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Los pinceles del alma

Él siempre se quedaba mirando la hoja en blanco
y con sus ojos le daba forma a cada trazo
que conformaba sus piernas y sus brazos,
a cada rasgo que la diferenciaba de otra persona,
allí sentada ante la mesa, con un café, casi desnuda,
con sus delicadas bragas y una pequeña camiseta
que guardaba sus senos, con su melena
cayendo por sus hombros, suelta y despeinada.
La dibujaba con la taza en las manos,
con los labios casi cerrados mientras soplaba,
y con la mirada perdida
contemplando la mañana tras la ventana.

Él jamás compró un carboncillo
para llenar las hojas blancas de manchas,
pues con sus manos de poeta
no se atrevían a dibujar a su amada.

Él la contemplaba cada día mientras dormía,
grabando en su mente las curvas de su espalda
y sus caderas ocultas por las sábanas,
disfrutando de esa sonrisa
que al despertar le regalaba.

Si sus manos hubiesen sido capaces
la habría pintado poro tras poro, página tras página,
pero su cuaderno seguía vacío
y, él, en su mente la dibujaba
en el momento que ella le daba un beso
y le abrazaba mientras se abrigaba
en su pecho sin querer abandonar su lecho
al llegar el alba.

Él sería para ella lo que fuera, su amante, su cocinero,
un poco de músico y algo más de poeta,
incluso sería capaz de escribirle una novela.

Él es el pintor que sólo la dibujaba en su cabeza,
donde la podría contemplar bajo su bóveda craneal
cubierta de primaverales estrellas,
donde ambos dormirían abrazados
sin temor a las tormentas,
donde sus manos la dibujan con cada caricia,
en cada beso y con cada mirada, mientras la contempla,
con su hoja en blanco,
cómo ella disfruta de su café sentada en la mesa,
con sus bonitas bragas y sus hermosos pechos
ocultos bajo su pequeña camiseta.
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