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Reminiscencia de invierno (parte VII - final)

Ese lunes por la mañana Salvatore llama a Alessandra camino a su trabajo. Le dice que es vital conversar esa misma tarde. Le pide que salga temprano y que lo acompañe al parque pues tiene cosas muy relevantes que contarle sobre su viaje a Monterrey. Alessandra queda sorprendida de saber que él anduvo en Monterrey el fin de semana y le dice que ella también tiene información muy extraña que compartir con él sobre una charla que tuvo con doña Juana el día sábado. Alessandra no tiene que rogar mucho a Claudia para que la cubra esa tarde; después de lo que ambas vivieron en la cocina de doña Juana, sabe que es crucial esa cita. Salvatore por su lado, pasa muy mal rato rogando a su jefe que le deje salir temprano, una vez más; inventa alguna cita inesperada con el IRS, y en Estados Unidos ese es siempre un tema de respeto; de mala gana, el jefe accede. En el parque, los copos de nieve caen con una tristeza, como si tuvieran el augurio de que esa tarde, alguna hermosa historia de amor, podría acabar. Alessandra y Salvatore caminan de la mano, se miran fijamente a cada rato mientras lo hacen; ninguno comienza tratando el tema grave que necesitan abordar. Hablan de nimiedades. Se preguntan del trabajo. De como van las ventas en la pastelería. De como están los clientes de Salvatore. Finalmente se sientan en una banca, respiran profundo y Alessandra le cuenta todo lo sucedido donde Juana. Salvatore por su lado, le cuenta los increíbles hallazgos de Solomon en los archivos de Remembrance. Ninguno de los dos quiere dar crédito a las historias que cada uno cuenta y a la increíble coherencia y consistencia de ambas. Alessandra llora mientras cuenta su parte, las lágrimas caen al suelo como granitos minúsculos de hielo. Salvatore tiene una cara de aflicción imposible de esconder. Ambos deciden ignorar todo lo que han investigado. Simplemente no pueden dar crédito que el uno o el otro se haya hartado de la relación y del intenso amor que vivían.

Los meses pasan volando. En menos de diez días Alessandra rompe definitivamente con Salvador, su prometido. Le cuenta que ya sabe toda la verdad y Salvador no opone ninguna resistencia. La abandona de inmediato, sin drama. En menos de un mes, ella se muda al apartamento de Salvatore. El mes siguiente dan rienda suelta a su pasión. Las noches no les alcanzan, pues el deseo y el amor les desborda. Los primeros meses son de idilio total, se enamoran tan profundamente, como nunca antes lo habían estado. A partir del cuarto mes, algo empieza a ir mal. Todo lo que investigaron meses atrás empieza a hacerse realidad, inclusive una realidad más dramática que lo que les habían contado. Alessandra desarrolla paulatinamente una codependencia muy intensa y maliciosa. Empieza a tener un comportamiento compulsivo, obsesivo y controlador. Salvatore la ama desesperadamente y aguanta con valentía todo lo malo que se viene. Sus encuentros sexuales no menguan ni un ápice a pesar de todo. Una tarde cualquiera de sábado, volverían al apartamento a las tres de la tarde y pasarían desnudos hasta la media noche, devorándose el uno al otro, con o sin coito; y la cantidad y calidad de sus orgasmos es algo fuera de este mundo.

A los seis meses todo ha concluido. Salvatore se ha mudado de ciudad, ha puesto una orden de restricción contra Alessandra. Ha viajado a Monterrey a hacerse un borrado voluntario de memoria, olvidar a Alessandra y todo lo que tenga que ver con ella, otra vez. Alessandra pierde toda cordura, literalmente. Se le diagnostica algún tipo de demencia. Es recluida en un centro especializado para recibir el cuidado y tratamiento que corresponde. Claudia se encarga de todo. Las ganancias de la pastelería son suficientes para cubrir con esos gastos y aunque no lo fueran, Alessandra es su amiga del alma. Sufre mucho por ella. La visita todos los sábados sin falta. En cada visita, Alessandra le cuenta sus delirios de relación con Salvatore, una que aún no termina; le cuenta como él la visita a escondidas todas las noches, se mete a su cama y le hace el amor toda la madrugada. Y siempre se despide diciendo que la ama con toda su alma, que pronto la rescatará de esa clínica, que ya casi desbarata toda la organización de Remembrance, y cuando concluya, ella será liberada y vivirán felices para siempre. “Salvatore, te amo”, es lo que ella siempre le dice al verlo salir por la puerta de su habitación.

Seis meses atrás, esa noche de domingo, Salvatore llega casi en automático a la casa de Solomon, al sucio y lúgubre sótano donde vive. Por el camino lo asalta la incertidumbre, la ansiedad, el desespero. No puede creer que su historia con Alessandra no acabe de comenzar, que ya tengan esa historia previa. Esa historia tan extraña, y que inclusive ni esa historia es verdadera, según lo que Solomon le ha anticipado por teléfono. ─Tú y Alessandra nunca han estado juntos. Nunca se conocieron en verdad. ─le dice Solomon─ todo comenzó con un concurso que ambos ganaron en alguna red social, alguna encuesta que llenaron y salieron favorecidos con unas vacaciones de ensueño ─Solomon continúa relatándole ese mecanismo que Remembrance utilizó en el pasado, unos tres años atrás, cuando su tecnología estaba en versión beta. Y le cuenta como las dichosas vacaciones de ensueño eran en realidad una prueba beta de implantarles los recuerdos de unas vacaciones. Que coincidentemente Salvatore y Alessandra eligieron Milán como destino de su viaje vacacional. Lo que Remembrance hizo sin su autorización fue agregar la experiencia de romance fugaz, y para que ésta fuera más intensa cruzaron sus dos personajes. Cada uno había sido la experiencia romántica del otro. A decir verdad, había un buen nivel de seguridad en la experiencia, estaba garantizado que el romance sería superficial y temporal y que sembrarían en ambos un sabor de haber sido algo bello, pero que no iba a tener trascendencia alguna. Tiempo después, algo inaudito ocurrió. Los recuerdos sembrados en cada uno de ellos empezaron a crear nuevos recuerdos, unos que no fueron implantados, y que obviamente tampoco correspondían a ninguna realidad. Esos nuevos recuerdos incluyeron la continuidad de su relación de vuelta en Estados Unidos. Y un breve periodo de un año en el que se amaron con una intensidad, como ninguno había experimentado en su vida real, al punto de hacer planes de casarse. La relación ─en la virtualidad de sus nuevos recuerdos─ sin embargo, se deterioró porque Alessandra desarrolló una obsesión maliciosa y un síndrome de bipolaridad que hizo que continuar juntos fuera poderosamente peligroso para ambos. Si bien la relación que su cerebro inventó a raíz de los recuerdos primarios implantados no era 100% idéntica para ambos, los puntos de coincidencia eran asombrosos. En la vida real, dos personas no recuerdan una relación 100% igual tampoco, cada quien le ve sus matices y la ve a través un cristal distinto. Todos los participantes de la prueba beta eran monitoreados quincenalmente por personal calificado de Remembrance y al detectar esa anormalidad los invitaron a ambos, cada uno en fechas distintas, a realizar otro viaje a Remembrance, donde se les contó la verdad de lo que les acontecía y al descubrir ambos que todo era una farsa creada en su cerebro, optaron por un borrado total de toda la experiencia: De los recuerdos que nacieron espontáneamente, del viaje original a Monterrey, de las vacaciones inventadas en Milán, del romance fugaz, de todo lo concerniente al tema. Y para hacer verosímil todo el tema y liberar de responsabilidades a Remembrance les pidieron que grabaran los videos falsos en que ambos confirmaban haber tenido una relación real, que se tornó dolorosa y decidieron borrarla de su memoria. Alternativamente, había unos video reales de todas las sesiones que habían tenido con ellos; estos últimos eran ultra-secretos y estaban encriptados con criptografía cuántica, indescifrable para el mortal promedio; mas no para Solomon. Como parte de los servicios de borrado, Alessandra optó por el detalle de conocer un nuevo novio de inmediato, alguien que sagazmente la conquistara y le propusiera matrimonio, y que tuviera un nombre similar al de Salvatore. De allí surgió Salvador. Por su lado, Salvatore optó por que le sembraran un desgano y apatía total hacia una nueva relación, prefería quedarse como un lobo solitario. Doña Juana y algunos otros personajes, eran personal de Remembrance, que se aseguraban de lo verosímil de las historias, y ante el encuentro inesperado de Salvatore y Alessandra, activaron un plan “B” que hiciera creíble la cuartada de Remembrance en todo el tema ─¿Tienes una memoria USB que me prestes? ─pregunta Salvatore─ cópiame allí todos los videos por favor, me los llevo para revisarlos nuevamente con calma esta madrugada ─. Solomon hace la copia y lo despide con un efusivo apretón de manos, de alguna manera le había cogido cariño a Salvatore ahora, a pesar de la falta de empatía que caracterizaba a Solomon. Salvatore regresa a su casa, conduce con mucha calma, como sedado, como hipnotizado. Los videos vistos pasan por su cabeza una y otra vez, dando punzadas en su corazón, cada vez más fuertes. “Alessandra, te amo”, susurra mientras conduce por la larguísima autopista que lo lleve de regreso a su hogar vacío, un hogar donde Alessandra, en la realidad, nunca tuvo parte.


FIN.


@AljndroPoetry
2018-ene-12
18
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Reminiscencia de invierno (parte VI)

En el check-in asistido por computador del aeropuerto, Solomon se siente como pez en el agua. Para Salvatore sin embargo, es como un proceso sin alma, extraña los tiempos en que una señorita amable le atendía en un mostrador; en esto él es todavía chapado a la antigua. El vuelo a Monterrey no toma más de noventa minutos (la última década de avances aeronáuticos no ha pasado en vano). Solomon está tan desvelado luego de una intensa madrugada conquistando reinos en Dota 9, se queda dormido de inmediato y ronca durante todo el camino. Salvatore, también está trasnochado pero no concilia el sueño en su asiento, de hecho nunca ha podido dormir en un avión, incluso cuando viajó a Alemania. Ha sido y sigue asediado por la incertidumbre. ¿Qué encontrará en Monterrey?

Salvatore había investigado ya que esa tarde tenían una presentación comercial (para incentivar las ventas) en el edificio de Remembrance. Mientras tanto, se hospedan en el Holiday Inn Monterrey Valle. Solomon continúa durmiendo el resto de la mañana, hasta pone el rótulo de "no molestar" en su puerta. Salvatore se recuesta, pero sigue pensando en el incidente de su pasaporte extraviado y esa hoja fantasma, digitalizada en la nube, con un sello de Monterrey. Piensa en Alessandra, en sus besos, en su cuello; y por un instante, vuelve a sentir en sus labios, el oasis de su ombligo y ese recorrido por los delicados trazos de sus piernas y por la alucinante curva de su derriere. Su paladar se endulza ante la evocación del sabor de sus pezones. Recuerda sus ojos, esos profundos ojos café oscuro donde él podría perderse el resto de su vida. “¿Qué estará haciendo esa mañana de sábado?” es una pregunta que ronda su mente mientras se queda dormido, aunque no más de media hora.

Solomon y Salvatore tienen un hambre voraz al mediodía. No desayunaron nada en el avión. Bajan al restaurante del hotel y se comen una buena cantidad de tacos al pastor bien enchilados. A Salvatore se le da bien el picante en la comida, Solomon en cambio tiene la cara enrojecida, una lágrima sale por su ojo izquierdo y en su lengua, hay un incendio que tres cervezas corona no son capaces de apagar. ─No bebas más por favor, te necesito sobrio en la presentación ─le dice Salvatore─ creo que hay secretos oscuros en la tecnología que usa esta corporación, seguro que tu agudeza de hacker ha de captar algo que yo jamás podría ver ─Un vaso de agua con hielo, urgente ─le grita Solomon a un mesero que va pasando cerca.

Un taxi verde los lleva velozmente a su destino. Un edificio de unos siete pisos a pocos kilómetros de la zona industrial de Monterrey del parque Fundidora. El taxi es un sedan Nissan que se les antoja pequeño, pero es un auto del año y de verdad se siente como nuevo. El conductor responde un par de llamadas con su auricular bluetooth durante el viaje y no deja de decir cosas como: “güey haz esto”, “¡no seas güey!”, “¿qué te dijo ese güey de mí?”, “te dije que no volvieras a ver a ese güey”. Parece que todo su vocabulario gira alrededor de esa palabra “güey”. Solomon tiene amigos Mexicanos pero no había escuchado que usaran tanto esa muleta al hablar. Entre llamada y llamada les habla de lo que él considera atracciones turísticas en el camino. A Solomon solo le llama la atención lo caprichosa forma del cerro de La Silla, Salvatore está absorto en sus preocupaciones, realmente no ha puesto atención a nada.

El edificio de Remembrance es totalmente asimétrico en todos los sentidos, tiene dos caras revestidas por completo de vidrio que asemeja espejos que reflejan todo a su alrededor. Una cara totalmente tapizada de ladrillos de un café quemado y otra cara que parece un inmenso césped vertical. Una de las caras de espejo, a ratos, según la intensidad de luz, parece esbozar la silueta de una neurona. Allí los reciben anfitrionas sumamente amables y atractivas. En un salón de conferencias les dan una presentación general de los servicios de la corporación en una pantalla que es literalmente de 360º. Una de las anfitrionas toma un grupo (Salvatore incluido) y los lleva a un recorrido por todas las instalaciones del edificio. Las áreas tecnológicamente impresionantes son las que principalmente se muestran, nadie quiere ver las oficinas de contabilidad o de recursos humanos. Otra anfitriona toma otro grupo, donde va Solomon. Los recorridos pretenden mostrar las mismas áreas, pero en orden distinto, en grupos pequeños es más fácil apreciar, comentar, preguntar y responder inquietudes. En noventa minutos concluye todo. Cerca del 20% de los asistentes terminan comprando paquetes de servicio.

Temprano esa noche, Solomon y Salvatore se van a cenar a un lujoso restaurante en el centro de Monterrey. “Allí sirven un cabrito de primera” les dijo el encargado del mostrador del hotel antes de salir. Salvatore sabe que tiene que consentir a Solomon un poquito, que le está pidiendo demasiado, considerando que ni siquiera son amigos y hasta hace muy poco, ni se caían bien. En el restaurante, precisamente piden cabrito para cenar acompañado por unas cuantas cervezas corona. La cena en verdad es deliciosa. ─ ¿Tú en verdad crees ese cuento de que lo que te venden son vacaciones inolvidables? ─dice Salvatore antes de darle una mordida a un taco de cabrito─ Esa tecnología de nanobots capaces de implantar breves instantes memorables de unas vacaciones, es totalmente viable en estos días ─le responde Solomon con la boca llena de cabrito y un poco de la salsa escurriéndole por la comisura de los labios, manchando su roja barba─ Si lo piensas bien, cuando uno recuerda unas vacaciones de unos 5 años atrás, todo lo que queda son unas cuantas instantáneas en la mente de los mejores momentos, casi no tienes diálogos, ni escenas muy elaboradas de lo acontecido ─le sigue diciendo antes de beberse media botellita de corona en breves sorbos ─eso, considerando unas vacaciones promedio, claro está; porque si en esas vacaciones te arrodillaste ante tu novia para pedirla en matrimonio, esa es otra historia; implantar algo así lo veo difícil ─Tú eres el experto en tecnología y ciertamente lo que dices me hace sentido, pero ¿qué piensas del otro tipo de servicios? lo de borrarte momentos y hasta épocas dolorosas de tu vida ─Mira Salvatore, si te soy honesto, yo no creo en eso del alma, el espiritu o de chamanes que escupen demonios en calzoncillos; pero si te puedo decir que los sentimientos y las emociones profundas parecen guardarse en algún lugar más allá de las neuronas y sus interacciones químicas o eléctricas, hay un misterio en eso ─responde Solomon mientras limpia su plato usando pedazos de tortilla con los que recoge los últimos residuos de salsa y carne ─esta carne y esta salsa de verdad son cosa aparte, qué comida tan deliciosa ─no puede Solomon evitar hacer ese paréntesis en la charla─ entonces, pienso yo, qué es viable borrarte los recuerdos, pero en tu esencia ha de permanecer algo de esa etapa de tu vida, algo de las personas y de los sentimientos y emociones que te han borrado ─concluye Solomon─ Necesito averiguar si contraté servicios de esta empresa con anterioridad ─ le dice Salvatore y le cuenta toda la historia del pasaporte perdido y la hoja digitalizada con sello de Monterrey y las extrañas cosas que le han ocurrido al estar con Alessandra, esa sensación de conocerla de antes, de amarla de antes inclusive. Solomon le cuenta que durante el recorrido que le dieron a él, con excusa de ir al baño se escabulló hacia su centro de cómputo y sabe bien en donde es que deben resguardar las copias de respaldo de los expedientes de los clientes. Le asegura que esa misma noche regresa a ese edificio con una identidad falsa de técnico externo de mantenimiento de los servidores y va a obtener su expediente. Le ruega Salvatore que obtenga el expediente de Alessandra también.

Esa noche, Solomon llega a la garita de seguridad de Remembrance y presenta una tarjeta de acceso de la empresa que les da servicio técnico a los servidores de cómputo. Solo él sabe cómo ha podido averiguar el nombre de la empresa, falsificar una tarjeta de acceso e introducir un registro de autorización en la bitácora de visitas programadas en el sistema de seguridad de Remembrance (cosas de hackers, eso es seguro). Dentro de las instalaciones se mueve con una naturalidad escalofriante. Va y viene por los pasillos de los servidores. Revisa una cosa y la otra. Asegura cables conectados. Hace chequeos a los routers, etc. Y asegurándose de estar en un punto ciego ante las tantas cámaras de seguridad, inserta una memoria USB, con un software especial que rastreará los archivos del historial de Salvatore y Alessandra. Deja la memoria conectada y se va por allí a fingir que hace más chequeos de rutina. En menos de treinta minutos concluye todo. Retira la memoria, se asegura que tenga una carpeta de Salvatore y otra de Alessandra. Y se retira de las instalaciones tan naturalmente como llegó. Uno imaginaría que estas cosas conllevan un gran riesgo y que la posibilidad de que lo descubran es sumamente alta. Pero el que sabe, sabe. Y por lo visto, Solomon, sí que sabe de estas cosas. De regreso en su hotel inserta la USB en su notebook y hace una llamada: ─ ¿Salvatore? ¡Lo tengo! Me vas a quedar a deber una muy grande con esto compañero ─ ¿De verdad? ¿No te han descubierto ni nada? Disculpa, pero honestamente nunca pensé que todo ese alarde de tus dotes de hacker iba en serio. Te debo una muy grande de por vida, tenlo por seguro amigo ─ Solomon le continúa contando algunos pormenores de su visita a la corporación y de como obtuvo las dichosas carpetas. Le cuenta que todos los archivos están fuertemente encriptados. Pero que no se preocupe, que va a diseminar (sin riesgo de que alguien más vea el contenido) la tarea de decodificación ante una red de usuarios que permiten acceso a sus computadores mientras ellos duermen, para distribuir tareas que requieren alto volumen de procesamiento y aún entre otros usuarios conectados a redes de juegos de video que no han dado su consentimiento, pero igual, existen pasadizos para lograr que cooperen. “Total, no se les hace ningún daño” le dice también. Solomon se queda dormido monitoreando el avance de la tarea que ha diseminado.

A la mañana siguiente piden el desayuno en la habitación de Salvatore. Solomon se reúne con él allí para ver los archivos en cuestión. Entre varios papeles legales y formularios se encuentra también una amplia variedad de videos. En ellos se documenta a detalle las razones por las cuales Alessandra y Salvatore, primero en pareja y luego en solitario, declaran en su propia voz la justificación y la amplia liberación de responsabilidades hacia Remembrance. En uno de los videos, Alessandra, ahogada en llanto, confiesa lo infeliz que ha llegado a ser con Salvatore, la escasa atención que éste le presta, lo evasivo que se ha vuelto, su frialdad e indiferencia, abundando en anécdotas al respecto. En otro video, Salvatore, con la voz entrecortada, como con un nudo en la garganta confiesa lo posesiva que Alessandra se ha vuelto, lo insistente y controladora que es. Que le pide justificación, minuto a minuto de sus horas en la calle, que espía constantemente toda su actividad en las redes (la cual es tan reducida de todos modos) y todas las apps de su móvil. Y detalla los ataques de histeria de ella, muchos de los cuales han desencadenado en violencia física, quizás superficial en su mayoría, pero con tendencias a empeorar al punto de creer él, que su vida podría correr peligro en algún momento crítico y trágico que aún no se da; pero que no descarta del todo. Entre formularios, contratos y videos queda muy claro que ambos, por voluntad propia, y en pleno uso de sus facultades mentales, han autorizado a Remembrance a borrar de sus vidas todo rastro de que alguna vez fueron pareja y estuvieron enamorados. Lo cual incluye visitar y persuadir por todos los medios a los familiares, amigos y conocidos de ambos, eliminar todo objeto físico y actividades en las redes, y borrar de su cerebro los principales enlaces que activan tales recuerdos, usando la patentada tecnología de nanobots de Remembrance. Salvatore está en shock ante tales videos. A Solomon le parece que todo es muy viable, tecnológica y logísticamente hablando, su pragmatismo se antepone a cualquier emoción que quisiera aflorar al respecto, pero no hay mayor riesgo de emociones; a decir verdad, su personalidad parece estar marcada por una gran falta de empatía. ─Insisto en lo que te dije ayer ─rompe el silencio de quince minutos en que ambos han quedado luego de ver el último video─ si los sentimientos en verdad fueron muy profundos, rastro de ellos debe quedar en algún otro lugar, más allá de la red neuronal de la memoria, y acuérdate que no hablo de infantiles misticismos de ningún tipo─. Luego del desayuno, abandonan Monterrey sin decir más. El silencio reina entre ellos durante el viaje en taxi hacia el aeropuerto y durante el viaje de regreso a casa. Esa noche, sin embargo, Salvatore recibe llamada de Solomon. ─ ¡No vas a creer lo que he descubierto! ─ y Solomon prosigue contándole que en ambas carpetas había unos archivos que parecían basura, residuos de alguna eliminación de archivos, o una especie de archivos temporales incompletos ya inservibles, pero que despertó su curiosidad, alguno que otro patrón que vio en ellos. Más impresionante fue que ninguno de sus medios convencionales para decodificar archivos le había sido útil. Estos tenían algún mecanismo de codificación cuántica con una llave de encriptación tan larga, que le llevaría muchas vidas humanas a la espera de incontables servidores de alta potencia de computación de la época para lograr descifrarlos. Pero que, siendo el reto tan mayúsculo, él no había de quedarse quieto hasta hackearlos, costara lo que costara, aunque su contenido fuera inservible al final. De modo que haciendo acopio de todas sus habilidades tecnológicas y hasta de las que no, pudo acceder a la ultra nube cuántica experimental en el proyecto de aceleración de partículas que hace un par de años arrancó Japón en combinación con la China y algunos países árabes en algún lugar aún secreto de Oceanía. Y luego de un par de horas de batalla campal para derribar sus múltiples sistemas de seguridad de un orden avanzadísimo, logró acceder y descifrar los archivos en cuestión de unos noventa minutos. ─Ya tengo los archivos y he visto su contenido. No tienes idea de la relevancia de ellos para tu caso. Ese contenido lo cambia todo radicalmente. No debo decirte nada más por teléfono. ¡Ven a mi casa cuánto antes! ─Salvatore no responde nada, pero no se lo piensa dos veces. Se pone unos jeans, un suéter y un abrigo, toma las llaves de su automóvil y agarra camino a casa de Solomon. Son las 11:55 de la noche de un domingo de invierno especialmente gélido, la realidad misma parece congelarse y hacerse añicos ante los ojos de Salvatore mientras conduce rumbo a casa de Solomon.


(continuará…)


AljndroPoetry
2018-ene-1
13
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Reminiscencia de invierno (parte V)

Esa mañana todo el mundo tenía antojo de un pastelillo o una galleta de “A&C sweet shop”, la tienda de pastelillos de Claudia y Alessandra. Ya fuera para acompañar el primer café del día o para el coffee break de media mañana. Filas y filas de personas con sus abrigos, sus guantes, sus gorros y el vaho humeante de sus bocas en las conversaciones; parecía que se hablaban con señales de humo y no con palabras. ¿Sería el efecto de los gélidos vientos del norte que no menguaban? Como a las 11:00 am, sin embargo, la tienda se queda vacía, no entra ni un mosquito. Alessandra y Claudia van y vienen desde la bodeguita de la tienda con bandejas de cupcakes y galletas para rellenar el mostrador y las vitrinas. ─ ¡Me tienes que decir de una vez por todas, a que viene este misterio Alessandra! ¿Qué es eso de tenerme dando excusas falsas al buenazo de tu prometido? Diciendo que estás aquí a horas de la noche o de la tarde, cuando no tengo idea ni dónde ni con qué fulano andas haciendo qué cosas. ─Era la cantaleta de Claudia mientras iban y venían─ ¿Le estás poniendo el cuerno a Salvador? ─le interroga con indignada curiosidad. Alessandra calla, con la mirada baja hacia el suelo o hacia las bandejas que lleva y trae finge estar turbada con el quehacer. Ante la insistencia de Claudia, la mira fijo a los ojos, con un aire de tristeza. Se sienta en un banquito pequeño de tres patas que tienen en la bodega; el que usan para alcanzar alguna estantería alta, y en cuanto empieza a hablar, su rostro se inunda de una expresión de alegría. Le cuenta todo sobre su primer encuentro con Salvatore, las citas posteriores, su encuentro íntimo. Le dice que este hombre le atrae sobremanera, que no sabe por qué. Que le confunde, le mueve el piso y siembra una incertidumbre sobre su futuro. Ya no está segura de querer casarse con Salvador. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Cuál es la razón que la mantiene junto a él? Se echa a llorar, más bien sollozante, mientras le sigue hablando de Salvatore. ─ ¿Dices que se llama Salvatore? ─le pregunta y cuando ella asiente con la cabeza, le relata que, al principio de su amistad, hace poco más de dos años, era frecuente que ella mencionara ese nombre; de la nada y sin relación alguna con la charla que les tuviera ocupadas. Que más de una vez le preguntó quién era esa persona y que siempre fue evasiva o simplemente parecía no haberse percatado de mencionar ese nombre. Eso dejó de pasar cuando abrieron su negocio. Alessandra le sigue contando la extraña anécdota en el café de doña Juana con el muchachito hijo de ella. Pasa una hora velozmente mientras conversan el tema, sus detalles y la tormenta de emociones y sensaciones que Alessandra vive. Claudia está impactada con todo lo que le cuenta y le dice que deben salir de dudas. Que Juana y Tony seguro saben más de lo que aparentan. ─Nos vamos a almorzar a ese café, ahora mismo ─le dice en tono imperativo.

─Pasen niñas, que se les congela la vida allá afuera ─les da la bienvenida doña Juana mientras abre la puerta. Las lleva a una mesita del centro. La calefacción está a todo vapor. Se quitan los abrigos de inmediato y se sientan a ver el menú. En menos de un minuto regresa Juana con dos jarritas de barro llenas de consomé de pollo, humeante y delicioso. Unas ramitas de cilantro flotan en su superficie. ─Les dejo ese consomécito para arrancar, en lo que ojean el menú, vuelvo pronto ─les dice. No tienen hambre, pero la presentación les seduce y dan un par de sorbos que les quema levemente el paladar, pero entibia el alma. Al fondo del lugar se oye un ruido, como metálico. Claudia se levanta, camina entre las mesas y llega al fondo de un pasillo, más allá de la cocina y se asoma a ver por la ventana. Ve un muchachito con la estampa del hijo de Juana, tal como Alessandra lo describió. ─Alessandra, ven rápido ─le grita, pero de algún modo como si fuera un susurro con alto volumen. Ella se apresura a llegar, pasa por la cocina donde Juana está atareada mezclando algunos ingredientes para un platillo. Su estridente licuadora no le permite advertir que a sus espaldas pasa Alessandra casi corriendo. Claudia abre la puerta de servicio que da al área trasera de basureros y ambas se aproximan a Tony. El chico se encuentra contrariado, un tanto rabioso, porque su madre le había prometido dejarlo ir a un juego de baseball esa tarde, y a última hora le avisa que debe quedarse, pues llega a refaccionar a las 4:00 pm todo el personal de ventas de una empresa pequeña cuyas oficinas están a unas cuadras de allí; llegan a celebrar el aniversario de contratación de la gerente de ventas. Han reservado casi todo el lugar. Más de la mitad de los empleados son centroamericanos, incluida la jefa, por lo que no quieren perderse los exquisitos tamales colorados que doña Juana prepara, sin mencionar el inigualable chocolate caliente. Tony había depositado con torpeza unas bolsas de basura en uno de los botes metálicos, el cual se desbalancea y topa con el bote contiguo produciendo un molesto chasquido. ─Hola Tony. ¿Me recuerdas? ─le saluda Alessandra. El chico está aturdido en su enojo y no recuerda que ella había llegado hace breves semanas con Salvatore. ─ ¡Qué tal Alessandra! ─le responde en automático. Claudia se abalanza hacia él y empieza un interrogatorio al mejor estilo de policía malo de una película clásica de policias y ladrones. Le pide que le confirme sobre cuándo y por qué conoce a Alessandra y a Salvatore. El chico, muy confundido, le dice todo: Que hace poco más de dos años, él no trabajaba todo el día con su mamá, solo venía unas pocas horas por la tarde a ayudar con la limpieza del local, pues estudiaba por la mañana; pero luego su madre le pidió que se cambiara a la escuela nocturna pues necesitaba ayuda de él todo el día, aunque le daba buen tiempo para hacer sus deberes. Entonces, en esa época, solía encontrar una pareja de enamorados que le parecían sumamente melosos. Pero a la vez, tenían episodios con discusiones tan acaloradas, que su madre lo mandaba a la cocina con los oídos tapados, mientras ella mediaba ante la pareja. A pesar de eso, los recuerda con mucho cariño, porque siempre que se acercaba a su mesa a dejar más servilletas, o recoger vajilla sucia, ellos eran muy cordiales, le sacaban conversación trivial y los viernes le decían: “te dejo este billete de 5 dólares, pero no le digas nada a tu mamá, que la propina normal la dejaremos por aparte”. ─Nos vas a llevar ahora mismo con tu madre a que nos confirme lo que dices chiquillo. ¿Voy a creerle a un niño mocoso como tú todas estas cosas que no hacen sentido? Mi amiga no se acuerda de nada de eso ─le dice Claudia mientras le toma la oreja con firmeza a Tony─ ¡Cálmate Claudia! No hay razón para tratar con tanta rudeza al chico ─le ruega Alessandra con determinación─ es cierto, discúlpame chico, todo esto me tiene muy alterada, vamos con tu madre por favor ─y el chico, todo zarandeado y asustado las lleva de inmediato a la cocina con su madre.

La cocina es un reguero de verduras, especias, pollo, carne de cerdo y al fondo un fogón con una olla cilíndrica muy alta en donde se cocinan los tamales. Nada fuera de los estándares de higiene que exige la municipalidad de la ciudad, sino más bien un campo de batalla culinaria, donde doña Juana va saliendo vencedora. Ella no se ve sorprendida. Su sonrisa ilumina su cara de sol de verano. Les dice que ya sabía, desde esa visita inesperada de la pareja hace breves semanas, que más temprano que tarde, uno de ellos, o ambos, volvería a indagar; especialmente luego de la indiscreción de su hijo. Ella les corrobora de inmediato toda la historia contada por Tony y la enriquece con muchos más detalles. Pues ella, era buena amiga de la pareja, les quería ─aún les quiere─ mucho, era casi su consejera no oficial de noviazgo. Les cuenta que hace unos dos años y medio, ellos solían llegar 2 o 3 veces por semana a su cafetería, se veían tan enamorados, pero ella siempre intuyó que algo andaba mal entre los dos, algo irreconciliable y misterioso en su esencia de pareja, que nunca supo que era en realidad, pues ellos no quisieron abrirse por completo. Hasta que un buen día, dejaron de llegar. Al mes de su desaparición súbita, llega una organización privada de salud. ─ ¿Cuál era el bendito nombre de esa empresa? ─se pregunta ella misma en voz alta; que era algo como “Remembrance”. Ellos llevaban unos videos en una tableta y unos papeles para firmar. Los videos eran de Alessandra y Salvatore por separado, cada uno despidiéndose cariñosamente de Juana, agradeciendo todo su cuidado y paciencia, y dando instrucciones estrictas de que si alguna vez los volvía a ver en la vida, que fingiera que no los conocía, y que por nada del mundo les contara nada de su vida pasada. ─ ¡Vida pasada! ─exclama en voz alta, con un aire más bien de interrogación, como de quien no tiene idea de que significa una frase, como si fuera de otro idioma. La hicieron ver los videos varias veces y luego destruyeron la tableta, en el acto, ante los ojos atónitos de ella. Los videos además indicaban que Remembrance tenía poder legal para proceder jurídicamente contra ella si incumplía esta petición de sus amigos. Los hombres que llegaron miraban amenazantemente a su hijo de reojo, mientras sutilmente mencionaban datos de su escuela, su horario, sus aficiones, deportes, etc. Ella muy alarmada, aunque con tristeza, firmó los papeles aceptando guardar silencio en todo lo relacionado a la vida pasada de Alessandra y Salvatore y todo lo concerniente a Remembrance.

En el dormitorio se siente un espíritu invernal, un frío etéreo que nada tiene que ver con la temperatura. Por la ventana se observan los copos de nieve que caen como gotitas de algodón que se desprenden desde un sembradío en los cielos. Salvatore observa la pantallita digital del aparato de calefacción de su cuarto. 27º centígrados. Hace diez minutos que habló con Solomon. De pronto recuerda ese raro episodio, en el que perdió su pasaporte hace unos dos años y medio, más o menos. Afortunadamente tenía copia digital de respaldo en esa nube especializada en documentos personales importantes, “iDropDoc”. Pero recuerda además que cuando descargó su copia, vio una página con un sello de Monterrey. Pero, él nunca había estado en ciudad alguna de México. Se comunicó con servicio al cliente de esa empresa y le dijeron que seguramente era un glitch informático, que no se preocupara, que lo corregían en breve. Al día siguiente, en efecto, aparece una hoja idéntica, pero sin el sello de Monterrey. Llama a Solomon de inmediato. Tarda en responder. ─Ah, carajos, estoy a punto de conquistar este reino y el maldito teléfono vuelve a sonar ─pone pausa unos segundos, mira de reojo el móvil, responde: ─ ¿Otra vez tú Salvatore? Ya te dije todo lo que investigué. ¿Qué, somos mejores amigos ahora? De esos que se llaman a altas horas de la noche para contarse sus confidencias y malas pasadas del día ─corta la llamada. Salvatore no se inmuta, vuelve a llamar. ─ ¡My God! Vete a dormir de una buena vez ─Solomon le grita al aire enrarecido y decadente de su sombrío sótano sin contestar el teléfono. Continúa el juego. El móvil suena, tercera llamada de Salvatore. Está a punto de conquistar el reino. Un momentito más. Cuarta llamada, no hay sonido en el móvil, solo vibración en la mesita donde tiene apoyados los pies. Solo tiene que destruir al héroe líder en jefe del otro reino, ya casi, el móvil vibra, un ataque más, su héroe se defiende de un golpe mortal, casi lo aniquilan; asesta el golpe final y lo logra. Nunca le había costado tanto conquistar un reino. Llevaba ya dos semanas en esta batalla. Quinta llamada, responde. ─ ¿Solomon, tienes pasaporte vigente? Si es así, empaca ligero, te vas conmigo a Monterrey mañana, paso por ti a las 6:00 am ─dice Salvatore; Solomon se queda en pausa por dos segundos, y antes de cortar─ ¡Pero, tú pagas todo! Y ya no me jodas más esta noche.

(Continuará…)


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Reminiscencia de invierno (parte IV)

En medio de parajes tan vívidos, los héroes formidables avanzan cruzando bosques y ríos, sorteando batallas con espeluznantes hechiceros y héroes de poderes alucinantes de otras tribus. Unas batallas más sangrientas que otras. El objetivo de su victoria está muy lejos todavía y su tribu se encuentra diezmada. El sonido característico de llamada entrante en su iPhone suena insistente. La sensación de estar inmerso en ese mundo fantástico se difumina con rapidez y da paso al lúgubre sótano de la casa de su madre, donde vive. Paredes oscuras que apenas se notan al fondo de la infinidad de monitores anchísimos que se observan por doquier. Abundan los teclados, los joystick, y los ratones de distintos conjuntos de computadores que se encuentran encendidos al unísono. ─Pensé que lo había dejado en vibrador ─grita Solomon mientras pone pausa a Dota 9, el juego con virtualidad aumentada que salió el pasado 2029 pero que aún se encuentra muy en vigencia durante este invierno del 2030. La verdad, no habría dejado el juego por nada, excepto que de reojo pudo notar que le marcaba Salvatore, de la oficina. Apenas si habla con él lo escasamente necesario para cuestiones de trabajo. Y allí está, llamándole cerca de la media noche. Deja el joystick sobre una mesita, cerca de una sobras de pizza fría, se rasca la cabeza calva, más bien recién rapada ese día, se pasa los dedos entre la abundante barba pelirroja que usa desde el año pasado (es extraña esa tonalidad de su barba, ya que su cabello es más bien rubio, o lo era antes de empezar a caer en abundancia hace unos cinco años, cuando apenas cumplía los veinte). Pasa un dedo por el lector de huella digital de su móvil y responde a la llamada. Le sorprende el tema con que Salvatore le asalta casi sin saludar y sin preludios. Las palabras clave que menciona parecen hacer un clic en la mente de Solomon, le dice que cree haber visto algo sobre archivos clasificados de un tema similar, pero que le dé unos días para zambullirse en la Dark Internet y darle "datos duros", así se lo dice literalmente. Cuelga la llamada, toma el joystick de la mesita y sin querer lo embarra con un poco de salsa y queso ya casi secos de la pizza, lo limpia rápidamente sobre sus calzoncillos boxer, y vuelve en menos de un segundo a estar inmerso en su épico juego electrónico.

Salvatore va al baño, se cepilla los dientes casi en automático, mientras vuelve a revivir una y otra vez las escenas de su encuentro con Alessandra: la cara tan redonda de doña Juana, la exquisitez del café guatemalteco, la impertinencia en el comentario de Tony, la conversación interminable con Alessandra; sus ojos, sus labios, sus abundantes pechos, la tibieza de sus blancas manos, y ese misterio insondable de una tristeza que no es obvia a la vista pero es tan evidente cuando te sumerges en las profundidades del alma de alguien y él parece poder hacer eso exactamente en el alma de ella. En su lecho de muerte, Salvatore, rodeado de sus cinco nietos, sus dos hijos, las esposas de ellos y su esposa Catalina; parece poder ver en su mente, en sus últimas horas, la película de su vida entera. Ve a Catalina entrar en el altar, toda vestida de blanco, radiante; ve a su primer hijo, Fernando, nacer en esa sala de partos, donde le hacen la cesárea a su esposa; ve a su segundo hijo, Giulio, montando en bicicleta por vez primera. ¡Cuántas veces se cae! Pero no cesa en su objetivo de aprender esa misma tarde. Ve a Fernando recibir su título de Ingeniero en Sistemas de Oxígeno para las colonias marcianas y lo ve partir en esa nave espacial sin boleto de regreso, con una lágrima recorriendo una de sus mejillas y un adiós atravesado como nudo en la garganta. Ve a Giulio recibir ese premio Nobel al descubrir esa nueva especie subacuática al fondo del océano bajo el Triángulo de las Bermudas. Una serie interminable de cortos memorables de una vida de ciento veintisiete años (pues la esperanza de vida a nivel mundial había rebasado los ciento diez años a partir del 2050), las más hermosas veladas románticas vividas con Catalina, las más notables riñas que casi los llevan al divorcio en tantas ocasiones. Y de pronto, como una rama extraña injertada hábilmente en el tronco de un árbol de una especie muy distinta, empiezan a saltar flashes de una vida que él nunca vivió, otra vida entera, unas hijas, otros nietos, otras profesiones, otros logros que le son extraños y a la vez familiares. Una vida entera vivida con Alessandra. ─¡Alessandra! ─grita mientras despierta bañado en sudor. Son las 4:44 de la mañana otra vez. El sueño ha cambiado.

Las dos semanas siguientes se hacen intensas en su relación (que no va a ningun lado al parecer) con Alessandra. Se hablan por teléfono casi diez veces al día (aunque son llamadas breves). La primera semana es ella quien le llama en cada respiro que tiene en la tienda de pastelillos. La segunda semana es él quien la llama en punto de cada hora (siempre que no esté en una presentación de campaña publicitaria con algún cliente). El WhatsApp entre ellos está abarrotado de mensajes cortos en un lenguaje que inventan entre ellos. Ella le pide discreción por si Salvador llega a verle el celular incidentalmente (aunque él es muy respetuoso de su privacidad). Hacen coincidir su hora de almuerzo más de una vez y los alargan hasta noventa o ciento veinte minutos, inventado las más creativas excusas cuando llegan de vuelta a su trabajo. Pero Claudia, la socia y mejor amiga de Alessandra, empieza a sospechar algo y con tenaz insistencia le saca una confesión. El supervisor de Salvatore es menos perspicaz, pero algo intuye, su empleo podría peligrar a futuro si sigue así. El viernes de la segunda semana, ambos inventan una indigestión repentina después del almuerzo, un marisco en mal estado; y se dan una escapada de toda la tarde y parte de la noche a casa de Salvatore. Afortunadamente, los lunes, miércoles y viernes llega la señora de medio tiempo que le hace aseo profundo a su casa. Así que todo está en perfecto orden e higiene. Salvatore enciende rápidamente la fogata en su sala. Trae una botella de Malbec de veinte años de añejamiento que su gerente de oficina le regaló el año pasado por haber cumplido sus metas de ventas con creces. ─Este lo tenía reservado para una ocasión muy especial, no sabía cual, pero ahora que te veo aquí, sentada en la alfombra, frente a mi chimenea, supe de inmediato que esta botella traía tu nombre ─le dice─ Ella se pone de pie, se cuelga a su cuello y le da un beso muy profundo, como ninguno de los besos breves que él le había robado en los restaurantes en las citas previas. La abundante ropa de invierno que los separa empieza a desprenderse pieza por pieza de sus cuerpos: ella se quita la bufanda y el gorro y de un tirón le quita la bufanda a él. Salvatore besa su cuello tibio con cierta delicadeza al principio y luego sube a una intensidad que se hace insoportable, mientras una de sus manos palpa sus pechos por encima del sueter; se lo quita junto con la blusa y él se abre la camisa de un tirón y unos cuantos botones van a rodar al suelo. En un instante, la desnudez imaginada por cada uno de ellos, en todo su esplendor es iluminada por la fogata de la chimenea; que arde con inusual intensidad al igual que sus pieles que claman por ser recorridas por los labios del otro, por las yemas de sus dedos, por el filo de sus lenguas. La alfombra de la sala parece estremecerse ante el ritmo tan fiero con que Salvatore le hace el amor y luego ante el galope pertinaz con que Alessandra lo cabalga. El frío acumulado de todo el invierno se derrite en ese instante y se evapora hasta los cielos. Son ya las nueve de la noche, ella sale apresurada, terminando de ponerse el abrigo, los guantes y el gorro mientras corre a subirse al Uber que la espera. Hace media hora que Salvador le está marcando para tener noticias de ella. Saber si llega tarde nuevamente, y a qué hora cierra la pastelería, etc.

Salvatore se queda dormido en el sofa de la sala. Una tarde y parte de su noche nadando en las dulces aguas de su romance, lo han dejado exhausto. Son las 11:45 de la noche. Entra llamada de Solomon. ─Te tengo interesantes noticias sobre el Oblivion ─le dice─ Gracias por investigarlo tan rápido ─responde─ Entre los años 2022 y 2025, la armada de Estados Unidos desarrolló un método basado en nanotecnología que permitía buscar selectivamente los recuerdos de los soldados traumatizados por la guerra y eliminarlos con un 99% de certeza. El proyecto al parecer fue cancelado por un consejo independiente de ética y derechos humanos y quedó clasificado como top secret con el código "Oblivion", aunque durante su desarrollo le llamaban el proyecto "Lette Anón"─ Solomon continúa con detalles exhaustivos de todo lo encontrado, la cantidad de soldados que quedaron en estado de demencia en las primeras etapas experimentales, y los tantos que fallecieron; cuyas autopsias misteriosamente indicaban que habían muerto por causa de un parásito particular que les comía porciones específicas del cerebro y que lo habían contraido en el último conato de guerra mundial en algunos desiertos del África a principios de la década de los 2020. Salvatore queda perplejo ante toda la información, pero le asusta más enterarse que una organización de salud, privada y muy poderosa, había comprado los derechos del proyecto al gobierno estadounidense por una suma billonaria y que ofrecía servicios privados de borrado selectivo de memoria (por una suma no tan exorbitante pero tampoco al alcance de las masas). Le da coordenadas de geolocalización de las clínicas en varios puntos del planeta, que no incluyen ciudad alguna de Estados Unidos, seguramente para evitar su jurisdicción legal. Y entre las ciudades extranjeras cercanas está Toronto, Canadá; y Monterrey, México.

(continuará...)


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Reminiscencia de invierno (parte III)

El día de la cita, ambos han salido temprano del trabajo. Salvatore casi quería lanzarse en caída libre desde el piso setenta y siete de su torre de cristal, con tal de llegar temprano; pero, ¿es una cita en verdad? Alessandra le rogó sobremanera a Claudia que llegase a las 4:00 en punto de la tarde a relevarla. Que no quería correr riesgos. ─Hoy no te me puedes enfermar; llueva, truene o relampaguee, estás aquí en punto de las cuatro ─le dijo esa mañana por teléfono. Cinco minutos antes de las cinco, ambos caminan hacia la puerta de entrada de la cafetería. Alessandra viene del sur, él del norte, casi caminan al mismo ritmo, a pesar que él es diez centímetros más alto. Un tímido y soñoliento sol, de esos que no abundan en esa estación, los divisa con atención desde el horizonte lejano, abriéndose paso entre incontables edificios y avenidas, como quien ve una comedia romántica y lleva rato ansiando el mágico encuentro de los protagonistas. La penetrante mirada de ambos se saluda a la distancia, cual rayo láser que rompe el viento. Antes de entrar se dicen un simple "hola" y Alessandra le da un beso en la mejilla, no tan ligero, que alcanza a sonrojar un poco a Salvatore. De inmediato se dan cuenta que en el lugar no cabe un alfiler. —¡Qué va! Aquí no cabe ni el helado viento de la calle, si quisiera entrar. ─dice ella— Sabes, en la oficina escuché que en la otra manzana hay una cafetería pequeña, artesanal, atendida directamente por su dueña, una señora oriunda de Antigua Guatemala; y sirven un café guatemalteco exquisito ─responde él.

El camino hacia el "Café de doña Juana" se les antoja larguísimo, como para vivir una vida juntos mientras caminan a paso muy lento, como quien disfruta con algarabía el trayecto sin ansiar el destino. Por ratos Salvatore camina de reversa, frente a ella, para escuchar con atención la historia de como estableció su pastelería con su amiga. Ella lo regaña, que el pavimento está muy resbaloso, que camine bien. Esboza él una leve sonrisa que le ilumina el rostro y que a ella, simplemente la enamora. Luego de esa hermosa eternidad de su caminata, llegan a destino. Doña Juana los recibe abriendo la puerta para que entren. Es una señora llenita, más bien gordita, cara muy redonda, ojos color miel; tiene un rostro que recuerda un intenso sol de verano. Usa un atuendo muy particular, una especie de traje típico indígena que no pasa inadvertido. ─¡Pasen, pasen jovencitos, entren a calentarse que afuera está muy helado! No me parece haberles visto antes ─les da la bienvenida─ La verdad no conocíamos este lugar, apenas hoy escuché de él ─responde él─ Es extraño, yo tengo una pastelería a pocas manzanas de aquí y nunca se me ocurrió venir a caminar por acá, me habría encantado descubrir este acogedor lugar desde antes ─concluye Alessandra. Juana los lleva directo a una mesita encantadora, en una esquinita con vista a la calle, les enciende una vela primorosa y le baja intensidad a la lámpara más cercana. Les toma la orden y en menos de lo que canta un gallo está de vuelta con dos bebidas tan calientes, que queman el paladar aún a milímetros de distancia. La conversación abunda. Las horas vuelan como gaviotas que se pierden en el horizonte. Ninguno se atreve a mencionar el sueño que los atormenta desde su encuentro previo. Ambos se olvidan por completo que existe un prometido que estorba. Salvatore menciona sin mucho énfasis el "¡Despiértame del olvido!" de la nota. Ella piensa que es una broma que él le hace (honestamente no se acuerda haber escrito tal cosa). Se ríe un poco. No insiste él. Imagina que fue una broma de ella también. El tema pasa rápidamente a segundo plano. Cuando la cafetería está a punto de cerrar, se acerca un muchacho de baja estatura, piel morena, con un leve acné propio de su edad; hijo menor de doña Juana, un adolescente bastante flaquito, con una sonrisa de oreja a oreja; los saluda y empieza a recoger platos, tazas y cubiertos de su mesa. Cuando casi termina de recoger, los ve de cerca con extraña curiosidad y atrevimiento: —¡Alessandra y Salvatore! Queridos amigos ¿dónde se habian metido? Hace más de dos años que no les veo ─y desde el fondo recóndito del lugar, la voz de doña Juana irrumpe e interrumpe al jovencito con un grito ─Tony, apresúrate que se hace tarde para cerrar y acuérdame de ir a comprar ese libro que dijo Carlos ayer, el de "Las cascadas del Oblivion", de ese autor raro, Lette Anón ─en ese instante se le borró la amplia sonrisa al chico y sin terminar de recoger las servilletas sucias, pide disculpas, dice que los ha confundido con otra pareja y se retira de inmediato a la cocina. Ellos se miran con semblante atónito sin decir palabra. Reducen el ritmo de la charla. Han quedado muy pensativos. ¿Qué ha significado esa confunsión del chico? Es algo que atormenta a Salvatore particularmente. Tony les había dejado el ticket en la mesa. Salvatore deja 15 dólares. Le pone el abrigo a Alessandra. Salen a la calle sin decir nada. Al instante aparece el Uber que Alessandra había pedido minutos antes. Salvatore le abre la puerta, la despide con un beso en la mejilla, sin decir adiós.

En el apartamento de Alessandra, Salvador, su prometido, la está esperando con una cena especial. Esa lasaña que es su especialidad, la prepara él mismo, y una botella de merlot. La recibe con un efusivo beso francés, y aunque Alessandra se siente más bien agotada y con ganas de irse a la cama, responde el beso con una fingida emoción. Cenan entre velas, pasta y el merlot que se acaba rápidamente. Alessandra nunca le ha mentido y sin embargo se ha excusado de su llegada tarde dadas las horas extras que han tenido que abrir la tienda de repostería, lo cual es cierto pero a medias, ya que ha sido Claudia a solas, la que ha atendido la tienda esa noche. Antes de llegar a casa, Alessandra le ha pedido por WhatsApp que sea su cómplice en esa cuartada, sin darle razón, que mañana le explica; Claudia accede con vivaz curiosidad. Alessandra borra la conversación antes de bajar del Uber. Con remordimiento y culpa ella brinda por los 18 meses que están cumpliendo de estar comprometidos y los 6 meses de vivir juntos. ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Cómo pudo acceder a esa "cita" con Salvatore el mismo día? Luego de la cena, Salvador lava los platos velozmente, no se quiere perder el postre en la cama. Alessandra sigue muy pensativa sobre su segundo encuentro con Salvatore. Esa sonrisa seductora de él se repite en su mente una y otra vez. En 7 meses, quizás en 10, estará casándose con su prometido y piensa que nunca ha tenido esa sensación intensa de enamoramiento con él. Siente que lo ama, ¿pero desde cuándo? ¿cómo surgió ese sentimiento? No lo recuerda con claridad. Salvador es todo un caballero. Un hombre exitoso en su pequeño emprendimiento de citas por internet. Un negocio que se toma muy en serio, para unir allí a verdaderas almas gemelas. Siempre ha sido atento, cordial y correctamente cariñoso con ella. No puede quejarse de nada. Excepto de no encontrar el porqué lo ama y el porqué se va a casar con él. Toma una ducha caliente, rápida, mientras Salvador friega los platos. Uno y dos sprays en los lugares particulares en los que Salvador más se recrea sobre su piel; con ese perfume francés que él le regaló el San Valentín pasado. Usa la lencería de color negro que él le obsequió precisamente esa noche. Ella le dijo que olvidó en la pastelería, esa bufanda hermosa que a él le había gustado tanto en esa tienda exclusiva de caballeros (aunque él tiende a vestir sencillo), que había salido a prisa al mediodía a comprarla durante su hora de almuerzo. Todo inventado. Tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Se pone las medias negras con sujetadores que le llegan a la parte alta de los muslos, y esos stilettos altísimos, color vino tinto, que él tanto disfruta quitarle durante el juego previo. Media hora se va en un abrir y cerrar de ojos para Salvador, que en verdad parece disfrutar su merecido premio por ser un novio ejemplar y por todos los detalles de la velada. Sobre todo, por no olvidar tan importante fecha, cosa que no es propia de su género. A Alessandra se la hace una eternidad. El sexo es muy bueno con Salvador, es un amante excelente y se esfuerza por estar en buena forma. El crossfit que practica cinco veces por semana, más los treinta kilómetros que recorre en bicicleta de montañana, rinden resultados. Nunca se apresura al coito. Es magnífico en el juego previo. Pero como que siente que ella no está del todo allí. La excusa en su mente, pensando que debe estar exhausta de las largas horas de trabajo en su tienda. Y Alessandra no está del todo allí, devuelve los besos de buena gana, pero le saben al fuego de un amante en Milán que nunca tuvo. Se humedece y recibe las embestidas con leves aullidos que se apagan en un grito callado, pero algo sabe diferente, su cuerpo siente y no siente, en parte fantasea con la desnudez de Salvatore (desnudez que aún no conoce).

Son las 11:30 de la noche. Salvatore no concilia el sueño. Toma su teléfono, abre el buscador de internet. "Oblivion", "Lette", "Anón". Busca separadamente, y en distintas combinaciones. Oblivion, latin de "olvido". Lette, griego romanizado del griego antiguo "Λήθη". En la mitología griega, un río del Hades, donde los muertos eran obligados a beber, para olvidar por completo su vida pasada antes de reencarnar. No encuentra mucho más. Todo es para él pura cursilería mitológica. Debe haber algo más. Le marca a Solomon, un compañero del trabajo. Que siempre se jacta de ser una especie de hacker y geek empedernido, que bucea sin problemas en lo profundo de las oscuras aguas del Dark Internet. Allí debe estar la respuesta que busca.

(continuará...)

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Reminiscencia de invierno (parte II)

Es una mañana de otoño, y las lágrimas de los pinos llorones del Himalaya cubren de hojas el paseo de una pareja de enamorados por el parque Sempione en Milán. El abundante cabello negro rizado de él parece la copa de un árbol que aún no se entera que es otoño, la clara melena lisa de ella parece un sol vertical que resplandece sobre la ocre estampa del lugar. La fragancia de una sonrisa carmín llena de colores el sentido auditivo de un chico que no sabe si está más enamorado de la bella ciudad italiana en la que está vacacionando con su novia, que de la novia misma. Y de pronto todos los árboles dejan caer las pocas hojas de colores azafranados y amarillentos hacía un cielo que se torna de un gris muy denso. Y todas sus ramas secas se cristalizan y se quiebran en cientos de pedazos triangulares y son engullidas por un remolino maligno que se ha formado en el centro del parque; y toda el agua del lugar se petrifica cual lava incandescente que ha dejado de arder. Son las 4:44 de la madrugada, Alessandra despierta con un sudor frío que empapa sus pechos y su abdomen. Otra vez esa pesadilla recurrente que la aflige desde el encuentro con ese chico en el café del centro aquella tarde de ventisca de invierno, hace una semana ya.

Salvatore la toma de la cintura con una mano, y con la otra detrás de su nuca la acerca con una firmeza gentil hacia su cuerpo encendido por una pasión que le recorre y que casi no puede reconocer como algo suyo; siempre ha sido muy moderado con sus expresiones de afecto en público. La silueta del Duomo de Milán sirve de escenario en un ocaso otoñal en el que Alessandra y Salvatore viven un fuego de verano en las venas. Ella apaga por un instante la intensidad de sus profundos ojos café al cerrar sus párpados y unos labios rojos, de carnes abundantes, se abren para recibir el beso en llamas de Salvatore, que la besa tan profundo como el amalgamar de dos galaxias que se funden en la honda oscuridad del cosmos abismal. Son las 4:44 de la mañana, Salvatore despierta de un sueño casi húmedo con un hervor en su cuerpo y la natural erección matutina propia del género masculino. Nuevamente el mismo sueño ardiente, que lo persigue desde el encuentro con esa chica hermosa, envuelta en una misteriosa tristeza, que conoció en aquel café aquella tarde de feroz batalla contra los vientos del norte. Ha pasado una semana y no se ha atrevido a llamarla. No termina de entender por qué. Quizás el imperativo de su nota al despedirse lo pone nervioso.

El piso setenta y siete de la torre de cristal en la que Salvatore trabaja como publicista se siente como un iglú esquimal a pesar que la calefacción está a tope. Pero a él nada le entibia el alma. Lleva dos años de ser un lobo solitario, refugiado en su trabajo, teniendo solo el mínimo contacto con la gente, por temas laborales; rehuyendo las citas y fiestas o reuniones con amigos o conocidos. El encuentro casual con esa chica quizás ha empeorado esa consciente autorevelación de que está muy solo en el planeta. ¿A dónde va su vida? ¿Qué le hizo enconcharse dentro de un caparazón emocional todo este tiempo? Son interrogantes que lo asaltan. Alessandra no ha pasado por la cafetería desde hace diez días. Luego de una semana de indecisión sobre si llamarla o no, cuando al fin decide hacerlo, una contestadora automática dice que el número marcado se encuentra fuera de servicio. Se pregunta si ella acaso cambió de número para eludir el contacto, la posibilidad de un segundo encuentro; quizás de una cita verdadera. El día es largo, de una longitud intransigente. Cuando al fin llega la noche, ya en su casa y al calor de la chimenea, Salvatore decide intentar nuevamente: 4, 9, 3, 2, 3, 4 y 5 marca a toda velocidad en el teclado virtual de su móvil. Se lo sabe de memoria ya. ─¿Hola? ─responde una voz masculina al otro lado, se queda callado─ ¿Hola? ¿Hola?─ la voz se hace más ronca y aspera, cuelga. El número queda en la cima de la lista del historial de su teléfono. Lo presiona otra vez. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─la misma voz masculina─ ¿Me comunicas con Alessandra por favor? ─pide Salvatore con una tímida firmeza─ Llámale más tarde, está tomando un baño de tina ─le responde la voz─ Dile a tu compañera de apartamento que me llame de vuelta por favor, a este número; menciona que es el chico impertinente de la semana pasada en el café ─Alessandra es mi prometida ─responde la voz─ Le daré tu recado, hasta luego─ y corta. Un aire de desesperanza, más frío que el invierno que vive, anega todas las emociones de Salvatore. ─Hay un prometido en el medio. Esto no puede ir para ningún lado ─se dice a sí mismo mientras las pupilas de sus ojos azules se tornan de un naranja lacerante al reflejar las llamas que arden sobre los leños de su chimenea.

La tienda de dulces y pastelillos en esa concurrida calle del centro se encuentra a tope esa tarde. Alessandra no da abasto para tomar las órdenes, cobrar y despachar. ─Buen día para que Claudia se enferme ─piensa, mientras hace malabares con las tareas de la tienda. Hace poco más de dos años, cuando Claudia le ofreció ser parte de esa aventura de emprendimiento, su propia tienda artesanal de repostería; no habría imaginado Alessandra que durarían tanto y que un día como hoy habría tanto que hacer que estaría refunfuñando entre dientes por la ausencia, bien justificada, de su amiga del alma y socia de hazañas empresariales. Al fin un respiro, se ha vaciado la tienda y Alessandra se acerca a la ventana y se sienta un rato a descansar en una de las pocas mesitas del lugar; su mirada se pierde en la calle, sin mirar a nadie ni a nada y a la vez, como mirándolo todo. ─¿Por qué no has llamado chico extraño del café? ─empieza un monólogo en su mente─ ¿Te habré asustado por lo callada que me puse? ─no puede ser, una chica decente no debe ser efusiva de buenas a primeras ─¡de qué estoy hablando, estamos en pleno siglo XXI, el fenimismo es más victorioso que nunca! ─si este chico piensa tal cosa, definitivo que no vale la pena ─¿Por qué no me llama? ¿Por qué tengo esa pesadilla recurrente con él? ─¿Por qué tengo esta sensación de que él me necesita tanto como yo a él? ─¡Qué estoy diciendo, por todos los dioses, si yo ya estoy comprometida!. Su monólogo es interrumpido al sonar el teléfono con la monótona melodía de su celular android. ─¡Hola! ─responde de inmediato─ ¡Alessanda, hola, al fin me respondes! ─¿Quién eres? ─Soy Salvatore ─no conozco a ningún Salvatore ─el chico impertinente de la cafetería hace un par de semanas ─¡Ah! El chico del macchiato, Salvatore es tu nombre entonces. ¿Qué cuentas chico lindo? ─y antes que él responda, se arrepiente de haberle hecho esa pregunta de esa manera, qué va a pensar este chico, que es una lanzada ─Te he estado llamando, pero tu teléfono parecía estar inactivo ─Oh, lo siento, lo extravié unos cuántos días después de nuestro encuentro y tardé en recibir el repuesto de mi proveedor de servicio─ La otra noche te llamé y me respondió tu prometido, dijo que te daría el recado─ Y continúan charlando amenamente durante una media hora sin advertirlo. Ella excusando la actitud de su prometido, él diciéndole que no importa, que lo bueno es que al fin la ha encontrado. Preguntas triviales sobre como han sobrevivido ambos las inclemencias de este invierno y como van las cosas en el trabajo y otras nimiedades; hasta que finalmente, Salvatore en una forma muy casual y natural, como quien no pretende forzar nada y casi esperando una negativa, la invita a tomar otro café en la misma cafetería; y ella acepta encantada de inmediato, se verán en un par de días.

(continuará...)



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Reminiscencia de invierno (parte I)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)



@AljndroPoetry / xi-17
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Electroshock

No hay bastión que pueda frenar el electroshock.
Es la cerbatana más afilada,
aquella que envenena el alma.
El Casimir deviene saco estropajoso
si esbozo su expolio.
No hay cartógrafos que dibujen un camino de culpa extinto,
porque el electroshock galantea con el horror.
Y cuando todo está torneado
en el más inexcusable agravio,
no hay redención:
sólo cabalísticas reminiscencias
y sufrir de nuevo electroshock.

Marisa Béjar.
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