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En un mundo incomprendido

Observo los utensilios
de este mundo que los hombres levantan,
donde se fatigan,
rezuman, copulan, coexisten.

Sus cuerpos exprimidos por el paso de los días,
sus noches de resuellos y de televisión,
las disyuntivas donde se admiten.

Hay cierta obstinación
y la ignorancia les ilumina
y la inacción, más férrea que las vigas.

Sin honra
se defraudan, engañan,
como alimañas se olfatean,
engullen y luchan por un trozo de carnaza.

Y cuando danzan, cuando se escurren
o cuando
se humillan, ríen a carcajadas,
entrecierran los ojos, contemplan
la oquedad que se abre a sus pies
y se prestan a un delirio plastificado,
cruel.

Yo pertenezco a otra ribera,
de alguna otra parte,
soy de aquellos que no saben ni robar ni regalar,
una persona ajena a vuestra construcción.

No os aproximéis a mí,
hombres que levantáis este mundo,
dejadme tranquilo,
no es necesario que me eliminéis.
Soy de los que mueren en casa,
de los que mueren por pintar algo de color.

Agonizo al observaros y no comprenderos.

Canet
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Un hombre común

Con cuarenta
he encontrado el amor, la poesía y las heridas.
La vida es más auténtica,
no he dicho más tranquila, solo más auténtica.
Miro por la ventana y escribo,
pienso en Silvia y en los niños,
también en la sinrazón de cada día
y siento que me duele y me hiere.
Todo esto me fuerza a concebir color y luz,
a quitarme la ropa negra como quien se quita
los calcetines
para a caminar descalzo por la noche,
para llorar en secreto.
Ahora observo a un hombre común,
pienso que la vida se mantiene
y que toda herida tiene audiencia,
aunque sea el amor, la poesía o las lágrimas.

Canet
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Los pétalos rojos

Hace mucho tiempo
yo observaba desde la ventana de una habitación
como la lluvia aplastaba los pétalos rojos contra la tierra
y en ese instante único de la juventud que apenas pude alargar
supe que jamás olvidaría esa escena,
que apenas recordaría nada de aquellos días,
ni mis no amigos,
ni mis aficiones o intereses , ni mis temores,
compañeros, ni escritores, ni bandas de rock
ni películas de amor, ni enemigos empapados en una cultura bukowskiana...
sólo los pétalos rojos y el diluvio,
me acuerdo del día y de la lluvia
me acuerdo de la hora exacta y de los pétalos rojos
y que nunca en los años que continuaron comparé con alguna otra.

Canet
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No hay otro Yo

De momento la existencia
en mi táper de insuficiencia
unas descarnadas lentejas de celeste verde
aquí en mi táper
mírame
mírate
escribe sin desconfianza
destrozar la luz
o crearla
descubrirla
como quien abre los ojos y pinta
un firmamento anaranjado
en el táper exiguo,
Bergman, zanahoria, versos
más Bergman y alguna patata
versos sobre la servilleta
tantas películas
ingobernables maravillas
y la luna
emparedada en mi ventana
y el fruto de la locura
tan carcomido
éste apetito propio
siempre presente
es verdadera victoria
que es el cuerpo
y la tierra
que no envejece.
No hay otro Yo
en este táper empobrecido
tan solo yo
devorándome lentamente.


Canet
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Tú y yo, o nada

Si se te ocurre marchar antes ,
me elimino
del decorado nuestro y único,
mi caminar se olvidará de ese sendero
que conduce a nuestro hogar,
a nuestros muros de claros de luna.

Por si se te ocurre irte,
me diluyo,
me convierto en umbría de tu sombra,
al extremo de las alas de un cuervo,
emigro hacia un lugar desconocido.

Si se te ocurre dejarme cubierto con esa desmedida
conmoción, me enquisto en la madera de los cipreses,
me hago mineral entre las rocas,
me suprimo de mí,
deshago mis líneas,
siempre seremos tú y yo, o nada.

A S.R.L

Canet
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Sueño...

Sueño….
qué maravilloso es poder soñar, dormir serenamente, aflojar todos los músculos del cuerpo y dejar a la fantasía en total libertad, en armonía con todos los impulsos percibidos pero soñando.
Sí, soy un tipo extraño para el resto del mundo porque en mis sueños estoy en completa soledad, no puedo refutarlo, pero tal vez haya una gran muchedumbre dentro de mi subconsciencia, y eso niega el estado autónomo y aislado de mi ser mientras duermo intensamente.
Me ocurrió una noche que, ya en el lecho, reflexionaba yo, justo en lo sucedido momentos antes.
Y eso no era nada misterioso, sencillamente estuve en casa de un antiguo colega; aunque, si bien es cierto que hacía años que no le veía y algunas cosas eran distintas.
Entonces me encuentro a su lado en el camastro, clavados, viendo una película de Bertolucci y le envío un mensaje de texto a través del teléfono, cuando inmediatamente me dice que debe irse.
No tiene sentido porque me encuentro en su casa, a su lado, y yo soy una visita, y me declara que debe marcharse al trabajo.
Pero así ocurren las cosas cuando uno duerme profundamente. Inmediatamente, escapo de la casa hacia unos jardines comunales, y me aproximo pausadamente hacia una señora que, inmóvil y ceñuda, me examina fijamente.
Ella está perpetua en el jardín, como si fuera una efigie, parte de la decoración.
Ahora regresa mi colega, parece que retorna porque olvidó el táper con la comida. Se lo doy yo, no comprendo nada, me siento desorientado.
Me agradece lo del táper y se larga en su moto, voy caminando, todo se distorsiona, las calles permutan.
Entro en el supermercado, hago cola para comprar algo de carne roja pero me voy sin llevarme nada, estoy irritado.
Busco mi hogar, no doy con él y llego a una avenida que resulta ser una librería especializada en bestsellers, perdón, en superventas.
Imaginaos la confusión, todos los libros parecen tener vida propia. Hay Ken Follett´s, Cohelo´s, Dan Brown´s, biografías de un ex presidente y Stephen King´s para colorear.
Quiero irme de aquel sitio por lo que veo y por la angustia que me provoca la empleada.
Gesticula sin parar tocándose su aceitoso cabello y me escabullo de sus grasientas zarpas metiéndome en un ropero el cual me lleva, misteriosamente, a una puerta.
Un niño espera y me silba. No tiene cara. Enfrente de mí hay unos escalones y una nueva entrada. Grito atormentado, llamo a dios, pues seguramente se ubique al otro lado.
La entrada no tiene pomo, sin embargo, el niño sin semblante encaja su dedo corazón en la abertura en la cual iría fijo el picaporte y abre.
Nadie está al otro lado.
Me siento extraviado y no localizo a dios. Lo que descubro es una dependencia de la Guardia Civil y ellos sospecho podrán echarme una mano. Pero no sucede así, le digo al niño sin cara. -Son unos farsantes, no pueden socorrerme.
Dios no tiene uniforme verde ni se encuentra en ningún lugar.

Canet
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Dormidos

Un buen día fui con mi abuela a visitar el sepulcro de mi abuelo.
A decir verdad, el abuelo no se encontraba allí.
Visitamos la tumba.
Un operario la fregó con su apagada bayeta dándole algo de decencia.
Arrancó algunos hierbajos que crecían a su alrededor.
Frente a mí, una yedra descendía como una tarde triste.
A uno de los lados, unos frondosos cipreses se nutrían con el alimento de los muertos.
Un cielo sin aves de las ocho de la mañana parecía próximo a encenderse.
Mi abuela rezó y se quejó: -Ay Manuel-, dijo entre lamentos.
Su semblante retornó a la tristeza y vi como su apariencia menguaba.

No sospechaba ella que pocos días después moriría
y que yo tendría que adueñarme de su pena y de sus lamentaciones.
Tuve que meter en mi cuerpo a ambos.
Llorar por el abuelo y por ella.
Hoy los dos descansan en mi corazón
y no pueden despertar.


Canet
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En la planta 47

1.
Me encanta mi trabajo.
Soy distribuidor de almendras.
También tengo golosinas, chocolates y bizcochos.
Todos con aspecto de locución.
Oraciones que dulcifican.
Que pulimentan los endemoniados mecanismos del tiempo.
Que templan el gélido viento que recorre por los espacios solitarios.
Distribuyo caramelos, bombones, pasteles.
Los envuelvo en armonías de palabras sabrosas,
los embadurno con la gustosa vainilla de los sueños.
Creo que no sabría hacer otra cosa.
Me siento en mi silla de cada mañana,
entre la planta 47 y la bóveda celestial,
y aguardo hasta que se eleven las palabras
y la brisa las lleve al lugar donde alguien contempla el firmamento.



2.
Un pájaro siempre se presenta en mis poesías.
Su revoloteo lo gobierna su presente.
También su exactitud, que ignora línea recta.
Se eleva y después desciende para aproximarse a un verso.
Voltea entre las nubes, se acerca al fragmento del margen.
No se desplaza, se deleita.
Uno entiende de inmediato que una civilización de pájaros
nunca hubiera inventado el aeroplano.
Ni siquiera el barco.
Pero obviamente habría inventado la poesía.
Y la ciencia.
Y a los pintores flamencos. Y el cielo.
Bate sus alas consciente de la música que produce.
Absorbe de las palabras más bellas su excelencia.
Un pájaro siempre se presenta en mis poesías.
Le veo, deletreándome.



3.
Que sean los pájaros quienes escriban el punto final a mi poesía,
y aquellas palabras
que siempre han sido mías
regresen al comienzo,
a la primera voz sin sentido
en la que brotaba la inocencia,
al mutismo en su totalidad,
para que logren ser pronunciadas en otros labios.

Que los pájaros
amantes de las musas
cierren mi boca enajenada
y sellen los ojos frente a este cielo
instaurado en la pta 47.

Canet
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No sabes quién soy

Lo ignoras todo de mí,
y aun así continuas señalándome,
me conviertes en el centro de tu furia
y embarras con rabia mi mutismo.

No sabes quién demonios soy:
me trago mi sentencia
con mordiscos de decisión y tristeza.
Me hundo en el dolor cotidiano
y no me dañan las apariencias.

Y aunque me hinquen uñas afiladas
los buitres insaciables
que creen tener legitimidad en el cielo,
mi surcar es noble y autónomo.
Y aunque se me derrame el sentimiento
y no aguante la corriente de mis aguas,
no ocultaré mi espíritu en tupidos tejidos.

Ni sentencio, ni desdeño.
Me emociona la vida en su origen
y me conmueven las lágrimas,
la angustia extraña, lo bello,
y la palpitación secreta
de las minúsculas cosas.

Sé disfrutar de la soledad y del aguacero,
en todo descubro principios de grandeza,
y por igual aprecio
la modestia armonía,
y la joya que resplandece en su fulgor.

No hay codicia en mí.
No hay arrebato de elocuencia fatua,
ni sabiduría, ni sucios artificios
de odios latentes.
Porque mi prosa germina
de fuente serena
y si existe algo a lo que honro...
eso es, sin titubeo alguno,
aunque lo ignoréis,
la misteriosa sinceridad de la poesía.

Canet 2010
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La vida

La vida se encuentra lejos
y a la vez está cerca.
Se encuentra en lo que sucede
y en lo que está por acontecer.
En las charlas y en los silencios.
Se presenta donde todos la buscan
y donde tal vez pueda estar.
Uno cree que la vida es como una línea del metro
cuyas señales sean paradas donde los pasajeros se montan o se apean.
No hay nada más insólito que la vida.
La vida respira por fuera y por dentro,
en cada uno de los bordes, muy allá o demasiado aquí.
Es aquello que palpita en un vocablo,
en un sonido, durante un momento.

Canet
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Escapando

Recuerdo que mi primer juguete fue un perro de peluche, el perro Juan.
Nuestro primer juego fue escondernos en el armario de mi madre
y también esperar el momento adecuado para escaparnos a la calle.
Juan y yo preparábamos el equipaje y acomodábamos dos almohadas de la cama grande como si fuesen los asientos de un vagón .
Y nos sentábamos, cada uno mirando por la ventana.
Juan no llevaba maleta, ni mochila siquiera, sólo su lanudo jersey rojo.
Yo llevaba un baúl de madera muy pesado. Quizá el mismo que mi madre utilizó en su viaje hacia Madrid.
En su interior había una chaqueta vieja, las ceras para colorear, un par de cuentos, una navaja y mi inseparable linterna.
Fugarme de casa fue uno de mis juegos preferidos.
Se trataba de una llamada para viajar.
Con la gran mudanza a los once años, y la tendencia de mi madre por deshacerse de todo,
perdí de vista a Juan, el pesado baúl y aquel armario.
Pero mantengo intactas las ganas de seguir ocultándome…
de continuar escapando.

Canet
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Para la poesía

No existen incógnitas para la poesía
tal vez decir
firmamento
con pájaros bajo los párpados
ya sea un principio de melancolía.

Escribir
un murmullo de lluvia
que se haga lágrima
que se haga nido

una bicicleta a solas
en una
ciudad turbia

para la poesía

perros
ventanas
rutinas
ramajes
parásitos
y entrañas

lo sigiloso
y lo no escrito
el titubeo
y la rebeldía

para la poesía
esa acertada pasión por lo que ocurre afuera.

Canet
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Poesía incompleta I

Del salón en la punta apagada
de su propietario quizá olvidado
silente y tapizado de polvo
veíase mi Código Da Vinci.
Fue uno de los peores regalos
de mis veintitantos otoños
y ahora míralo, yace muerto
postrado como un cuervo
en una estantería del salón.
Lo peor de los malos regalos
es que no dejan sitio a los que están por llegar.
Por eso muchas veces
creo que debería abandonar
los best seller´s
de una vez por todas
porque van reproduciéndose sin cesar
como cucarachas endemoniadas.
Asesinar a estos libros
que hace un tiempo
me llegaban del círculo de lectores,
a veces veo como ponen huevos
en la cicatriz de mi frente.
Tales libros no ayudaron
a Thomas Mann ni a Miguel Hernández
y evidentemente tampoco a Charles Bukowski
ni al excéntrico de Baudelaire
que se topaba con símbolos
caminando por su inmunda habitación.
Estos libros,
son las sepulturas de los hastiados
que no desean conocer, vivir, soñar
ni hacer el amor como dios manda.
Debo exterminarlos todos,
antes de que sea peor
o venderlos al mejor postor
y regalarle un gato a Silvia.

Canet
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Un intento de poeta

No sé si soy de asfalto
pero si ser de arena.
Nací de la arcilla misma
ovario en flor de la tierra.
No hay en mi estética Platónica,
tampoco lo feo habita en mí.
Sencillamente soy
el que plasma poesía.
Soy del desierto tanto como del océano,
soy crápula tanto como virtuoso.
Traigo conmigo versos eróticos,
y varios garabatos que agregan a mi destino.
Escribo porque lo necesito, por conocerme y porque no se hacer otra cosa
no vivo de mis líneas, aunque trabajo con mis letras.
Simplemente escribo para transmitir.
Soy como el alfarero con un pedazo de barro,
o como el pintor con un lienzo por colorear.
Soy absolutamente y sin condición alguna, eso...
un intento de poeta.

Canet 1997
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Sábados

Cada sábado por la mañana
te diriges al quiosco acostumbrado a por los periódicos de siempre.
Es una acción automática , impensada y sin condiciones,
el mazo que pulsa tus piernas... y te mueves.
Como cada sábado por la mañana...
tomas asiento para desayunar frente al telenoticias.
Café solo- con dos lágrimas bien saladas, por favor-. Croissant con muertos.
Y al zumo de naranja añádele una pizca de explosivos.
Se te ve dichoso. Ellos extinguiéndose y tú allá, lejos.
Ellos sin sustento y tú con la camisa almidonada.
Ellos expirando y tú leyendo las noticias.
Montas una pierna encima de la otra. Mal presagio.
Montas la mano izquierda sobre la derecha al leer los titulares. Mal presagio.
Montas la mirada sobre el escenario para observar al resto de lectores. Peor presagio.
Carece de importancia que sea sábado y primavera y las 11 de la mañana.
Todos los presagios son fatídicos.
Además, el finado de la fotografía parece colega.
Todos los fallecidos de todas las fotografías de todos los periódicos
son reconocidos.
Pero lo rechazas.
Quizá sean fotografías de otro periódico.
De un desayuno de sábado pasado, pero ya lo has olvidado.
Otro café solo, - esta vez con menos lágrimas, haga el favor-.
Pero el mazo te pega de nuevo y cambias de página.
El horóscopo pronostica que vas a ser afortunado en el dolor.
Advierte el hombre del tiempo precipitaciones lacrimosas
y oleajes crueles para los náufragos.
Un nuevo hattrick de un futbolista que se parece
al muerto de la página tres.
Mal augurio. Algo te ha caído mal al estómago...
Qué extraño. Es sábado. Es primavera. Hay buen tiempo y flores.
Pero sí. Estás aturdido. Todo da vueltas alrededor del croissant.
Quizá los muertos no estaban bien horneados.
Tal vez las lágrimas del café estaban caducadas,
contagiados los explosivos. Piensas que no merece la pena salir a desayunar los sábados.
La hostelería ya no es lo que fue en antaño.

Da igual que leas el Washington Post,
el Espectador,
el Herald,
el Mundo,
el Corriere della Sera o los cuentos de Andersen.
-No salgo más de casa- piensas.
No volveré a comprar un solo periódico.
No quiero saber nada de las noticias.
Pero algo te dice que eres demasiado ingenuo,
de nuevo está el mazo golpeándote
y desbabas como el perrito de aquella Dama de Chejov
sobre la prensa.

Canet
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Septiembre

Septiembre…
Aunque el calor aún aprieta, ya amarillean y aflojan las primeras hojas en las ramas de los parques.
Estiramos la sonrisa del verano un poco más, con los recuerdos aún frescos y yodados de ese paseo por la playa,
con la sensación húmeda e irregular de la arena todavía vigente en las plantas de los pies,
y el eco flotante de las risas de niños y sus juegos,
que nos invitaron a volver por un breve lapso a la infancia, con el rastrillo en la mano y el culete encharcado en la orilla .

Septiembre…
Con la piel bronceada y dispuesta a dar de sí lo que le quede de contraste bajo las telas blancas, amarillas, verdes, anaranjadas…
La sonrisa de septiembre es diferente,
enmarcada por esa tez brillante y caduca traída como souvenir playero,
y la mirada tiene su mayor fulgor devolviendo la belleza de los paisajes vistos
y archivando los colores de las puestas de sol en cada sección de nuestro iris .

Septiembre…
El amor también se alarga en septiembre.
La pasión y la dedicación mutua del verano se resisten a desvanecer de nuevo en la rutina de cada día.
Los cuerpos son más bellos en septiembre, la piel más suave, las sensaciones más intensas…
Si cada mes fuese septiembre, el amor sería un continuo y placentero ocaso de veranos .

Septiembre…
Es el noveno mes, el del alumbramiento, el de vuestro renacer a un nuevo ciclo,
habiendo madurado las sensaciones y atesorado los recuerdos del verano, reciclándolos,
como fuente natural de aprovisionamiento de energía por si nos flaquean las fuerzas más adelante.

Canet 2009
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Dependencias

El breve método de peinarme,
de llevarlo siempre corto con las acostumbradas patillas.
Las oscuras camisetas que guarda el vestidor.
El par de gafas y algunas zapatillas Canetianas.

La dependencia al tabaco.
La dependencia a ti.
La dependencia a la poesía.
La dependencia a la fidelidad.
La dependencia al calor de tu piel.
La dependencia a los libros y a la lluvia.
Al chocolate con almendras. A la noche.

La forma de llorar afligida.
La de llorar también en silencio.
La pura y brillante risa, la negra ironía.
El modo de perder con la mirada
y la de salir victorioso.

La misteriosa y la química inseguridad
de las partículas que me componen. Su riesgo,
su vida improbable en otro mundo.
Las uñas lijadas, el cosmos.
La contaminación celeste de las pestañas
que me diferencia de cualquier hombre.

Los símbolos de los genes
tejidos para hacerme esto que soy,
esto que amas y seduces.

Son señales que podrás
mostrar como pruebas
en alguna administración, en las jefaturas,
en las bibliotecas abiertas,
en los bares baratos,
cuando sin querer me haya desorientado y, conociéndote,
desees encontrarme.

Canet
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Interrogantes

Sé que llevo algunos días evitando contar los asuntos en los que remolcaría parte de mí.
Si escribo lo hago sobre emociones de paso, impresiones confusas y/o compartidas.
Me ajusto el cinto de la prudencia y cubro mi espíritu con un manto personal pero carente de intimidad.

A veces me invade el deseo de desnudarme del todo y narrar, vociferar, compartir…
Resulta sencillo rajarse las venas sobre un cuaderno o frente a una rutilante pantalla.
Igualmente temo exhibir el desnudo a otros ojos,
revelar la tremebunda fragilidad de la estructura ósea que soporta mi esencia,
extender el recubrimiento y ornamentos que me disfrazan.

Sería capaz de escribir una historia rectilínea ajustada a otras tantas.
Tal vez vendría bien ventilar algunas emociones.
Quizá sería bueno mostrar el desnudismo más sencillo y atiborrar los pulmones para continuar.

Aunque hoy, que se implanta la vergüenza, la prudencia y la protección de la propia debilidad,
solo dejo mis interrogantes, a los que doy soluciones variables y siempre me acompañan.

¿Quién demonios soy y qué hago aquí?

Canet
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Las pequeñas cosas

Pese a todo
continuamos encontrando
algo de encanto
en pequeñas cosas;
cuando tomas asiento
en un banco
a reposar
después
de una gran caminata
y a tu lado
corren los humanos
y en el centro
hay un quiosco
anticuado, insólito
y al regresar a casa
brotan rítmicas
las palabras
para acoplar
con mansedumbre
en el rompecabezas
de semejanzas
confusas
... lenguaje.

Canet
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Interrogantes (2)

Algunas veces me asalta la duda.
Mis inseguridades suelen ser genéricas.
Me pregunto por todo cuánto me rodea, sobre quienes me siguen o quienes me conducen en mis andares
y razonablemente, egocéntrico al fin y al cabo, sobre mí,
sobre Canet.

Cada cual es el escritor de su propia novela.
Me acuerdo de aquel solitario niño que fui, traspasando el espejo del personal y fantástico mundo.
Sí, alguien me dijo una vez o lo leí en alguna parte, que las fantasías eran las armas contra el tedio,
yo he debido de aburrirme mucho a lo largo de mi vida ,
tanto que me he transformado en un travesti de realidades subsistiendo a cada lado de la divisoria.

Creo que fue Cioran quien dijo :En un planeta sin tristeza los pájaros se pondrían a ventosear.
Personalmente no puedo entender un mundo sin el gorjeo de las aves,
sin las gotas de un chubasco alumbrando efervescentes el gris del suelo en los atardeceres de primavera.

Hay tantos relatos como puños que las escriben.

Yo Canet, desde mi trozo de mundo,
sentado sobre una nube,
me veo en la obligación de narrar o escribir cómo percibo el mundo tanto como revelar lo que ven los demás.

Canet
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