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Una pausa

Necesito un tiempo.
Un tiempo para entenderme a mí mismo,
para saber qué siente mi corazón, coraza
de hierro y de espinas, flagelada por el tiempo
y sus circunstancias erráticas
hasta dejar caer sangre desde una aurícula
al resto del muerto órgano viviente.

Necesito un tiempo.
Un tiempo nuevo, un tiempo de amar,
de tejer las heridas de un nuevo revestir,
que cubra con la sangre de las almas caídas
el nuevo aparato que sepa enseñarme de nuevo
el significado del verbo amar,
habiendo aprendido que desamar era lo correcto.

Necesito un tiempo.
Para saber si realmente lo que siento es verdad
o una mera chiquillada,
un soplo de viento en medio de la tempestad,
una gota de lluvia bajo la tormenta celeste;
donde los astros mueren, eternos
y una figura alta y nueva, aparece imponente.
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Brevedades

Y duelen tanto
las mañanas de verano
sin tu calor aquí conmigo
que ya me muero de frío
y agoniza mi corazón enfermo
cansado de haber nacido
de haber amado y de haber sentido
tanto odio y tanto daño
tu, ti, te, contigo.
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Descomposición poética

Se acerca la luz
y se apaga el mundo con tu paso,
perfecto.
Las notas de mi garganta se mueren
al rasgar las cuerdas en una octava mayor,
acaban por desangrarse.

Soy la estela que dejaste al pasar
el polvo de los recuerdos,
ahora gris.
Una alondra canta por encima de mi ventana
alguna que otra canción y una despedida,
sabor añejo.

El frío se hace eco entre las sombras,
y los árboles enmudecen,
besan sus ramas.
El calor es preso de la congoja y la desesperanza,
los números fluctuan por encima del bien,
y el mal acecha.

Los versos nacen de los restos de mi alma,
una descomposición interna amordazándome,
detritívora.
Ya no quedan palabras en mi diccionario,
ni números ni física con la que acercarme a ti,
muero sin respuesta.
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Soy el mismo, no he cambiado

Soy el mismo, no he cambiado.
Mis ojos verdes siguen llevando a rastras
millones de años de llagas y lamentos,
y frágiles deambulan recuperando pedazos
de aquellos sentimientos que se rompieron
con el paso del tiempo.
El resto de mi cuerpo es una mera cicatriz
que todavía sigue cicatrizando,
y que quizá, con el paso de los días,
se acabe arrojando azufre y alcohol
para hacer que hierva por dentro
y muera todo lo necrosado que aún quedaba vivo.
Las miradas inútiles se proyectan sobre mis párpados
y se refractan de la misma manera sobre las almas de los niños
que yacen en el suelo, por debajo de mis miedos
y mis enormes pesadillas; a cada cual más terrible,
a cada cual, más despiadada.
Sigo teniendo pesadillas con todo lo que me rodea.

¿Y si el mundo, preso de la desesperación
acaba por sumirme en una vorágine de sentimientos
que van en contra de lo establecido?
Permítanme entonces decirles que ya soy algo fuera de lo establecido.
Que nunca me arrepentiré de haber dado el paso
y que quizás ya no soy el mismo.

Ahora he cambiado. He abierto las puertas de este armario
y he dado un paso al frente a la vida,
al no tener miedo por lo que uno siente
a simplemente dejarse llevar por los vientos,
como veletas ondeando en las finas rocas
de una fina colina, varadas frente al mar.

Nunca me cansaré de decirlo.
Soy el mismo, no he cambiado
pero a la vez lo he hecho.
Han pasado unos años desde que he descubierto mi nuevo yo,
y me arrepiento tal vez de no haberme dado cuenta antes.
Pero ya es demasiado tarde para seguir culpándome
por algo de lo que ni siquiera tengo culpa.

Esta es la hora:
la hora en que tengo que empezar a quererme por lo que soy,
sin miedo a decírselo al mundo, pese a las represalias.
¡Qué represalias! No puedo callarme más.
Me estalla la boca cada vez que tengo que cerrarla por miedo
a sus odiosos qué dirán.
Harto de sus juicios de valor, harto de sus sinsentidos.
Harto de que no nos dejen amarnos seamos como seamos.

Soy el mismo, no he cambiado.
Mi poesía me acompaña en el camino,
mis letras son la musa,
mi corazón un velero viejo,
y mi alma vaga buscando todavía
un amor de verano, un amor eterno.
De esos que solo se encuentran una vez,
aunque sea en París, o en una calle de Toledo.
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Cansado

Cansado,
de estar pensando en el mundo
cada vez que actúo
por cuenta propia.

Cansado de las heridas,
de las palabras de los necios
que no saben amar
a las personas que se aman.

Cansado de mirar siempre el reloj
y esperar que las horas pasen
hasta que la noche aguarde
para poder encontrarnos.

Cansado de estar encerrado
en mí mismo,
en un armario que no me deja ver
la luz que otros refulgen.

Cansado de estar cansado.
Hoy es el día en que me confieso,
que llevo mucho tiempo ocultando mi ser
pero que ahora no me arrepiento.

Orgulloso de ser yo mismo.
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Si (me) quisieras

Si quisieras, conquistaría la luna
y aterrizaria en los millones de cráteres
que maquillan tu semblante albino
por la mañana con un beso a contraluz.

Si quisieras pararía el tiempo,
dilataría el momento en que nos encontramos,
eternamente, para que nunca se acabe,
para que la llama que encienden tus ojos
sea fulgor, azufre, ceniza y sangre.

Si quisieras te llamaría mil veces,
repetiría tu nombre hasta que se me llenara la boca,
y no pudiera proferir ni un suspiro más
esperándote sentado bajo la mirada
de los ojos famélicos de la luna.

Si quisieras, si quisieras quererme
te prometería tantas cosas...
Pero solo puedo prometerte
que te olvidaré en este vano recuerdo
y que solo serás mera poesía.
Si (me) quisieras.
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Ouróboros

Solo de acariciarme el corazón ya me duele.
Las espinas se clavan como lenguas bífidas
en la garganta del hombre que desgarra su voz
y se queda mudo, en la esquina de la vida
mirando un atardecer a la cara y quemándose los ojos.

Hace mucho tiempo que perdí la carrera de la vida.
Y sigo incesantemente dando pasos sin rumbo
atravesando cementerios de recuerdos
y llorando los vestigios de las lágrimas
que de azufre precipitan en el cielo negro y rojo.

Qué enorme falta de aliento se respira hoy.
Me ahogo con mis propios pensamientos de la vida,
o de una muerte más bien venidera
que como una serpiente se enrosca sobre mi pecho
y oprime hasta que mi corazón estalla en mil pedazos.

El desamor se convierte en una espada de Damocles.
Se clava sobre uno mismo y lo acuchilla hasta el desangre,
el corazón de víbora intenta hacer una carrera, desesperado,
pero se queda sin aliento, y muere arrastrándose
sobre un corazón que todavía duele cuando se le acaricia.
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Maestro de la pluma, mi tinta

Quiero que seas mi maestro.

Que me enseñes que la vida
es más bonita en verso.
Que todo se puede rimar.
Que hasta los versos libres
pueden encontrar perdidas entre estrofas
algunas sílabas con las que conjugarse
y encabalgar su vida hacia un nuevo texto escrito.

Que no todo son versos marcados,
medidos,
que la desmesura es un don
y que por muchos adjetivos que nos falten
como si este poema fuera de la poesía pura,
somos paz, paloma, luz y estrellas,
de brisa ardiente y de cálido aroma.

Quiero que me enseñes cómo son las cosas.
Que vivamos en un romance,
aunque tú seas más de silva,
y yo más de soneto.
Aunque tu cromatismo te lleve a Francia
y yo me quedé estancado
en un eterno dadá.

Que la magia entre nosotros dos
no sea meramente lo mucho que rimamos,
sino que nuestras rimas sean,
a fin de cuentas,
acordes puros de la música de los latidos
de un corazón que estalla en mil pedazos
cuando los versos se acaban;
cuando todo es efímero.

Quiero que vuelvas a ser mi maestro.
Echo de menos tus lecciones,
ahora mis versos se mueren entre las esquinas.
Ya da igual si sé rimar o no,
he perdido la musa, he perdido la noción del tiempo.
El azufre es un mero condimento químico,
y por mis venas cada vez corre menos sangre.
Mi tinta se acaba, y en el frasco solo quedan
lágrimas y melancolía.

Quiero que un día vuelvas a ser mi maestro.
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Todo se acaba

Todo se acaba.
La vida duele, pequeño, cuando te arrancan de la tierra
que te vio nacer, y que ahora debes abandonar
para surcar nuevos ríos,
nuevos mares,
nuevos quizás.

Somos estrellas que coronan el firmamento
y que ahora se apagan,
que dejan paso a otras nuevas;
y su luz perece en el fondo de la nada,
de la eterna y vaga
soledad.

Dos años de incesantes batallas,
como guerreros que caminan
en el valle de la vida
cubiertos de lágrimas y sangre;
de azufre que inunda las venas,
que corroe todo.

A veces los poetas lloran,
aunque no lo hagan sus ojos, físicamente,
sino sus propias palabras
que derraman sus sentimientos
en el fondo de un papel
manchado de tinta.

Siento que se me va la vida,
y que sin la gente que me rodea
seré un autómata más, dependiente
de la ley de la materia y del espacio;
donde todo se rodea de eternidades
y a la vez, vacío.

Porque siento mi corazón vacío,
como si perdiera el aliento
en cada respiración entrecortada;
cada minuto que se convierte en hora,
cada hora que paso pensando en los minutos
que quedan en esta senda.

Jugamos en una contrarreloj
donde ya hemos perdido la noción del tiempo,
donde somos meras sombras
que vagan por la tierra,
con una luz nueva,
pero dadas de la mano.

Como sombras que no quieren enterrarse
en lo más fondo del frío y yerto suelo,
y que miran al firmamento
y se dan cuenta de que todo
es una serpiente Ouróboros
y que pronto estarán juntos de nuevo.
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Palabras

Palabras

Palabras,
eternas balas de plata
que se clavan en la memoria;
en el alma negra y gris
y la convierten en oro de treinta quilates.
Quién tuviera el don de la palabra,
y ser capaz con ella de ahogar el mundo
en un leve suspiro de agonía;
y después consumirlo todo a las cenizas
y hacer borrón y cuenta nueva,
como si las palabras no tuvieran fuerza,
como si fueran meras metáforas
que se diluyen en el espeso mar
de la hipocresía y el raciocinio humano.

Me gustaría ser palabra,
de esas que tienen algo que decir,
sustantivo de poder, de acción,
de actuar en el aquí, el ahora;
y cambiar el tiempo verbal
y construir desde el pasado
un futuro para nosotros
sin tener que cambiar de conjugación
y olvidarnos del nosotros.

Me gustaría ser palabra,
de esas que remarcan lo que es nuestro,
adjetivo de necesidad, de esperanza,
del corazón que se calla y no sabe hablar;
adjetivos mudos, pero adjetivos,
que connoten lo que no denotan,
que denoten lo que no se alcanza;
alejarnos de la mera nieve blanca
y ser polvo de estrellas fulgentes.

Palabra, al fin y al cabo;
como un verbo, adjetivo, sustantivo,
contigo como deixis personal,
en el firmamento, espacial,
y una estructura encuadrada
donde el mero pensamiento
se convierta en un eje cíclico
que se reitera hasta el final del texto
donde ya nada queda que decir;
donde las palabras mueren por un punto
Y final.
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Miro, y ya no estás

Miro, y no estás
apoyado bajo la fotografía vieja
del abril de un corazón poeta.
Ni te refugias bajo los árboles en el guarecer de la tormenta,
sino que esperas impasible, a merced del viento,
la caída de diamantes que lo envolverá todo.

Miro, y no te encuentro.
Hace tanto que me fui de esta vida que ahora
ni la echo de menos.
Ni siquiera lo hago contigo, y eso que fuiste poesía,
verso y prosa de mis cuentos;
millones de cartas escribí por ti, y ninguna fue correspondida.

Miro, y estás vacío.
El amor que deseas ahora te abandona;
el amor me abandona en un deseo inocuo.
Me planteo la filosofía de la vida,
y ningún filósofo es capaz de desentreñar
los mecanismos complejos que el amor atañe.

Miro, y no estás;
y no te encuentro,
y estás vacío.
Pero me he dado cuenta de que en este camino,
solo soy la mera sombra que proyectan
las ramas de los árboles que a tu pasar, dejas contigo.
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Turín y sus recuerdos añejos

Una niebla densa como la lluvia
cubría los tejados donde dormíamos,
y los gatos maullaban
baladas de amor, y algún que otro recuerdo.

Se perdieron entre las nubes: el azufre del lamento
y la larga letanía de la escarcha
en un invierno que quema la ceniza
y que de herrumbre lo envuelve todo.

Juntos, tú y yo, y la absorta mirada
de los semáforos en rojo, callados,
en un rubor aurora que maquilla
las heridas del corazón poeta.

La plaza sigue mojada,
y entre los charcos, tus pisadas
llenas de barro y remordimientos
se alejan dando brincos por las rutas del cielo.

Llena la calle queda de pena,
y de entre el lamento y la amargura
nace una azucena blanca
que muere, gris, en la siguiente primavera.

Todo el invierno mudo se queda
en el llano del recuerdo y el azufre;
el infierno más frío en esta noche
de luna llena, que sin ti, se queda vacía.
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El por qué de los porqués

Sigo buscando el por qué de los porqués de la existencia:
por qué te sigo amando
pese a la susceptibilidad de tu boca
al aroma de las naranjas.
Por qué sigo derramando por ti
sangre de Judas en la cuenca del Tiétar,
y por qué el azufre me llama amigo,
y nosotros cada vez estamos más lejos.

Por qué las cartas se tornan grises,
y ni siquiera el paso del tiempo vuelve
amarilla la fotografía que nos acompaña
día sí, día contigo.
Por qué la nieve sigue cubriendo mi casa,
y no me deja ver más allá del horizonte
donde el mar juega con las olas
y se funden las sirenas y los sueños.

Sigo buscando porqués a mi existencia,
y no los encuentro, y a la vez siento
que el mayor porqué que tengo delante
me da la espalda como el sol al mes de Marzo.
Sigo mañana tras mañana evocando a la aurora,
y el fresco amanecer del rubor del Mar Egeo
me nutre con la sal del Mar que, ahora,
en vez de yacer vivo, se convierte en Mar Muerto.
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Supérame ahora que te he vencido

Ayer salí de nuevo a la calle de las rosas,
vestía de nuevo el traje esperanza;
y ya no tenía lágrimas en los ojos
después de que te hubieras ido.

Caminé, como solía hacer antaño,
antes de que las cadenas me oprimieran a tu yugo;
y ya no tenía lágrimas en los ojos
después de haber llorado tanto.

Recorrí con la mirada las aceras,
las gentes y sus rostros;
y ya no tenía lágrimas en los ojos
después de ver la felicidad de nuevo.

Era la brisa fresca, el aire corriendo por mis entrañas,
el nacimiento y la muerte del cólera en mis caderas;
y ya no tenía lágrimas en los ojos,
y ya no tenía lágrimas en los ojos.
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Como agua y aceite

Como el agua y aceite,
mi alma inmiscible;
en tu pecho descalza.
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La letanía del vago lamento

Lágrimas rasgan las paredes de mi casa,
y el miedo llama a la puerta, vencido,
y me espera con un puñal, y una flor gris;
una carta bajo la lluvia
y el disfraz de poeta recién casado
que más bien parece un enfermo neurótico.

¿Qué haces aquí, Juan Ramón?
Se calla y me contempla,
y suspira y se acongoja y llora Platero,
y sus ojos azabache estallan de dolor y rabia
y se convierte, de nuevo, en hombre.

Pronto se desvanece el miedo,
ahogado por la lluvia y el rubor de la aurora;
y salen de las flores Lorca y Machado,
y me esperan con la muerte,
unos gitanos grises; un río de agua gris.

Las nubes, escandalizadas, llueven truenos,
y la nieve cae a peso como plomo;
el fuego brota de entre las algas del mar,
y mi corazón, preso de la letanía de un recuerdo,
deja de latir de un momento para otro.

Vago lamento, marchito y confuso,
complejo, hastiado y depresivo.
Abandóname, o mátame, o simplemente hazme.
Pero no conviertas mi último instante de vida
en el más largo antes de la dulce muerte.
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Con las palabras marchitas

Fue como un poema
al que le habían robado las estrofas.
El invierno llegó,
y no solo te llevaste a la aurora
y su luz cálida, mi letargo;
te llevaste mis recuerdos
y los hiciste trizas bajo la sombra de un ciprés.

Y los álamos ríen, claro que ríen,
por el vano sencillo que promulgan sus ramas.
Te llevaste febrero, y me dejaste
la lluvia de abril impregnada en mi mirada.

Te llevaste la poesía,
te llevaste mi aliento y mi fuerza,
te llevaste mis palabras;
que ahora, quedan marchitas.
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Procuro olvidarte

Procuro olvidarte,
pero siempre acabas convirtiéndote
en el rocío de la mañana,
en el vaho gélido de los cristales
y en el café con leche con extra de recuerdo.

Ni siquiera comprenderás nunca
hasta qué punto, el ave fénix pudo resurgir
de las cenizas de un amor imposible;
y, aún siendo todavía de aquesta manera,
de lo feliz que se siente al retozar entre las llamas.

Y bien sabe esta ave que, por muchos vientos afines,
el único que le embriaga es el aciago recuerdo
de la realidad, que absorta hace que caiga
de bruces contra el suelo
y muera, estrepitosa, entre las frías piedras.

Procuro olvidarte,
y eres la sombra que vaga entre las llamas,
el rocío de la mañana, que muere entre el sol,
el vaho gélido de los cristales, que yacen rotos
y un café, sin leche, y sin ti a mi lado.
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Camarero, otra copa

Camarero, otra copa de azufre
y tráemela cargada, que la noche será larga
y el olvido, infinito.
Y su presencia, apenas un instante;
se clavaron sus pupilas en el espejo.
En el espejo dejé tus lágrimas
esperando a que volvieras a por ellas
pero al final, acabé tapizando mi piel con ellas.

Un trago largo, que me recorre la garganta,
y me recuerda que soy hombre,
niño, camello, león; qué más da,
si todos morimos en el mismo caudal;
y a todos el mismo río nos lleva
por el camino de la amargura; frío.
Pero ella seguía sin bajar la mirada,
que impertérrita, clavaba sobre los hombros
de otro poeta ensangrentado.

Tercer trago, y empiezo a delirar.
Veo mujeres acercándoseme, y las evito.
Salgo corriendo, y encuentro otro bar.
Sus piernas cuelgan de una silla, y exhala un suspiro
cargado de café y recuerdos.
Parece mentira: no ha cambiado nada desde que nos despedimos.
Desde que abrió la puerta y se fue,
y nunca regresó el calor a casa.

Sin querer, sale el sol por entre las avenidas,
y me recorre la luz de la luna un último instante
antes de caer preso de las estrellas;
antes de que el azufre entrara en mi corazón
y supiera que, aquella noche,
sería la última que vería sus labios con vida
porque la mía, hacía tiempo, que ya había acabado.
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Pájaros de papel

Arranqué mis ilusiones y las tiré al mar,
y nadaron entre el viento frío;
la densa lluvia, y la cruenta realidad
hasta darse de bruces con el invierno prometido.

Se ahogaron en tinieblas, y antes de llorar,
pecaron como nunca en el lejano río;
de vasto caudal, cruenta tempestad
hasta morir en las garras del duende entrometido.

Remontaron el vuelo, y antes de zarpar
sus alas blancas nacieron en el calor del estío;
y el sol caliente, y su fulgor y oquedad
hizo volar un pájaro, de papel revestido.
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4comentarios 62 lecturas versoclasico karma: 94