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La chica que volverías a ser

Todavía lo recuerdo.
No hace tanto que el murmullo
de un anhelo palpitante
te hacía decir que volverías al sur,
porque tu corazón no se había movido
de allí.

Te sentaba bien la trenza de certeza
inventada, la ilusión bajo las cejas
y el rimero de las ganas
que vertías en los días para ser feliz.
Todavía lo recuerdo.

Volverías a ser aquella chica
de sonrisa abundante, con la piel atezada
y el ceño dibujado por un sol
que, pocas veces, se oculta.
No habrá más techo que el azul
para mi esperanza
, decías.
Todavía lo recuerdo,
aunque llega a mi memoria
como un paisaje bañado por el vaho
de la ventana o la rapidez de los árboles
al viajar en tren.

¿Qué fue de aquella chica?

Los años consumieron la avidez,
al mismo tiempo que la juventud.
Perdida la brújula, ganado el recelo,
cada vez está más lejos el trozo de tierra
que ocupa su lar.

¿Dónde quedó soñar con la realidad
del sueño?
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En el alféizar ya no hay luz (@Verín & @_Sejmet_).

En el alféizar ya no hay luz
sin su sombra ya no hay luz.
De la ausencia fuiste preso,
no salió el gorjeo ileso.
Te marchaste sin regreso.
Te recuerdo a contraluz.

En el alféizar ya no hay luz
sin su sombra ya no hay luz.
¿Qué será de los balcones
sin presencia de gorriones?
Ven aquí, no me abandones,
de mi mañana eres cauz.

En el alféizar ya no hay luz.
Sin su sombra ya no hay luz.
La penuria asola el nido,
rama y pórtico al olvido,
hoy tus alas se han rendido
derrotadas al trasluz.

¡Vuelve ya, gorrión!
Llevo la migaja y el nidal
en mi mano abierta de algodón.

¿Volverás, gorrión?
Haz en el cielo una señal,
vuela tu recuerdo en mi balcón.
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Tacita de plata

Cádiz era la luz, sal revuelta en la mañana.
Un soplo de vida calmando el ahogo,
silencio de olas. La playa perdida
donde ibas a encontrarte. ¿No era así?
Y no dudo que aún se vea parecida
silueta a tu figura, pisada errabunda,
melena insumisa.

Cádiz eras tú cuando eras tú
y, también, era yo… siempre que podía
imitar el valor de los que dan un paso al frente,
sacando pecho, amainando temporales,
quitando la arruga al entrecejo.
Y no dudo que haya más como nosotros,
bosquejos de una obra que jamás llegaría
a concluirse, calcinada ya del todo.

Cádiz era el sur que quería en mi ventana,
estrella fugaz, ocaso supremo, la endemia
que afecta mi cuerpo cuando, sin querer, comparo
otras costas con la suya.
Me sobra arena. Me falta hechizo.
Y no dudo que sea cosa del delirio que me causa
su atardecer naranja, orillando la Caleta.
Bendita taza de plata...
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¿Dónde estás que no me encuentro?

Por la ventana de una sala de espera
que acumula ruido y años, huyen mis ojos
y yo voy con ellos.
Salgo a buscarte, dejando atrás el cuerpo,
ese jardín ajado que añora el rocío,
las flores, las ramas, la brisa, los trinos,
las alas, azules y verdes;
pero…
¿Dónde estás que no me encuentro?
Qué ganas de poner un sol
en medio de la noche…

Nadie sabe de esta quietud,
barahúnda que asola mi pecho
y tumba las horas sobre las horas.
Parezco una loca de brazos cruzados
que no necesita camisa de fuerza.
Todo controlado. Tengo yo una maña…

¡Por favor, que alguien calle a ese silencio!
Que solo quiero oír su voz.
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Otra forma de recordarte

Yo creía en el olvido como rival y aliado, al mismo tiempo. Miraba de reojo los pasos que mi memoria daba y fruncía el entrecejo, ya viera en la trayectoria un avance o un retroceso. Tenía sentimientos encontrados. Es verdad que he buscado el olvido, algunas veces, pensando que era la mejor solución a la nostalgia y, sino la mejor, la única que contemplaba. Por eso, como aquel que ve en la muerte su consuelo, estaba dispuesta a lanzarme a su abismo, a lanzarte a ti, también, a olvidarnos por completo. Sin embargo, otras veces, el olvido era tragedia, un fracaso, una pérdida, una pena... sobre todo, una pena. Yo, así, no quería olvidarte.

Ahora empiezo a comprender que el olvido es solamente otra forma de recuerdo. Es el nombre que ponemos a la página siguiente, la del blanco níveo que espera nuevas letras y vivencias y emociones y sonrisas y sollozos y fracasos... ¿Fracasos nuevos? Claro que sí. Sería muy inocente o, más bien, de ignorante, decir que no vamos a volver al fango, más nunca. El olvido no es parte de una evolución, es la evolución en sí misma. Es el cambio de aires, la superación, la cicatriz camaleónica que sabe confundirse en la piel, cuando antes era la seña que marcaba la herida, reviviéndola.

El olvido no consiste en perderte, que es lo que a mí me aterraba… Solo significa que no te recuerdo, continuamente, a diario, cada vez que recorro tus calles, que canto tus canciones, que vuelvo a tus películas, que leo tus versos... no. No puede ser, porque ya todo eso no es tuyo. Al menos, no es solo tuyo. Puedo apreciarlo sin la picadura repentina de tu voz diciéndome: aquí estoy.

Viejo amor, somos el resultado de la forma en que hemos abrazado nuestros miedos a lo largo del tiempo... y yo he pasado del apretón fogoso a la palmadita en la espalda. ¿Entiendes? ¿Qué va a hacerme el viento más allá de despeinarme? No voy a mentirte: en el fondo, tampoco quería que tú me olvidaras de aquella manera. Ausencia, oquedad, entelequia. No quería ser la nada de un vacío en tu memoria. Deseaba que descuidaras lo malo y evocaras lo bueno. Un olvido selectivo y consentido, premeditado, consciente, voluntario. ¿Existe eso? No sé, me estoy liando. A lo mejor, no debería llamarlo olvido, pero es mi concepto y lo llamo como yo quiera. Solo sé que te he olvidado, que han dejado de dolerme los kilómetros que nos separan, los silencios que nos separan, los años que nos separan, las rutinas que nos separan, los malentendidos que nos separan, los rencores que nos separan, los amores que nos separan... ¡¿Es que no hay nada que nos una?! Este olvido... Este olvido nos va a unir siempre, viejo amor. Tu sonrisa perfecta paseando por la ciudad que sería tan tuya como mía, con el paso de los años. Tu voz maravillosa, susurrando cualquier milagro, unos versos de Cernuda, por ejemplo. El contorno de belleza que enfrentaba tu sombra, faisán codiciado. Tu lengua embaucadora y sus cientos de historias...

Y yo que pensaba que la amnesia acabaría conmigo, contigo, con todo... Incluso, había inventado un recuerdo que se acordara de ti, por si llegaba el día en que yo no lo hiciera.

¡Ay, viejo amor! Suspiro, ya que no duele olvidarte.
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Nostalgia de papel

Podría llamar nostalgia
a la horma que se instala en mi pecho
y da forma a un treinta y seis
de firmeza en la pisada.
Sería, también, la humedad de unos ojos
en pretérito imperfecto,
que decían, cuando no supe entenderlo,
que no iban a mirar de otra manera.
Una pena simulada y, sobre todo,
sola habitante en mi cuerpo de teatro,
abierto siempre a la función que interpretaban
dos siluetas, una noche de verano.

Una verdad contada de mentira.
Eso era la tristeza de no verte.
Ocultar melancolía
o pedirte que no vuelvas
deseando, intensamente, que lo hicieras
como una mujer sedienta
que desprecia agua fresca en la fuente,
fuente única en la tierra.

Odiarte.
Un odio que, de puro liviano,
provoque risa en lugar de rabia.
Que todos pensaran que no deseo verte,
que arrinconé tu recuerdo en una esquina
del olvido
y parezca, realmente, que pasé
de una vez, todas las páginas;
que echaba de menos… no a ti,
al vintage de añoranza que nos une,
todavía.

Podría llamar nostalgia
al papel que desempeñan mis versos,
recordando tu sonrisa despeinada,
el escudo de tu mano delatando timidez
a la hora de reírte,
o el brillo de esa mirada rijosa
en momentos que no volverán a mirarte.
Reconozco que es demasiado atrevido
afirmarlo, expresar que te sigo esperando
como agua de mayo,
a la sombra de estas letras,
mientras duerme el reloj sobre mi hombro.
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16comentarios 116 lecturas versolibre karma: 118

¿Qué queda de entonces?

Si te nombro
debo arrancar el hilo
cosido a los labios,
poner hierbabuena en mi boca
y dejar que me escueza la herida,
igual que me arden los ojos
de noche,
cuando aparece el pasado
poniendo un pétreo presente
en las pesadillas.

Catorce guerreros se cuadran
al regreso de junio en el calendario.
Recuerdan la rienda que dimos
tan suelta, tan ciega…
a un par de caballos de trote bisoño
pisando relojes de nubes
sin prestar cuidado.
Ignaros románticos fuimos…
¿Qué queda de entonces?
No lo tengo claro.

Quizá sea la nada de aquello
la que nos defina.
Perdida la huella de toda inocencia,
aumentan las canas e igual crece el fango
que pisa mi suela.
Y, entonces, ¿qué queda?

Maletas vacías contienen los sueños
que un día albergamos.
Los viajes, los planes, los hijos,
la casa, la mano cosida a mi mano
en cada paseo…
Ya todo parece la imagen de un barco
que tapa la bruma.
Tu olor se confunde con otros olores
que ya no recuerdo.

¿Qué queda de entonces?
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16comentarios 103 lecturas versolibre karma: 122

He tocado fondo

He tocado fondo,
me dices salpicando de desgana
los minutos que a diario te dibujan
y no sé qué responderte.

Has tocado fondo...
¿Se parece ese fondo a la cárcel
de las nubes
que adormecen mi esperanza?
Me refiero a su forma, a su tacto:
¿Tiene que ver algo
su textura
con las bolas de fibra que invaden
la ropa cansada que gira
en la lavadora?
¿Pincha tanto ese fondo
como los días iguales?

He tocado fondo,
me dices en un hilo de voz
que se enreda
en mi cuello y lo desgarra.
Dueles,
como la loca que asoma
a mis ojos capaces
de ver
lo que la cuerda no quiere.

Rebusco en mi bolsillo:
pelusa y años en balde.
Saco un miércoles de letras,
sol, sueños, planes, vida...
Te lo enseño y me sonríes,
recordando cómo era lo de vernos
con la agenda rebosante
y dos copas abrazadas en un brindis,
celebrando otra ronda.

¿Dónde has puesto el afán
por superarte?
No lo pierdas, es el mapa
que tenemos.
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Bienvenidos al derrumbe

Por favor, tomad asiento, hay letras suficientes para todos los (ojos) que quieran asistir a la caída.

Si pudiera fijar la hora que marcara el desplome, propondría las tres de la mañana. Las tres y tres minutos, para ser exacta y caprichosa. Una madrugada cálida, silente y llena de estrellas; ya puestos a imaginar la escena por la que se desaguarán los sueños...

Si pudiera fijar un emplazamiento para la ruina, diría ese que tanto añoro, el que conserva intactas las lágrimas vetustas y vetustas las sonrisas. El sitio que actuó de testigo, opté de destino, sirvió de castillo... la pasarela al delirio donde empezó casi todo. Digo casi y digo bien. Espero que sus anillos sepan a qué me refiero y no exhiban un enfado excesivo, arqueando —más aún— el entrecejo.

Fijada la hora, el ambiente y el lugar donde se perderán de vista los planes que nadie vio cumplidos nunca, quedarían por concretarse las maneras adecuadas a tal fin, porque claro... no va a ser de cualquier forma siendo una solamente la tirada. Además, hará falta algo aparte del capítulo final, un epílogo, tal vez. Las palabras oportunas endulzando la derrota. Me parece que no es fácil de encontrar, ni el modo ni al autor de esa guinda del pastel requemado en el horno. Quizá deba proseguir componiendo el cierre yo que me sé de memoria esta historia.
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11comentarios 92 lecturas prosapoetica karma: 126

Soleariyas II

¿Qué traes, mañana?
Que por más que yo miro no veo
más allá de mis ojos, legañas.

Porvenir... ¡Qué risa!
Por venir, no dudo que vendrás;
aunque, para entonces, no haya vida.

¿Cuánto falta? ¡Dime!
Llega pronto. Tardan los milagros
que no existen. Hazlo ya. Hazme libre.
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¿Qué hubiera pasado?

Pues eso, ¿qué hubiera pasado? Porque a mí me das alas y... y nada, que me descalabro, seguro. ¿No me has visto tropezando de continuo con la misma nube rosa? Pues eso. ¿Qué hubiera pasado? Yo podía haber tirado a la basura la cautela que venía masticando, impidiendo de mi boca la salida de emociones, y podía haber buscado tu contacto para hacerte una llamada o podía haber replicado a tus ladridos retardados; por poder...

¿Qué hubiera pasado si hubiese insistido por encima de esas ganas ya agotadas por perdidas, por cansadas? A lo mejor... sí, mira, a lo mejor habría tomado otro cariz este trueque de heridas que malgastan la memoria. Me refiero a que tú querías para mí la soledad, a cambio del arañazo que yo te había dejado en los dos ojos. ¿No es eso un trueque? Pues eso... ¿qué hubiera pasado? Porque yo no sé si sigues teniendo tú los ojos irritados, pero lo de estar sola no me lo quita a mí nadie. Ahora lo sé. Antes, no era consciente. Tal vez, la ingenuidad se posó sobre mi hombro y se movió así... como lo hace la esperanza. Me creí que podía superarse la desidia engañando a este paso de los días que no deja de moverse, de verdad, pero ya te digo yo que no, que no es posible, que no hay forma de saltarse la barrera sin partirse el corazón o la cabeza.

¿Y ahora qué? Me preguntan estos pies y estas manos cada vez más arrugadas. ¿Aparento un sosiego que no vive y respondo desviando mirada? ¿Seré rara? ¿Seré mala? Me hace gracia recurrir a esta última pregunta que me suena, muy de antaño, vomitándola otra boca. Si eso fuera la razón o consecuencia de mis pasos... Pues eso, ¿qué hubiera pasado? En lugar de poner ramas de eucalipto por encima de las horas —el dislate más agudo que he tenido, toma nota—, para ver si así acababa este asedio a lo siguiente que no llega, bien podía haber escrito yo la historia de otra forma, con lo bien que pisa en falso mi pisada...
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Del amor y esos miedos

My worst habit is my fear and my destructive rationalizing.
Sylvia Plath

Dentro del miedo no hay donde esconderse.
Benjamín Prado


Hoy le tengo miedo a nada, que debe ser igual o parecido a perderse por las calles de la única ciudad que has recorrido un millón de veces. Ya me encontraré, te dices a ti misma, avanzando con el paso decidido de unos pies que no solo no reculan, mucho menos, se detienen. Un despiste, eso es. Seguro que ha sido cuando iba pensando en... ¿qué más da? Ya me encontraré, repites sonriéndole al error que ya casi has olvidado, aunque es pronto todavía para saber dónde estás.

Hoy es uno de esos días que se empeñan en gustarme. Y lo intentan a mi estilo, como cuando trato de agradar poniendo empeño y consigo, con maestría, lo contrario. Pues igual...

Que por qué odio el mes de marzo, me pregunta el desconsuelo. Porque atrás quedan dos meses que debí haber vivido y no guardo ese recuerdo. Me pasa todos los años. No me extraña el arrastre de apatía que acarrean las semanas. Me divierto por las tardes deseando para luego, de manera más segura, cuando ya estoy dormida —el momento pertinente que utiliza mi ambición, la ocasión que dibuja en el aire los mejores castillos—, y creo que logro, algunas veces, pisar el rabo de la esperanza.

Hoy me infunde respeto esta ausencia de miedo. ¿Qué le pasa a las cuerdas del trapecio? ¿No está el viento soplando su molesta cantinela? ¿Ya le aburre la partida al descontento? ¿Y el naufragio?

¿Debería preocuparme?
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8comentarios 115 lecturas prosapoetica karma: 98

Estamos bien

Eres una guerrera incansable,
lo vi hace tiempo en tus ojos
y, quizá antes, me lo dijeron ellas:
tus letras indecisas.

Escribías:
El invierno duele, o no.
Y te quedabas tan tranquila,
sonriendo a mis borrones,
intentos fallidos de expresión
alzados en el aire, como un globo
fugado de la mano de un niño.
Igual destino el de tus preguntas:
¿Hace falta
quemarse
para seguir viviendo?

Yo necesito del sur el sol
para respirar.
Si eso te contesta…

No es verdad,
tú no necesitas respuesta,
es evidente que sabes cuál es
el próximo anhelo,
precursor del descontento
que llegará después.

¿Qué más quiero?
¿Qué me dices de carencia
disfrazada de deseo?
¿Qué hay de nuevo en esas gotas
de alborozo que se encargan
de regarnos el verano cada día?

Bien estamos,
cada una a su manera.
Hace poco te expliqué
que me espera un vendaval.
A los ojos el viento. A los ojos la arena.
Y, detrás de eso,
nada queda.
Ya te contaré a qué sabe
el desamparo que elegí sin elegir.

Bien sigamos o sigamos,
al menos.
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No me importa naufragar

Deja que robe de tu orilla
sargazos de un poema
para escribir mis versos.
Deja que lama el salitre
que cubre las heridas
y alcance con mis dedos
la luna de tu marzo.

Es posible que nadie
me comprenda, que sea
inexplicable la trama
de una historia pintada
a carboncillo
con trazos de quimera.
No me importa.
Me he quedado sin espacio
para ruidos.
A mi oído le interesan
solamente
los gemidos perfilados
en tu boca.

Amor,
no sé si eres consciente
de toda la poesía
que va a describirnos...

Desde que han vuelto
mis dedos
al color del carboncillo,
quiero solo dibujarte
amapolas en la espalda.

¡Ya está bien de tanto viaje
por el aire!
No parece que ahora necesites
alas.

Nadar las olas, sí.
Hazlo conmigo.
Encalla en mis caderas,
por favor,
aunque haya tempestad.
No me importa.

No me importa naufragar
si es contigo.
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La familia escogida (Pequenho_Ze & _Sejmet_)

La familia escogida
en aventura
y batallas del diario.
Sonrisas mutuas,
mano en el hombro
acompañando lágrimas.
Vida y reposo.

Vamos sumando anécdotas,
restando pullas,
sonrisas dibujadas
sobre la punta
del miedo tosco;
refugio sin palabras
en ambos ojos.

Guardianes de secretos
que a mis preguntas
siempre tienen respuestas
de esas que curan;
paz en su rostro,
suavizan mis anhelos,
cosen mis rotos.

¡Cuánto aprecio en un guiño!
Riel de locura
que deshace los nudos.
Recelo nunca.
Son mi tesoro.
Son mi apoyo y mi fuerza.
Con ellos, todo.
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32comentarios 224 lecturas colaboracion karma: 100

Las velas que le sobran a tu tarta

Aviso, ya de este año no pasa: voy a recoger todas las velas que le sobran a tu tarta y, con ellas, sin poner mucho cuidado en la cuestión, atizaré los renglones —los que sean—, de las frases que componen el breviario rebosante de silencio que reemplaza todo eso que no supe —pero quise— decirte a tiempo. Me adelanto a los regalos, a los brindis, al deseo recogido en el soplo de tu aliento apagando treinta y pocas mechas. Ya no creo que me cueste conseguir ser la primera de la lista en aplaudirte este nuevo aniversario. Más probable me parece aventajarme a los demás que tienes cerca, que ver cumplida la quimera del derribo de los muros que a nosotras nos alejan. ¿Hace cuánto...?

En espera mantenida, similar al sufrimiento de los versos de Salinas, confiada y entregada a tu presencia —aunque no estabas presente ni siquiera en el pasado, ni me hace mucha falta—. Que sí que entonces la hacía, pero ya... ha pasado tanto tiempo que he pasado de la herida, del olvido, de preguntas sin respuesta, de respuestas sin pregunta, de lo bueno por llegar, de lo malo que existía cuando no era ni tan malo... ¡Imagínate!

Por eso, voy a recoger las velas que le sobran a tu tarta que seguro, son aquellas que a distancia te recuerdan esos barros que acabaron siendo lodos. Parecidas sensaciones me sacuden a mí el alma cuando veo en el cajón esos poemas que te siguen recordando, letras malas —como yo—, pero fieles a tu memoria.

Todavía, queda un rastro de tiza de nube rosácea sobre el cielo, allá donde vaya. Un intruso que araña los pulmones y propicia nuevas formas de arrancarme los suspiros... o algo así. Hoy he vuelto a revolverle los poemas al cajón. No pensé que fueran tantos. Hay borrones sobre la palabra «cuándo» del primero de los folios y he encontrado en una esquina —de otro folio— el comienzo de mis dudas ahorcado con una interrogación:

¿Qué hubiera pasado...?
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Me viene a la memoria lo que no ocurrió

Ansias. Nubes.
Me esperaba el amor,
con un gusto ignorado
en el beso completo
y en el cuerpo sin límites
un extraño temblor…

María Calcaño


No me pidas que imagine con ventisca una hoguera sin que arda en mis labios ni te queme a ti en los dedos. Ya no puedo, no me sale, no concibo otra forma de acercarme al recuerdo de un futuro que quiero que llegue a mi puerta, golpeando con un puño de desorden y naciéndole un puñado de amapolas en la palma de la mano.

No pretendas que desista de encontrarme donde se acaba el naufragio, es decir, a orillas de tu playa. No me llenes de celaje ese azul que veo tan claro desde que lo veo sin ojos, a través de mi ventana (al sur, siempre al sur). Ni siquiera el descontento me parece tan eterno a estas alturas, ni el odio que le debo a la musa se me hace tan pesado (porque claro... hasta lo fingido pesa, pero no). Tú lo sabes: al principio, era un juego, un vaivén, un cosquilleo y, después...

La próxima vez que te vea, que no será en sueños, me vendrán al recuerdo todas las escenas que hemos diseñado y se derramarán sobre mis versos las palabras que les faltan (para el poema perfecto). Además, según dice mi memoria, las calles a nuestro paso van a ser escaparate de esos días escogidos a conciencia de entre todos los que forman el catálogo de ansia de vida. Mientras tanto y, hasta entonces, me conformo con todo (para qué variar la poesía...) y le pongo a los días un flequillo de vesania que me ayude a proseguir.
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16comentarios 175 lecturas prosapoetica karma: 101

Rebeldía a las tres de la mañana

Mis letras no quieren,
pero un jueves triste puedo odiarte,
aunque sea falseando los rencores
y evitando todo cepo de añoranza.
Por delante, queda nada.

Ya no es como era antes la nostalgia.

Esa pena instalada en el pecho
al acecho del recuerdo embellecido,
te parece, pero no te está mirando.
Solo quiero que te pierdas en la falla
del olvido, en el hueco descuidado
de la tierra donde no brota
memoria ni deseo de reencuentro.

Que no sigas dando cuerda
a la caja enmudecida,
que no soy tu bailarina
ni esta historia se merece ya
más giros.
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Huir sin retirarse

Hay algo en la huida que no se va.
Corre la angustia encarnada en los labios,
marcha indignación
de la mano de iris grises, disecados,
y se aleja el horror
enfundado en piernas, brazos
que avanzan sin saber a dónde van.
Sin embargo, permanece
lo que fue y no será fuera de allí:
vida arrancada al trozo de vida
que se hunde en el fango.

Hay algo en la huida que no se va.
La arruga en proyectos, los sueños inermes
o la historia amarrada a un cascote
de piedra de casa arruinada
que puede algún día, quién sabe,
volverse hogar.
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10comentarios 193 lecturas versolibre karma: 106

Palimpsesto del olvido

Dichoso aquel que un día desanduvo la vida
hasta alcanzar la paz de lo no aconsejable.

J.M. Caballero Bonald


Fue en la primera estrella, a la izquierda
del asombro. Allí me di cuenta:
en mi vientre habían crecido corales
y el viento, como manera nueva
de acariciarle el lomo al azar.

Empecé a gritar al cielo:
¡Que quiten de ahí esa luna!
¿Quién necesita más luz?

Tuve que acostumbrarme, entonces,
a gastarle a la noche las horas
guardando juicios en cajas sin fondo,
ocupando la mente en un duelo
de palabras afiladas,
al estilo de Rodia delirante
rompiendo los confines
en Crimen y castigo.

Todo era posible en un cuadro picassiano
y, en medio de la nada que vino,
más tarde,
aprendí a olvidar, es decir,
a vivir sin quitar la postilla al recuerdo.

Fue en la segunda estrella, derecha y encima
de la primera estrella,
donde se preparó el barniz,
ya perdida la inocencia y doblado el asombro;
pero el brillo ya no quema
la retina de los ojos, sí redobla el corazón...

¡Qué bonito me parece
ver volando a la gaviota!
Le besé las alas rotas y ya
vuelve a planear.
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