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Ojalá no se trencen nuestros nombres en el olvido

Escribo, leo, escribo, pienso, escribo, pienso y siempre estás. Te llevas todo mi cansancio, mi miedo, mi rebeldía, abrigas mi humildad, mi sensatez y mis peores sueños. No estoy sola, eliminaste mi soledad y ahora puedo ir por ahí con los ojos cerrados porque me esperas y porque espero que me esperes. Ya no voy sola, voy riada de ti y de mí, labrando una tierra fértil que nos absorbe como esponjas y nos convierte en carne, en espumas de aloe, sanadores de nosotros mismos; frágiles, vivos, versos, palabras… somos todo aquello que corre por el aire, que nada entre espesuras de nuestros colores favoritos, entre cualquier parte de este mundo que arrincona gente para encontrarse, rozar pieles extrañas, besar amores en esquinas, arruinando vidas bien vividas. Sonreímos lentamente aunque la gente mienta, aunque huyamos de ellas.

Te estoy llamando desde el amor, desde el recuerdo que llevo día a día en mis días llenos de ti, de tu amor y paciencia. Te estoy llamando como al sueño, como a la vida, como a la salud. Sin llantos, porque no hay llantos presentes, gracias a Dios, porque aunque muchos no crean en él, yo pienso con desesperación que él conoce mi sed, mis ahogos y mis esfuerzos (nuestros) que trato de llevarlos en esta tierra agitada. Pájaros gorgojean a nuestros oídos; muchos de ellos hieren otros sanan, nos reímos bajo el aire salado que respira esperanza; bajo la luz de esos pájaros se pide que el duelo se haga fiesta.

Aquí escondida en mi habitación conozco tus gestos al leer este breve recuerdo, siento cómo miras los muebles y admiras estas pocas palabras que no siempre las digo pero que te despedazan de alguna manera como porcelana sobre cemento.
Sabes como yo que las palabras son fantasmas que se quedan en nuestra memoria y aparecen con la invocación.

El lenguaje escrito es mi única manera de llamarte, aunque estés arriba, y siempre me envíes un monosílabo diciendo “voy”, aunque no sepas esa palabra que escribes (entre toda mi larga fila de palabras vacías) para mí es una petición que siempre está ahí cuando llueve porque el ruido del agua me da miedo, parece inacabada, veloz y encendida; es inútil hablar de miedos sentenciosos, pero espero que nunca se cierre la puerta de los volcanes para que el fuego no se haga soplo de ceniza en el viento que nunca aplaca a monstruos del olvido.

Ojalá que troyas, inmensidades, montañas, mares y distancias no trencen nuestros nombres en el olvido, porque eres mi escudo en la espera de todas mis impaciencias que buscan un combate donde no quiero estar, recuerda que la soledad es un lujo que los dioses de las tragedias envidian.
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