté- prefiero creer en algo e intentarlo antes que temblar a cada paso que doy por temor.
- ¿Estás hablando de mí?- entrecerró los ojos con desdén.
- Eres tú el que se ha dado por aludido- repuse- si tan sólo te quitaras esa coraza que no te deja ser libre de ti mismo, si quisieras intentar lo que ya das por perdido, si no fueras tan cobarde como para saber que irte es difícil pero quedarte y afrontar las cosas, aún más, pero que vale tanto la pena...
- ¿Y cómo sabes quién soy yo si, ni yo mismo lo sé? ¿Y qué pasaría si probara a cumplir toda esas barbaridades que acabas de nombrar?
- Porque creo en ti. Y si lo hicieras, no alejarías a tantas personas que una vez estuvieron a tu lado, conseguirías que alguien te quisiera como, en el fondo, quieres querer.
- Todo aquí dentro es un caos- me dio la espalda- no soy ni mucho menos recomendable para nadie, ¿quién querría estar con alguien así?
- Yo- se dio la vuelta y miré al suelo. Mis mejillas ardían.
- ¿Tú? - noté un tono irónico en su contestación.
- Nunca me ha gustado lo normal. Eres diferente- conseguí reunir el valor necesario para mirarle fijamente a la cara- pero nunca has tenido la valentía necesaria como para dar oportunidades, a mí, la primera. He sido, a tu perspectiva, invisible. Y me parece bien. Pero cuando tengas la suficiente madurez como para darte cuenta de esto, quizá ya no me encuentres si decides buscarme.

Apretó los labios.
Si no hubiera sido porque sabía que era él, habría jurado que por un momento sus manos rozaron las mías intencionadamente.
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Casa vacía

Intentaba suicidarse,
sus amarillentas hojas
temblaban sin cesar,
el polvo de su portada
formaba una espesa
niebla,
desgastado por el tiempo
su titulo casi no se podía
leer.
Había dibujado en
la página 17 un revolver,
intentó dispararse un mal verso,
no salió,
gatillo nuevamente
y solo salían metáforas.
Ni una frase incorrecta, ni una mala
palabra que lo hiriera.
Infructuosamente lo repitió
por años,
jamás pudo lastimarse,
su interior era inalterable.
Al pie de la última hoja
se leía, "Poeta en Nueva York"
Federico García Lorca.
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Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, iba en aquel tren, convencida de que debía volver al pueblo y animarlo. En realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía eso, cómo se da aliento a alguien que ya ha sufrido varias embolias y, sobre todo, cómo sería capaz de disimular su propio sufrimiento. El traqueteo del tren se agudizó y el soniquete molesto la apartó de aquellos pensamientos. Bebió el sorbo de café restante en la taza y se dispuso a regresar a su asiento. Recorrió el primer vagón a toda prisa, huyendo del intenso olor a embutido que provenía de los bocadillos de unos niños que había sentados junto al guarda equipajes. Entró en el segundo y se detuvo en seco. El olor a embutido había sido sustituido por aroma a una fragancia de frutas cítricas. Al fondo reconoció un cabello negro ensortijado. Estaba segura: no había visto aquella cabeza en su paso hacia la cafetería, anteriormente. También, estaba segura de que pertenecía a Samuel. Su corazón, atento a las reflexiones, sintió el disparo de salida y latió con fuerza. Violeta caminó como si calculara la distancia a través de sus pasos hasta situarse justo detrás de él. Confirmó que no había nadie sentado a su lado, lo cual no quería decir que viajara solo. Puede que su acompañante estuviera estirando las piernas como acababa de hacer ella. En cualquier caso, allí se encontraba ella de pie, casi rozando la espalda de Samuel.
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Rock en San Isidro

Ámbar tiene el pelo suelto. Rubia con las raíces a la vista y estatura media. Algo despeinada y sus 23 años afloran en sus actos más rebeldes y elocuentes.

Creció en un conglomerado multinacional que perteneció a los abuelos y que ahora, son propiedad del padre. Lo niega, pero el apellido la delata. Intenta salir de la burbuja y visita los lugares más recónditos de Buenos Aires.

Planea un viaje con la guita de su laburo. Su laburo, se dice a si mísma a pesar de tener una black en la cartera. Los pibes la jodían mucho con eso y por eso decidió abrirse.

Quiso escapar de su esencia. De ser la piba de guita que la rockea. Se sienta en la plaza y quiere ser agradable con todos. Intenta tararear canciones en ingles y la delata su nivel de pronunciación. Ya ni lo intenta. Se deja llevar por vicios baratos y virginia Slim.

Se enrolla el pelo con el dedo índice y hace unos globos con el chicle que son desafiantes. No mide sus respuestas, traspasa la barrera y encara a los pibes que le chiflan en la calle porque son una manga de pajeros. Así de una. Sin mediar palabra. Los mira fijo y los manda a la mierda. Eso es de su viejo.

La madre de Ámbar duerme con ribotril únicamente y desayuna agua con frutas. Contradicciones de mi vieja, dice ella.

Mochila de cuero a donde vaya. Iphone 7 y auriculares. Se pinta la boca de rojo furioso y el delineado resalta los ojos verdes. Reconoce que quiere vivir otra vida pero que su esencia la persigue a donde quiera que vaya. Es como mi sombra, afirma. No entiendo porque los flacos tienen esa mirada sobre mí.

Ella sabe que es atractiva. Que rockerla tiene sus ventajas. Que escapar algunas horas tiene su recompensa. Que es una mina que va de frente porque así será toda su vida, según ella, directa y frontal. Atrevida y sexy.

Tiene un tono algo pausado. Dice que no lo actúa, que le sale natural porque su abuela viene de la provincia aunque nunca dice de cuál. Intimida un poco, es cierto, pero atrae a su mundo a cualquier observador atento de sus movimientos pausados pero firmes.
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El niño y el clavel...

Se encontraba una tarde un niño sentado en la banca de piedra del parque, con su peinado de lado, su mejor traje y un clavel en la mano, hacía tres domingos que la había visto salir de misa acompañada de su papá, con su vestidito rojo y sus zapatos de charol, con un peinado sencillo y su moñito negro con rayas rojas. Tenía los ojos negros y brillantes, y una sonrisa de ángel recién dibujada por Dios.

Al pasar el niño se quedó mirándola inmóvil, soltó la mano de su madre, se paró derecho y camino hacia ella "Yo te quiero, y te querré siempre, no importa que la vida nos separe, que crezca y me vuelva un hombre aburrido que tenga un trabajo, no importa que tenga que dejar mis juguetes a un lado por seguirte o si tenga que recorrer miles de kilómetros en mi vieja bicicleta por verte, yo te quiero" le dijo así al pararse a su espalda, directo y a quema ropa.

La niña abrió sus grandes ojos negros, se dio media vuelta y no dijo nada, él le tomo la mano "Por siempre dije", el padre de la niña que no se había dado cuenta de lo que había pasado la tomo de la mano y avanzaron mientras ella giraba la mirada para ver al niño.

Es así que ese día decidió formalizar la situación llevando lo que para él era la flor más formal de peticiones, el clavel, porque su padre siempre le llevaba un ramo a su madre cuando quería pedirle algo importante. Así que ese domingo se levantó muy temprano, solito se arregló y salió al parque que estaba a unas cuadras de su casa y espero la salida de misa; sin embargo, la niña no llegó ese domingo, ni el siguiente, ni el siguiente; no obstante, él la esperaba sentado siempre arreglado.

Pasaron los años, el niño creció y consiguió un trabajo, dejó sus juguetes a un lado y se volvió un hombre aburrido, pero una tarde de domingo, recordó la espera que solía hacer, se acercó a la tienda de flores, compró un ramo de claveles y se sentó en la banca a esperar.

Salió mucha gente completamente ajena a él, pero en ese momento la vio, una mujer con un vestido rojo, zapatos de tacón negros, un peinado muy refinado con el adorno de un moño negro a rayas; sintió un escalofrió que recorrió todo su cuerpo, y como hacía muchos años, se acercó con los claveles, ella sonreía cuando él se puso de frente, extendió la mano con el ramo de flores rojas "¿Recuerdas que te dije por siempre?"; ella tomó las flores, abrió los grandes ojos negros y asentó con la cabeza levemente; "Creí que serías tú, quien lo habría olvidado".
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Vampiro de retiro

En una tarde de verano dos amigos periodistas hablaban por lo bajini en una bulliciosa taberna de Madrid.

– A ver, Julián, ¿qué es eso que me tienes que contar con tanta urgencia? ¿Y por qué tanto sigilo?, ¿has vuelto a dejar deudas en una timba?, o ¿has asaltado una casa para conseguir un documento y te han pillado?

– Nada de eso, Pedro, verás… no sé si me vas a creer… pero…

– Dispara, que tengo que ir a comprarme un albornoz.

– Mira, pues que he descubierto a Drácula.

– ¿Drácula?, tú estás chiflado… venga hombre y ¡para esta tontería he venido! Llama a Íker Jiménez y a mí déjame en paz.

– Verás, es un noble descendiente de Vlad el empalador, se llama Vlad también, y me lo encontré en unas jornadas gastronómicas extremeñas tomando migas. Vive aquí en Chamberí.

– Ya veo… ¿eh?, con que en Chamberí. ¿No será otra de tus bromas?, vamos anda, tengo prisa. Tengo que ir a por un albornoz de rayas precioso para el veraneo.

– Escucha, incrédulo, mañana quedamos con él, yo le entrevisto y tú haces las fotos. Si no viene te invito a cenar en el Ritz.

Al día siguiente, quedaron en la Taberna del Murciélago, situada en pleno barrio de Chamberí. Y efectivamente, allí se presentó Drácula – un hombre alto, pálido, dandi, viejo, vestido de negro, con bastón y un misterioso anillo – y nuestros dicharacheros plumillas le entrevistaron.

– Señor Drácula, bueno Vlad, ¿qué le llevó a acabar en España?

– Mire usted, vine por el buen clima, por el sol, estoy muy viejo. Es mentira eso de que los Drácula no podemos tomar el sol. Es un invento, me pongo mis Ray Ban y tan pancho.

– ¿Sólo por el clima vino?

– No, verá, se me cayeron los colmillos y ya no pude morder a más muchachas, entonces me vine aquí porque sabía que tomábais sangre frita.

– ¿Morcilla?

– Exacto, morcilla. Y me voy a pedir una ahora mismo, cuando terminemos la entrevista.

– Y dígame entonces , ¿sólo toma morcilla?

– No, tomo más cosas. Aunque como morcilla casi todos los días, de Burgos.

– Sí, señor, de mi tierra. ¿Y qué hizo con su castillo?

– Se lo vendí al Estado, y con el dinero que gané he comprado un apartamento en Chamberí y me he hecho diez capas españolas de Seseña.

– Muy bien. ¿Y como duerme?

– Ah, je, je, siempre me lo preguntan. Lo del ataúd lo dejé, imagínese transportar eso en el avión. Duermo en una cama de matrimonio, y en verano, con el calor, me meto en la nevera.

– ¿Y a qué se dedica ahora?, ¿en qué emplea el tiempo?

– Pues mire, paseo mucho, cosa que antes no hacía, y estoy escribiendo mis memorias. El libro se llamará Días de sangre y rosas.

– ¿Y cómo lleva lo de que en España se use tanto ajo en la cocina? ¿No le da miedo?

– Ah, eso es mentira también, me encanta el ajo, lo malo es que repite un poco. También dicen que si me clavan una estaca me muero… ¡coño, y si se la clavan a usted o al camarero! Me dan más miedo los de Hacienda, esos sí que son vampiros.

– Ja, ja, es verdad, señor Drácula. Ya hemos terminado, ahora mi compañero le va a hacer unas fotos.

– De acuerdo, pero quisiera volver a verles cuando saque mi libro de memorias.

– Por supuesto, aquí nos tendrá.

Esto fue lo más destacado de la entrevista, aunque era más larga no quiero aburrir al lector. Así que era cierto, Drácula, Vlad, o como se llame vive en Chamberí, va a misa los domingos, es del Real Madrid, le gusta pasear, lleva dentadura postiza, es pensionista y toma morcilla de Burgos. Ya sabes, Íker Jiménez, puedes dedicarle varios programas.
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El robo de los cuadros [2]

En el verano, Olivia había convencido a su
padre para que vendiese un bálsamo para las
manos, que ella misma había preparado con
aceite de oliva, aceite de palo de rosa y parafina.
La joven había llenado unos pequeños
recipientes con el remedio y les había colocado
una etiqueta, que ella misma había dibujado de
un cisne con una rama de olivo. El padre se
sorprendió de la propuesta de su hija y probó
aquel ungüento, apreciando que suavizaba las
durezas de las manos. Le pareció una buena
idea vender esos recipientes.

Olivia esperó la llegada de aquel joven desde
el mismo día en que su padre instaló el puesto
de aceites, pero este no se hizo ver, pues estaba
trabajando en la reparación de un tejado de una
casa, que había sido devorada por las llamas de
un terrible fuego. Marcos tardó una semana en
aparecer por el mercado y para entonces todas
las confecciones de aquel apreciado ungüento
se habían vendido, por lo que Olivia no pudo
mostrarle de su particular manera, el
agradecimiento por su regalo.

Ambos jóvenes no se hablaron en todo el
verano. Marcos volvió a pensar que esperaría
más muescas. Mientras su bastón se llenaba de
señales Olivia no entendía el silencio del joven,
que se acerca hasta la zona de los puestos y
luego desaparecía sin decirle nada.
En el otoño la joven no acompañó a su
padre, porque se encontraba convaleciente de
una gripe. Marcos desconocía el porqué de la
ausencia de la doncella y en su desesperación,
fue visto a menudo en las tabernas del barrio
donde trabajaba. Poco a poco se iba
convirtiendo en un cliente habitual de las
mismas, gastando lo que ganaba en jarras de
cerveza. En el invierno Olivia se quedó de
nuevo en Málaga para no desatender sus
estudios.
Marcos esperó y melló su bastón hasta que
poco a poco la tristeza le fue invadiendo y para
acallarla bebía cada vez más a menudo,
frecuentando todas las tabernas de los barrios
pobres sin decir una palabra y sin ser
reconocido por nadie.

Extracto de la novela [El lienzo en el espejo]
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Los que te vieron pasar y no te hablaron

Por la calle abajo rueda un sueño,
va dando saltos y de vez en cuando
llama a la puerta de los desahuciados.
Lo ven pasar por sus puertas
los que no tienen miedo,
por la calle abajo y sin dueño.
Se cruza con la gente caminando,
con perros desalmados,
con sus bocas amargas y abiertas
y sus ropas llenas de barro y cieno.
Fue pasando rodeado de gente
que se quedaba mirando
lo veían pasar simplemente
y todos se quedaron allí sentados.
Los años, sin pena ni gloria pasaron
y quedaron amargados
los que te vieron pasar y no te hablaron.

Fdo.: Alfonso J. Paredes (Aly Parca)
"TRILOGÍA AGUA, AIRE, VIDA Y OTROS RELATOS"
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Safe Creative/Copyright
( texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, aprobado por Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril.)
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El robo de los cuadros

Sevilla, 1810
Estaba de nuevo pensando en ella, en aquella
doncella malagueña que le quitaba el sueño, esa
que lo rechazaría por ser un pobre artesano, sin
nada que ofrecerle. Recordó el primer instante
en que la vio era primavera y al verla junto a su
padre en un mercadillo cerca del puesto de
aceites, le pareció estar observando a una
princesa. Se enamoró inmediatamente de ella y
cuando esta se marchó de Sevilla, él empezó a
desatender su trabajo en el taller. Pensó que no
volvería a verla, pero al inicio de cada estación
regresaba con su progenitor para vender los
mejores aceites de Málaga. Ella era una dama
culta, pues siempre estaba leyendo libros y
llevaba consigo un pequeño libro de horas de
tapas repujadas en cuero. Su padre poseía una
casa en una calle de uno de los mejores barrios
sevillanos y hasta allí se dedicaba Marcos a
seguir a la doncella. Esta se asomaba al balcón
cada tarde, acompañada por su dama de
compañía. Aquella era una escena que el
carpintero no podía olvidar pues era la viva
imagen del cuadro de su pintor favorito,
Murillo, “Mujeres en la ventana”. [_61] Su
“Princesa de los olivos” como la llamaba en sus
fantasías, era la reencarnación de la dulce joven
doncella que el artista sevillano había
capturado con gran sencillez y gracia, con su
cabello azabache rebeldemente ondulado y su
tez blanca.
Marcos deseaba haber nacido escritor para
reescribir las paginas de aquel libro que su
amada ojeaba incansablemente, deseaba ser
pintor para decorar un lienzo con la belleza de
su rostro, pero él era solo un aprendiz que
tallaba figuras para vender en las tiendas de
regalos. Había aprendido el oficio de su padre,
pero cuando este falleció, su taller contaba ya con
tantas deudas que el joven no pudo pagar el
alquiler de la casa y se convirtió en un sin techo.

Marcos llevaba siempre un bastón de madera,
en el que hacía una marca cada día desde la
primera vez que vio a la doncella, y llegada la
segunda primavera las muescas que Marcos
había tallado, eran ya trescientas setenta y tres.
Sin embargo hasta entonces no había logrado
decirle una sola palabra, esperaba con ansiedad
volver a verla pues en esta ocasión tenia un
motivo para saludarle, le había tallado la figura
de un cisne en una rama de olivo. Era una
escultura bellísima.
Cuando la doncella regresó a Sevilla con su
padre, Marcos había conseguido un trabajo en
una sillería, en la que trabajaba labrando patas
y respaldos todo el día. Tenía las manos llenas
de callos y algunas llagas de trabajar tantas
horas con las gubias.
Marcos había descubierto el nombre de la
muchacha pues su dama de compañía la
llamaba Olivia, nombre que significaba “la que
protege la paz”.
El joven carpintero se acercó una tarde hasta
su puesto de aceites en el mismo instante en
que el padre de la doncella se había alejado.
Olivia se había percatado en algunas ocasiones
de que un joven alto de pelo alborotado, solía
observarla desde lejos. Al verle acercarse le dijo:
–Mi padre se ha ausentado un momento
debéis esperar, yo no se medir el aceite.

–Sois vos con quién deseo hablar, mi nombre
es Marcos, disculpadme, no quisiera ofendeos.
Hizo una pausa para inspirar aire porque sentía
el corazón palpitándole en la boca de su
garganta
–Quisiera que me aceptarais un regalo.
Olivia se sonrojó sintiendo curiosidad por
saber en que consistía.
–Si vos prometéis alejaos antes de que mi
padre llegue a notar vuestra presencia, os
acepto el presente.
Al extender la mano el carpintero ofreció a la
doncella la bella figura del cisne tallado. Olivia
en lugar de mirar la talla observó con sorpresa
las manos del joven. Marcos se dio cuenta de
que sus manos estaban marcadas por su duro
trabajo, mientras que las manos de su dama
parecían ser de seda y no haber realizado nunca
tareas laboriosas.
–Es precioso ¿lo habéis tallado con vuestras
propias manos? sois un artista. Yo adoro los
cisnes, estoy justo leyendo un cuento alemán de
un escritor llamado Johann August Masäus.
Ella le mostró el libro veis “El velo robado”
–¿Lo habéis leido?
Marcos se sintió morir por dentro de algo
más intenso que la vergüenza bajo la cabeza y
dijo: –Yo no sé leer ni escribir.

Olivia se sintió muy mal por la tensión del
momento, el había bajado la cabeza como un
niño amonestado y aquello le llegó muy dentro
del alma.
Marcos era incapaz de pensar ninguna
palabra y se sintió muy aliviado al ver que el
padre de la joven se acercaba al puesto, por lo
que ambos jóvenes cruzaron sus miradas sin
decir nada más.
–¿Qué buscaba ese joven?– pregunto el
mercader de aceite.
–Un bálsamo de grasa para las grietas y
callos de sus manos, pero se ha dado cuenta de
que vos vendéis solo aceite comestible.
Marcos no se atrevió acercarse más al puesto
del comerciante. Aquella primavera se dijo, que
si había esperado trescientas ochenta y seis
muescas para saludarla, esperaría algunas más
para volver a hablar con su amada.

Extracto de la novela [El lienzo en el espejo]
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Tú conmigo sí, pero yo contigo no

Es que tú conmigo sí, pero yo contigo no.
Entonces comenzó todo, los pensamientos, los quebraderos de cabeza, las preguntas sin respuestas, las lágrimas sin voz, los gritos que rompían en un silencio, las situaciones inestables, las quejas sin fin...
No se dio cuenta hasta que ella volvió a aparecer, le volvió a tender su mano, gélida, huesuda y oscura, y ella, como vieja amiga que era de ésta la abrazó, porque ella esa su soledad, su amiga, la más vieja y la más fiel. Fue entonces cuando lo comprendió:

Él contigo sí, pero tú con él no.
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Estar juntos

Estar juntos, no es estar amontonados, es estar al lado,
estar juntos es acariciarse, más allá de las distancias,
de los mares, de los cielos y de los tiempos.
Estar juntos no es estar uno arriba del otro, ni abajo del otro,
es flotar sobre el otro y aún así estar unidos por el alma.
Estar juntos no es tomarse de las manos, si las manos siguen estando frías,
por más que las presionemos con toda nuestra fuerza.
Estar juntos no es pensar todos de la misma manera,
es pensar que a pesar de lo que pienses, quiero estar contigo.
Estar juntos a pesar de los años, las rutinas, los cansancios,
los desatinos, los contratiempos, los desengaños y los regaños,
es estar juntos, porque te amo.
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Serie El Viajero... "El viajero y el roble"

Después de andar caminando por un tiempo, el dolor disminuyó, ya sólo quedaba una pequeña marca que me haría recordarlo siempre.

El camino realmente era hermoso había árboles de distintos tamaños y tonos de verdes, los animales rondaban tan sigilosos como los siervos, las mariposas, las aves, etc. todo parecía sacado de un cuadro de Matisse. Comencé a sentir hambre, así que busque un lugar donde pudiera descansar mientras comía algo, fue entonces que vi un roble enorme e imponente que daba una sombra refrescante, me dirigí hacía él y me senté bajo su sombra, me recargué por un instante y fue entonces que lo escuche susurrando en mi oído, con su voz vieja y sabia:

"La vida siempre nos pone en el lugar correcto en el momento exacto, sabe dónde es el lugar en el cual podremos crecer mejor para que lleguemos a ser lo que debemos, sin embargo, depende de nosotros aprovechar al máximo todo aquello que se nos brinda, a veces las oportunidades vienen disfrazadas de problemas y a veces los problemas nos los causamos pensando que son oportunidades, la sabiduría no consiste en diferenciar cuando es uno u otro, sino, en aprovechar el aprendizaje que deja tanto uno como el otro. Yo llevo cientos de años en este lugar, viendo pasar la vida y he crecido junto con ella, he soportado tormentas, sequías, enfermedades, soledad, nacimiento y muerte, pero eso es la vida, un continuo aprendizaje de todo, todo el tiempo; lo importante no es cuánto te golpee la vida, lo importante es cuanto resistas de ella, y te mantengas en pie como un roble."

Fue entonces que una tibia brisa cruzo por sus ramas silbando una vieja canción, comí feliz y tranquilo, al terminar seguí mi camino.

Antes de irme regué un poco de agua a los pies del roble para agradecerle su enseñanza y este soltó una hoja sobre mí, sabía que eso era su forma de decir "de nada".
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El punto final

Su moneda de cambio eran sus poesías y ella le entregaba, a cambio, gozo carnal. Con aquella disposición creaban un terreno que únicamente ellos habitaban. Lo mantenían en completo secreto. Algunas veces espontáneamente. Solo existía entre ellos una especie de intercambio. La forma de trueque menos material que se pueda pensar. Ni siquiera podría calificarse de intercambio, aunque de alguna manera fuera un negocio. Y ese mismo pacto les otorgaba una transformación invisible a los ojos del mundo. Les amparaba. De los sitios oscuros conseguían luz. Del encuentro imprevisto hacían infinitud. Al comienzo se sentían empujados por la idea de un mero yo te entrego, tú me entregas.
Hasta saber de él ella solo había conocido la típica forma de conseguir dinero de un hombre. No las formas más pérfidas: conocía de las extorsiones que abundaban sobre el sagrado matrimonio. Su profesión, al menos, dejaba las cosas bien claras desde el inicio.
Ahora se sentía fraccionada. No porque no consiguiera el precio acostumbrado, que cada día le atraía menos. Sino porque no sentía que el hombre le estuviera recompensando sus esfuerzos al recitarle sus versos. A su lado no se sentía mercadería. En aquella oscilación de licencias, ¿qué tenía más importancia? ¿La poesía embelesadora que ofrecía él o las delicadas artes amatorias que ella ejercía sobre el cuerpo del poeta?
Tampoco el rapsoda advertía en la conducta de la mujer una complacencia forzosa. Los dos se daban cuenta y lo hablaban.

-Esto nuestro es algo insólito, porque no se le puede llamar amor, ¿no?,- decía ella.
Realmente no dudaba, sino que creaba deducciones incompletas que le permitieran seguir averiguando, confundida como se sentía con aquel vínculo extraño, pero enormemente placentero.

-Quizá no sea amor, aunque tal vez sea el camino,- respondía el poeta con sarcasmo.
-Enséñame a narrar- le pedía ella mientras mordía el pecho de su amado.
-Enséñame tú a seducir,- contestaba él.

Y el hombre continuaba recitándole versos de amores aparentemente dichosos y evidentemente desgraciados, de tipos con hambre que no querían seguir viviendo, de narcisistas que escapaban para poder quererse mejor, de mujeres huecas que solo miraban los satélites de su ombligo, de trabajadores honestos que se sublevaban cansados de sus tormentos.

-Relátamelo nuevamente,-
le requería ella haciéndole saber que disfrutaba. Y él retomaba los versos, añadiendo cambios, alterando tonalidades y en ocasiones implantando distintos finales, dramáticos, misteriosos. Sin pedir por ello nada a cambio.

Una tarde él describió a la mujer un relato parecido a la historia que estaban viviendo. Ella se vio reflejada en el guión, se vio con precisión dentro de la historia, confirmo el camino recorrido en su vida desde que se encontrara con aquel poeta. De pronto detuvo su narración.

-No continúes con el relato. Solo quiero que me cuentes el final-

Él guardo silencio por un instante, puso las manos sobre la cara de ella y cerró sus ojos. La fue emocionando pausadamente. Ella resbalo bajo los arrumacos de él. Y sólo consiguió decir:

-Has aprendido correctamente. Lo mejor es el punto final.

Canet
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