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Ojitos tristes

Se dejaron la chispa, su luz, en alguna esquina. En la intersección entre el bombeo de la sangre y los equilibrios al soñar. Entre las caricias y las espinas.

Cuántas veces se cerraron con todas sus fuerzas para soñar más alto. Para sentir más fuerte.

Cuántas se cerraron flotando en lágrimas, esferas transparentes, imperfectas por la gravedad, que las deforma y las arrastra por las mejillas hasta que saltan del pómulo al suelo.

Cuántas miradas al centro de la Tierra. Como en un viaje de aventuras, indagando la manera de llegar al tesoro.

Cuántos cruces furtivos en escaleras. Entre la multitud. Conectaban a la perfección. Con miedo, y a pesar de eso, seguían buscándose. Como luna y lobo.

Cuántas miradas a las estrellas. Guardianas de esperanzas. Luces que duermen al alba.

Cuántas conversaciones en silencio. Cuánto pueden hablar unos ojos.

Y mis pestañas abrazaban las tuyas. Mis retinas guardaban tu esencia. Mis párpados eran lienzos de tus locuras. Ventanas de mis colores.

Ojitos tristes.
Ojitos cansados.
Ojitos dulces.


Llenos de magia. Pintados de flores.
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El papel de la chocolatina

Somos el papelito plateado del envoltorio de la chocolatina. Acaba en la carretera, revoloteando entre las ruedas del tráfico. De allá para acá, esquivando empujes a quemarropa.

Y mientras, el sol refleja su cara de luz en cada voltereta. Como los anzuelos brillantes para peces incautos. Como engaños para esas boquitas que se abren y cierran incesantemente para no asfixiarse.

El envoltorio, que tuvo sus días de gloria y ahora luce ajado, vuela entre idas y venidas. Frágil. Ligero. Huye lejos cada vez que quieres tocarlo.

De tanto ir y venir, acabamos cada uno por un lado. Con restos de lo que fue un bocado dulce. Entre dióxido de carbono. Muriendo poco a poco. Intentando olvidar ahogados.
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Rojo y humo

A plena potencia suben y bajan los pistones del motor encendido. Retumba dentro del pecho, me brota el fuego.

Me deslizo por los límites entre lo que la vida me ofrece y lo que le pido a la luna. Desde que despierta el sol hasta que bosteza la medianoche. Las once, las doce, la una.

Cuando duerme el planeta salgo descalza a la calle. No piso el suelo, toco mil cielos, sin anclas en las rodillas. Sin lastres en los percheros que forman las costillas.

Respiro el buen tiempo. Con sus tormentas repentinas. Me mojan la cara, refrescan mis idas y empapan mis venidas.

Celebro la libertad. No tengo pies de barro, me elevo y me marcho. Vivo y vuelvo. Regreso y, de nuevo, parto.

Hay países que miden su riqueza en función de la felicidad de sus habitantes, condimentemos entonces el tiempo que nos queda con canela y clavo, menta y panela.

Rozo las espigas con las puntas de mis dedos. No hay flor que no me tinte los ojos con lenguas cromáticas. No hay rincón de estrellas que no me impregne de historias galácticas.

Timbales y cañas, crótalos y palmas. Tócame y siente. Aléjate y danza.

Cuando abras los ojos, en algún lugar del mundo, estaré latiendo fuerte. Besando el alma, entre el rojo y el humo.
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Ramitas de vainilla

Cuarenta y cinco grados es el ángulo de mis pestañas sobre el horizonte. Posadas en páginas salpicadas de historias.

Rododendros mágicos en bosques perdidos son mis sueños. Nunca mueren. Nunca se apagan.

La imaginación camina de puntillas. Me trae ramitas de vainilla.

Helechos como antifaces entre el sotobosque. Me guardan de garras. Me refrescan los pensamientos.

Caigo entre cascadas con pájaros que las atraviesan, en picado, y con sus alas impermeables rebotan las gotas líquidas.

El vapor fresco inunda mis rizos. Mis hombros. Mi espalda. Recorre mi vientre. Mis dedos. Mis muñecas. Mis huellas.

Huelo a tierra mojada. A marrones rugosos de troncos que desafían las alturas. Líquenes como mantitas colgantes, mullidas sobre sus ramas.

Sabor a clorofila. Es la conexión entre mis neuronas. Pienso en verde. También en añil. En rojo fuego y en amarillo yema. Como la de los huevos de avestruces, enormes. Como los cráteres de la Luna.

Fotografío el universo con cada parpadeo. No quiero perderme el cielo por mirar sólo al suelo. No quiero dejar de abrazar la hierba por mirar sólo atrás. Sólo hay una vida. Una.

Y soy crisol de metales. Burbujas que surgieron en fraguas, incandescentes. Yunque tenaz, retumbo en el silencio de la noche, reluzco en el cenit del día.

A ti, lector, te regalo una página de mi diario que nunca escribo: el que siento y grabo por dentro. Contigo, cómplice lector, comparto un secreto. A ti, fiel amigo, te confieso que vivo.
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Sábana de lija

La que me abrasa la piel
cuando quiero navergar sola.
La que me arranca jirones
cuando sueño despierta.

La que me abriga el alma
cuando ésta da voces.
Cuando encuentra cien pasos
marcados en la arena.
La que borra entre pliegues
tus huellas.

Quisiera arrancarte de una vez.
Lanzarte a la órbita de Júpiter.
Así, levantando planetas en vilo,
me sacudes la inconsciencia.

Y no pienso. No quiero pensar.
Porque si doy
rienda suelta a los caballos,
me darán tantas coces
que ni yo me reconocería.

Así que vete.
Agarra tu maleta
de quebrantos
y camina raudo.

Me quedan las olas.
Me queda la piel
dorada por el sol.
Las manos
llenitas de cariño,
apenas sin estrenar.
El que no desenvolviste
siquiera.
Aquel al que puse
el mejor de mis lazos.

Ya no te revolotearé
como una mariposa.
No te daré mis risas,
me muero poquito a poco
cuando me las cortan.
No te dedicaré
la tinta de mis venas.
No te abriré mi alma
como si fuese
el nenúfar tranquilo
más remoto del mundo.
No te abrigaré más
tu pecho.
Mis palmas
quedarán huérfanas,
pero no desaparecerán
del todo.

Volaré lejos
como una
pequeña
mota
de
luz.

Violeta. Azul.
Verde. Naranja.
Se me antojan mil colores.

Y en su vuelo y su trayecto,
igual le cuente a las flores
que aún te quiero.
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Mis pies y mi baile

Frenéticos contoneos de cintas verdes, se enrollan como lenguas de mariposas.

Bailo entre haces de luz fosforescente. No necesito nadie alrededor, tan sólo los latidos, los míos, entre altavoces del pecho.

Retumban sin cesar, el sonido atraviesa las costillas, y como en un serpentín, destila gotitas de agradecimiento.

Al esfuerzo, a las ganas, al empeño en correr hacia adelante, a tender la mano siempre, a intentar mirar con empatía. A los escalones subidos con ritmo y sin pausa.

A los que me impulsan, a los que me dieron viento para mis alas. A los conocidos y desconocidos que me rizan las comisuras, que me hacen que estornude por dentro entre risas.

A los buenos días con la primera persona que me cruzo en la calle, a los gatos que siluetean los muros de noche, a los charcos en la tierra llena de engobe, a las nubes desnudas que reflejan la aurora, a las mariposas que se cruzan en remolinos, a las lagartijas que se rinden al sol. A los cafés sin prisas. A las costas con brisas.

A las cosas bien hechas, porque bien parecen. A los besos sinceros. A las locuras que no se piensan (y en el fondo se desean). A los espejos con guasa. Al pan tostado con aceite y tomate. A los escudos contra las malas lenguas, hechas trizas.

Y bailo. Me basto y me sobro. Llevo las riendas de mis anhelos. Giro y palmeo, miro al cielo.

Me pongo el traje de superpoderes y subo la música; aquel que no sume, al menos que no reste. Le regalo unas notas de vida, unos pasos de baile. Le brindo las noches, le pinto un mundo entero.
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Las habichuelas mágicas

Como acuarelas, aquellos primeros versos se han diluido en agua. Tanto que han roto el papel, ya deshecho en láminas y jirones. Aquellas noches en vela han acabado en ventiscas de arena, que todo lo arrasan y todo se llevan.

Todo no. Aún queda un hueco en el pecho. Ese está reservado a las habichuelas mágicas. Cuando todo está oscuro, planto una y germina con brío. Me acaricia el alma, las piernas, mi pelo, mi frente y mis sueños.

Y subo de hoja en hoja. No miro atrás. Solamente me apetece abrazar el verde, vivir el amarillo, hervir con el rojo y viajar en los azules. Siempre azules. Los que pintan veranos y borran otoños.

Me diluyo, como aquellos versos. Me consumo, como aquellas velas.
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Y aún no me he ido

Sé que no me olvidas. Sé que furtivo aún pasas por mis letras. Me tocas en braille. Recuerdas mis gestos, que torpes irrumpen sin llamar a tu puerta.

Te empeñas en negarlo, pero entre helados y velas, ventanas y fuentes, corrimos despacio y nos deshicimos pacientes.

Jamás se destruyen los rayos. Podrán transformarse. Pero siempre, a lo lejos, reflejan destellos, cabalgan salvajes.

[La libertad es lo más preciado que te pueden regalar. A veces, la memoria bucea al libre albedrío, y cuanto más se la sujeta, más lindo vuela]
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Oda a los labios

Obleas sublimes de lo indecible.
Blandiendo banderas de besos y vinos.
Suaves bosques de versos blindados.
Bloques de barro, bastiones de viento.
Vuelos valientes de saliva que bulle.

Versátiles uves, divinas bes. Aproximan los labios hasta silbar globos de vida. Dibujan garabatos con formas de volantes. Balones y burbujas que besan y abrigan.


[Benditas letras que se inventaron para que nuestros labios se toquen, se palpen, se huelan, se escriban, se rocen, se acerquen, se busquen]
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"(Te) quiero"

Resbala por la espalda como una gota de aceite rodando en un cristal, sinuosa, toma velocidad cuando no encuentra resistencia. Se cuela por la acanaladura entre las vértebras, serpentea.

Salpica como alfileres los estímulos nerviosos, sacude el menú perfecto de la razón. Los postres los lleva al primer puesto, los aperitivos los lanza lejos, quiere bocados entre fogones con don de gentes. Los que hablan sin decir nada, los que provocan carcajadas entre cerezas y crumble de fresas.

Huellas que recorren el portulano de su piel, navíos surrealistas que vuelan entre tormentas. Apagan velas. No necesitan timón, se rigen por los susurros al oído, y viran con la cintura, se anclan entrelazando las piernas.

Se agarran como crustáceos a las rocas. Se sienten como las ondas sísmicas, se cruzan y se estimulan. Se abren como nenúfares intensos, flotan como pequeños dientes de león sonámbulos, mecidos por el viento. Cálido. Trémulo.

Esa palabra mágica que palpa todo el cuerpo, que bebe las entrañas. Esa palabra etérea que rompe muros y murallas. Esa. Esa es la palabra.

Tan gratis. Y tan cara.
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Ojos submarinos

Los tuyos son azules.

Rompen el suelo.

Hunden mis mapas de batimetría.
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Planetas libres

Fue fulgurante. Horas de luz, horas granates.

Fue una sorpresa. Los poemas de uno y los apuntes de ella sobre la cómplice mesa.

A veces el destino ofrece lazos. Unos se trazan con sogas ásperas. Duras maromas que asfixian y hacen heridas. Otras, son tiras de suave raso que resbalan. Tanto que terminan por soltarse y caer en la espesura de la hierba, sobre helechos húmedos.

Y dejamos libres.
Nunca hubo hilo de ningún tipo. Ni el más fino.

Son cuerpos plenos, planetas libres. Repletos de energía, explotan y chocan en sus ondas expansivas. Y es ahí donde deciden quedarse,
sin ataduras, sólo la voluntad de querer permanecer cerca.

Tocarse, besarse el alma, lamerse la mente, la razón, hasta hacer que se derrita como un polo de hielo. Que el líquido restante reviva desiertos.

Es saber que no se necesitan complementos. Es saber que son locomotoras rumbo al destino que la mochila de experiencias les dicte. Es la no dependencia. Es la no subsistencia. No son migajas. Es el no conformarse.

Cuando el número áureo toca su puerta, es una suma perfecta. Es un producto infinito. Son siempre sumas, olvidan las restas.

Y ahora, grítale al vacío que ya no recuerdas. Mira al horizonte y dile que ya no le versas. Miente y di que no te quemas. Calcina aquellos poemas, deja libre esta mesa.
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Campanas y golondrinas

Me asomo a la ventana. Tarde de primavera. ¿Tópico? Más que eso: mágico.

Revuelos y enredos de aves cálidas, las que gustan de horas de sol arañando el horizonte. Golondrinas, vencejos y gorriones decoran nubes, son la banda sonora de lo placentero, de la sensación de saber que los días se alargan, como los brazos cuando quieren tocar el alma.

Mi pueblo es pequeño. Pero no por eso pierde encanto. Las campanas son como el pregonero de festivales, el que anuncia melodías. Me agitan desde niña, brincan y repican.

Huelo a tardes de abril y mayo. A brotes que salpican de verde el paseo como un cuadro de puntillismo. A mi casa. Mi familia. A las risas que alegran el pecho.

Sabe a vecinos que me han visto crecer. Y que me reconocen cuando vuelvo. Sabe a paseos para ver almendros en flor, los perales llegan luego.

Sabe a campos que revientan de amarillo. A caminos con barro después del aguacero (ya te conozco, mayo).

Suena a chistes entre amigos, a fiestas entre lazos de infancia y a brindis de experiencias en mochilas.

Suena a perros que ladran, a gatos sigilosos que aguardan tras la esquina. Suena a risas de niños, jugando y saboreando sus chucherías.

Sabe al recuerdo de los que ya no están, pero que siempre me acompañan prendidos en estrellas, en recetas de abuelas y cientos de anécdotas.

Vibra. Mi recuerdo es vivo. Mis sentidos se agolpan y me dejo mecer entre geranios y rosas. Entre enredaderas y helechos. Entre olivares y huertas.

Siempre estás conmigo, con tus llanos y cuestas.

A ti, mi pueblo. Mi hogar. Mis golondrinas. Mis partidas y también mis vueltas.
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Tras el naufragio, la calma (o no)

Cálamos huecos vestidos de plumón grisáceo. Rutinas que hacen bucles en un folio y saltos mortales sin posibilidad de repetición al imaginar el dedo del otro en la espalda.

Se agolpan las letras y se giran las ganas. De perfil. No miran. No hablan.

Como una moneda romana con dos caras, el principio y el fin de todo lo presente. No miran. No hablan.

Ausentes.

Mensajes de humo a lo lejos, vestidos de oscuro. Han perdido el deseo, el empeño, súbitamente se han hecho viejos.

El escritor y su musa partieron en mil pedazos la risa, la fábula. No miran. No hablan.

Llegará el día en que reconcilien los lazos, la magia. A veces son necesarios los crudos naufragios y el huérfano ostracismo para que lleguen las ganas.

A veces un infierno se apaga con el deseo de las almas. Con la chispa y el espectáculo de las plumas, doradas y blancas, decorando las alas.
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A ocho mil metros de escarcha

A más de ocho mil metros lancé mis gritos. Tan sólo perceptibles por la escarcha desprendida en forma de cristales entre hilos y milibares.

Allí arriba, en el techo del mundo, en el trampolín a la nada y a todo, apreté mis puños y comprimí las costillas, como cojines simétricos, rayas de cebras monocromáticas.

Y grité. Fuerte.

Rugí. Salvaje.

Aullé. Incansable.

Allá donde el oxígeno escasea. Donde la presión afecta a las facultades mentales, me desvestí por dentro. Tiré las prendas ladera abajo. Dejé volar entre nubes mis lágrimas y mis lazos.

Y caí de rodillas. Me senté en el hielo. Me abracé al eco. Toqué el cielo. Sentí un chispazo.

Como el que guarda en sus retinas lo asombroso del relámpago, te vi pasar entre la electricidad y el agua. Entre la luz y la oscuridad como complementos naturales.

[Llevo un rato sin mantas ni almohada. Me he quedado dormida. Qué frío. Soñé que me amabas.]
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¡Plop!

Era tan pompita de jabón
que cuando quiso
mirar al cielo,
desapareció
entre los rayos de sol.
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Besos de hielo y lava

Guardados

Perdidos

Lanzados

Soñados

Besos de siroco y besos de alisios.

Fruncidos

Cosidos

Dormidos

Besos de pan y moja.

Aliñados

Horneados

Diluidos

Besos de suma y sigue.

Apretados

Multiplicados

Repetidos

Besos de espigas y besos fluidos.

Los que explotan los sentidos, envueltos en lluvia y rocas. Los que aguardan mágicos para abrirse como flores si tus labios me rozan.
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Para los oscuros de alma

Bocadillos de mármol los que comen los soberbios. Tazones de petróleo los que beben los oscuros, los siniestros.

Manzanas ácidas para bocas tóxicas. Caramelos ardiendo para los faltos de tacto y los que regalan sufrimiento.

Todo tiene su lugar. Incluso las buenas maneras. La dulzura y el saber mirar. Porque siempre sale el sol. Porque aún sabemos abrigar. Tocar. Acariciar. Levantar. Ayudar. Porque sabemos lanzar al vuelo la primera conjugación entera.

Echar a volar los versos y los besos, viajar arropados con ellos a bocas sinceras.
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Aún me pesan tus botas

Me he calzado con besos que cubren mis huellas. Albergados en el hueco de mis pisadas, duermen el sueño de los recuerdos vivos.

Y llegan caminos distintos. Soy la misma. Jamás me fui. Porque uno puede caminar hasta caer rendido. Llegar tan lejos que la capacidad de mantenerse en pie sea un cartelito de cartón piedra que uno se lleva consigo hasta donde quieran sus suelas.

Pero puede permanecer en su pequeña fortaleza, siempre dentro de su pecho. Su corazón inquieto. Como el mío.

Lanceado mil veces. Lanzado hasta el espacio sideral otras tantas. Sacudido por ondas sísmicas desde el centro de mi ombligo, hipocentro del derrumbe corporal si me tocas.

He bebido en las puestas de sol, he soñado en las noches sin luna, porque siempre habrá estrellas que esa falta de luz cubran.

He explotado de ganas. He sido feliz conmigo misma. Me he recorrido por un sinfín de senderos. Me he revisado. Me he avisado. Me he advertido y no me he hecho caso.

Con todo este asfalto, entre tantas rocas. Ir y venir de personas nuevas, remolinos de las almas de siempre, versión 2.0 en risas y cura de cicatrices. Con tanto camino recorrido, y aún me pesan tus botas.
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"Ikhor"

Caliente circula entre glóbulos rojos, fresones hechos reflejos de mieles.

Suave deambula por las venas, ramilletes de juncos violáceos que activan hasta las yemas de mis dedos.

Ese líquido de dioses no tiene límites, empuja mis impulsos nerviosos, envueltos en calma y agitación a un tiempo.

Alborota, explota, rebota.

Se mezcla con suavidad. Acaricia el pasado y lo tinta de bermellón. Abre los colores cálidos para ofrecer segundas oportunidades. Las que hechizan, las que vuelan. Las que cantan, las que enderezan.

Cuando el hastío parte en dos los pechos, las gotas nuevas cicatrizan, curan y sanan.

Somos tarros de esencias que no están gastadas, a pesar de los empujes del pasado, a pesar de las aguas bravas.

Quiero pensar que cuando el ikhor caiga en las rocas, la tierra me abrazará después del aguacero. Abriré los ojos y respiraré profundo. No habrá miedos. Tan sólo querré fundirme con la hierba, tocar el cielo.


[Dedicado a Alex Richter-Boix. Porque aprecia el petricor. Porque hace alquimia cuando mezcla agua y tierra].
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