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Al otro lado del espejo

Alicia anda perdida al otro lado del espejo. El sombrerero no la invita hoy a tomar el té. Detrás de aquel conejo inquieto y divertido, se deja conducir por agujeros que la agrandan y empequeñecen, dependiendo de la botella que tome. Al dorso del papelito que dice "Bébeme" escribe un aviso de socorro y lo clava en un árbol, justo cuando la reina de corazones grita que le corten la cabeza.

¿Quizás aquel mundo le resulta superfluo? ¿Acaso le parece banal? Tal vez en su medio orden todo se vuelve siempre medio caos, la superficie del cristal se distorsiona y desencaja, la fantasía la aplasta y se mezcla entre ella y la realidad, envolviéndola como niebla en una fría y húmeda mañana de noviembre. Aquella extraña irrealidad la engatusa. Guarda dentro de su país de las maravillas el lado más hermoso del universo y se gira hacia el otro cuando quiere llorar. Busca el rincón más recóndito y a la vez más cercano. Intenta esconderse, hacerse invisible, correr rápido para que no la vean. Pero sus huellas se hacen aún más profundas con cada paso que da. Su rastro es obvio. Su intención evidente. Y su silueta, antes compuesta de una miríada de sonidos y colores, ahora semeja tan sólo una sombra retorciéndose entre el silencio y la soledad.

La locura la sigue, la acecha, la atormenta... por mucho que se esconda en el más inaccesible agujero o en la más inverosímil madriguera. Se expande en torno a ella de un modo tan desesperante que la hace balbucir y sollozar. Gime buscando ese cariño que siempre quiso, pero jamás logró. Se encoge. Tirita. Sus extremidades se retuercen, sus fuerzas flaquean; la oscuridad cegadora quema y se muestra inmisericorde ante aquella pequeña y asustadiza criatura. El resplandor y su nitidez siempre vuelven, regresan cada mañana y, al despertar, ella se indigna. No hay salida, la huida es en vano; la única manera es encarar el camino con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Y tal vez, sólo tal vez, afrontar de nuevo el principio con la certeza de lo antes evitado. Y con la fortaleza de la verdad que siempre tanto había anhelado. Los niños siempre saben soñar despiertos. E incluso en los grises y tenebrosos días de tormenta, descubrir sonrisas de Cheshire suspendidas entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo

Alicia abre sus ojos, grandes y asustados. Es su no cumpleaños justo hoy, pero no lo festeja. Una nube de tristes recuerdos ha ocultado para siempre su país de las ilusiones. ¿Y algo más? Sí, por supuesto. Que sea a este mundo real, sin sueños ni maravillas, al que por fin le corten la cabeza.

Juanma
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Manual de instrucciones

Camino por vocación, lloro de soslayo
y no,
no intento que adivines que soy tímido.
Sonrío por educación, divago por vicio,
leo por devoción y,
pese a que me eres familiar,
es mentira que ya nos hayamos visto.
Releo por masoquismo,
sonambuleo por diversión,
vagueo en la cama
y no,
frente a una sonrisa dulce no me resisto.
Llego pronto sin premeditación,
tiento por probar la suerte,
fijo la mirada sin provocación,
miro entre las estrellas buscando verte
y no,
nunca beso a alguien por equivocación.
Escribo por necesidad, no lloro por cobardía,
atesoro las noches con precaución
y prefiero una mirada tuya
a dormir hasta que asome el día.
Hago mala letra por prisa,
olvido el orden de las estaciones,
sueño despierto con moderación,
me pierdo tras la estela de tu sonrisa
y no,
no vengo con manual de instrucciones.

Juanma
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Los coágulos del tiempo

¡Qué complicado resulta respirar
en esta era tecnológica sin alma
ni recuerdos...!
Cambiar los mapas por prisiones,
los sueños por pesadillas,
la eternidad por un suspiro
en la frontera del abismo.
Los regalos por anhelos,
el otoño por el sueño de una noche de verano,
los mariposas en el estómago
por un atardecer en el hueco de tu ombligo.

¡Qué complicado es ocultar las huellas,
crucificar el aroma de la juventud como si fuese
un jodido mandamiento...!
Hacer guardia noches enteras
esperando a que se abracen los muñequitos del semáforo
sin recompensa.
Es triste vivir fuera de la música de los discos,
lejos de las aventuras de los libros
y de las madrugadas libres y salvajes,
no poder (ni saber) quedarse a dormir
en el tejado de las canciones.
Desdicha es que el tiempo a tu lado sea limitado,
felicidad convertir tu pelo y tu piel en un templo
o un parapeto contra las flechas
de los coágulos del tiempo.

Tristeza es tomarse la última al amanecer,
querer conservar tu corazón en ámbar,
o como una flor deshojada y cosida
con fuego al infierno de mis entrañas.
Querer y no poder encontrarnos por dentro,
tener que escapar del bullicio,
las sonrisas enclaustradas,
que los sábados se deshagan
como jirones de niebla,
o el canto de hermosas sirenas
que habitaban en islas
más allá del último confín de tu espalda.

Dejar atrás nuestra infancia es
acercarse a bailar con la muerte,
aunque a veces consigamos regresar a ella
con un aroma o alguna canción
y un vaivén de poesía entre las pestañas.
Por un momento
volvíamos a ser niños para la eternidad
y yo notaba un escalofrío
en la nuca
y un vértigo tatuado
en la piel del alma.

Llevamos el miedo en la mirada
como una cicatriz,
un algoritmo,
o el aullido
de la libertad
de los niños que fuimos,
de los años sin calendarios ni relojes,
de las ilusiones que dormían
agazapadas en los laberintos
del corazón.

Juanma
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La melodía del infinito

Una vez fuimos inconquistables
y etéreos
y libres
y rabiosos
y salvajes
como espíritus descarnados
entre las grietas del más allá,
como polillas enamoradas de la luz,
como esos animales indomables
que se ríen de las jaulas y sus dueños.
Buscando la melodía del infinito
componíamos partituras a locas,
del canto de los grillos en verano,
el aullido de los lobos a la luna
o los decibelios de un orgasmo.
Sí, fuimos rebeldes,
terremotos,
huracanes,
trepando a los balcones del mundo,
estrellas fugaces en la niebla,
Peterpanes voladores,
astronautas que conquistaban
el vacío inconmensurable del Universo.
Fuimos pobladores de planetas,
Principitos hermosos
y confundidos
e incansables
y curiosos...
Y aunque la vida me dice:
"vuelva usted otro día",
una luciérnaga brilla en tu pelo
y una legión de sueños se cobijan
silenciosos,
despacito,
tras el vaivén de tus pestañas.

Juanma
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Tus ojos

—¿Sabes que en tus ojos hay magia?
—¡Oh! —exclamó ella— Pero si no son más que unos ojos...
—Te equivocas, son mucho más que eso. En tu mirada puedo descubrir muchas cosas.
—¿Ah, sí? —preguntó divertida— ¿Qué clase de cosas?
—Pues la luna —respondí perdiéndome en el laberinto de sus pupilas—, y a veces las nubes. El arco iris, luciérnagas, flores recién abiertas, polvo de estrellas, mariposas... También puedo oler cosas cuando te miro —Abrió aquellos ojos enormes llenos de asombro y alegría—. Sí, huelo a lluvia, a tierra mojada, a lavanda, a pan recién hecho, a secretos, a bosque, a primavera, a brisa de mar...
—¿Y todo eso puedes verlo sólo con mirarme?
—Bueno, en realidad no —Me acerqué aún más a aquellos dos abismos de sueños insondables—, sólo veo las mariposas. Tus pestañas son sus alas y cada vez que parpadeas es como si las batieses al aire de la mañana. Más que verlas, las siento en el estómago. Es entonces cuando surge la magia y puedo ver todo lo demás.

Juanma
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Inyectarnos Fantasía

Si te acercases
podrías ver cómo me observan
los buitres que siempre revolotean sobre mi cabeza.
Odio esas noches que se clavan como jodidas lanzas,
esas horas que se suicidan antes de tiempo,
las lágrimas amargas de cualquier chica tiste
al fondo de la barra de cualquier triste bar.
El olor de la desidia, su anestesia en las venas.
Sabes que nos quedamos en la entrada buscando una salida.
Que detrás de los surcos de los años perdidos
todavía laten ascuas de sueños inconclusos.
Tantas historias se quemaron en el fuego del olvido...
Poemas con olor a flores marchitas,
noches con anhelos que abrasaban en el pecho,
calles pintadas de nostalgia y sexo.

Si te acercases
podría enseñarte mi deshabitado mundo,
mi derrotado ejército de ilusiones,
mis últimas primaveras caducadas en la nevera.
Me dueles si estoy lejos de tu cuerpo.
Se alborotan hasta mis pestañas si te quitas la camisa.
Aunque, a veces, no recuerde ni quién eres.
Porque el pasado arde y renace como el Ave Fénix de sus cenizas,
como las risas de unos niños extraviadas en el parque,
o la esperanza desgarrada por las púas del alambre de la piel.

Si te acercases
comprenderías que ya no somos,
ni seremos,
los guardianes de las llaves del querer.
La mirada en la luna, los fines de semana en celo,
los lunes de borrasca lamiéndonos las heridas de las caricias mal dadas.
Aullando como lobos, apurando la madrugada,
estrujándonos los sesos, jugando a no me acuerdo, bebiendo dinamita.
Al amanecer los recuerdos son como jodidas resacas que acechan tras cada esquina.
Te golpean y escupen, te empujan y olvidan...

Si te acercases
sabrías que la única manera de tocar el cielo
ha sido siempre lanzarse de cabeza al infierno.
Porque el paraíso es la barra sucia y pegajosa
de una taberna de mala muerte.
Porque las cicatrices del alma abren la puerta
de alguna dimensión desconocida.
Y porque la realidad es a la imaginación
lo que las estacas para los vampiros.

Si te acercases,
tan solo un poco, a este lado de la jaula
podrías ver a los cuervos agrupados en bandada,
a las bestias arremolinándose en jauría...
Puedo esnifar tus palabras hasta colocarme de tu idioma.
Y después, tal vez, cruzar la Vía Láctea en un Cadillac.
Quizá ser otra persona, ser algo, todavía.
Vivir, aunque sea, en una habitación de madrugadas a deshora,
sobrevivir con cerveza y restos de pizza fría,
Recitarnos poemas aprendidos de memoria,
bailar twist en lo alto de las grúas,
hacer el amor en los escaparates de la Gran Vía.
Sodomizar la pausa y la prisa.
Aullar hasta que la luna nos dé una patada,
Beber torrentes de vodka cerca de un precipicio,
coleccionar estrellas, inyectarnos fantasía.
Escondernos de la gente.
Construir una máquina del tiempo
y volver, a la misma noche, cada día.

Juanma
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Rimas de Invierno

Perfecta entre tus labios la mesura,
consonante la rima en tu cadera,
sin ti yo verso roto, estrofa huera,
echo de menos tu voz... y tu cintura.

Ni una sílaba falta en tu figura,
tu ritmo tan pausado me acelera,
y ni en la eterna distancia se modera
mi amor que tras tus besos se apresura.

Tu más bello poema, tu ternura,
la rima siempre fiel, siempre a tu vera,
moribundo entre tus versos reviviera...
¡qué regalo disfrutar de tu hermosura!

Juanma
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Rimas de Invierno II

Fiesta de la bruma en el invierno.
Melodías sin sonido en el salón.
Mi alma merodeando en el infierno.
Ayer quise arrancarme el corazón.

Basura de por vida bajo alfombras.
Un beso caducado en un rincón.
Caricias convertidas ahora en sombras.
Tu ropa amontonada en el cajón.

Juanma
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Puesta de Sol

Cruzamos el mar.
Y lo llamamos poesía.
Si el cielo arde.
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Los secretos del mundo

Ella le cogió de la mano. Subieron por unas empinadas y estrechas escaleras de piedra hasta toparse con una puerta redonda, como esas tan graciosas de los hobbits. Daba a un pequeño desván, oscuro y polvoriento. Al fondo había un ventanuco que apenas dejaba pasar los rayos de luz de la mañana. Las tardes debían ser de penumbra, silencio y seres invisibles moviéndose entre las sombras. Las noches... no quería ni pensarlo. Apenas se distinguía gran cosa, pero Loth pudo apreciar que todas las paredes estaban llenas de estanterías, desde el suelo hasta el techo. En unas había libros; en otras extraños objetos, piedras y amuletos; y en algunas más, pequeños recipientes de cristal de muchos colores.
—Dijiste que me ibas a enseñar los secretos del mundo...
—Y aquí los tienes —respondió Alana con una sonrisa—. Todos los secretos y misterios del mundo.
—Yo solo veo cosas inútiles.
—¿Cosas inútiles? —La muchacha no pudo evitar reírse ante la ingenuidad del chico. Tenía casi la misma edad que ella, pero era tan inocente...— Los libros guardan todos los saberes del mundo. Los conocidos y los prohibidos. Todo lo que fue, es... y quizá también lo que será. Ellos custodian toda la ciencia y fantasía del mundo. También la astronomía, los senderos ocultos del bosque, la poesía...
—No sé leer —contestó Loth con tristeza.
—Eso tiene arreglo —respondió Alana—. Yo te enseñaré.
—¿De veras lo harás? —Y por primera vez asomó a los ojos del chico una chispa de alegría. La muchacha se limitó a sonreír y asentir, cual una madre ante la pregunta divertida de su hijo.
—En las piedras y amuletos —continuó—, se conserva la magia del universo. Cada uno posee un poder distinto, atesorado desde el amanecer de los tiempos. Todo cuanto nos rodea está impregnado de saber y poder. Los misterios de la naturaleza, los abismos de los océanos, las maravillas de las constelaciones. Todo aquello que muchas veces no comprendemos... ¿Sientes vértigo? Tranquilo. Cuando aprendas a leer y escribir, también te los descubriré.
—¿Y en los frascos de colores? —preguntó— ¿Qué guardas ahí?
—¿Ahí? —Alana se giró para mirar los estantes que tenía detrás— Eso es lo menos misterioso de todo. Tan solo es mi pasatiempo. Es con lo que me entretengo en los ratos libres. Ahí voy guardando todos los olores del mundo.
—¿Todos? —Los ojos de Loth se habían abierto como platos.
—Bueno, casi todos —Volvió a reír ella.
—¿Qué hay en ese de allí? —dijo señalando un frasquito con un líquido gris azulado que había en lo más alto de la última estantería.
—Ése contiene el olor de los ríos y sus peces. El verde que hay a su lado, el aroma de los árboles y las flores en primavera. El rojo de la estantería de debajo, la fragancia de la pasión y los latidos del corazón...
—¿Y este? —El muchacho se acercó hasta uno más grande que había frente a ellos y que brillaba con un hermoso azul celeste.
—¡Ten cuidado; este es el más delicado de todos! Guarda uno de los olores que más me costó atrapar. Dentro huele a polvo de estrellas. ¡Pero ven aquí! —Volvió a cogerlo de la mano y le llevó hasta un rincón— Mira estos dos. Este de color ámbar guarda mi perfume. Y ese otro carmesí, tu olor.
—¿Mi olor? —Cada vez estaba más asombrado— ¿Cómo has atrapado mi olor?
—Shhhhh... —Alana se llevó un dedo a los labios y, encogiéndose de hombros, dejó escapar otra tímida risita— Eso es un secreto que no está escrito en ninguno de todos estos libros.
—¿Y aquel otro? El pequeñito que hay al lado de los nuestros.
—¿El que está vacío? Ese aún tenemos que rellenarlo...
—¿Tenemos? —La miró más extrañado todavía— ¿Con qué?
—¿Aún no lo sabes? —Se acercó y lo abrazó con ternura para susurrarle al oído— Ese lo llenaremos tú y yo, poco a poco, día a día, con la esencia del amor.

Juanma
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Amor y Agonía

¿De dónde le surgió esa sangre fría
que viéndome llorar de esta manera,
conociendo el daño que me hacía
y no siendo la primera primavera
que yo con ella a gusto me sentía?

Succión de madrugada a sangre fría,
la savia de mis venas derramada,
manaron del silencio sus mentiras,
disfraces de pasión, cruel osadía,
que escarneció mi alma enamorada.

Temprano el corazón amanecía
deshecho como el ártico en la hoguera,
durmiendo la encontré, me sonreía,
¡qué ímpetu de inercia no volviera!
sabiendo que la vida nos huía.

Los restos del amor de la agonía
murieron esa noche en mis entrañas,
dolor quedó tras despertar el día...
almas muertas, ahora extrañas,
que un día rebosaron poesía.

Juanma
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Huellas

Busco tus huellas y quiero encontrarte
para siempre jamás,
como en la última frase de mi cuento favorito.
Una molécula de tu aliento,
el manantial de tus labios
o un equinoccio en tus pestañas.
La misteriosa luz de una luciérnaga al otro lado del mundo,
en Irlanda,
en China,
en Praga...
la cicatriz temblorosa
de otra
madrugada
en el reino sinuoso de tu espalda,
media mañana a deshora. Tres relámpagos de amor.

Ahora vuelvo.

Un blues de medianoche en la mirada,
las células de tu adolescencia,
las pecas de tu niñez
a toda prisa como esporas.
O mariposas que preferían danzar colgadas de tus pestañas
a regalarle su vuelo a cualquiera.

El futuro en una incógnita,
y el vértigo de una duda
con las muñecas cortadas
y desangrada en la bañera,
los atardeceres que evaporan los cuatro puntos cardinales,
o un abrazo de no te vayas
y una cerveza fría..

El atlas de tu dormitorio,
dos tercios de abril entre tus piernas,
el otro entre mis brazos
porque la primavera no caduca
ni a las entrañas de Madrid le duelen los reproches.
Un pupitre con un niño nuevo,
la brújula desimantada de un marinero,
perdiendo el norte y el sur por el hueco de tu ombligo,
toda la eternidad jugando a inventar
rosas de los vientos que nunca marcaron los rumbos
del horizonte.

Aburrido, insustancial y anodino.

Como las páginas de esquelas de los periódicos viejos.
Los espejos que devuelven
el reflejo de tu mirada a mis pupilas.
Los icebergs derretidos y las alas de las libélulas.
El presente pausado en las pantallas de cine.
Los espíritus de los antepasados en las fotos,
tristes y marchitos y somnolientos.
O un suspiro aullando en la madrugada de los lobos.
Mi sed de ti rugiendo en todas nuestras melodías.
La bruja de la noche robando neones a los bares.
Tu olor a bosque que siempre regresa para embriagarme.
Y enterrar mi cadáver en una fosa de estrellas fugaces
para resucitar a últimos de Octubre y buscarte de nuevo a primeros
de Noviembre.

Podría quedarme atrapado en un recuerdo tan fugaz y dulce,
entre cautivos,
y gemidos
y colores
y océanos
y olvidos
y senderos
y andenes
y trenes
y parpadeos
y relámpagos
y acordes...

Y si Tokio ya no nos quiere,
saber que en tu pelo es siempre verano y vacaciones.
y guardarte como el secreto perpetuo de un niño,
las diabluras de un duende travieso,
el espantapájaros de Oz,
la sonrisa de Cheshire,
o la flor de aquel Principito,
que no comprendía a los adultos
ni quería ser nunca mayor.

Entre rosas y espinas
la luz de las televisiones encendidas
y ardiendo en las casas de los infernales agostos,
pero con programas y gente distinta
cada verano.
Y amantes teniendo salvajes orgasmos en los hoteles.
Y el asfalto un horno,
los tejados derritiéndose,
las conversaciones de los bares,
la breve pero inabarcable distancia entre
la piel y los tejidos
y, o
nosotros besándonos con pasión,
la prisa de la comida del supermercado por subir las escaleras
y ponerse a salvo en el frigorífico,
y el ruido de las latas de cerveza al abrirse
y al vaciarse,
mientras otra malvada cigarra riéndose de una nueva hormiga
y las semanas parecen de arena y sol
hasta que llegan los viernes.

Otro vinilo rayado
y el aguijón de un te quiero en la garganta,
el paraíso es un billete sin retorno al asiento
de atrás
de las llamas del infierno más acá de tu bufanda.
Amar es
una isla perdida y solitaria y,
desde allí,
el mundo es verde,
más verde que el verde de la primavera de los cuadros,
porque todas mis vidas y muertes y reencarnaciones
empiezan y acaban en Septiembre..

Los caricias infinitas,
el solsticio de tu ombligo,
astronautas enredados en tu pelo,
el cuelga tú, tú primero,
el ajedrez de la vida,
la lujuria de las abejas y las flores,
las cañas y las tapas,
los gusanos de los vicios,
las noches sin dormir tatuadas en los rostros,
el sopor y desencanto de los lunes...
Pasatiempos, sopa de nostalgias,
juegos de niños y, en un parpadeo, juegos de manos.

¿Tal vez o quizá?

Ámame si te atreves.
Mi lengua en tu cuello es un acróbata
valiente y decidido...
Pero,
(puñetera palabra)
ya nada es mío ni tuyo ni de nadie;
la primavera, imperfecta,
el otoño, desconfiado,
el océano, un vertedero,
nosotros, distintos,
pero los mismos.
Sobrevolando abismos
como buitres la carroña,
disfrazándonos de hipócritas y cínicos,
regalando colores que no son nuestros.

Te conservo en el baúl de los recuerdos
donde guardo los tesoros que más quiero,
por debajo del subsuelo,
por encima de las nubes,
entre llamas del Averno...
Tal cual un verso aguerrido y salvaje
que sobrevive a la batalla
y nos empuja hacia el acantilado
y nos corona como héroes del abismo.
Sin pensarlo.
Sin quererlo.
Hemos sido la pesadilla favorita de un idiota,
mientras los dioses bebían de nuestros sueños
hasta dormirse, ebrios y felices.
Como tus manos dormidas en las mías,
como gatitos perezosos
en el vals de mi regazo.

Te guardo como huellas del desierto,
como luces del pasado,
como restos de una hoguera
fugaz y eterna,
que insufla aire,
que desangra
que da muerte y que da vida
al embrión de cada amor.

Juanma
19
18comentarios 241 lecturas versolibre karma: 103