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Decidme, dónde pongo este silencio

Vería tus ojos, tus ojos, tus ojos.
Martín Lucía

Tendí las sábanas y las vi
agitarse y elevarse como gaviotas.

Anne Sexton



Porque voy a tener que pediros cobijo
para un silencio,
he venido despojada de palabras.
Solo traigo las esquirlas de las horas
de una noche de vigilia.

Muerdo el ansia con el ansia.
Qué poco sirven los sueños para amainarme
las olas…
Fijaos en mi pecho.
He sembrado dos gazanias a la espera
de sus manos.
Fijaos en mis labios.
Tengo por faro un lunar encendido
para que pueda encontrarme.
Fijaos en mi vientre.
Rumorean mariposas cada vez que veo
su nombre.

Decidme, dónde pongo este silencio;
pero callad, callad que solo puedo
oír su voz.
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¡Que me llueva el cielo!

¡Cómo me dejas que te piense!
Pedro Salinas

La realidad no es la que viene
sino aquella que aún tiene que llegar.

J.M. Caballero Bonald



Camino bajo cúmulos, racimos
de nubes níveas que proliferan
en un cielo azul, cerúleo
—mientras reste día—.
Una cuña de luna me mira,
ufana sonríe, subida a su palco.
Qué cerca parece que tengo
grandezas lejanas...

Camino pensando que el tiempo
se extingue, no cuando yo quiera
y quiero llevarme la vida conmigo
allá donde vaya.

Camino como si volara
subida a una abeja, dejando el futuro
tendido, sujeto con pinzas
para cuando llegue, presente del todo
y, entonces, lo vea.

Camino conmigo, sintiéndome mía
y del mundo, aparte.
Quedarme a mi lado ha sido un acierto
después del lodo, que darme a la vida
es lo que le debo a este calendario.

¡Que sea lo que sea, que me llueva el cielo!
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Fracaso de poema

Esto iba a ser un poema. Iba a decirte que dejé de pensarnos en futuro, que tiré a la basura los planes, los viajes, los mapas de las ciudades que ya no visitaríamos y las rutas en la motocicleta que, todavía, no nos habíamos comprado —pero que, algún día…—. Iba a decirte que las ilusiones, también las había convertido en esfera arrugada que ya no me sirve, envolviendo todas las estupideces, por ejemplo, como que sería maravilloso criar un hijo contigo o que envejecería a tu lado. Hace tiempo que no veo nuestros cuerpos tumbados boca arriba sobre el césped, pintando con los ojos en el cielo nuestro propio cuadro. Hace siglos que no caben en tu habitación tardes enteras conmigo dentro ni conciertos en mi coche, tu voz en grito. Iba a decirte —aunque, tú ya lo sabes— que ya no volveremos a comprar más trastos inútiles en un «Todo a cien». No. Somos: tú sin mí y yo sin ti. Lo que éramos antes de ser nosotros, es decir, dos personas. Quiero decir, una tú y otra yo. Lo que no entiendo es por qué, entonces, me siento a medias, incompleta, como si estuviera perdiendo por un agujero la salvia que me rellena. Me da coraje esta sensación de falta, de ser insuficiente para mí misma.

Créeme, he puesto todo el empeño. He guardado todas tus fotografías, por si a la nostalgia le da por mirarte a escondidas. He perdido los regalos que me hiciste, intencionadamente. Sí, me he venido arriba y hasta te he arrancado de la butaca del cine, del asiento del parque, de la silla del restaurante, del otro lado de la cama. Te he borrado de la agenda, de mi bandeja de entrada, de los márgenes de las hojas de mis apuntes viejos. Incluso, me he librado de odios que no te guardaba, que todavía, te debo; para engañar a este lado izquierdo de mi cuerpo que ahora toco y late lento, a regañadientes. Es más, ya no sé ni cómo te llamas, dónde trabajas, a qué hueles o cómo llevas el pelo. Ni siquiera me importa, te lo aseguro. He podido desprenderme de todo, de todo. Menos del amor que, en momentos como este, todavía siento por tu recuerdo. Odio el romanticismo que discurre por la memoria selectiva y, a veces, me odio a mí por no odiarte.
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Lemniscata

Pero vivir, joder, ¡vivir!,
a pesar de estar vivos o tan muertos
como a veces estamos.

Pedro Andreu


Afuera la noche confusa. Dentro de mí,
una fiesta de estrellas.
Se me han olvidado los versos que duelen.
Tal vez, se parezca a la muerte
que tanto temía, tan lejos que estaba.
Ahora es mediodía de un domingo de mayo
y el sol me calienta.
Así... morirme sí quiero.

Estaba cansada de ser la tirita que siempre resbala
dejando la herida a la vista, sufriendo
la nada que deja de rastro tu ausencia.
¡Qué bien se consume la encina dentro de mi pecho!
Morirme de vida.
De ver cómo bailan estrellas fugaces
al ritmo de hoy entre mis caderas.
Ya, luego, mañana...
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Silencio, tus ojos

Por si solo es un sueño que tengo,
delirio o granada pulsando
en el pecho dispuesta a estallar,
siembro este poema.

Como abono en los versos
pondré tu mirada, silencio que adornan
gaviotas, veleros, dos nubes dispersas
y calma, la calma que tiene
una playa desierta.

Palabras no... no me hacen falta.
Suspiros, si acaso.
Aliento de gozo en mi oreja.
Tatuaje de dientes.
Caricias llenas de manos.
Saliva subiendo mareas.
Silencio, tus ojos.
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Estás muerta

Suena extraño. No consigue mi oído aprehenderlo. No me llega a los ojos la idea, expresada como a tientas, mientras sigo montada en la cuerda haciendo acrobacias. Parecía tan lejano, tan difícil... tú, formando parte de los retazos de un ayer que no acababa. Siendo ahora solo un escalón más de los que he subido para llegar a inventarme, para dibujar lo que soy por encima de la ropa y, al mismo tiempo, lo que hay debajo, dentro y al fondo del corazón.

Estás muerta, evocación pusilánime, primavera en sepia, cielo, mar, luna, estrella. Toda tú languideces con el pretérito, la voz y el aroma. Los momentos se van esfumando como el humo de una barra de incienso consumida a medias.

Me ha costado, ¿sabes?, pero ya puedo decir que tengo respuesta a la pregunta que traías de vestido cuando te conocí, que yo también puedo contestarla, contestarme. No era tan difícil. De hecho, tú debiste resolver la incógnita hace mucho. Recorriste el camino antes y yo te miraba hacerlo, igual que se observa un mecanismo complejo.

Estás muerta. Y, a través de esa revelación, siento unas flores secas en algún lugar dentro de mí. He intentado cogerlas con mis manos, regarlas a base de besos, devolverles el verde que fueron, pero... no puedo. Si las toco, sus bordes se desmenuzan como una flor de león que acompaña al viento. Al menos, sé que sigues ahí, de otro modo, pero estás. Ya no tengo miedo a tu olvido sin olvido. Es un otoño bello que puedo recorrer en todos sus rincones de humedad y color, recorriéndome yo, sintiéndome viva. Yo creía que, después de ti, los días se perderían en un calendario blanco lleno de vacíos meses. Sin embargo, he descubierto que, después del verano, comienza una segunda primavera.
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Que no duerma ni una estrella

La oscuridad se acerca al parnaso poniendo sus zarpas de tiniebla sobre las letras, prendas de ropa interior desvaída que forman vereda en anodinos versos, en prosas vacuas. Haces frío, aunque trates de engañarme señalando embestidas y revueltas ardorosas que no veo, poniendo ante mis ojos unos cuerpos que no llegan a tocarme.

¿Cómo quieres que te escuche? De copos de nieve se cubren mis flores. Traes invierno y desamparo a mis oídos cuando trato de entonar eso que llamas pasión y que a mí se me atraganta como un caramelo agarrado al paladar. Haces frío.

No sé, llámame loca. O, mejor, no me llames. No me enseñes. No te muestres. No me digas que imagine con ventisca una hoguera, que ese amasijo de escenas viscosas deberían enseñarme la cima de algo. Podrías... qué sé yo... podrías empezar abandonando ese lenguaje almibarado que llena mi pelo de grumos pringosos y centrarte en mis lunares. Cuéntalos, uno a uno, usando la lengua, dejando un reguero de lava. Por ejemplo. O dale trabajo a las yemas de tus dedos, que explorando mis guaridas se desgasten.

¡Qué me cuentas de gemidos a través de invasiones maceradas! No me canso de decirlo: haces frío. Haz que tiemble. Deja en mi pecho tambores de guerra, desciende por mi ombligo sin prisa, como quien anhela encontrarse de una vez por todas. Despiértame. Que no duerma ni una estrella.
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Tengo derecho a estar triste

Hoy día, cuando los programas de televisión se afanan en divertirnos, en molestar poco al entendimiento y machacar las preocupaciones a base de gritos, de timos y golpes emocionales, quiero reivindicar mi derecho a estar triste. No sé quién, pero ha o han conseguido que la sociedad puntúe alto a todo aquel que parezca alegre. Digo parezca y digo bien, porque yo no sé si ese que sonríe en las fotos rodeado de gente es feliz o se lo hace. Por no hablar de los amigos de Facebook, de los contactos de Snapchat, de los seguidores de Instagram...

¿Y qué si quiero estar triste? Porque esto se convierte ya en eso, en un deseo, como defensa frente a la censura que te impide estarlo. Nada, que está de moda la felicidad y hay que llevarla puesta para no parecer desfasado. O lo que es peor, para no sentirte culpable. Pero, realmente, ¿qué culpa tengo yo de que otros no sepan manejar la tristeza, mi tristeza, su tristeza? ¿Acaso poner buena cara arregla el problema? ¿No sería mejor dejar que fluya la pena, que se exprese, que patalee, que libere y se deshaga de todo lo que le pesa? Pues no, las lágrimas solo si son de alegría. Las otras, que no sobrepasen el borde de los párpados, que no te pasa nada, que solo se te ha metido algo en el ojo, que hay quien está peor que tú, que lo tuyo ya lo han sufrido otros y no es para tanto. Cojonudo.

Tengo derecho a estar triste. Por ello, no soy ni mejor ni peor que tú. Tampoco soy mejor o peor que el que simula estar feliz. Si me apuras, ni siquiera soy mejor o peor que el que simula estar triste, que también los hay. Tengo derecho a codearme con mis monstruos, invitarlos a una copa, dejar que se acerquen a mí. De esa manera, puedo conocerlos, analizarlos, desmenuzarlos. ¿Para qué? Para fraguar un plan que acabe con ellos. Si no los enfrento desde aquí, desde la tristeza, permanecerán cerca, acechándome mientras sonrío, ji, ji, ja, ja, falsamente. Esperarán su momento y me embestirán con fuerza. Entonces, sí que estaré perdida.
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Esos días

Tienen esos días la apariencia
de un domingo azul y verde,
dulce cantar dibujado en la ventana.
Olor a leña. Sabor a gloria.
Cómo voy a pensar en errores...
aunque sepa de un abismo
desde lejos y sin gafas,
quiero creer
que no voy a marearme
en todas las travesías,
que conozco de memoria
el camino;
dónde las trampas, dónde el escollo
y, también, el atajo.

Con el mar de olas revueltas,
a tientas llega la tarde.
Tengo un motín en las manos
con dedos que tiemblan,
de dedos de alambre.
¿Dónde encuentro unas letras
de berilo que consigan inventarse
un poema que no abrase?
Atrás quedó la sequía...
Aún me queda una sed insaciable
buscando saliva y más poesía
que mi espalda arañe.
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De las confesiones

Qué aburrido el paso del tiempo ―dije, anhelando algo diferente―. Entonces, lo hice: me dejé llevar por el instinto. Fue excitante, pero raro. Algo así como manejar una de esas grúas que demuelen edificios con una bola gigante. La estructura de lo que habían sido mis sueños, miles de proyectos, el futuro, mi futuro... todo, absolutamente todo, se hizo escombros y, entre la humareda gris de polvo, distinguí la luz de otro amanecer.

A partir de ese momento, los días contuvieron la sorpresa intrigante de un regalo envuelto que miras y sopesas antes de atreverte a desliarlo. Un remolino de vida. Estupendo, genial, magnífico. Era justo lo que quería... hasta que lo tuve, porque no hay mejor manera de desprenderse de un deseo que satisfacerlo. Qué curioso. El asombro cambió de nombre para llamarse incertidumbre y riesgo y vértigo y nado contracorriente. Dejó de gustarme eso de ir a tientas, subir al trapecio con una venda, lanzarme de espaldas con los brazos abiertos, caminar descalza, preguntarme todo el rato qué vendrá después. Supongo que alguna vez te ha pasado. Qué mareo, ¿verdad? Da miedo ser la que maneja el timón con la tormenta, dirigir el rumbo sin tener muy claro hacia dónde ni cómo y, menos aún, para qué. Te agobias, te cansas, te hartas y huyes. Primero, de mentira, porque cuesta; pero, al final, terminas marchándote de verdad, convencida de que es lo mejor.

Salté de aquel tren en marcha, pero solo lo hice cuando supe que la caída me dolería menos que proseguir el viaje por un túnel interminable, es decir, encontré un paracaídas. Desprecié lo que no entendía y salté. Mi paracaídas se parecía al equilibrio y, además, era hermoso. La estabilidad recién salida del horno huele muy bien y sabe mejor. Por eso, la degusté con calma, mordisqueé todos sus recovecos narcóticos, me agarré a su firmeza, suspiré subida a su equilibrio en noches cubiertas de estrellas, en definitiva, me convencí de que eso sí era vida, felicidad, prosperidad... y no lo otro, no el remolino eléctrico. Sin embargo, como ya he dicho, los seres humanos somos caprichosos. Pataleamos hasta conseguir lo que queríamos y, cuando lo obtenemos, tachamos la proeza y buscamos la siguiente. Que quede entre tú ―que me estás leyendo― y yo ―que me estoy sincerando contigo―: estamos abocados a un descontento eterno.
Lo sabes, ¿verdad? A mí me quedó claro hace tiempo.
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Aunque luego te marches

Rompe, rompe esta carta, es más absurda, más loca que ninguna,
rómpela, pero guárdame a mí, sí, porque tengo miedo, mucho miedo.

Pedro Salinas - Cartas a Katherine Whitmore

Porque sueño y recuerdo tienen fuerza
para obligar la vida,
aunque sean no más que un límite imposible.

Jaime Gil de Biedma - En una despedida.


Podrías volver, no es un imposible. Me refiero a regresar en el espacio, acortar la distancia que nos separa. Sé que no sería lo mismo que antes de conocernos. Tampoco, lo mismo que antes de separarnos. Que antes. Pero sería, habrías vuelto y te vería vivir. Descubriría cómo eres ahora, el reparto de los años y la experiencia por tu cuerpo, la manera en que modulas hoy en día tu voz o el lenguaje de tus gestos. Quizá halle ante mí a un ser desconocido en apariencia, pero siempre habrá un resquicio del ayer en tu mirada, lo sé. No podría ser de otra forma. Si no lo encuentro de primeras, ten por seguro que bucearé en tus ojos todo el tiempo que haga falta hasta localizar —o inventarme— el centelleo que te reconozca, que me reconozca a mí en ellos.

Podrías volver, regalarme ese riesgo. Transfigurar esta rutina flemática en un soplo de aire fresco, como cuando se abre de par en par una ventana y entra el viento para despeinarte un poco, despertando el ánimo de las cortinas y de todo aquello que tan solo necesita un estímulo para espabilarse. Un respiro. Acabo de acordarme de esa canción que decía: dame descanso como quien da un refresco. No creas que no me sorprende este anhelo, haberte convertido, propiamente, en un alivio. Dudo entre la naturaleza irónica de este asunto y mi paranoia.

Podrías volver, darle una patada a la trama y cambiarla por otra donde retomaras tu papel de personaje activo en la historia. Quitarme el peso que supone tu ausencia. Enriquecer el gris de este noviembre déspota que lleva un siglo gobernando el calendario desde que me dejaste sin el mes de abril. Ven, devuélveme la parte de mí que se fue contigo. Odio el eco de vacío bajo la piel. Necesito sacudirme esta nostalgia y reencontrarme conmigo toda, entera, una, yo. Me ensordece este silencio y desespera, a partes iguales. Procuro ver el tiempo como un mundo colmado de instantes que nos quedan por delante, pero a veces, es insufrible y parece que juega en mi contra, que se unió al bando del olvido dejándome sola, recordándote.

Podrías volver, dejarte ver, al menos, tu sombra, algo, lo que sea. No tengo la paciencia para reclamos. He perdido lo estoico de mi aguante, el arte del disimulo, la calma para esperarte por siempre. No soy yo quien escribe, es mi alma quien se aferra al teclado y pretende conmover a unos ojos que lleven a otros ojos. Digo yo que si funciona el boca a boca, el ojo a ojo también dará sus frutos.

Podrías volver... aunque luego te marches, pasado un rato, unos minutos, un momento.
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Cuando esperarte parecía el futuro

Te esperaré siempre.

Creo que fue una de las últimas frases que nos dijimos. Tú a mí... Yo a ti... No sé, qué importa. De todos modos, era un plan para dos. Una intención bañada en lágrimas que, a duras penas, atravesaba el auricular del teléfono.

Ahora que lo pienso, debí ser yo la valiente, la voluntariosa, la idiota. ¿A quién se le ocurre? Pues a mí, a mí se me ocurrió decirte que iba a esperarte siempre, como quien señala con tiza los límites de una paciencia inagotable. Más resignada que tranquila, me senté a esperarte en los versos que salían a borbotones como de una herida abierta sale huyendo la sangre. Poemas varados en playas de invierno donde faltabas con ausencia redundante. Me senté a esperarte porque creía que vendrías, naturalmente. Declaraste que el reloj se podría cansar de marcar las horas, pero tú no, tú no de amarme, y yo... me derretí con aquellas palabras. Las usé de escudo, de excusa, de bandera, de dogma. Me abrazaba a ellas para sentir tu aroma. Sabía que volverías porque no podía ser de otra forma. Teníamos un trato, un vínculo tan original y apasionado que... cómo no ibas a volver.

Fueron pasando los años de manera ordenada, sin saltarse ni un día. En ocasiones, temí que se nublara el nítido recuerdo de tu voz u otros tantos detalles, como el abanico de tus pestañas, la forma de poner las manos sobre el volante, la manera de mirarme, qué se yo... cientos de nimiedades. Seguro que muchas de las particularidades que adornan tu ser han pasado a la trastienda de mi memoria. No es que no lo entienda, es lógico, no pueden vivir eternamente en primera fila. Sin embargo, me aflige ser consciente de esa fina pérdida que avanza sin detenerse hasta el olvido. Decía Nicanor Parra: La olvidé sin quererlo, lentamente, como todas las cosas de la vida. Y eso me pasa a mí contigo. Aunque estoy segura de que no te vas a marchar del todo, pervivirás igual que una cicatriz, como un pasaje subrayado en el libro de mi historia. Puede que invente la mitad de las cosas cuando te rememore, porque eso también es lógico. Serás lo que yo quiera que seas, después de todo. Faltaría más. Un ogro horrible que apeste, una serpiente de veneno mortal o una bruja inhumana de uñas afiladas que me arañó el corazón sin clemencia y, desde entonces, lo llevo con un parche enorme en el que se puede leer tu nombre.

Quería esperarte porque ibas a volver, pero también, porque hacerlo era forjar un futuro contigo, de alguna manera, cuando parecía que era imposible, que lo nuestro ya no tenía un mañana. Cómo no iba a esperarte... esperarte era un hilo del lazo que deseábamos mantener, era la posibilidad que hacía posible lo improbable.

Por supuesto, estoy escribiendo esto porque todavía no has vuelto, y ya no creo que lo hagas, no de aquella forma que suponíamos. Ha llovido demasiado sobre el romanticismo y mis canas me han cambiado los gustos. Supongo, que el tiempo no pasó sobre ti en balde, tampoco. Quizá, me has colocado ya en la trastienda de tu memoria y solo acudes a mí, de vez en cuando, rememorando alguna anécdota que no ocurrió como la cuentas y seré lo que tú quieras que sea. Lo comprendo, sobre todo, porque siempre le has echado imaginación al asunto, desde el principio.

Quién sabe... si algún día volvemos a encontrarnos, la escena puede que sea peor, mucho peor que cualquier fantasía. Puedes cruzarte conmigo sin verme, esquivándome como a una sombra extraña. Que sea yo quien se dé cuenta de tu presencia y se vuelva a mirar cómo te alejas sin girarte, sin detenerte, sin la parálisis que confiscaría mis huesos, músculos, órganos... Si eso ocurriera, daría por muerta a la primavera. Y a la poesía. Quemaría los libros de Neruda. Y los de Salinas. Dejaría de acercarme a oler los jazmines en la calle. Y haría lo mismo con las flores de azahar. Si algún día volvemos a encontrarnos y me has escondido tanto, tan bien en la trastienda de tu memoria, que he dejado de ser yo, cualquiera de las yo que fuese, que soy, que podría ser inventada por ti... tiritarán mis poemas, agonizarán los versos en sus estrofas y la vida seguirá, porque siempre sigue, pero no podré evitar que tu olvido me haga sentir un poco más triste.
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Si lo cantara Andrés

La próxima vez que te vea,
será el silencio en mis labios
quien hable por mí,
o puede que cante el azar,
la alondra del cuello de Andrés
tocando las cuerdas de una guitarra
en la orilla del aire.

Y no seré yo quien discuta al gallego
convencido de tu vuelta.
Mi voz sonará a suspiro.
Si lo cantara Andrés, estoy convencida,
picaría el viento y subiendo la marea
me haría a la mar.
Desnuda, completamente...
sin escafandra.
Solo un as de guía en la melena.

Sería la noche perfecta, todo cielo,
salitre en la punta de la lengua
y unos versos resbalando por el pecho.
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Ni olvido ni recuerdo

Yo no quiero ser recuerdo.
Elvira Sastre


Claro que sí, Elvira. A la mierda el conformismo. Y a la mierda también la hipocresía. Que no solo no queremos que nos olviden, tampoco queremos que nos recuerden.

Ser recuerdo de otro... qué horror. Para llegar a convertirte con el paso de los años en una menudencia aún mayor, por ejemplo, en recuerdo del recuerdo que le queda de ti. Ser solo una imagen distorsionada en su memoria. Que llegue el día en el que se dé cuenta de que ya ni siquiera recuerda tu voz, tu perfume, tus ojos. No el color de tus ojos. Digo tus ojos, su forma, la manera de mirar, de extrañarse. Cómo guiñan, cómo se abrazan las pestañas al cerrarse el párpado.

No, yo tampoco quiero ser recuerdo. No quiero que me vayas perdiendo cada día como las piezas de un puzle, hasta quedarte solo con trozos de lo que fui, de lo que fue, de lo que fuimos. Porque un gajo de una naranja es solo un gajo, nadie dice que sea una naranja. Yo no quiero ser una caja de cartón en tu cabeza, un trasto cubierto de polvo y lleno de recortes de lo que alguna vez fueron historias. Pasar a llamarme «aquella chica». Llegar a estorbarte. Sentirme apretujada contra los recuerdos de otras, de otros.

Lo que yo quiero es que me saques de ese rincón perdido de tu memoria y me lleves contigo al trabajo. Que me veas en esos cuerpos que no soy yo, pero se me parecen. Que sonrías, de pronto, porque alguien dijo mi nombre. Que escuches mi acento en la barra del bar que frecuentas. Que me leas todas las noches antes de ir a dormir y me dejes un sitio en tu cama. Que me pienses, o mejor, que te toques pensando en mí. Y, por qué no, que te toquen otras, sí... que te toquen mientras me piensas. Yo lo único que quiero es que cojas de una puta vez el móvil para llamarme y decirme... yo qué sé, que me odias y te duelo. Aunque suene sádico. No es que quiera hacerte daño, es quiero poder hacerte algo. Todavía.
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La carta que te enviaría si no estuviera muerta (para ti)

No es la primera vez que estoy sentada frente a la pantalla con los dedos sobre el teclado haciendo amago de escribir. Tampoco sería la primera vez que me levantaría de la silla sin haber escrito nada, o habiendo escrito y borrado poco después. Dirigirse a ti no es tarea sencilla.

¿Por dónde empiezo? ¿Te saludo y te pregunto cómo estás? ¿Es un comienzo demasiado frío? Qué más da, si estoy hablándole a la persona que me mató para el resto de su vida...

Tal vez, sería más fácil si nos encontráramos, de pronto, en cualquier lugar. Aunque no lo creo. Al menos aquí, ahora, sé que puedo tardar un segundo o un siglo en reaccionar, no importa cuánto dilate estas palabras. Si girara en una esquina y tropezara contigo, me vería obligada a improvisar bajo el asombro y es más que probable que me quedara muda.

Para ti debe ser distinto. Tú solo tienes que descorchar una botella de reproches y servir dos copas: una, para que me la beba; la otra, para lanzármela a la cara. Te basta con retorcer los labios en una mueca ofensiva. Arañarme con las pestañas. Recordarme en un silencio turbio lo mala que fui, que soy, que seré, porque las personas no cambian, ¿verdad? Por eso, por eso mismo, sé cómo reaccionarías tú.

¿Te acuerdas de cuando no estuvimos en París? Al menos, fue divertido imaginar todos los viajes que nunca haríamos, el nombre de los hijos que no tendríamos, los títulos de los libros que jamás compondrían nuestra biblioteca, la colección de poemas que albergaría la no antología de nuestra vida en común, el repertorio de canciones tan nuestras como de otros... y así con todo. No está mal, ¿no? Una relación es eso: besarse hoy y soñar para mañana. Quizá parezca tiempo perdido, en vano, inútil... pero no lo es. Eso que llevamos ganado para la siguiente relación. A lo mejor de esa forma, besamos más y soñamos menos.

Contigo me planteé cuestiones que, en ningún modo, habían estado presentes antes de ti, y eso es maravilloso. La parte negativa de la inquietud, del aprendizaje, era que todo lo que fui aprendiendo estaba tan unido a tu persona que olvidé algo esencial: cómo era eso de vivir sin ti. Todos los caminos los recorría a tu lado o siguiéndote. Estabas en cualquier cosa que tocaba, que pensaba, que decía. Estabas en las canciones, en los versos, en las películas, en los bares, en los libros, en la ropa, en la comida, bajo las sábanas, sobre ellas... Estabas en los sueños y en las pesadillas, en las madrugadas y en los comienzos del día. Todo. Todo impregnado con tu perfume de distancia y de un no puede ser constante. Entonces, me vi obligada a desaprender y, por tanto a desaprenderte, que no es lo mismo que olvidar, porque yo tampoco sé dónde habita el olvido y mira que lo he buscado como si ese fuera el objetivo y no una mala tirita que se cae siempre que la humedeces un poco, por ejemplo, con lágrimas.

Podríamos decir que ya no te conozco, que sería tanto como decir que alguna vez, en algún momento, llegué a conocerte. ¿Demasiado pretencioso? ¡Bah! Qué importa ahora si estoy muerta (para ti). Debo ser demasiado optimista. Sí, eso es lo que soy, aparte de idiota. Tu planeta está muy lejos del mío y no tengo la certeza de que esta carta llegue a tus ojos. No obstante, aquí me ves, lanzando letras a las estrellas, queriendo creer que me verás en alguna de ellas y te acordarás de mí.
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13comentarios 138 lecturas prosapoetica karma: 83

Te encontré

Te encontré
en la cáscara, fanal de una poeta,
en su nombre y su mirada
te hallé viva.
Era tarde de otoño, verso turbado,
timidez en el rostro, apatía.
Miles de flores naciendo
en sus manos
y tanto verano llenando sus ojos
como el horizonte sin nubes
pudiera abarcar.

Quemaba el frío de sus letras,
recuerdo,
soneto en ruinas, poema enfermo
y, al fondo, un candil.
No sin turbarme, seguí leyendo,
campo de intriga, misterio, enigma
revuelto por resolver.

Cuánta tristeza en la tristeza...
Quisiera servirle de foco, de pozo,
de fondo, de torno, de globo, de trono,
de bolso, de lomo, de sorbo,
alivio a su falta de inspiración.
¿Cuánto
vale un par de alas?
¿Cuánto
unos brazos capaces
de abarcar el mar?
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9comentarios 106 lecturas versolibre karma: 89

A veces, me guiñan las letras

A veces, pasan semanas
sin ver una gota de lluvia
y siento que todas mis rimas
fracasan.
Se estira la hartura si cierro
los puños, si muerdo la lengua,
si clavo las uñas en los muslos
y paro la tromba que acampa
dentro de mis ojos.
Mira si me canso...

De tanto buscar el poema perfecto
que lo diga todo,
me pierdo los días, los bailes
bailando abedules ahí fuera.
Aplazo la vida y espero otros versos
capaces, potentes, lascivos, alegres,
de esos que sigan el ritmo
que lleve pegado a mis suelas.
No tengo remedio...

A veces, me guiñan las letras
y no es un engaño.
Me lanzan señales que siembran espigas
a ras de la piel de mis brazos
que tiemblan en un cosquilleo.
Entonces, escribo palabras
y sigo diciendo que no soy poeta.
Tan solo crepito en el folio
ansiando que alguien visite el infierno
conmigo.
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Huyo de cámaras

Huyo de cámaras
como del frío de mayo.
Huyo de poses, de risas
falsas, ruidos, tiros, trucos...
Rara, me siento rara
cuando miro a la derecha
y me pasa que, en el centro,
me agobio.

Estoy cansada.
De ponerle maquillaje a los días
me adolezco.
Trajes de circunspección,
peluquería, lavado de cara.
Promesas, efigies que no dicen
nada.

Listas cerradas...
Listos abiertos a vivir
muriendo en mi oreja.
Harta de tanto retrato malo,
fotos movidas, poca luz,
mucha luz...
tiembla la mano al fotógrafo
y la culpa es mía.

¿Quién se sienta ahora
a mi lado?
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Confundirme en mis errores

Que, en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Alocución a las veintitrés.
Ángel González


Quisiera confundirme en mis errores,
dejando que la nada me seduzca
en su vaivén contenido.
Zarpar. No huir. Zarpar.
Burlarme de la prisa, por lo menos,
una vez. Que tampoco pido tanto
si deseo ver de nuevo cómo arden
unos versos mar adentro.
Digo yo...
O quemarme cuando toque
una hoja salpicada de rocío,
aunque sepa que no es cierto,
que no llega a calentarme ni siquiera.

Me hace gracia la ironía
que me pone aquí, delante,
unas líneas de distancia.
Como si... —ya ves,
a estas alturas del poema—,
no fuera capaz de comerle la boca
al silencio, dejando salir la vergüenza.
Desnuda, abierta, taimada, melosa,
directa, audaz...
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Me imagino un Poémame... (relato, por llamarlo algo)

Sin nombres que señalen, que limiten el hondo piélago de la imaginación, me imagino un Poémame inserto en la naturaleza de los días. Más que un bar, una cabaña moderna. Mitad pastoril, mitad urbanita. Me imagino llegando a su puerta y en pie la primera persona con luz tras el humo que deja un cigarro sujeto en su mano, mientras coge en la otra una copa incompleta de cava, de cava y de letras. Me saludará con euforia y, a borbotones, saldrá la palabra derramada por su boca. Me imagino a un rompeolas en activo, salpicando frescura, y tendré que entrar, lo sé.

A los pocos segundos habré traspasado el umbral y me costará tragar la paz que respire. Un inmenso mundo se abrirá a mis ojos. Sin ir más lejos, a la derecha hallaré, pegada a un estante repleto de libros, una sombra de alguien que mira por una ventana. Miraré yo también, y pensaré que estoy loca, cuando vea que ha sido capaz de poner ahí arriba, en el cielo, la suma de varios planetas alineados. Después, le dirá a la luna algo susurrado y ella asentirá. ¿Desde cuándo la luna comprende a un poeta?

Seguiré mi camino dejando la duda enganchada a una mesa y sentada a mi izquierda, encontraré otra sombra anudando unos versos, usando un cordel para unirlos, atando sonidos, poniendo la rima con gran precisión. Le oiré mascullar entre dientes: esto nunca será perfecto. Es el ceño fruncido en su frente la experiencia reunida. Dejaré que prosiga el poeta con sus mediciones y me marcharé.

En la barra del bar me estará esperando paciente una copa que no habré pedido y alguien con pinta de jefe me va a ofrecer en bandeja o en estrofa —según le apetezca—, unos versos crujientes, diciendo que soy poesía. No tengo ni idea de qué habrá en la copa, pero sabrá a farra, y mientras lo pienso, notaré que alguien retira el asiento que hay a mi lado, se sienta y me mira con ojos humildes que escriben sin pluma letras doloridas y reclamos de amor. De pronto, llamarán a la puerta y entrará la noche abrazada a un poeta que trae la mochila repleta de estrellas para colocarlas en nuestro salón. Contará que las ha cogido del cielo subido a la Torre Eiffel. Y no me va a causar asombro, no. Allí todo es posible. Hasta ver el mar cubriendo unos ojos que lloran poesía.

Al final, perderé la conciencia del tiempo que lleve en el bar, porque en Poémame no existen relojes. El tiempo se mide en historias trasladadas a la Edad Media con vocablos rebuscados, o amparando oscuridades, dando alas a lo prohibido, despertando la inquietud o invitando a la calma, dependiendo del momento, ora vestidos, ora desnudos.
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