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Cuatro elementos y una despedida

Cuando necesitaba aire
para calmar la asfixia
del grito que clamado en mis pulmones
enmudecía en mi garganta
clavándose en ella
como una espina...
Me iba.

Sin querer mirar atrás
por temor a que lo que allí dejaba
me acompañara de por vida.
«Mirada al frente,
cabeza alta
y que nadie note
que tras tu escote
sangra la herida»
me susurraban los pájaros
al darse cuenta de que arrastraba
en cada paso
un alma perdida.

Cuando necesitaba tierra,
de por medio,
porque aquella que pisaba
muy poco se asemejaba
a la tierra prometida
y construía desiertos
con la arena del reloj
que marcaba nuestras noches
hasta bien entrado el día
que separaba las manos
por la falta de humedad provocada por la duda
que engendra ansias de lluvia
y sólo siembra sequía...
Me iba.

Cuando necesitaba fuego
que calentara el sustento
que en mi cuerpo se escondía,
cuerpo frío sobre el hielo
de una cama que aunque en llamas
ni calentaba, ni ardía,
desparramando las brasas
sobre un suelo incandescente
que bajo ella se abría...
Me iba.

Cuando necesitaba agua
que aplacara la sed
en mis sueños concebida,
cristalina agua de arroyo
que al despertar se enturbiaba
al descubrir que en el vaso del que bebía
una mitad yacía llena
y la otra mitad vacía...
Me iba.

Sí, me iba.

Y aunque ya ha pasado tiempo,
si aún necesitas consuelo
o respuestas a mis idas y... venidas
te diré que desde que empecé a irme
y hasta el día en que me fui
no era tan solo de ti
de quien huía.

Susana Pamies Salinas.
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