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Todo cobra sentido

La vida es ciervo herido
que las flechas le dan alas.

Góngora

Todo cobra sentido cuando dejas de buscar
en los recodos de las cosas a las cosas.
Siempre pasa. A veces, tarde.
Cada instante se convierte en pérdida
y duele,
como un dedo amputado del tiempo
que creíamos nuestro.

Solo es mío lo vivido. O ni eso.
Los recuerdos van cogiendo el amarillo
anaranjado del adiós
y en las prisas soy la presa de un mañana
indefinido, moribunda ya la niña
que llamaban como a mí,
mortecino el porvenir que deseaba.

Atrás quede la inquietud.
He llegado a ese punto del paseo
donde vacilan las piedras,
tan perfecta su belleza sobre el río.
Allí me encuentro,
entre lo que anhelo que ocurra
y lo que estoy dispuesta a dar
para que suceda.
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No eres mía

Hay días en los que la certidumbre se cuela por una ventana mal cerrada, como el frío del invierno. «No eres mía» sonó a eso, a silbido congelado, a sobresalto en tierra antártica. Las vigas de la mente aguantan, no para siempre. Las mías cedieron al derrumbe ya esperado en los versos. «No eres mía» penetraba en mis adentros y cortaba de un tajo los hilos de la esperanza, como el filo de un trozo de papel perverso. Duele... pero, ¿qué otra cosa puede hacer sino doler?

«No eres mía», otra vez... ¡Otra vez! Ni un álbum con instantes de nuestras sonrisas de viaje, ni armarios con tu ropa y la mía, ni anillos de letras vinculando el riesgo de perdernos las ganas de soportarnos otro día más. Nada que consiga salvarnos de la orilla del olvido porque, lo que no se dice, no existe ni a nadie le importa. «No eres mía» es la culpa del pasado y del vicio y del miedo y del ego... de lo poco que he aprendido, de lo mal que he aprendido. Eso es lo que nos queda en la noria de locura cuya suma va restando tiempo al tiempo. Repetirnos en fracasos de promesas, solo eso.

«No eres mía» y ya van doscientas veces que lo dices, que lo digo para ver si me lo creo, porque cierto es que miro al fondo de lo oscuro y lo único que quiero es que vuelvas, que vuelvas, que vuelvas, que vuelvas, que...
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6comentarios 122 lecturas prosapoetica karma: 129

Casi perfecto

Cuando digo que algo es «casi perfecto», no desairo la intensidad con que palpita, ni resto las veces que logra sacudir las mareas de un cuerpo derrengado. Si digo que es «casi perfecto», cualquiera puede advertir sus bondades, saber que está cerca a lo sublime, pensar que es un puente y que, debajo, se encuentra a menudo la carencia, el humo, la sombra vacía del hueco que nada ocupa. Digo que es «casi perfecto» y el casi apenas se oye. Es un matiz anodino, como la pequeña raja que no sangra en la mano ni ofende, más allá del escozor que nos recordará su presencia, solo un par de días.

A mí me gusta «casi perfecto» mucho más que «perfecto» a secas porque carece de tal excelencia. No es más que el falso espejismo de unos ojos subjetivos que procuran el engaño. La terca porfía que causa el contagio de empeño en una quimera que puede agradarnos, hasta el punto de sobrepasar todo el saldo de tiempo y aliento de que disponemos, pero... no es real, ni verdadera. Cosa que suele olvidarse y, por eso, me decanto por el «casi», me abrazo a sus defectos en lugar de bruñir lo irreal, engalanando miserias, aireando esperpentos. Amo el «casi». Parece el emblema de todo cuanto respiro. Voy rozando la fortuna y nunca llego. ¡Esa es otra! Cómo irrita el «nunca»...
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A ciento y un minuto de vernos

Luego, estaré nerviosa
porque creo que estaré nerviosa.
Ahora, sin embargo,
tengo una balsa de aceite
por sangre, llenando las venas.
A ciento y un minuto de vernos,
escucho la saliva, el chasquido
en los labios, con la lengua, de los besos
que imagino que regalas
a mi boca.

Hay un cántaro de barro entre mis piernas.
¿No se aprecia? Porque quiero derramarlo,
todo entero sobre ti,
olvidando tantas cosas por decirte
que parece que tenía.
Por ejemplo: las preguntas, las respuestas,
las heridas que conlleva el papel que desempeño,
la paciencia que no existe
o esas nubes que me nublan la conciencia
de estar viva, si no dejas que te canten
al oído mis jadeos.

Las costuras de tus ojos te delatan:
eres aire y no respiras.
Yo tampoco, si te sirve de consuelo,
aunque sea otro ahogo diferente
el que oprime.
Cae la noche todo el día
como bruma afilada en mi cuello.
Ojalá fueran tus dientes.
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Lo contrario a la memoria

Las letras no se parecen a ti.
No eres musa de mis desvaríos.
La nostalgia, el recuerdo,
la pena, el reproche,
la rabia... ironía, indignación.
No te preguntan mis dudas.
Tuerces el gesto,
pero es algo maravilloso.
Sin embargo,
debo entender la arruga furibunda
de tu entrecejo
o la rabia contenida en el temblor
de unos labios que se sirven
del silencio
para hablar mejor.

A lo mejor no te vale,
pero en los mares sin arruga,
encontré el respiro sentado
en cordura de mimbre,
la brisa adecuada,
una barca sin naufragio,
el miedo escondido de mí.

A lo mejor no me vale,
pero eso es solo terquedad
o ignorancia.
Nunca entendí mucho de nada.
Hay domingos soleados
que no necesitan más que a ti.
Se me olvida.
Lo contrario a la memoria
siempre quiero que seas tú.
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Abulia

Put your ear down close to the soul and listen hard.
Anne Sexton.


Fui hacia ti con mis brazos de acebuche,
llevaba sol en el pecho y avidez de arrancar
el invierno
a la bahía de tu abulia, allí
donde fondean rutina y compromiso.
Tenías mi misma sed.
Querías alzarte por encima de preceptos,
más allá de horizontes,
los confines que pusieron otros, tú no.
Tú...no.

Te has dejado media vida colgada
en vallas de alambre.
¿No te pesan las cadenas ya oxidadas?
¿Tan hendida está el ancla
en tu vientre de coral?
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La mujer azul

Cuando veo a la mujer azul escorada,
llanos quedan los versos, solo limo y espuma de sal.
Su orilla huele a nostalgia, a herida abierta
que me escuece a mí, también.
Se abruma la tarde, tirita hasta el faro.

Si alguien pregunta qué pienso diré,
—a riesgo de arañazos—,
que no me creo el estío del todo.
El ritmo sin rima me dice que la memoria respira
casi tanto como late el corazón.
Será pesadumbre… o será desencanto
al comprobar que la salida de emergencia
solo era una puerta dibujada.
¿Cuántos golpes dados contra la pared?

Me duele el dolor de la frente raída
y no puedo evitar la pregunta:
¿Soy yo el hueco de una ventana ficticia?
¿Dejo al menos que entre luz?
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Ser argayo

Ver claro es detenerse. Analizar es ser extranjero. Todo el mundo
pasa sin rozarme. No tengo más que aire a mi alrededor.
Me siento tan solo que siento la distancia entre mí y mi traje.

Bernardo Soares (F. Pessoa)

... bebo absolutamente solo
mientras nadie me llama y busco
a quien me llama: viene
en sentido contrario al de la espera.

J.M. Caballero Bonald


¿Alguien más ve las nubes que galopan como dóciles corceles que olvidaron su bonanza? Se va yendo el cerúleo. Llega la fiera, viene hacia mí... yo que siempre fui de calma —menos cuando la tenía—. Más parece que reclamo el malestar como alza o trampolín que da impulso, destiñendo lo vivido. Piso charcos donde hay tinta que debió formar palabras, un aviso o cualquier cosa importante que pasó a ser trivial. Cuatro letras estancadas solo quedan. Y no deja de llover.

Hay caídas que pudieron evitarse antes del derrumbamiento. Hay errores con herida encarnizada que producen regocijo. Creo que hay días que consigo superarme: casi alcanzo ya la cima del fracaso. Desde aquí se ven muy bien las palmaditas que me he dado en la espalda a lo largo de los años. El consuelo de más tarde, de paciencia, de ya mismo, de tan pronto como nunca...

De otros días no me acuerdo. Ni sé qué quiero.

Voy a tener que dar la razón a la amiga de los miércoles, parca en palabras... o no, según el día. Debería haber dejado de pensar —mi deporte favorito—, empleando ese esfuerzo en saltar por la ventana. Buscar el soplo de aire de sur que zanjara mi alergia. Matar de risa al entrecejo. Usar la lengua, no para hablar. En eso estamos de acuerdo. Queda feo que yo lo diga, pero mira que aumenta mi belleza cuando estoy callada...

Hay tanto deber no cumplido dentro de la vorágine de actividad diaria, colmada la agenda de sorbos de clavos que trago, rebasando la energía que me invento para complacer a todos, menos a la que sostiene mi sombra que, a veces —¡qué coño, que siempre!—, tengo la impresión de mucho hacer, para acabar haciendo nada. Y falta poco, dice el eco repetido que empezó siendo susurro y ahora chilla en mi oído sin lograr que me conmueva. ¿Será que estoy habituada a su alarido? Decidme, ¿qué hay peor que la costumbre en estos casos?

No hay seguro que mantenga la armonía, todo quiero en el trapecio. Ver mesura en el desorden. Ser argayo.
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Mi esperanza es una bandada de pájaros

Mi esperanza es una bandada de pájaros que migra hacia el lugar que haga probable lo imposible. Nada de jaulas. Qué hermosa la palabra libertad, cómo se unen sus letras para terminar en aguda, como un golpe contundente, sobre la mesa. Si no fuera por el vértigo que produce la ausencia de cadenas, de reglas que miden y ordenan cada paso que damos... Qué curioso, es motivo de protesta y, a la vez, mejor excusa para obrar de esa manera que no gusta; pero tampoco obliga —a cavilar, a probar, a resolver—. Quién se atreve... Mantenerse en la cueva acaricia con oscuridad los párpados en un continuo vaivén dubitativo, que espera ser espejo de lo que no ve.

Son pocas veces, aunque son. Mi razón indecisa, enterrada bajo tierra con la raíz hacia fuera, salta de júbilo. Ella se acerca y me convierte en renuevo del árbol que fui o quise ser. Trae una lengua de seda que pincha cuando habla en silencio. Entonces, me revuelvo en lo dañino y malgasto los abriles comprando incógnitas. Que no sé ni lo que quiero ni lo que pienso y, mucho menos, lo que debería querer, pensar, hacer, decir... Soy desorden y podría representarme en una gráfica con subida constante. Me pregunto cuándo empezará la caída, el derrumbe... mi derrumbe. Se resbala el oxímoron por la ventana y no hay cristal. Soy la espera desesperada que no sabe, ni siquiera, lo que está esperando. Cambio. ¿De qué, a dónde, cómo y... para qué?

Amarro las preguntas al mástil de una prosa que delira. Naufrago siempre. Ojalá pudiera seguir la ruta de una golondrina de mar, ponerle alas a sus alas, dejármelas crecer yo.
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12comentarios 115 lecturas prosapoetica karma: 96

Nunca iba a darte vida un poema

Siempre que digo <<nunca>>
acaba ocurriendo.
La certeza improbable tiene la esperanza
colgada de un hilo que no acaba
de romperse.

Mis versos nunca iban a hablar de ti,
porque dueles en cada letra como si hubiera
forjado el acero para conformarla
y, luego, leerla fuera tragarla
a golpe seco.

Además, todavía, no llego a poeta,
mamá.

¿Qué podría decir de ti sin que el día
tornara a tarde de tormenta en las mejillas?
No es tu culpa, no lo es.
De mi talega de errores horneados
a diario solo eres responsable
de la nada.
Aguerrida, incansable, soñadora silueta
dibujaste de una niña que alcanzara
cada una de las metas que tus dedos
no rozaron.

Nunca iba a darte vida un poema
y, sin embargo, eres tú quien insufla
el aire de todos los míos, quien pone la risa,
mis ojos redondos igual que los tuyos
o la artrosis de inicio
en manos con dedos que machacan teclas.

Es verdad, mamá, todavía no llego a poeta
y no creo que sea indispensable
para que estas cuatro palabras
deshilachadas
hablen de la nostalgia que mide los días
que llevo sin verte.
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9comentarios 130 lecturas versolibre karma: 103

Como en un sueño ligero (poema a la manera de @Verín).

Como en un sueño ligero, perturbable
es la calma que agoniza en los brazos
de una hiedra, agarrada a la vida
que no siempre satisface.

De un amarillo ajado viste su esperanza,
no por haberla perdido, sí por la noche
que acucia toda ilusión, sin una vela
que arda. Solo hay sombras.

¿Es a mí a quien pregunta el color
de la lantana que florece en su pecho?
Sabrá el otoño…
Yo le veo quebrada la inocencia,
siendo más su hogar lo que hay
fuera de él.

Lleva siglos dando asilo a un remanente
que se adhiere a sus alas,
desgastando las escamas que avivan
el vuelo.
Como si no tuviera bastante con el peso
del pasado, lo frustrante de los sueños
que quedaron en sueños,
latidos en balde que no lo fueron,
porque de todo se aprende... no sé el qué.

Aún susurra la escultura pétrea:
Que corra el tiempo.
Yo le pregunto:
¿Hacia dónde?
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10comentarios 103 lecturas versolibre karma: 105

La chica que volverías a ser

Todavía lo recuerdo.
No hace tanto que el murmullo
de un anhelo palpitante
te hacía decir que volverías al sur,
porque tu corazón no se había movido
de allí.

Te sentaba bien la trenza de certeza
inventada, la ilusión bajo las cejas
y el rimero de las ganas
que vertías en los días para ser feliz.
Todavía lo recuerdo.

Volverías a ser aquella chica
de sonrisa abundante, con la piel atezada
y el ceño dibujado por un sol
que, pocas veces, se oculta.
No habrá más techo que el azul
para mi esperanza
, decías.
Todavía lo recuerdo,
aunque llega a mi memoria
como un paisaje bañado por el vaho
de la ventana o la rapidez de los árboles
al viajar en tren.

¿Qué fue de aquella chica?

Los años consumieron la avidez,
al mismo tiempo que la juventud.
Perdida la brújula, ganado el recelo,
cada vez está más lejos el trozo de tierra
que ocupa su lar.

¿Dónde quedó soñar con la realidad
del sueño?
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8comentarios 180 lecturas versolibre karma: 86

En el alféizar ya no hay luz (@Verín & @_Sejmet_).

En el alféizar ya no hay luz
sin su sombra ya no hay luz.
De la ausencia fuiste preso,
no salió el gorjeo ileso.
Te marchaste sin regreso.
Te recuerdo a contraluz.

En el alféizar ya no hay luz
sin su sombra ya no hay luz.
¿Qué será de los balcones
sin presencia de gorriones?
Ven aquí, no me abandones,
de mi mañana eres cauz.

En el alféizar ya no hay luz.
Sin su sombra ya no hay luz.
La penuria asola el nido,
rama y pórtico al olvido,
hoy tus alas se han rendido
derrotadas al trasluz.

¡Vuelve ya, gorrión!
Llevo la migaja y el nidal
en mi mano abierta de algodón.

¿Volverás, gorrión?
Haz en el cielo una señal,
vuela tu recuerdo en mi balcón.
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31comentarios 249 lecturas colaboracion karma: 109

Tacita de plata

Cádiz era la luz, sal revuelta en la mañana.
Un soplo de vida calmando el ahogo,
silencio de olas. La playa perdida
donde ibas a encontrarte. ¿No era así?
Y no dudo que aún se vea parecida
silueta a tu figura, pisada errabunda,
melena insumisa.

Cádiz eras tú cuando eras tú
y, también, era yo… siempre que podía
imitar el valor de los que dan un paso al frente,
sacando pecho, amainando temporales,
quitando la arruga al entrecejo.
Y no dudo que haya más como nosotros,
bosquejos de una obra que jamás llegaría
a concluirse, calcinada ya del todo.

Cádiz era el sur que quería en mi ventana,
estrella fugaz, ocaso supremo, la endemia
que afecta mi cuerpo cuando, sin querer, comparo
otras costas con la suya.
Me sobra arena. Me falta hechizo.
Y no dudo que sea cosa del delirio que me causa
su atardecer naranja, orillando la Caleta.
Bendita taza de plata...
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6comentarios 153 lecturas versolibre karma: 114

¿Dónde estás que no me encuentro?

Por la ventana de una sala de espera
que acumula ruido y años, huyen mis ojos
y yo voy con ellos.
Salgo a buscarte, dejando atrás el cuerpo,
ese jardín ajado que añora el rocío,
las flores, las ramas, la brisa, los trinos,
las alas, azules y verdes;
pero…
¿Dónde estás que no me encuentro?
Qué ganas de poner un sol
en medio de la noche…

Nadie sabe de esta quietud,
barahúnda que asola mi pecho
y tumba las horas sobre las horas.
Parezco una loca de brazos cruzados
que no necesita camisa de fuerza.
Todo controlado. Tengo yo una maña…

¡Por favor, que alguien calle a ese silencio!
Que solo quiero oír su voz.
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8comentarios 102 lecturas versolibre karma: 105

Otra forma de recordarte

Yo creía en el olvido como rival y aliado, al mismo tiempo. Miraba de reojo los pasos que mi memoria daba y fruncía el entrecejo, ya viera en la trayectoria un avance o un retroceso. Tenía sentimientos encontrados. Es verdad que he buscado el olvido, algunas veces, pensando que era la mejor solución a la nostalgia y, sino la mejor, la única que contemplaba. Por eso, como aquel que ve en la muerte su consuelo, estaba dispuesta a lanzarme a su abismo, a lanzarte a ti, también, a olvidarnos por completo. Sin embargo, otras veces, el olvido era tragedia, un fracaso, una pérdida, una pena... sobre todo, una pena. Yo, así, no quería olvidarte.

Ahora empiezo a comprender que el olvido es solamente otra forma de recuerdo. Es el nombre que ponemos a la página siguiente, la del blanco níveo que espera nuevas letras y vivencias y emociones y sonrisas y sollozos y fracasos... ¿Fracasos nuevos? Claro que sí. Sería muy inocente o, más bien, de ignorante, decir que no vamos a volver al fango, más nunca. El olvido no es parte de una evolución, es la evolución en sí misma. Es el cambio de aires, la superación, la cicatriz camaleónica que sabe confundirse en la piel, cuando antes era la seña que marcaba la herida, reviviéndola.

El olvido no consiste en perderte, que es lo que a mí me aterraba… Solo significa que no te recuerdo, continuamente, a diario, cada vez que recorro tus calles, que canto tus canciones, que vuelvo a tus películas, que leo tus versos... no. No puede ser, porque ya todo eso no es tuyo. Al menos, no es solo tuyo. Puedo apreciarlo sin la picadura repentina de tu voz diciéndome: aquí estoy.

Viejo amor, somos el resultado de la forma en que hemos abrazado nuestros miedos a lo largo del tiempo... y yo he pasado del apretón fogoso a la palmadita en la espalda. ¿Entiendes? ¿Qué va a hacerme el viento más allá de despeinarme? No voy a mentirte: en el fondo, tampoco quería que tú me olvidaras de aquella manera. Ausencia, oquedad, entelequia. No quería ser la nada de un vacío en tu memoria. Deseaba que descuidaras lo malo y evocaras lo bueno. Un olvido selectivo y consentido, premeditado, consciente, voluntario. ¿Existe eso? No sé, me estoy liando. A lo mejor, no debería llamarlo olvido, pero es mi concepto y lo llamo como yo quiera. Solo sé que te he olvidado, que han dejado de dolerme los kilómetros que nos separan, los silencios que nos separan, los años que nos separan, las rutinas que nos separan, los malentendidos que nos separan, los rencores que nos separan, los amores que nos separan... ¡¿Es que no hay nada que nos una?! Este olvido... Este olvido nos va a unir siempre, viejo amor. Tu sonrisa perfecta paseando por la ciudad que sería tan tuya como mía, con el paso de los años. Tu voz maravillosa, susurrando cualquier milagro, unos versos de Cernuda, por ejemplo. El contorno de belleza que enfrentaba tu sombra, faisán codiciado. Tu lengua embaucadora y sus cientos de historias...

Y yo que pensaba que la amnesia acabaría conmigo, contigo, con todo... Incluso, había inventado un recuerdo que se acordara de ti, por si llegaba el día en que yo no lo hiciera.

¡Ay, viejo amor! Suspiro, ya que no duele olvidarte.
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Nostalgia de papel

Podría llamar nostalgia
a la horma que se instala en mi pecho
y da forma a un treinta y seis
de firmeza en la pisada.
Sería, también, la humedad de unos ojos
en pretérito imperfecto,
que decían, cuando no supe entenderlo,
que no iban a mirar de otra manera.
Una pena simulada y, sobre todo,
sola habitante en mi cuerpo de teatro,
abierto siempre a la función que interpretaban
dos siluetas, una noche de verano.

Una verdad contada de mentira.
Eso era la tristeza de no verte.
Ocultar melancolía
o pedirte que no vuelvas
deseando, intensamente, que lo hicieras
como una mujer sedienta
que desprecia agua fresca en la fuente,
fuente única en la tierra.

Odiarte.
Un odio que, de puro liviano,
provoque risa en lugar de rabia.
Que todos pensaran que no deseo verte,
que arrinconé tu recuerdo en una esquina
del olvido
y parezca, realmente, que pasé
de una vez, todas las páginas;
que echaba de menos… no a ti,
al vintage de añoranza que nos une,
todavía.

Podría llamar nostalgia
al papel que desempeñan mis versos,
recordando tu sonrisa despeinada,
el escudo de tu mano delatando timidez
a la hora de reírte,
o el brillo de esa mirada rijosa
en momentos que no volverán a mirarte.
Reconozco que es demasiado atrevido
afirmarlo, expresar que te sigo esperando
como agua de mayo,
a la sombra de estas letras,
mientras duerme el reloj sobre mi hombro.
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16comentarios 120 lecturas versolibre karma: 118

¿Qué queda de entonces?

Si te nombro
debo arrancar el hilo
cosido a los labios,
poner hierbabuena en mi boca
y dejar que me escueza la herida,
igual que me arden los ojos
de noche,
cuando aparece el pasado
poniendo un pétreo presente
en las pesadillas.

Catorce guerreros se cuadran
al regreso de junio en el calendario.
Recuerdan la rienda que dimos
tan suelta, tan ciega…
a un par de caballos de trote bisoño
pisando relojes de nubes
sin prestar cuidado.
Ignaros románticos fuimos…
¿Qué queda de entonces?
No lo tengo claro.

Quizá sea la nada de aquello
la que nos defina.
Perdida la huella de toda inocencia,
aumentan las canas e igual crece el fango
que pisa mi suela.
Y, entonces, ¿qué queda?

Maletas vacías contienen los sueños
que un día albergamos.
Los viajes, los planes, los hijos,
la casa, la mano cosida a mi mano
en cada paseo…
Ya todo parece la imagen de un barco
que tapa la bruma.
Tu olor se confunde con otros olores
que ya no recuerdo.

¿Qué queda de entonces?
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16comentarios 110 lecturas versolibre karma: 122

He tocado fondo

He tocado fondo,
me dices salpicando de desgana
los minutos que a diario te dibujan
y no sé qué responderte.

Has tocado fondo...
¿Se parece ese fondo a la cárcel
de las nubes
que adormecen mi esperanza?
Me refiero a su forma, a su tacto:
¿Tiene que ver algo
su textura
con las bolas de fibra que invaden
la ropa cansada que gira
en la lavadora?
¿Pincha tanto ese fondo
como los días iguales?

He tocado fondo,
me dices en un hilo de voz
que se enreda
en mi cuello y lo desgarra.
Dueles,
como la loca que asoma
a mis ojos capaces
de ver
lo que la cuerda no quiere.

Rebusco en mi bolsillo:
pelusa y años en balde.
Saco un miércoles de letras,
sol, sueños, planes, vida...
Te lo enseño y me sonríes,
recordando cómo era lo de vernos
con la agenda rebosante
y dos copas abrazadas en un brindis,
celebrando otra ronda.

¿Dónde has puesto el afán
por superarte?
No lo pierdas, es el mapa
que tenemos.
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10comentarios 108 lecturas versolibre karma: 100

Bienvenidos al derrumbe

Por favor, tomad asiento, hay letras suficientes para todos los (ojos) que quieran asistir a la caída.

Si pudiera fijar la hora que marcara el desplome, propondría las tres de la mañana. Las tres y tres minutos, para ser exacta y caprichosa. Una madrugada cálida, silente y llena de estrellas; ya puestos a imaginar la escena por la que se desaguarán los sueños...

Si pudiera fijar un emplazamiento para la ruina, diría ese que tanto añoro, el que conserva intactas las lágrimas vetustas y vetustas las sonrisas. El sitio que actuó de testigo, opté de destino, sirvió de castillo... la pasarela al delirio donde empezó casi todo. Digo casi y digo bien. Espero que sus anillos sepan a qué me refiero y no exhiban un enfado excesivo, arqueando —más aún— el entrecejo.

Fijada la hora, el ambiente y el lugar donde se perderán de vista los planes que nadie vio cumplidos nunca, quedarían por concretarse las maneras adecuadas a tal fin, porque claro... no va a ser de cualquier forma siendo una solamente la tirada. Además, hará falta algo aparte del capítulo final, un epílogo, tal vez. Las palabras oportunas endulzando la derrota. Me parece que no es fácil de encontrar, ni el modo ni al autor de esa guinda del pastel requemado en el horno. Quizá deba proseguir componiendo el cierre yo que me sé de memoria esta historia.
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11comentarios 98 lecturas prosapoetica karma: 126