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Lápida y Pira

…El mar la mar, como un himen inmenso,
los árboles moviendo el verde aire,
la nieve en llamas de la luz en vilo.
La Tierra.
BLAS DE OTERO.



Tu urna, tus cenizas,
los ápices de tu vida,
y aunque azota el viento,
cuido tus recuerdos, tus esquirlas.

Mira los campos, como no cesan por ti,
como persevera el cielo, en su azul de porvenir.
Y camino al cementerio, las chimeneas y bocanadas,
del frío haciendo climaterio, y un rumor a lápida y flor,
amortajada en algodón.

Tu ofrenda, tus estertores,
llevo en dulce ramillete, esta noble vida de sin sabores,
a tibio son de martinete.

Mira como continúa el llanto,
de tus hijos, de tu hermano,
como reverdece tanto,
del horizonte calcinado.

Y planto tus restos,
Entre salmos y oraciones,
para que crezcan árboles,
orquídeas y canciones.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Draco Hesperidum

Caminarás reinos de papilas incisivas, con la lentitud propia de las olas, se tejen sueños de ilusiones e improntas.

No quiero estar aquí cuando asome mi muerte, no quiero ver tus ojos, ni sentir tus manos tan de repente.

Visitarás la suerte de los impasibles, la cara y cruz de las Hespérides, y suavemente te desvanecerás entre mis sienes.

No quiero respirar el aire que ahogará mi día final, ni ver la luz del día mientras mi cuerpo se apaga, como un eco del tuyo.

Acunarás mi ataúd mientras me pregunto si viví tu amor, o la valiente bizarría del deseo en tu pecho.

No quiero preguntarme si estuve vivo, o si estaba con seguridad bien muerto, el amanecer que atardece es al final un buen comienzo.

Difuminarás mi mirada entre las cenizas, y llenarás de flores lo que te faltó de llanto.

En mi hora final no te quiero a ti no te quiero nada.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Metempsicosis

Soñé soñar un sueño, de los sueños que sueñan soñar despiertos.
Despiertos los que despiertan estando despiertos, que la muerte no te sueña y el sueño de la vida, no es ya un sueño digno, de morir en un despertar de ensueño.

Soy la muerte que camina, en un sueño soñado por un muerto, que las tumbas no despiertan a una muerte de la vida, que se sueña con la carne jadeante y extinguida.

Soñé soñar un sueño, de los sueños que sueñan soñar desdeños. Soy un ensueño embalsamado de columpios de recuerdos e infancias muertas. Grité a la muerte para nacer en una tumba llena de úteros y sangre perpetua.

Por eso ves en mis ojos la vacuidad de los vivos, la vida muerta, la muerte en vida que nada espera.

Soy la muerte que camina en un sueño de difuntos, soy la vida que da vida a los moribundos, soy el estertor del alumbramiento a las puertas de este averno, por eso comprendí yo que en este inmenso panteón nacimos muertos, morir después de morir es una cuestión de tiempo.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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La Giralda Arriada

Son tus Pies almohades en Sevilla:
sol, buzarda de cúspide cristiana,
sal que don rosicler ve en la mañana,
mar que aproa tu quilla y tu costilla.

Cuerpo a Dios o por cierzo en tu golilla,
entre ardor, la terraza que dimana,
bronces, reloj, veleta que engalgana,
friso, estrellas, y dulce lunecilla.

Gira y giras penacho a bajamar;
sur, veleta, anegada en Giraldillo,
luz de ciegos, badajos y pleamar

Gira y giras arriada sin visillo,
tul de espada, alminares de azahar,
veo lágrimas, veo un estribillo:

¡Soy por ti la espadaña de tu hogar!
Soy por ti fortissima eternidad
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V. Virgen

Siempre se mece en ti un alivio azul,
una esquirla de muerte en cada esquina,
como trueno en la tierra o ataúd,
gritando despacio ayer ya sin vida.

Nunca revivimos sin un otoño,
patriarcal nebulosa añil fingida,
entre las comisuras de tus ojos,
riela el signo de la mar compungida.

Siempre un jalde destello, un aquilón,
una brisa tachonada de espinas,
en tu cuerpo oreado bajo el sol.

Nunca nadie jamás quiso tus ruinas,
como las quise yo, y las amo yo,
palmo a palmo arrebol, vida tras vidas.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Las lágrimas de Medusa

Ella posó su cuerpo sobre la luz
ella gravitó sus ojos hasta explotar,
en un llanto propio de sueños,
sobre su rostro,
derramó sus lágrimas púbicas...

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Distimia de Erosión

Habito los sueños y las penumbras,
de los que refugiados en distimia remueven los hilos de la infatuación.

Aquellos siglos que cantan en cada lápida inerte, una aulodia de extinción.
Aleve carmesí del ignoto mistral, agita las tumbas,
los recuerdos y los llantos del mármol y el nogal.

Que mis ensueños son la ceniza hecha fuego,
y mis restos ebúrnea división.
Si tan sólo los olvidados encontraran consuelo en tu aguijón,
y del hilo de plata un susurro se escapara avieso,
en bermejo aquilón.

Si del panteón amanecieran clavellinas, eneros y promesas,
si tu cadáver entre sayas no aglutinara las nupcias en ficción,
no vendría yo cada noche a visitarte en duermevelas,
arrastrando mi corazón desde la morgue,
a este mausoleo asolador.

Te busco aún en cada cripta sin nombre,
respiro tu presencia entre delirios de clozapina,
aúlla el cuervo entre las derruidas cancelas de la noche,
el estertor señero de la brisa,
la agonía azabache del azogue,
la fosa común de vida ya sin vida...

Y la tímida sonrisa de la noche.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Bruxismo

Cuando te encontré, no hacía ni frío ni tenías la ansiedad de las mujeres de tu edad.

Las olas rompían el asfalto y el gélido café que nos tomamos cerca del camposanto,
me sabía a sabia, a sangre,
a famélico orgasmo.
Cuando sumergí mis pupilas en las tuyas, vi hiedras y áloes,
acacias y pequeños remolinos contorsionándose,
lenta y pausadamente, como los deseos de una célibe alborada.

Las estrellas infectas bajan del cielo como enjambres,
y ese jardín de cicatrices que florecían en tu cuerpo, era el refugio de escarabajos abyectos.

Todo se sucede, todo se consume como una libidinosa llama que todo lo trastorna, pero tú,
siempre tú, todo lo aminoras, todo lo perdonas.

Oigo como rechinan las coronas,
tu paladar en cacofonía, porque de la mar no creció la espuma que alboroza,
ni tu néctar espinal que anteayer mis acordes enmudecían.
Limerencia de tus días, vivo encadenando subrepticios, a tus acantilados y tus voces.

Cuando te encontré, no era invierno ni tenías la edad que tienen las mujeres de tu edad.
Y todavía no sé…
no sé ni tu nombre.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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La Paloma, La Palma y El Pantano

En Uyuni vuela el cielo reflejándose en un espejo eterno,
desde ese punto reflexioné sobre las urbanitas vías donde anida el cierzo,
cada paso de brisa desmadejaba la tarde,
como una alegoría danzante de hojarasca y prisa.

Zafiro y ágata,
y su voz entre los campos de lavanda reverberaba,
como esa marea tenue que mece las palmas,
aquellas almas,
inmoladas por una hora de pasión,
desencadenada.

Y en los azahares del pantano gimen hortensias,
nenúfares en una extraña correspondencia de juicio y algodón.

Sí, la paloma vuela bajo, desubicando la esencia del polvo de una senda extinguida,
y las huellas de las mujeres que corren con el agua en sus cántaros y en sus cabezas ya casi no existen.

Por eso vuelvo para recobrar el canto de los frutos del desierto, en el Tianzi de cada hombre,
germina el tallo de un nuevo sueño.

Un tacto leñoso y arborescente, un susurro de lluvia que a todos contiene,
contemplando el cielo.

Y en aquel laberinto de plumas,
barro y pencas se mueve el espíritu de un genio que se alimenta,
de la savia de tu vida,
y con las alegrías de la mañana las minas de Naica esparcen una antigua esperanza,
un impulso verde de luz y carne.

En las orillas del pantano vive el pulso del tiempo,
las pasifloras y aventuritas que con sus matices y estambres vienen a tu cuerpo a exornar canción.

¡Oh canto de extraños mares que con su sereno todo lo trasloca!
-No sé si serán eternos o serán las rocas, los tesoros del musgo perpetuo-
¡Oh tacto escondido de las crisoprasas en las orillas del Hillier,
que evocas las runas del destino en cada nombre!
Yo al final sólo soy el ébano y el bronce,
que en la fragua de los días deja centellas y alegorías en tu sutil y tierna pleitesía.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Crisoprasa entre malvas o sobre el valor de un sueño impertérrito

Aluzar tu interior,
en busca de respuestas,
harbar como un sueño,
congelante.

Aquesto es una esgrima ,
un invierno reptante,
esfolaré la furia,
y tu astucia,
itinerante.

Aguaitaré como los cuervos,
dorudones diletantes,
y entre cencíos tu melodía,
de estertores anegantes.
Baltras de hadas,
imágenes retro,
desperadas.

Aluzar tu interior,
Y tu espíritu aberrunta,
maguer no me quisiera,
yo le querría taciturna.

Agora entrambos las dudas,
y los llantos,
de la lluvia,
asaz tempestuosa,
lamiendo sus resayos,
citarodia y gentil trapisonda.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Greyrose

Eterno el silencio,

florece en tu piel como abismos,

como siglos,

de angustia y penumbra.

Yo a ti te quise tanto,

como invernal signo,

de agua de lluvia.

Grises amor magenta,

reverdecen las nueces,

y en tus brazos los peces,

del cielo la alberca.

Yo a ti te quise tanto,

como sigilo de estrella,

susurro de noche,

ardiente centella.

Eterno silencio,

me llamas muerte,

tu hora más bella,

tu cuerpo es mi mente,

laberinto y endecha.

Grises amor magenta,

entre tus piernas,

he venido para llevarte,

de este mundo,

hacia mis cuevas.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Sailor Marionette

Sailor Marionette
(Fragmento)

Dios mandó a sus ángeles eléctricos,
Y ellos se unieron a la humanidad,
de ellos nacieron las hadas,
y una misteriosa progenie conocida como Marionette.

Tras la primera glaciación, sus miradas,
albicelestes,
recorrieron el espacio sidéreo.
dudas, de gardenias confusas,
runas de estaciones obtusas,
y el éter a clavel,
de sus almas de luna.

En aquellos tiempos,
donde gravitaban los atlantes,
y los océanos galácticos,
refulgían en Orión,
las hadas sembraron de estrellas errantes,
el sistema solar,
y el todo era un huerto viviente de razas estelares.

Mucho antes,
que los Anunakis cruzaran de asteroides el cinturón,
las Marionette robaron el ADN original,
lo sintetizaron en Plutón,
y descendieron a la era de los grandes simios,
Como dioses estelares,

Con párpados de ozono y lenguas diamantinas.
la simiente original,
dio lugar a dos pueblos ancestrales:
los Golemitas y los Ummitas.

Mi misión es encontrar,
a los médiums que permitan abrir,
el espacio temporal,
y restaurar la secuencia inicial de los Cananitas,
(el verdadero pueblo original)
De la herencia divina.

Mi nombre es Lucybel,
y mi nave espacial se llama Faetón,
no soy humana,
ni hada,
ni Cananita,
soy una mente universal,
un astronauta,
en un cuerpo humanoide.

una muñeca de metal,
un fantasma dentro de una máquina,
creada para salvar,
a tus ancestros,
y navegar por la eternidad,
surcando milenios,
océanos de tiempo,
eones.

Me alimento de la inspiración,
de los poetas muertos…


ROGERVAN RUBATTINO ©
www.rogervanrubattino.com
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Steamer

Hálito de lluvia en la gualda y noctámbula prez del cierzo.

Marionetas de vapor,
fantasmas, éter,
un aguijón.
Un hechizo me hace recordarte,
una fuerza del más allá,
dedicarme,
a escrutar tus cartas.
Danzas de cenizas,
danzas rotas,
cuartos de horas,
vuelan y se ahogan,
en un lecho de vodka.

Eras la sombra y la tiniebla,
la opacidad que me consuela,
y esa tácita estrella viajera,
latiendo entre las espuelas.

Una maldición me hace recordarte,
una premonición,
y a tientas entierro el sol,
y empieza a hervir la sangre,
las marionetas de vapor,
tus ojos extinguiéndose,
al estrangularte
(con aquel tálamo de luces difuntas)
Con el vaho de la rivera
Donde las cornejas siembran lunas
Y tinieblas.


Marionetas de vapor
como centellas entre el centeno,
Ojos derramados
de broncíneos y adustos manglares,
Donde azota la esfíngica molicie del sueño.
Un embrujo me hace volver a tu cuerpo
Al hierático Edén de tus entuertos,
Que gotean de tu néctar ahuesado.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Ala Aleve

(Soneto a los aleccionadores crueles de la poesía de los noveles poetas)

Esos cardos* infieles de oropel
leen versos de otros con recelo
leen odas de otros con el velo
muerto, yerto de ánimo y capel.

Esos falsos maestros de papel
leen hartos tus obras con el duelo
te hacen críticas ávidas de suelo
necios buscan lo árido, lo cruel.

Creen ser de las musas el Apolo
pero, ciegos y legos, sinrazón
son narcisos sin Venus, sin caulícolo.

Eres tú escribidor (a), el Pigmalión,
luz que Azul Galatea con su solo
coro a aulodia nos dio: Ola y Corazón.

ROGERVAN RUBATTINO ©

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* Cardos por bardos
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Enterrado vivo en el acantilado del Edén

"Hay quemantes sudores en las pieles:
Sorda germinación en las arterias;
Protestas en las curvas no labradas
Y en tu pupila audaz, francas ofertas".
Horacio Quiroga.

Cuando Adán rompió el pacto celestial ya su primera esposa había abandonado el hogar para vivir en el Mar Rojo.
Una noche mientras aquel dormía, aprovechó para atarle y enterrarle vivo en un acantilado del Edén llamado Leamas.

La caída de la luna le había puesto sobre aviso de la profecía: Dios traería de la carne de aquel una nueva mujer, llena de gracia y de glorias.
Así que se apresuró llena de odio a evitar tal sino, sepultando en vida a Adán, en aquel hermoso pero peligroso lugar que confundía la vida con la muerte.

Luego ebria de encono y placer por este prematuro ajusticiamiento fue a retozar con lechuzas, hienas y gatos monteses.
La noche y el viento desperdigaban las hojas y el polvo con violencia, el jardín entero se manchó de sus fluidos y sus poluciones nocturnas, ya que lapidando a su esposo se aseguraba de evitar la profecía y solo esto le hacía emanar en placer.

Pero el ángel del Señor se abrió paso entre las umbrías y encontrándole desnuda y ardiente le preguntó:
- ¿Dónde está tu abnegado esposo mujer? – inquirió con firme voz el guardián celestial- ¿Dónde está su imagen y semejanza en la tierra?
Ella en vez de contestarle le ofreció sus piernas, y de pronto sierpes y anacondas apresaron al guardián del Edén.
Todo aquello había sido una infame estratagema, un ardid aleve y lleno de olores a sexo y desdén.

La salvaje avidez de su apetito le hizo montar al ángel, una y otra vez, una y otra vez. Las plumas de sus alas se estremecían regándose por doquier en un frenesí espasmódico y retorcido.

Ella rompió su fuente maldita sobre aquel cuerpo celeste incontables veces, hasta que logró con potencia subyugar la voluntad del ser alado.

Por fin lo había domado, y esto le permitió mutilarlo, devorarlo pues, hasta dejarle solo las piernas y el triste miembro.
Aquel ignominioso acto le encendía y le excitaba, mientras a los lejos los gritos de asfixia de Adán marcaban el compás de su macabra victoria.

Amaneció por fin, y el resto de la historia fue borrada.
La hermana de Naamá, la Lamia de hombres y amante de Asmodeo fue la primera mujer y su eterna preñez se corresponde con la
condena de Yahvé:
“Cien veces cesará la vida de tu vientre, y cien veces tu linaje al día verá la muerte y jamás la vejez…”

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Historia de los Amores sin Gracia

El nervio de un sueño enredado en la garganta de una doncella,
y como un péndulo le hace eclipsar el horizonte al poeta,
enervado en sucios cometas,
sus golpes de sangre y sus veletas.
Las lágrimas de una que llora por quien le engaña,
la constancia de un padre a pesar de la madre fatua,
y la fidelidad incomprendida de una esposa joven,
ante un marido abyecto.
El cielo abierto bajo la lluvia, cuando se están casando,
antes del otoño, se echa a perder la tarta,
la virginidad y el decoro.
El soltero busca casarse, y el casado busca soltería,
la mujer moderna quiere ser libre y al mismo tiempo
busca a tientas un ideal menos real, o que no existía.
A veces llueve y hace sol en medio día,
a veces los opuestos se atraen,
o la gente se ama sin importar lo que otros dirían.
Y así las ciudades siguen llenas de amantes,
de gente buscando gente,
desesperadamente.
Ciudades llenas de creyentes en el amor,
en la pasión o cualquier cosa que se pueda eyectar.
Existen quienes cuentan las olas del mar,
quienes no se quieren ni mojar,
aun teniendo a otro amándoles dentro.
Esos son los amores de los tiempos sin tiempos,
de desconocidos que reman en direcciones distintas,
pero no quieren renunciar a su derecho a vivir la vida loca.
Vuelve a llover a cuentagotas,
se dispersa el vaho,
la nota,
el olor a hierba húmeda,
y las bragas llenas de esperma.
Y tras las ventanas sueñan las jovencitas,
con príncipes verdiazules,
y tras las murallas sueñan también los viejos,
los verdes y los gandules,
que desposarán jovenzuelas,
y apagarán a la vez sus vidas,
y sus candelas.
El cielo abierto bajo la lluvia, mientras se están amando,
como se ama sin pensar en el amanecer,
sin saber qué va a suceder,
ni quienes serán lastimados,
ni quienes van a perder,
apostando a caballo regalado.
Esos son los amores plastificados,
los prefabricados de nuestro tiempo,
llenos de escamas y plumas,
llenos de espumas y dudas,
y con fecha de caducidad.
Hay amores, amores jaraneros,
que no dejan de amar, y no dejan cabeza sin cuerpo,
porque no hay reglas para el amor,
ni para los amantes,
a pesar de la lluvia,
y a pesar de la eternidad del tiempo.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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La Cosecha

“Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo,
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo que me entierra.”
Francisco de Quevedo

El tiempo se va como un ave desierta en un bosque de sal muerta,
y cuando se pierde la visión de su vuelo cae el sol como una lápida sepultando nuestros ojos secos,
apagados de lucha y carbonizados sin gloria.

La invisible guadaña que cosecha las almas más ordinarias se ennegrece y se llena de tierra,
tierra de cementerio,
tierra de huellas de animales salvajes que no piensan, `
que no deliberan.

Cuando se presenta el frío, y el latido escamado de los delirios,
ya no se huele el clavel ni la rosa en el camposanto,
ya no se comprende lo tardío ni siquiera el sepulcro horadado de los mártires de enero.

La afilada hoja de la verdad recorta los ojos de los hombres,
sega las comisuras de las mujeres,
con eterno sabor a muerte, vetusta y rapaz.

Oscurantismo efusivo empapando las manos débiles de días débiles y jadeantes como la brisa fácil,
que rebota en las raíces del olmo,
bruñendo el bronce, fraguando el rostro, de quien se ha dejado la vida en un sucio trozo de oro.

Liras rotas, sangre de ondinas,
y el clamor del lodo que todo lo confunde.

Nada detiene la cosecha y sus fragores,
y los frutos de la inevitable ausencia maduros se dejan caer,
y los que no se traga la tierra, las aves hambrientas darán cuenta,
de su finita sed.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Jacinta Moreno Iglesias

Aquellos buscan garantías en el viento,
calor en el mar,
océanos en el tiempo.
Aquellas siguen buscando amor en lo moderno,
maíz en el desierto,
y esperanza en lo incierto.
Esta es la naturaleza del mundo de hoy,
una vida en pareja sin ser pareja,
sexo sin amor: el mejor.
Aquellos buscan lunas en el día,
mujeres que les quieran sin una razón,
como los soldados que iban a morir,
les amaba el mundo sólo por su extinción.
Aquellas siguen buscando en el silencio una melodía,
confiar en quien no deben confiar,
porque dicen que después de la noche amanece el día.
Esta es la pauta de la postmodernidad,
con sus sentimientos transformados,
y su triple moral: la tuya, la mía y la verdad.
Verdad que a quién importa,
si luego anochecerá y veremos,
si el sexo nos hace eternos,
al menos un segundo somos le mismo infierno.
¿A quién le va importar?
Si hay algo en vez de nada,
si estamos viviendo,
dulcemente en el autoengaño,
hermoso y subliminal.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Astrolabio

Siempre es un segundo efímero, como los siglos cortos,
de mis instantes en tus horas.
No sé cuándo, no sé cómo ni en dónde,
se perdió el reloj de tus eternidades, de tu boca.

Siempre es un segundo efímero, como los segundos rotos,
de mis luces que ahogan,
el mar en su senectud,
agitado como un pasado que naufragó en sus olas.

No sé dónde, no sé cómo ni cuándo, se perdió el día,
cuando tus lunas lloran,
ni besé el carmín del rocío,
ni las ruecas del estío entre las nubes que flotan.

Madrigal de azahar y olivo y de su fuente agotan,
el sereno azul del cielo jalde que entre brisas aminora,
las siluetas castálidas, las cancelas que trocan,
los jardines del ocaso y las diáfanas brisas que soplan.

No sé cuándo, no sé cómo ni dónde,
se perdió el tiempo que acopla,
Acorde, tristeza y redención en la misma nota.

Siempre es un segundo efímero,
como de infinitudes la oda,
y somos los dos a perpetuidad los universos que explotan.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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