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A veces, me guiñan las letras

A veces, pasan semanas
sin ver una gota de lluvia
y siento que todas mis rimas
fracasan.
Se estira la hartura si cierro
los puños, si muerdo la lengua,
si clavo las uñas en los muslos
y paro la tromba que acampa
dentro de mis ojos.
Mira si me canso...

De tanto buscar el poema perfecto
que lo diga todo,
me pierdo los días, los bailes
bailando abedules ahí fuera.
Aplazo la vida y espero otros versos
capaces, potentes, lascivos, alegres,
de esos que sigan el ritmo
que lleve pegado a mis suelas.
No tengo remedio...

A veces, me guiñan las letras
y no es un engaño.
Me lanzan señales que siembran espigas
a ras de la piel de mis brazos
que tiemblan en un cosquilleo.
Entonces, escribo palabras
y sigo diciendo que no soy poeta.
Tan solo crepito en el folio
ansiando que alguien visite el infierno
conmigo.
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Huyo de cámaras

Huyo de cámaras
como del frío de mayo.
Huyo de poses, de risas
falsas, ruidos, tiros, trucos...
Rara, me siento rara
cuando miro a la derecha
y me pasa que, en el centro,
me agobio.

Estoy cansada.
De ponerle maquillaje a los días
me adolezco.
Trajes de circunspección,
peluquería, lavado de cara.
Promesas, efigies que no dicen
nada.

Listas cerradas...
Listos abiertos a vivir
muriendo en mi oreja.
Harta de tanto retrato malo,
fotos movidas, poca luz,
mucha luz...
tiembla la mano al fotógrafo
y la culpa es mía.

¿Quién se sienta ahora
a mi lado?
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Confundirme en mis errores

Que, en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Alocución a las veintitrés.
Ángel González


Quisiera confundirme en mis errores,
dejando que la nada me seduzca
en su vaivén contenido.
Zarpar. No huir. Zarpar.
Burlarme de la prisa, por lo menos,
una vez. Que tampoco pido tanto
si deseo ver de nuevo cómo arden
unos versos mar adentro.
Digo yo...
O quemarme cuando toque
una hoja salpicada de rocío,
aunque sepa que no es cierto,
que no llega a calentarme ni siquiera.

Me hace gracia la ironía
que me pone aquí, delante,
unas líneas de distancia.
Como si... —ya ves,
a estas alturas del poema—,
no fuera capaz de comerle la boca
al silencio, dejando salir la vergüenza.
Desnuda, abierta, taimada, melosa,
directa, audaz...
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Me imagino un Poémame... (relato, por llamarlo algo)

Sin nombres que señalen, que limiten el hondo piélago de la imaginación, me imagino un Poémame inserto en la naturaleza de los días. Más que un bar, una cabaña moderna. Mitad pastoril, mitad urbanita. Me imagino llegando a su puerta y en pie la primera persona con luz tras el humo que deja un cigarro sujeto en su mano, mientras coge en la otra una copa incompleta de cava, de cava y de letras. Me saludará con euforia y, a borbotones, saldrá la palabra derramada por su boca. Me imagino a un rompeolas en activo, salpicando frescura, y tendré que entrar, lo sé.

A los pocos segundos habré traspasado el umbral y me costará tragar la paz que respire. Un inmenso mundo se abrirá a mis ojos. Sin ir más lejos, a la derecha hallaré, pegada a un estante repleto de libros, una sombra de alguien que mira por una ventana. Miraré yo también, y pensaré que estoy loca, cuando vea que ha sido capaz de poner ahí arriba, en el cielo, la suma de varios planetas alineados. Después, le dirá a la luna algo susurrado y ella asentirá. ¿Desde cuándo la luna comprende a un poeta?

Seguiré mi camino dejando la duda enganchada a una mesa y sentada a mi izquierda, encontraré otra sombra anudando unos versos, usando un cordel para unirlos, atando sonidos, poniendo la rima con gran precisión. Le oiré mascullar entre dientes: esto nunca será perfecto. Es el ceño fruncido en su frente la experiencia reunida. Dejaré que prosiga el poeta con sus mediciones y me marcharé.

En la barra del bar me estará esperando paciente una copa que no habré pedido y alguien con pinta de jefe me va a ofrecer en bandeja o en estrofa —según le apetezca—, unos versos crujientes, diciendo que soy poesía. No tengo ni idea de qué habrá en la copa, pero sabrá a farra, y mientras lo pienso, notaré que alguien retira el asiento que hay a mi lado, se sienta y me mira con ojos humildes que escriben sin pluma letras doloridas y reclamos de amor. De pronto, llamarán a la puerta y entrará la noche abrazada a un poeta que trae la mochila repleta de estrellas para colocarlas en nuestro salón. Contará que las ha cogido del cielo subido a la Torre Eiffel. Y no me va a causar asombro, no. Allí todo es posible. Hasta ver el mar cubriendo unos ojos que lloran poesía.

Al final, perderé la conciencia del tiempo que lleve en el bar, porque en Poémame no existen relojes. El tiempo se mide en historias trasladadas a la Edad Media con vocablos rebuscados, o amparando oscuridades, dando alas a lo prohibido, despertando la inquietud o invitando a la calma, dependiendo del momento, ora vestidos, ora desnudos.
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Solo en sueños conseguí

Una estrella se perdió
lo que todavía no era
y, antes de que anocheciera,
a otro cielo se marchó.

Noches blancas me vendió,
noches para que durmiera.
La mentira zalamera
la verdad adulteró.

Solo en sueños conseguí
mantener los sueños vivos
como fronda no caída.

Pocos versos le escribí,
no por falta de motivos.
La esperanza está perdida.
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Quiero contarte

Quiero contarte
que hoy no tocaba suspiro.
Recuerdo que ha sido una voz, un olor,
un acorde o, quizá, fue un verso;
levantó polvareda y, después,
tan solo recuerdo frotarme los ojos
y ver convertida en colina de arena
mi alcoba. Sublime escenario montado
en solo un momento.

Por poder... por poder, podía ser
cualquier ribera a orillas del mundo,
con sus olas, gaviotas en alto,
sombrillas ancladas, sombras caminando,
lenguas de toalla, incluso, algún barco
cortando la calma.
Aunque, yo digo que fue —por algo
es mío el poema
y decido el sabor de sus versos—,
una réplica perfecta del fragmento
que he guardado
como hoja arrancada del ayer,
subrayando lo que quiero
que el olvido no arrastre mar adentro.
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Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.

Advertencia.
Felipe Benítez Reyes


Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz
despeinando con denuedo los principios,
los temores… arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.
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11comentarios 106 lecturas versolibre karma: 91

De la devoción a desconocerte

Puedo recordar que te veneré
sin necesidad de dioses o dogmas
en aquellos días de calma chicha
que no eran verdad, aunque parecían,
como el follaje de la fronda
de tu ancha boca.

Puedo recordar que te veneré
hasta reventar todas las hormas.
No existían normas imposibles de romper,
eso decías tú, yo atestiguaba
como una perra dócil y, algunas veces, fiel,
que va avanzando entre las sombras.

Puedo recordar que te veneré,
tormenta nunca, domingo siempre
que iba de tu mano sobrevolando la ciudad
sin levantar apenas los pies de aquel edén
que me enseñaste a amar.
Y era de día,
continuamente, de día.

Lo que tengo por perdido es el recuerdo
del momento que dejó de ser un dulce trino,
castañuela de arboleda, brillo iridiscente
tras el paso de la lluvia,
como tengo por perdido el rostro conocido
que me es ajeno, henchido el tiempo
con tanto tiempo...
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En busca del poema que te encuentre

Sobre la vasta tela de los días
voy dejando migas de letras,
derrotero de letras
que no sé cuándo termina,
pero sé adónde llega.
Jardines violetas, hálito imprevisto
y un silencio depravado tras el grito...
noche completa.

Pese a tanto recorrido en las suelas,
sigue estando la pregunta:
¿Cuándo acabará la espera?
Cada vez que te recuerdo, noto frío
en las encías y comienzo otro poema
que se afana en encontrarte.
Es curioso,
entre toda la maleza no te hallas,
pero yo sigo escribiendo
donde el sol juega a esconderse
entre las nubes y los árboles
prescinden de raíces
porque ahora tienen alas.
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4comentarios 77 lecturas versolibre karma: 92

Hartazgo

Presiento que corro detrás de la urgencia
como si fuera ella quien me persigue a mí.
Avivo los pasos en suelo mojado,
aplasto la lluvia y voy resbalando,
bailando los pies, bailando las manos
en una caída dura de evitar.

Al tiempo que vuelvo a recomponerme
sobre mis pilares, hinojos sin fruto,
deshojo relojes que siempre me estafan
las horas, los días deseo que avancen,
que el cielo se aclare para que lo entienda.
Un rompecabezas es cada amanecer.

Pretenden que aguante diciendo
que ya falta poco.
El fango me cubre y ya nunca escampa
en tierra de nadie.
No sabemos adónde, pero hemos llegado.
No hay brotes ni mejoramiento,
si algo incrementa es el peso y la cana
y la grima y las llagas y los peros y los luego
y los menos y la deuda y el miedo.

¿Cuánto cuesta estar despierto?
Ellos mienten mientras yo me ahogo.
Hartazgo que tengo de medios,
de prisa, de paro, de duda, de todo.
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10comentarios 92 lecturas versolibre karma: 103

Septiembre

Sonajero de hojarasca,
aliento de apatía, triste silbar,
llevas en la punta de los dedos
el perfume de la tierra mojada
y ni una sola estrella.
De sombrero en mi cabeza
pones humo, humo, humo
y pétalos de nube.
¿Cómo quieres que no llore?

Sabes que el verano me rebosa,
pero tú... dejas nada en el hondón
de mi pecho, espigas de un ayer
que no se acaba, a la sombra
de un crepúsculo mediocre.
Poco más.

No me extraña que mis versos tiemblen.
Hay un surco a cada paso
y tengo frío con la brisa que levanta
la palabra tiempo.
¿Cuánto falta?
Casi siete meses para flores de azahar
si no es mañana, porque al naranjo le pasa
como a mí, que se desnuda al descubrir
que llega abril, que todo pasa.
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9comentarios 158 lecturas versolibre karma: 82

Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas
que combaban el ánimo de algunos días.
He visto, frente a frente, la mirada perdida
de la esperanza,
amaneceres fundidos en negro
y la voluntad entregada a la palabra «luego»,
ya gastado mi mejor «después».

Me he cansado de aguantarme,
de sostener el libro abierto en la página que cuenta
que revive la patada o el latido
camino de la sonrisa,
esa tonta sensación con olor a primavera
donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina
se recobra lo perdido,
si es que algo contenía aquel fuego, más allá
de las pavesas que brincaban,
cuando mucho era poco y quedaba todavía,
en apariencia, mucho más para quemar.

Ya no quiero comprenderlo.
Entendiendo el origen de la lluvia no consigo
poner freno al aguacero
y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio,
soy consciente:
no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.

Sonarán campanas menos jaraneras,
los ocasos caerán como la tos en golpe seco
sin que vuelva a reflejarse el sol naranja en los ojos
que miraban otros ojos
y el mar será el mar sin más ornato
cuando escriba en su orilla nuevos versos.
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25comentarios 240 lecturas versolibre karma: 108

Que no soy poeta

Que no soy poeta,
que solo vinculo las letras,
asocio palabras que bailan de noche,
recreo momentos e invento
que tú me querías,
que yo aún te quiero.

Balcón emplomado,
las nubes reunidas frente a la ventana.
No sé si es agosto.
Tengo tres macetas de varios colores
sufriendo alopecia y el mirlo agoniza,
un trozo de carne con alas
que viene extrañando tu voz.

Quieres que lo haga, pero no exagero.
No sé en qué piedra guardé la memoria
del ángel terrible que llamó Cernuda.
Y no, no soy poeta. Si acaso lo fuera
te hallaría dormida
encima de alguno de aquellos poemas
que un día escribí con la piel mojada
del río Majaceite,
con tu nombre a mí entregado
como dirían los versos
de Caballero Bonald.

Y no soy poeta
pero quisiera serlo,
dotar de lirismo al recuerdo
que apenas nos queda,
el humo de instantes que el viento
o el tiempo
se empeña en llevarse
y me es imposible guardarlo
en cualquier botella.
Amnesia o tiempo.
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18comentarios 163 lecturas versolibre karma: 80

Me conformo con todo (lo que pensaba y no dije cuando subí a la montaña rusa).

Dejé que el corazón tuviera tanto,
latidos abundantes, manantiales,
viví sin precaución, sin mirar cuáles
serían los castigos de su encanto.

Mezclado el fuego intenso con el llanto
presté poca atención a las señales.
Debí quedarme ciega y sin modales,
bebí mentiras y respiré amianto.

Preguntas no quería y no las quiero.
Sabías que elegir no era lo mío.
Perder iba a perder de cualquier modo.

Confórmate, dijiste en plan severo.
Jamás cumplí, venero mi albedrío.
¿Por qué perder si puedo tener todo?
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4comentarios 105 lecturas versoclasico karma: 81

Nada nos pertenece

Mi cuerpo es un saco de huesos
vestido con carne caduca
que sangra poesía.
Una casa de alquiler
en la que, a veces,
me cuesta vivir.

Llegará el día en que prescriba
el uso de las manos,
de estas piernas, de estos brazos.
¿Y, luego, qué?

Nada nos pertenece,
salvo este instante.
No hay más oportunidades.
Seremos desahuciados
del alojamiento carnal
que nos cobija
y de nada servirá
todo lo que acumulamos.

Estamos educados
en la importancia de un tiempo
que no llegó.
Entrenamos la paciencia,
sacamos brillo a los sueños
y esperamos un después.

¿Dónde quedará el futuro?
¿Para qué servirá
el largo plazo?

Seremos menos que invisibles
con la ambición desnutrida
tras aquella despedida
que no tiene otra detrás.

No quiero imaginar cómo será
el último adiós
de los atardeceres en la playa,
de las rutas de montaña,
de mi plato favorito,
de las risas con amigos
y familia.

¡Despertad!
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12comentarios 140 lecturas versolibre karma: 93

Me falta un poema

Cuando ya he repasado los versos
de todo mi repertorio
y he ordenado verdades
y he subrayado mentiras
y me he cansado de olvidarte
todos los días de todos los meses
que engloban los años sin ti,
me doy cuenta:
me falta un poema.

Sí.
Porque es fácil hablar
de cometas, estrellas fugaces,
planetas y otras historias;
decir que me duele,
contar que recuerdo batallas
y glorias.
También, las derrotas,
los besos, las curvas, las lunas
de noches con ojos abiertos...
Que sí, que sí,
que hay un caudal de poesía
en todo eso;
pero, a mí, me falta un poema
y no puedo hacerlo
por mucho que quiera.

Inquieta ante el folio
que cubre de blanco mi angustia,
se enreda la lengua,
tiritan los dedos y sudo recuerdos
que no sé si quiero que vuelvan,
si llegan sin filtro, sin miedo,
diciéndome:
ni todo era tan malo,
ni tú eras tan buena.

Y, al final, me quedo sin poema.
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24comentarios 220 lecturas versolibre karma: 82

Si no te hubiera conocido

Para conocerte,
dejé abiertas las ventanas
y recé sin creer en nada,
cerré los ojos,
lloré.
Hice todo eso que llaman
VIVIR,
aun sabiendo que tu huella
dolería más que una llaga,
que serías cicatriz
latiendo siempre,
vendaval para el pulmón.

Si no te hubiera conocido,
el crepúsculo habría quedado
en una palabra estéril
y las estrellas no serían
nada más que estrellas.
Van Gogh habría pintado
sin tocarme el alma,
y nunca habría cantado
Marwan, Manolo o Miguel
en mi oreja,
ni sabría de memoria
recitar a Neruda.
O eso creo.
Tampoco me habría fijado
en Salinas, Garfias o Cernuda
y tu tierra estaría en el mapa,
pero no en mi corazón,
al igual que las playas,
las plantas,
las casas blancas de cal.
Estoy segura, amor.

Si no te hubiera conocido,
ahora estaría viva
sin saber lo que es vivir.
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12comentarios 116 lecturas versolibre karma: 86

Una noche como otra cualquiera

Enciendo una barra de incienso —el tabaco de imitación usado por los que no fumamos— para recrear las nubes en nuestra habitación. Deben ser las tres y media, por lo menos. No voy a comprobarlo. He puesto el despertador de espaldas, contra la pared, lo he castigado. Eso le pasa por correr. Le he dicho mil veces que no vaya tan rápido, que me mareo siguiendo los giros de las manecillas, pero él, a lo suyo.

El flexo encorvado mirando hacia el folio, parece una réplica de mi propio cuerpo cansado. Debería acostarme. Seguro que encuentro en la cama algún sueño que aún no he soñado. La infusión se ha enfriado en el vaso. A falta de ron, un té verde haciendo las veces de pócima encantadora. Quería brindar esta noche, beber de un trago, de un golpe, de un daño que arañe la lengua y reviente el estómago. Quizá, en ese idioma, el de la embriaguez, pueda aborrecerla por un rato, escupiendo sus protestas, sus promesas, sus propuestas que dejaban la puerta abierta al ensayo sin importar el desastre que vendría a ahogarnos. Aún recuerdo sus discursos de palabra enérgica, siempre posada sobre la oportunidad, con la razón indiscutible por bandera. Verdaderos soliloquios disfrazados de altruismo y sinceridad, con zapatos de respeto y chaqueta de bondad. Ojo, que no la odio, el odio se lo debo —todavía—. El rencor nunca ha tenido sitio en el sofá de mis enfados. En su caso, me gustaba respetar los pretextos que me daba, mientras maullaba su nombre subida al tejado, gastando esas vidas que ya luego, ya nunca, he recuperado. A lo mejor —no es seguro—, me duele recordar su asombro hecho pregunta. Que por qué no pude seguir esperando... Me acabo de beber el té de un trago y me ha sabido a tequila de primera. Ahora, ahora me gustaría gritarle al oído la respuesta a su incógnita: ¡Me cansé de aguardar en el banquillo a la espera de oír el cambio! Se me enfriaron los músculos, se entumeció mi ilusión. Jugó el partido sin mí.

Embriagada con el agua sucia que acabo de beberme, a estas alturas de la madrugada donde solo la luna parece despierta, soy capaz de entender los regates que me hizo, sus entradas, sus goles, sus ansias, sus marcas. Supongo que el tiempo transcurrido tiene algo que ver, también. Las dudas, los miedos, incluso, la culpa... en frío, se llevan mejor.

Me he asomado a la ventana, ni una estrella. Corre brisa. Me recuerda al aire que ella rompía a su paso. Lo digo otra vez para ver si me oigo: debería acostarme. Si quiere que la olvide, no quiero. La poesía está de mi parte.
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Tareas para cuando te olvide

Ahora
que está cerca septiembre,
que vistes de pasado
y sigues con los treinta
que una vez cumpliste...
Ahora
que no existes
fuera de las fotos
que te hacen tan guapa
y de los versos
que se mueren por ti...
Ahora
que ya casi parece
que estoy convencida,
que falta muy poco,
un poco, tan poco
para olvidarte...
que no me lo creo
del todo
y empiezo a ponerme nerviosa.

¿Cómo serán los atardeceres
sin el añil de tu recuerdo?
—tengo que descubrirlo—.

¿Sonará de la misma manera
aquella, nuestra canción?
—habrá que comprobarlo—.

¿Seguirá siendo gloriosa
la ciudad desmemoriada?
—lo sabré
en mi próxima visita—.

¿Brillará la luz del faro
como antaño, sin que estén allí
tus ojos?
—eso no creo, de antemano,
pero es otra tarea
que pende de tu olvido
y voy a realizar—.
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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