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Al final, la vida sigue igual

Libro: Apotegmas en el desierto (2014)

En algún lugar de la tierra está lloviendo oro.
No sé en donde pero hay algo seguro...
No es en un barrio humilde.
Hay una tristeza infinita en la garganta del futuro.
Lo se porque también he llorado
en aquella intersección.

Hay un pájaro que escribe aforismos en un espejo.
Hay lagos que enferman, peces estresados,
hay amaneceres inciertos.
¿A dónde irá la saliva que no pronuncia los verbos
que nacen para morir? El preludio de la
soledad es una nota desafinada.

Al final, la vida sigue igual.

Un graffiti propone blasfemar a viva voz
que no existen el olvido, la distancia,
y el beso sin resurrección.
Hay una proclama silenciosa, y un viento
que trae un rumor equivocado, y sicarios
del juego maldito de la desnutrición.

Nombres que al pronunciarse abren
heridas, soledades en
perfecta compañía.
Sílabas, versos, sonidos, miradas,
ritmos, esquemas,
el gozo y la desdicha.

Al final, la vida sigue igual.

El dinero, confundido, se desdibuja,
mientras lo que se devalúa es el
corazón de nuestra especie.
El alma se infla de impotencia
cuando nadie observa
al niño que mendiga.

Hay quien peina la pobreza para
que luzca mejor para la foto.
No siempre alcanza el maquillaje.
Hay vidrios rotos, dedos asustados,
hojas amarillas engullidas por
el pantano del inconsciente.

Al final, la vida sigue igual.

Sueñan los semáforos con un rato de
descanso; bocas con labios
eméritos subrayan sus insultos.
En estos tiempos, apenas se
distingue el gris del negro.
Y observando con atención.

Un ciento uno por ciento de lo
que existe se está resquebrajando.
Se incrementa el cansancio que
acumulan las verdades desabridas.
¿Quién ha de negarnos los últimos
metros cuadrados del paraíso?

Al final, la vida sigue igual.

Se vive a los gritos.
Se habla a los gritos.
Se sueña a los gritos.
Incluso se piensa a los gritos.
Cuando se debe decir algo
importante, se hace silencio.

Al final, la vida sigue igual.
Si es que en el siglo XXI aun hay vida.
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A cara o ceca con monedas de cartón

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Son esos días en que una botella vacía es
una brújula señalando el norte a los que
esperan llegar al aeropuerto de la intuición.

Son esas tardes en las que el amanecer es
un sueño lejano, y el alba un viaje sin retorno,
donde colisionan respiración y presentimientos.

Son esas noches donde llueven cicatrices extranjeras,
se besan al azar fotografías y
se recuentan las sílabas de los estremecimientos.

Son esas semanas de envenenar sombras,
de disolver en el aire lo incomprensible,
de apostar a cara o ceca con monedas de cartón.

En lugar de ondear banderas, hay quien prefiere
capturar relámpagos en un block cuadriculado…

Son esos octavarios que resplandecen como balas
que se desangran en ríos de inútiles verdades,
en el disímil territorio de las pesadillas previsibles.

Son esos meses de hacendar carcajadas de
cabellos perfumados, de guardar decímetros de
dicha para tiempos menos esbeltos.

Son esos trimestres de mañanas afiladas por
ambos lados, donde un campanario exhibe suturas
como límites, obsequio de los siglos de los siglos.

Son esos años de argumentos filosóficos más
confusos que socráticos, de expropiar el lenguaje
que predica caminos alternativos a la devastación.

Hay quien prefiere aluzar el fondo del espejo
con el opaco brillo de un corazón de barro…

Son esos lustros en que unas hileras
mal acomodadas de entusiasmo son
lo único que nos pertenece en este mundo.

Son esos septenios donde los perros
ladran fascículos coleccionables, de damajuanas
abarrotadas de medallas de oro falsificadas.

Son esos decenios en los que el destino
derrama melodías, donde la caligrafía de las
emociones escupe letras hambrientas.

Son esos quindenios de volver sobre el álbum
de siempre, de asentirle a las imágenes,
de regalar sonrisas tibias en forma de ladrillo.

Hay quien prefiere naufragar en un espejismo,
teñido de un decoro con faltas de ortografía…

Son esos decalustros, crisantemos pisoteados por
agrónomos borrachos, recital de eventualidades
desnudas, ojos de cíclope, manos de odontólogo.

Son esos siglos de soñar con golondrinas
sin verano sobre renglones arqueados, saboreando
el filo del helado corazón de los puñales.

Son esos milenios de sabernos espectadores,
desplumar altercados prehistóricos y diurnos, de
ansiar tapar el cielo con paladas de somníferos.

Son esas eternidades de escupir uvas y
salvoconductos, de llegar hasta el fondo de la
cancha y tirar un centro repleto de demagogia.

Hay quien prefiere colgar un reloj en el margen
derecho del resplandor de una ciudad sin tiempo…
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1comentarios 60 lecturas versolibre karma: 99

Repertorio tabú

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Pensativo y borracho de tedio, desertor de tropelías,
y habiendo dejado encendidos un par de
remordimientos, persuadido de que arrojar al aire un
amor roto no lo hace caer entero, me
lanzo a escribir solo para verificar si hay
estrellas en la tinta de los poetas cansados.

Mientras la extravagancia de la noche
desafina con creces, me repito que no vale la
pena sufrir por desamores eruditos.

La nuestra era una historia de fantasmas
empeñados en volver a sentirse vivos,
sumergidos en un estanque de alquitrán.

Cuando logré alcanzar el cielo de tus ojos,
comprobé con pesar que solo estaban
compuestos por nubes chocando entre sí.

Pero como no permitiré que leas estas líneas,
me limitaré a escribir sobre nosotros para quien a
lo mejor un día encuentre perdida en un pasadizo
ésta epístola que describe sonrisas con moho,
en algún instante desparejo y vacío de fulgores.
(Al contrario que Silvio, yo gasto papeles olvidándote).

Mientras mido con pétalos de olvido la
distancia que separa mi piélago y tu recuerdo,
mueren, ineficacia mediante, lágrimas no derramadas.

Jamás nos propusimos ser felices. Quizá era
uno de los tantos asuntos que formaban
parte, tácitamente, de un repertorio tabú.

Nos resignamos a beber lentamente la
magia de los ocasos. Extraño vicio el de
volvernos adictos a las medias verdades.

He llegado a tres conclusiones: Que me querías
desesperadamente repleta de zozobras, que las
canciones que tarareábamos juntos hoy son
simples grietas donde se escurre tu recuerdo,
y que conceder a mis malas intenciones el rango de
exquisitez es disponer de un amplísimo criterio.

Siempre nos contábamos con lujo de
detalles y oídos sordos todo aquello
que nunca terminaba de importarnos.

Siguiendo con la rutina de antaño, quiero
que sepas que detrás de este paisaje de
escobas y demandas, está doliendo en siete idiomas.

Últimamente todos mis poemas traen pájaros con
alas quebradas, y revolotean en mi mente
como palabras esdrújulas que buscan su acento.

Prefiero catalogar como pensamientos a estos
dadivosos balbuceos donde enumero a grandes
rasgos lo ocurrido desde la mañana en
que me cansé de forcejear con los
cambios bruscos de tus estados de desánimo,
y de podar las enredaderas de tu llanto.

En este salvajismo interino, nos fue asignada
la tarea de hundirnos guiñando un agobio
al espejo, soñando con plagiar siestas exiliadas.

Habrá que coser uno por uno los escombros
de este desamor tan inhumano, y continuar
buscando las promesas que escaparon de su jaula.

Cuando nunca es hoy mismo, no puedo
menos que preguntarme, ¿Tan difícil sería que
me hicieras feliz una vez por milenio?
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1comentarios 23 lecturas versolibre karma: 54

Argentina dos mil siempre

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Voy a hablar sobre un cuento de hadas
arrojado a la hoguera, donde se pudren los
peldaños de la escalera hacia el futuro. No debe
enorgullecernos ser partícipes de este histórico ocaso.

Los días transpiran veneno por sus lunares.
El orden social con el que hemos pactado
(creyéndolo el mejor posible o el menos funesto)
solo trae consigo sufrimiento o abandono.

Y mientras tanto, los que deshabitamos este país…
Ya que aún no nos hemos
afiliado a la unanimidad seguimos
deleitándonos con pan duro para
encías solitarias. Insurgentes prejubilados,
disertamos en voz baja en el
parlamento de las furias y las penas.

La estadística transforma a las
personas en cifras equivocadas.
Con tantos que la alimentan a diario,
la muerte está más viva que la vida.

El apostolado de lo perecedero ofrenda
los últimos restos de ideales carcomidos.
A los zurcidores de inocencias nos cuesta masticar
los días que se desmayan encima nuestro.

Y mientras tanto, los que deshabitamos este país…
Plebeyos con ambiciones que llegan a
la mesósfera, observamos la soberanía
de las luces desde las sombras
de la caverna de Platón.
Construyendo origamis de chicle, con
el entusiasmo de los despertares homicidas.

Me atrevo a aseverar que en nuestra patria
se han robado incluso un par de pecados capitales.
¿Sabrá venir otro tiempo, de lunas ajadas
alumbrando nuestra tenebrosa forma de existir?

Jugando a contar las luces apagadas
en un bosque de fantasmas derrelictos,
¿Cómo puede avanzar un terruño que
cultiva hace tiempo legiones de parias?

Y mientras tanto, a los que deshabitamos este país…
Nos han suministrado sin misericordia una
infusión de adversidades, disueltas en
agua exprimida de un arrollo contaminado.
Imposible tomarse en serio este reino, que no
es más que una enorme rotisería atendida
por pilotos de karting sin ganglios ni entusiasmo.

Mi país es una cerradura gigante donde depredadores
con avidez infinita crean sus propias reglas.
¿Qué hacemos cuándo los que deben proteger a
los corderos afilan las dientes de los lobos?

Alguna vez escribió Benjamín Prado que la ofuscación
es la última bala de los resentidos…
(Pasa que aquí, hasta de resquemores nos despojaron).

Argentina es un interminable crucigrama
que nadie se molesta en resolver….
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Que quede claro

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Que las normas de convivencia recomiendan
sonreír a quien nos mete la mano en el bolsillo,
que madurez es uno de los sinónimos
más difundidos de la palabra resignación,
que el viento no se toma el tiempo
de llevarse palabras muertas.

Que la esperanza también tiene sus esquirlas,
que siempre quedarán los que
crean que un estornudo es coqueteo;
que la gente se zambulle, no en aquello
que los haga felices, sino en lo que
los lleve a sentirse menos apenados.

Que hay sufrimientos que ignoran
lo que significa marchitarse,
que el futuro es un pañuelo
descartable arrojado en una vereda,
que, socialmente hablando, resulta más sencillo
emitir una condena que una absolución.

Que cada quien se ha encerrado
en su irrealidad, y merienda
sándwiches de falsas esperanzas,
que los que no aprenden a distinguir
entre ética y política convierten a
ésta última en sinónimo de insensibilidad.

Que hay dilemas que nos respiran en la
nuca, que la televisión maneja a los televidentes
por control remoto, que las serpientes de arcilla
no perdonan a los buitres de la timidez,
que la fama es el mejor de los sobornos
para las víctimas que se creen victimarios.

Que no es culpa de la sombra que nos acompaña
que cada mano sea una pistola apuntando al
alambrado pecho de nuestros semejantes.
Que el día es una estaca de horas demasiado
iguales, que estamos curados de espanto
de legañas que nacen congeladas.

Que damos la vuelta olímpica festejando
campeonatos ajenos, que en este mundo importan
más las apariencias que los límites, que hasta
el insomne e intransferible dolor es digital
en estos tiempos, que la noche es
un incendio demasiado despierto para mi gusto.

Que la palabra del hombre se parece cada vez más
al balido de las ovejas cobardes, que la fórmula de
la eterna juventud se encuentra en el fondo de las
contaminadas aguas de un lago antaño cristalino,
que se está desencadenando una guerra civil
hecha de espejismos y melancólicas psicografías.

Que cuando el fanatismo estrangula tiene la
deferencia de ponerse guantes de cirujano, que
cada uno elige el mito que más
le ayuda a definirse, que todo mal
augurio adquiere otro color si se lo
deja unos minutos en el microondas adecuado.

Que la realidad enseña tarde o temprano que
el ombligo no es frontera, que los tribunos
que maltratan la economía nos enroscan en
el cuello un cumplido difícil de agradecer,
que la devastación provocada por las llamas
de la corrupción no conoce de indulgencias…
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Eufonías y heptasílabos

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Me da escalofríos esta página en blanco. La tinta
que me redime es una corazonada sin azúcar.
Mi pluma, vandálica y analfabeta, escribe sobre los
escombros de mis sonetos mentiras que son verdad.

Todo en mí viaja de adentro hacia adentro, ignorando
que en el mundo exterior está ocurriendo un cisma de
manteles deprimidos. Los verbos que ahora escribo,
cargan y descargan imprudencias desprestigiadas.

Conclusión I: No es un
aporte significativo estar bronceado en
la profundidad de las tinieblas.

Un párrafo también sabe ser una brasa cayendo al
precipicio. Las palabras más bellas no son más
que una forma sutil de disfrazar el miedo a
que se vean los dobladillos de nuestros desperfectos.

Siguiendo el consejo de la única gota sobreviviente
de una piscina vacía, arranqué del diccionario
la página donde estaba la palabra amargura,
pero cometí el error de ingerirla sin masticar.

Incógnita I: ¿Qué hago yo, preguntándole al
otro que me habita por qué ahora
soy – espléndidamente – aquel que nunca he sido?

Aprendo a rastrillar vocablos y fronteras, mientras me
quito del dedo índice una astilla que expresa todo
aquello que las palabras no pudieron. Continúo
buscando mi sitio en semblantes benévolos.

Mi imaginación se entretiene acomodando y
desacomodando inexistentes mosaicos de colores
diversos. Fuera de mi enajenamiento, el silencio solo
es desacreditado por el goteo de una canilla.

Conclusión II: Las cargas invisibles que vamos
acumulando con los años son las
que nos dejan la espalda encorvada.

La tarde pasa caminando, con las rodillas
desencantadas, buscando un lago donde lavar el
herrumbre de alguna despedida. La primavera estalla, y
con ella la furia, como última señal de un condenado.

Dejo caer un terrón de azúcar en la taza
de las confesiones intimidantes, en las que desplumo
quimeras primitivas y diurnas. Sé que en el
perverso oleaje de algún mar dejé mis pensamientos.

Incógnita II: ¿Qué fue
antes, la corrupción
o la política?

El orgullo es una mancha de sangre cayendo del
cielo, y las turbaciones, trabalenguas de dificultosa
pronunciación. Ante tanto fatalismo bien alimentado,
no puedo limitarme a eufonías y heptasílabos.

Dicen que afuera una tormenta con intervalos de
felicidad concede una tregua a un mundo edificado con
brea. Habrá que salir a comprar a precio moderado,
el olvido de hoy en una ferretería de ayer.

Conclusión III: Que no se
vislumbre como un privilegio sostenerle
la mirada a la memoria.

¿O es que acaso no piensan que me cansa terminar
hablando siempre de las banderas rasgas por la sangre
y la zozobra de la artillería que cubre de muda
oscuridad el mediodía de un país acuclillado?

Con tres dedos afónicos es imposible aplaudir
quitándose la boina. Para completar, ha fracasado mi
proyecto de levantar un castillo de arena al fondo de
un armario inundado de saliva desconsolada.

Incógnita III: ¿Alguien puede llegar a suponer
que la poesía protege de enfermedades a
los que empujan inquietudes para vivir?

Y aunque la más pérfida de las truculencias salta
a la cancha con cielo despejado, intuyo que
una vez por milenio incluso los mayores próceres
de la inmoralidad deben llorar su vacío sempiterno.

Hago mías incluso las arrugas que no me conciernen,
descorcho – pese a todo – un optimismo sin raíces;
y araño las esquinas de un grito cuando dejo crecer
libremente mis defectos de carácter doctrinario.

Conclusión IV: Ser feliz es una
indiscreción que no le queda
bien a todo el mundo.

Después de extraviar todos mis comodines apócrifos,
ejerzo mi función de roncar mis reproches en un
callejón sin salida. Si me quedo pensando en el ayer, es
porque aun no sé pintar de azul las horas de mañana.

Con gula póstuma soborno al tiempo suplicando
indulgencias, cuando ya no perfuma la cuesta de los
trotamundos cojos, y el espejo me reconoce como
su caricatura favorita, aunque sea solo por incordiar.

Incógnita IV: ¿Por qué en la carrera
de la vida vemos el semáforo ponerse en
verde, pero nunca la bandera a cuadros?
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Rumorología

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Partidario de la impersonalidad,
dejó una flor de plástico ante sus pies.
Ella, que tres minutos antes solo
fotografiaba goteras en los palacios
envolvió ese momento, para intentar
conservarlo el mayor tiempo posible.

Él no lograba rememorar que herética
melodía se filtraba por las paredes que
dividían sus tonterías de sus imbecilidades.
Ella, dolorosamente intocable, con sus
complejos de cojines agonizantes, fisgoneó
en su bolso, rastreando una risa tardía.

La rumorología de las bocas que adulteran un
trozo de vida malvivida, hace tiempo extraviado,
dirá que se desprogramaron, se aflojaron un par
de tornillos; y recién salidos de la estantería
de los que se acaban de caer, les leyó el código
de barras del futuro una caja registradora analfabeta.

Eran dos insignificantes divergencias subatómicas
girando en un universo colapsado, intentando
no asemejarse a la dupla protagónica de una
película muda y de ilusiones en blanco y negro.
Lucharon por invertir su tiempo en algo más
productivo que dispararse estereogramas.

Fueron cicatrizando penitencias, armándose
de osadía, escalando lágrimas bajo fianza,
olvidando su alter ego en autopistas despeinadas.
Todavía no era el momento de
aceptar que cuando se empaña la
madrugada baraja comodines estrafalarios.

La rumorología y su inverosimilitud suprema
dirá que quizá haya restos de heroísmo
interpolados en el bolsillo de esta narración,
aunque puede que sea cierto que detrás de
una leyenda dudosa se esconda un rayo que
expulsa un díptico de puntos suspensivos.

Un exilio comenzó a diseminarse por
la enésima bifurcación de un final
marcado con violeta en el calendario.
Y se fueron acostumbrando a convivir
detenidos en medio de una tregua, a
orillas de un mar de aguas solitarias.

Él ya no supo cómo desenredar
las estrellas de su pelo. Ella
adquirió el hábito de oscurecer
en plena tarde, rogando que
la noche no fuera otra vez
una maleta de ofrendas encharcadas.

La rumorología de los barrios de sombreros
amotinados y abanicos de nombres furiosos
dirá que consumieron con melancólica elegancia
lo que les permitían las pequeñeces de la vida.
Y enunciarán que hasta una frívola ilusión
se termina volviendo inapelable.

Él no pudo percatarse a tiempo que la
sombra de su sonrisa comenzó a caminar
sobre un jardín de botellas de vidrio partidas,
y ella comenzó a actualizar sus indecisiones
como quien se pone una campera
después de tomar una cucharada de vinagre.

Un día como cualquier otro, olvidada la
contraseña que les permitía acceder a la
hazaña de soñar despiertos con el cuerpo dormido,
se desearon buena suerte en el destierro
y marcharon a contar las grietas de la única
habitación de su mundo en miniatura.
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El profeta de las causas perdidas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Tres peldaños de doce meses lo separaban de las
siete décadas. Jubilado y sin mayores compromisos
que arrojarle un ladrillo a su melancolía.

Ejerció sin vocación ni fortuna un sinnúmero
de oficios, y su sociología de la barbarie
se balanceaba con la púrpura acometividad
de quien ha sufrido sin acobardarse.

Ramillete de evocaciones apócrifas, con
una imagen del Gauchito Gil en la
billetera, nunca tuvo en claro su
propia existencia, o si sólo emergía a
diario de la lírica de la desesperación.

Feligrés desde hace casi dos décadas del mismo
bar, ya habituado a escarbar en las penumbras,
reconstruyendo, entre sorbo y morbo, un eructo
revestido con todos los ornamentos de la zafiedad.

Con la indolencia extrema de los acostumbrados
a la calamidad, hablaba de su vida sin poder
evitar confluir en sus emociones malgastadas.

Acariciando sombras agrietadas aprendió con los años
que el ejercicio de la queja no
equilibra el universo, y que las lágrimas
ya no son gratuitas ni automáticas.

Mitificaba sonriente un tiempo desahuciado,
de pálidas ruletas y otoños desgalichados,
salones en penumbras, deudas
impagables y heridas exhalando pulcritud.

Aferrándose a su milenaria experiencia de resacas
y amnesias, su saliva de dinastías desangeladas
pregonaba que otro tipo de insolencia es posible.

Dentro del discontinuo ritual de sus lánguidas
disertaciones, me dijo un día que tal
vez la vida sea simplemente una poco
productiva acumulación de pormenores,
en una humanidad que se hunde
bajo el peso de lo contradictorio.

En un tiempo de conformismo escéptico ante
las pequeñas satisfacciones, donde las metáforas
colisionan con lo literal, escuché de
sus labios, gruñido mediante, que
para llegar a la cordura, primero hay que
agotar una larga lista de insensateces.

Perdidos en lo insignificante, ninguno de sus
interlocutores tomó nota de las pisadas, las
soledades y los abrazos que yacían
debajo de su lengua en cada soliloquio.

Dentro del profeta de las causas
perdidas conviven la guillotina de otros
siglos con el dolor del veintiuno.

Con el brillo gastado de unos ojos que estaban
más allá de atardeceres y esperanzas, su
boca de perpetua madrugada sabía que el
mundo con sus alas de insecto ya no ofrecía,
a esa altura de la historia, ninguna novedad.

Beber en exceso parecía ser regla de oro
de un protocolo personal muy arraigado.
Con un pasado desafiante a su espalda,
se perdía divagando en un tiempo
en que el futuro estaba intacto.

En la sucia taberna donde el protagonista
de esta historia se balancea algunas
horas a diario, después de las doce de la
noche todas las gargantas son hermanas.

Como el más inesperado de los truenos, sus
palabras admonitorias retumbaron dentro
de mis convicciones, cuando me dijo
que caminamos por la vida en un estrecho
pasadizo rodeados por alambres de púas.

Se retiraba cada noche tartajeando con
hidalguía, saludando a los parroquianos que
levantaban su vaso en señal de respeto a su
trayectoria de libar con pálida resignación.



Dicen que empezó a caer sangre de sus
narices, aunque otras voces juraron que era
brandy. Lo cierto es que fue en el mismo
bar de siempre, donde se escuchó por
última vez su afonía con copyright.

Nadie pudo establecer con certeza cuál fue
el último versículo de su apocalipsis personal…
9
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La recuerdo bien

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Siempre llegaba tarde, con un febrero
despintado y el perfume de un retorno
cargado de colores, con el dejo de
misterio propio de un ritual antediluviano.

La recuerdo bien,
materializándose en un susurro
de acento indescifrable.

Ocasionalmente sus ojos brillaban revelando
un deseo que juzgaba ajeno,
con la atípica resignación de
quien se considera una persona feliz.

La recuerdo bien…
Su sonrisa resultaba tan efímera que parecía
ser un obstáculo entre su rostro y las personas.

Era de aquellos que riegan
los claveles con arena,
con la implacable cordura de quien
cena los vientos de septiembre.
Dejaba correr el tiempo sin llegar con ella
misma a un acuerdo sobre sus decisiones.

Tras sus pasos iba dejando una
extraña variedad de flores venenosas.
Pisó tanto su propia vida que terminó
siendo irreconocible incluso para ella misma.

La recuerdo bien,
empuñando el paraguas de la histeria
en mitad de la tormenta.

Aprendió a adiestrar sus pesadillas
para que ya no pudieran arañarla.
Era el terremoto de su mirada un
sistema de signos por descifrar.

Era una desconfianza sin asueto,
una paz que sangra por la herida,
un cielo en tardes tormentosas.

Con su ángel y su demonio en cada hombro,
a diario lanzaba al aire una moneda
para dilucidar a cuál debía obedecer.
Su rabia a contrapelo era una parodia de
la algarabía. Para llegar a ella había que
atravesar un angosto pasillo hacia su narcisismo.

Llegué a aceptar sus cambios de ánimo como
una condición natural que no pedía permiso
para llegar, una especie de terremoto
en el momento más inesperado.

La recuerdo bien…
Yo quise pagar el rescate por esa parte
del corazón que tenía secuestrada.

Una vida habitando un cuerpo,
que cobija un alma con muchos disfraces;
contemplando el firmamento
a través de ranuras insomnes.

La recuerdo bien,
corazón de hielo y manos de sol, descendiendo
al infierno solamente para broncearse.

Con su poco venerable victimización,
repartía al oyente de turno algún
pequeño trozo de martirio.
Aunque en ciertos feriados entusiastas
creí vislumbrar al fondo de su
mirada un relámpago de azúcar.

Se vestía de penumbra cada
vez que la embargaba el miedo
a perderlo todo, y aplastaba cada
peldaño con los nervios descalzos.

La recuerdo bien,
diagramando murmullos,
absolutamente saturada de escepticismo.

Extorsionada por su propia escala
de delirios, lanzaba gotas de limón
contra los espejos cuando la imagen
que proyectaban no era ya satisfactoria.

La recuerdo bien…
Guardando su depresivo corazón
dentro de un paquete de Malboro.

Caminaba por el jardín con los
ojos vendados, solo para cumplir
con su capricho de pisar espinas.
Pretendía curar sus soledades
salando nimiedades en
su jaula de marfil.

La recuerdo bien…
Al extremo de guardar sus palabras en un
frasco de vidrio que anteayer se rompió…
5
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Voces

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

No sienten los golpes.
Se acurrucan en la niebla
sin dejar de sonreír.
Languidecen irguiendo su desasosiego.

Rebotan. Se comprimen.
Señalan con un dedo adormecido,
tratando de mostrarse naturales.
Felices a su manera.
Miserables a su manera.

Juran desconocerse. Esperan comprensión
al fondo del abismo. Los
mapas de la noche se
desangran desde que el hedonismo
es la ideología dominante.

Voces desde la penumbra
de una lata de tomates,
que pretenden refundar por
completo la sociedad ofreciendo
un lago artificial en cuotas.

Voces que relinchan sus
recientes adquisiciones.
Como bocinas hambrientas,
entre alambradas
heladas de frío.

Voces de interrogatorios y estampidas,
voces boreales,
de arribistas anticuados,
opacas, desteñidas,
voces de incendio y espuma.

Adversarios de bolsillo,
aúllan como lobos
buscando un recoveco
de gloria indigente.

Voces que sostienen que toda
alegría es, a su modo, irresponsable.
Trágicas y majestuosas, arrugadas,
dolorosamente deslumbrantes.

Voces de clandestinas detenciones
y luces estroboscópicas,
voces de barricada, de pólvora,
de alfileres y estampidas desgajadas,
voces de eudemonismos astillados.

Golosas de murmuraciones nacidas en
bocas de niebla, que ocultan su
ideología, su barbilla y sus
eclipses debajo de la corteza
de un grito de socorro.

Vendrán otras voces,
con ladridos completamente
claros y un objeto de deseo
más productivo y a lo
mejor menos obstinado.

Con tonalidades que
aprisionen la plenitud
del tiempo.

Y que resuciten en laringes
que abracen los sonidos
de otros cielos.
5
sin comentarios 55 lecturas versolibre karma: 72

Apuntes sobre la poesía y los poetas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

La poesía es como un perro que ladra;
aunque a veces aprende a morder,
para recortar con palabras un trozo
del mundo a su imagen y semejanza.
La poesía es una moto despintada
transitando por resecos matorrales.

El poeta interrumpe los
silencios predicando malentendidos
(comúnmente llamados metáforas).

La poesía es el disfraz que se pone
el alma cada vez que se desnuda.

El poeta ve germinar un verso
en cada nueva cicatriz; payaso
en decadencia que aprende
a improvisar entre las sombras;
radar que verifica dónde persisten
anfibológicos rastros de esperanza.

La poesía ama,
se lamenta,
llora.

Poesía es la astucia temblorosa
de andar siempre a la deriva.

Al poeta se le puede exigir que al momento
de abordar lo tangible, sea un poco
menos miope que sus contemporáneos;
porque cuando no ejerce su rol como es
debido, termina haciendo terrorismo literario.

La poesía es un pulmón de madera
pudriéndose en el fondo de un lago, pero
que tarde o temprano consigue emerger.
Es la búsqueda difidente de quien solo anhela
vaciarse de contenido; asumiendo este ejercicio
como la única forma posible de liberación.

El poeta deambula,
mueve la cola,
implora.

¿Quién le manda al poeta a andar hurgando
bajo el ala del sombrero la frase nunca dicha?

El poeta esparce sus ideas descabelladas
sobre el mar, engañando a la palabra
en la perenne víspera de un imposible.
Es verdaderamente poeta cuando anda
garabateando su cuaderno en medio del
incendio. (O a dos metros del apocalipsis).

Para el poeta es el peor de los pecados
transformar la metáfora en discurso
(la metáfora no busca convencer sino hechizar).

La poesía busca la
destitución de lo imposible.

La poesía sustituye a quien está de
vacaciones de sí mismo, peatonal
solitaria que cada tanto visita
algún turista; anhelo del bienaventurado,
danzando entre ventiscas de arena.

Al mismo tiempo, esqueletos fachendosos
recién salidos de un sepulcro nada santo,
cansados de mirar siempre de afuera, se
especializan en poblar de etiquetas la poesía,
tratando de explicar lo inexplicable.

- Y yo sigo sin conocer ningún avión
que vuele más alto que los poetas -
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Los desnortados

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Los desnortados, los insubordinados,
tumbados sobre el hambriento brillo del
invierno, andan distorsionando percepciones,
hasta desgastar la corteza de lo inasible.

Jumentos azotados por lo irremediable,
desabotonando inventarios de conjeturas,
embajadores de entusiasmos astronómicos,
elogiando la célebre asfixia que los une.

Los desnortados, los susurrados,
abismos de pensamientos apedreados, chapoteando
en un ovillo de distancias inmaculadas, se
abrigan demasiado con hipérboles mezquinas.

Tosiendo un simulacro de vientos
implacables, con un temor a
volar que no les impide caer
cuantas veces lo crean innecesario.

Los desnortados, los distanciados,
olas devastadas de un mar que no sabe
ser libre, soñando encerrar toda la
claustrofobia del mundo en una caja de zapatos.

Capaces de tributar culto a un escarbadientes,
convictos de escaleras de pan lactal,
dilapidando amaneceres clandestinos,
sin París, sin aguacero y mal pagados.

Los desnortados, los dibujados,
con la sonora rutina de sonreír con un
nudo en la garganta, pintando al óleo
desilusiones aficionadas con el estómago vacío.

Exhibiendo penurias con sentimentalismo
filantrópico, tacaños abyectamente patrocinados,
copropietarios de un escondite, con
todos los resentimientos lavados y planchados.

Los desnortados, los engañados,
regando cada tardecita los remordimientos que les
crecen en el pecho, ya el cuero no
da como antes para vocear alegrías robadas.

Con su llamativa ceremonia de amarrar
hasta el último murmullo al muelle de
las apariencias. Prefieren servir sus frustraciones
en vasos largos de cristales azulados.

Los desnortados, los abandonados,
los burlados, los mal pintados,
los enterrados, los enfrentados,
los evitados, los sospechados…
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Están dejando mucho que desear…

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Están dejando mucho que desear
las botellas de vino,
las torpezas visionarias de este
miércoles a la mañana,
los andamios, las paredes,
las hormigas, las grietas desertoras.

El dedo meñique del pie
de los ascensoristas destartalados, los
recuerdos descongelados, los filósofos
acurrucados tras el murmullo de
una máquina de escribir, los
camiones de reparto de neuróticos.

Los que vomitan su
plataforma política sobre la
alfombra, los peces fugitivos,
el ronroneo poco sabio de
la heladera, la lluvia
que humedece las agendas.

La presencia escénica de los
atribulados, los viñateros de
opiniones sacrosantas, los que
agitan las banderas de sus
propios estropicios, las rotiserías
de los finales infelices.

Los delegados sindicales de patologías,
las confidencias subtituladas, los
odontólogos que anestesian intuiciones,
los instintos primitivos de
los pusilánimes, las cicatrices
que tosen por los ojos.

Los que dejan caer saliva sobre
la flor de los vencidos,
los días que nacen ennegrecidos,
los que agachan la cabeza y
disparan a matar jurando protegernos,
los rehenes de la aprobación ajena.

El apretón de manos de los
mayordomos del discurso nómade
(por no decir hipócrita),
los que brindan por la muerte
ajena antes de suicidarse,
los solsticios de recuerdos equivocados.

Los que olvidan su sonrisa
tras el humo del olvido,
los prestamistas que negocian con promesas
de arena, los grimorios en manos
de principiantes, las sillas domesticadas,
los otoños de párpados huraños.

Las cenicientas que no se
tapan la boca para bostezar,
los viejos verdes que parafrasean
volátiles predicciones, los que
se limpian los incisivos con
la tristeza de sus compatriotas.

Las uñas de lo perdido, que
se clavan en zaguanes de telgopor,
las salivas anónimas que se
autoproclaman herederas de telarañas faraónicas,
los redactores de gramática sombría,
que obsequian flores mal redactadas.

Las hijas de las madres que
deshojan tardecitas, por no tener un
perro que les ladre; los que
recitan disparates vespertinos a los cuatro
ladrillos que llevan de equipaje, los
que estornudan ironías por las orejas.

Las teorías científicas que piden a
gritos un cambio de pañales,
la catarsis de las páginas en
blanco, los adjetivos que se mueren
en las telarañas del manicomio, los
rezongones que no ahorran en detalles.

Los que rasguñan la espalda
de la racanería, los que exhiben
su abdomen de dieta baja en
calorías como una matrícula de honor,
los que confunden amor con extorsión,
los aristócratas de vista anubarrada.

Los que cobran los favores de acuerdo
a la inflación, los que hablan a
través de sus pulgares indolentes, los
que meditan sin decoro sus minuciosas
ironías, los que desgarran las costuras
de lo ridículo en un compartimiento secreto.

Están dejando mucho que desear…
Los proverbios indignos de pronunciarse en voz alta…
Los dientes desconocidos por sus propias encías…

Los que esgrimen su irenismo a punta de pistola…
Los pantanos donde florecen tableros
de ajedrez con peones maniatados…
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Mentiras de patas largas

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Se creyó implícitamente la pelusa del ombligo del
planeta, y me contó mentiras de patas largas que yo
quise creer, sin querer queriendo.

A falta de palabras hipnotizantes, yo solo
pretendía indicarle con los ojos que el
azúcar cuando duerme también tiene pesadillas.

No es que no quiera escuchar lo
que su recuerdo tiene para decirme,
el caso es que no quiero creerle.

En aquellos momentos en que mis palabras y
mis labios no estaban de acuerdo sus ojeras
me observaban atentas. Sus ojos no sé.

Sumé y resté las flores de sus mejillas,
invitándola a una eternidad un tanto breve.
En mi garganta nunca dejó de dormir aquel
guerrero que coleccionaba canciones heridas.

Cuando adjetivaba sus fracasos, siempre
ponía un especial énfasis en la
segunda “e” de la palabra reluciente.

Tenía un corazón desmembrado, pero eso sí,
autosuficiente. Traía sobre su lomo la oscura sonrisa
de los que viven con la boca llena de soledad.

Le envío un beso en la distancia, que
termina rebotando contra la pared. Mi amor
propio acaba de descender millones de escaleras.

Duele constatar que todo se reduce a una pléyade de
experiencias más o menos inconfesables, interpretando
el mismo papel de siempre, de morder y ser mordidos.

En nuestra simetría de párpados en
trance, prescindimos del cálculo, el artificio
y la irisación. Nunca nos sacudimos
la arrogancia y las preguntas subrayadas.

Aún me pregunto qué sería de
nosotros si hubiéramos guardado nuestras grisáceas
inseguridades en un lugar más seguro.

Se creyó explícitamente la escandalosa defensora de lo
inapelable, y me dejó mentiras de patas largas con las
que me sigo amigando, sin perder perdiendo.
3
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Capitán Ironía

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Capitán Ironía

Fabulador de ademanes a medio
desabotonar, suele involucrarse en líos
bronceados, pero solo por cortesía.
Considera la insensatez como
la mayor de sus virtudes.

Bebedor de salvajismo;
la memoria del que se asume vencido
siempre será más impiadosa que celestial.

Allá va el Capitán Ironía,
licuando el asombro del
barrio con su aire desdichado.
Su rostro enfermizo balancea
su oscuro fastidio.

El sol de los triunfos ajenos siempre
fue demasiado radiante para que
pudiera mirarlo a los ojos.
Su piel es un alambre atravesando la
tarde entre bramidos de soledad.

Víctima de algunos momentos rescatables,
que alentaron una cierta ofuscación
sobre los inexistentes finales felices.

Allá va el Capitán Ironía,
con una impaciencia de nudillos
gruesos. Propietario de una declaración
incinerada, a la que nunca
dejó de echar de menos.

Azotado por lo irremediable, el
insomnio le sonríe con los
labios apretados. La presentación oficial
con los remordimientos siempre incluye
un tarascón de por medio.

Por fin se queda dormido sobre una
retahíla de protestas taciturnas,
para entablar un soliloquio con sus pesadillas.

Allá va el Capitán Ironía,
con el abatimiento de los que
vienen de un rito de iniciación frustrado.
Con un viento huracanado entre las manos
pinta los barrotes de su propia jaula.



Hace un par de horas me enteré que
el Capitán quiso ascender a Comandante,
pretendiendo transformar en moretones las ojeras
de cinco caballeros muy bien adiestrados en el
poco elegante oficio de moler al prójimo a palos.

Poco y nada me extrañó, porque
desde que dejó de ser Teniente,
al Capitán siempre le gustó ponerle
leche descremada a la cicuta, y dictar
su propio epitafio con fuegos artificiales.

Allá está el Capitán Ironía,
en cautiverio en una cama
de hospital, con un par de
costillas quebradas y una
lesión en el orgullo y el pulmón.

Con tres dientes menos y el rostro indigno
de alguien de su rango, lanza hacia la lluvia
que golpea la mísera ventana de esa habitación
una advertencia amortiguada: Tan pronto como se
recupere todos los diarios de este país pondrán
en los titulares su nombre, apellido y las
condecoraciones que ganó jugándose la
reputación en las leoninas calles de la vida.
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Enjambre de supersticiones

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Domingo de tomar té con masitas con
un espantapájaros analfabeto, en un jardín
de platos rotos y vergüenzas por el estilo.

Domingo de aprender que es mejor
no cortarse las uñas para arañar
los indescifrables pasillos de la memoria.

Domingo de infamias imperceptibles, y
de quedar mano a mano él y yo, un
insomnio invicto que se niega a jubilarse.

Domingo de canciones desconsoladas, de arrojar al
almanaque una procesión de gritos transpirados
con meticulosa e insoportable parsimonia.

Domingo de vanidades primerizas, romances
embalsamados, de dos y dos sumando seis
generaciones de rendiciones aromáticas.

Domingos de asalto a caricia armada,
de caligrafía en llamas, de procesos de erosión,
de protobiontes, de exhaustos picaportes.

Domingo de querellas apresuradas, de
acariciar el pelo al letrero que anuncia la
capitulación de un escultor tenebroso.

Domingo de reconstruir papeles locuaces, aunque
desgastados, de estrangular audacias invisibles,
de disecar un enjambre de supersticiones.

Domingo de estudiantes de arte dramático
vestidos de negro, de inviernos que se
acurrucan bajo la escalera para pasar el otoño.

Domingo de reverberaciones y palafrenes,
de perseguir caricaturas en los copetines,
de acariciar novedades cubiertas de rocío.

Domingo de viajar en un avión de
párrafos displicentes, de muecas de disgusto
sobre las que es sencillo resbalar.

Domingo de recitar epigramas que se desdicen
a sí mismos; de trenes estrafalarios, que
detienen sus caprichos en andenes polvorientos.

Domingo donde un hilo de lluvia cae
sobre un libro abierto, en el momento
en que una efeméride envejece.

Domingo de mezclar ruegos desabridos con
agravios en cautiverio; donde la eventualidad
gobierna, aunque no se responsabiliza.

Domingo de escalones desordenados, donde soñar
con mariposas transparentes al costado del camino
es recubrir al espanto con mala hierba.

Domingo de signo de interrogación amarillo
sobre fondo negro, de esconder bajo
la manga dos relámpagos y un ruego.

Domingo en que la lucidez encubre el
puñetazo de lo inalcanzable, y las porciones
descocidas de un gesto que no pudo centellear.

Domingo en que cada hora viene con su
insurrección de nomenclaturas, y con
la crisis existencial de una bestia milenaria.

Domingo, jarrón que empieza a quebrarse llegando
la tardecita, amplificando las ganas de tirarle arena
en los ojos a la inevitable rutina que vendrá.

Será cuestión de desabrigar esperanzas, de hacer
fondo blanco con una taza de café con poca
azúcar… Porque el lunes ya ha tomado su lugar…
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Libres

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Somos libres…

Libres para revender ambiciosos algoritmos, para
engrasar lo ilícito, para pronunciar discursos
ineficientes sin que nadie escuche a nadie, para
estar descargando con pupilas inexpresivas
las últimas aplicaciones para el celular.

Libres para pisar caca de perro, para ser
honorablemente infelices, para superpoblar
ciudades de crisis nerviosas y murmullos
reclinables, para rellenar con pulso quirúrgico
el mutilado anecdotario de los atenuantes.

Libres, y lo suficientemente informados para que
la catarata de noticias que recibimos nos infecte
hasta la última molécula de la poca sangre que
nos queda; para auto convencernos de que
un latigazo a traición es un cariño redentor.

Libres para salir a la calle a ser uno
menos en el ir y venir de sombras
que malgastan su vida, para elegir con
que mano protegernos la entrepierna
cada vez que empiezan las patadas.

Libres para que un gurú nos venda el
camino más sencillo hacia la “felicidad”
en un programa de seis semanas; para
bañarnos en ríos contaminados, y empacharnos
de comida genéticamente adulterada.

Libres para traspasar en módicas cuotas a las
próximas generaciones las mismas aflicciones
que nuestros antecesores nos legaron…
Libres para elegir la esclavitud de la
droga, la ludopatía y el egoísmo.

Libres para hablar más que nunca y no decir
nada importante; para pagar, recibir la mercadería
y construirnos un relato donde estamos haciendo
historia; libres para creer que es buen
negocio este desayuno de analgésicos vencidos.

Libres para amarretear hasta el último centavo,
y buscar el modo más ingenioso de
caer más bajo, libres para pasar horas
en las redes sociales defendiendo a los
políticos que se ríen de nosotros.
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Este modo de vivir

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Este modo de vivir del Siglo XXI
es un culto a la prisa y al cansancio.
Todas las ciudades parecen al fin
de cuentas cortadas con la misma
tijera consumista, por habitantes que
solo mascan resignaciones desechables.

Envilecida, soberbia y vestida de
democrática la mentira campea a sus
anchas en el desecho calendario
de un presente repleto de fugacidad.
Un slogan de sonrisa asustada
desciende por una escalera mecánica.

(La revolución no ha de comenzar
editando artículos en Wikipedia).

Caminos morales incorrectos se clavan
en el corazón de la impotencia.
Los derechos y garantías viajan
dentro de una cantimplora agujereada.
Como en aquel poema de Bolaño,
juntamos las mejillas con la muerte.

Este modo de vivir es la
tormenta, el naufragio y la indiferencia
al mismo precio. Nos deslumbran
con fábulas infames, y zapateando
en el umbral de las quimeras,
el invierno solo reparte besos abatidos.

(Cuando la leche en polvo viene de regalo,
hasta el niño más hambriento desconfía).

Ignorarnos como habitantes de éste infierno
no nos transforma en residentes del paraíso.
Recuerdo con asimétrica nostalgia aquel tiempo
en que creíamos tener un futuro. En
la profundidad del intestino de la amargura,
crecen las raíces de los años encarcelados.

Para saber de una vez quiénes
somos, habrá que seguir escarbando
en los nombres extinguidos por el
ajuste estructural, remake eterna de los
mismos que quieren consolar nuestras
penas ofreciéndonos un pañuelo sucio.

(Esta insensatez de modas derrocadas
parece hecha al gusto de los reptiles).

Como anacrónica práctica se subastan las
más selectas lágrimas de cocodrilo,
mientras, en esta venerable indisciplina que
es levantarse a diario, continuamos
navegando, con los tendones deshechos,
hacia metas que sabemos inalcanzables.

Seguimos regando, con la tinta de un
contrato leonino, las gardenias que nacen
marchitas en la cuneta de la historia. Guerrillas
de iras oscuras ponen armas de guerra
en manos de niños con nombres arrebatados,
y el salvoconducto a una fosa común.

(Resulta que los más sabios de todos se
estrellan contra el futuro igual que los demás).

Es sencillo sentirse felizmente
desgraciado en este tiempo de ojos
cerrados y bolsillos entrelazados
con la incertidumbre...
Más que vivir los días
nos revolcamos sobre ellos.

Con nulos deseos de continuar hincando las
rodillas, los parias gritan su cólera
sin máscaras. Cuando ya solo nos quede
la negación como heredad, habrá que
sentarse a esperar el tsunami, o el
rigor del látigo de una multinacional.

(Hoy son los corderos los
que gerencian el matadero).

No va a ser gratuita emocionalmente
esta sobremesa de desilusiones
sucias y granadas de mano.
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Domesticar un corazón es maltratarlo

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Vos estarás subiéndole el volumen a tu
fragilidad, mientras despuntarás el recuerdo de
aquel tiempo en que siempre encontraba
refugio en el vientre de tu insomnio.

Y yo aquí, espejismo de una cohorte en
retirada, tan distraído por pensarte que acabo
de barrer una parte de mi sombra,
desconfiando de mi selectiva forma de olvidar.

Los dedos tensos de los soñadores
de imposibles se olvidaron de insinuar
que domesticar un corazón es maltratarlo.

Vos estarás en tu gemebunda realidad,
viendo la tarde desembocar en un desfile
de exprimidas reverencias ante la triste
imagen de las magnolias congeladas.

Y yo aquí, como pozo de otro
sapo, polímata de saberes secundarios, frotándome
la frente con el recuerdo de un
café anémico consumido en una ciudad lejana.

Cada vez que firmo a deshoras el contrato
con una lágrima de arena,
cumplo tres años por minuto.

Vos estarás dejándote madrugar por
un desinterés de risa forzada, con el
apuro de los que no van a ninguna parte,
transformando la incomprensión en opresión.

Y yo aquí, haciéndome el despierto,
enhebrando una oscuridad
innominada, desdibujando sistemáticamente
mi destino con gesto ceremonioso.

Es tan pesada la carga de
lo que siento, que los versos
se me caen de las manos.

Y vos, Galatea de melancólicas facciones,
estarás frunciendo el entrecejo con organizada
perseverancia, queriendo fabricar un azar
que obedezca a las líneas de tus deseos perezosos.

Y yo aquí, puliendo esta forma tan
mía de darme la cabeza contra un muro,
haciendo una parodia de “Bailando bajo
la lluvia”, justo debajo del diluvio universal.

Cuando se desestiman las dimensiones
del aburrimiento, cada hora es un
bofetón que carece de franqueza.

Y vos estarás cantando 33 a las
navajas, pisando hipocondría en la oficina, lustrándole
la caspa a la osadía de contar
las heridas como quien tacha un calendario.

Y yo, sin mí, concentrado en mi afición
de quebrar ritos y escarbadientes, enviudando
de adjetivos traspasados por flechas oxidadas,
deshilachando los más furtivos sentimientos.

¿Ese vaso caliente donde se ahoga el
tiempo detenido no viene acaso a decirnos que
somos un cofre repleto de revelaciones imposibles?

El martes juega ya su tiempo de
descuento, y yo entro a mi vida
por la puerta de servicio. Tengo la
teoría de que nunca quisimos liberarnos de
nuestras culpas, y por eso jamás entendimos
que la felicidad es un acto fallido
que esperamos como un aguinaldo, ejerciendo
de sombras en penitencia contra la pared.
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Sonreír y sangrar al mismo precio

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Solo sabía huir…
Varón caucásico de edad en cuenta
regresiva y nula solvencia económica, inquieto
neutrón por el campo electromagnético de la
vida, con demasiados nombres añadidos entre la
realidad y su persona; con una angustia
que no sabe, no contesta, ni perdona.

Solo sabía huir…
Presumiendo de la hidalguía de un péndulo de
polvo; su madre le advirtió desde pequeño
“nunca se te ocurra ponerle alas a los lobos”.
Tan pobre de glorias que quiso quedarse
con las que otros dejaron tiradas;
antídoto saturado de contraindicaciones.

Solo sabía huir…
Y brindar por las aspas de las historias
desorientadas; con la sensación de que todo está
perdido, y los relojes solo señalan mordiscos del
pasado; aunque sea imposible guarecerse de una
llovizna de lágrimas, y no resulten recomendables
las respuestas fabricadas a golpes de puño.

Solo sabía huir…
Del borrador donde se fugó su primera metáfora
truncada, vestido por una juventud que se
derrumba, con lágrimas ásperas, puntuales;
y su excepcional costumbre de bailar junto a las
ruinas. Estornudaba aguaceros y silencios,
para sonreír y sangrar al mismo precio.

Solo sabía huir…
Como quien contempla una estatua de
mármol esperando que un día eructe.
Rezándole a la impunidad que
otorga el exorcismo de la lejanía,
buscando el pequeño milagro de que lo
efímero se transforme en perpetuo.

Solo sabía huir…
Y aferrarse a la circunspección,
a la amnésica daga que rasga la noche,
a la mirada estancada en el cemento
ahuecado… Sin detenerse a observar que
aquello que fue y seguía siendo
iba siempre colgando de su espalda.

Solo sabía huir…
Indultando promesas hechas a regañadientes;
condenado por la campana, que por jactarse
de siniestra, repiquetea en código morse,
titubeando en un ideal de absurdos, malversando
emociones, deseando encontrarse unos versos de
Jorge Manrique flotando en el aire.

Solo sabía huir…
De su madriguera de espejos incomprendidos,
afinando su demagogia en corrales ajenos,
practicando el más desaconsejable de los actos:
Dejar escapar la felicidad justo cuando empezaban
a tutearse. (Cada quien hace de sus propias
carencias un clamor en harapos).
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