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El andén sin arcén

Hay una torva mirada en el holograma.
Exasperante drama:
¡Sueños que en pavesas graznan!

¡La tierra es oblonga!,
y la alondra resuella querella.

Asisto a la diáspora de mis días.
Bajo en un andén sin arcén.
Los nenúfares sigilosos emergen del lago lodoso.
Claman razones desleídas a mi estima.
Todos son lilas.
¿Por qué desandar el camino sin él?

Quiero alojarme en el trance apabullante de muselina;
monocorde en brisa,
arrebujarme en un manto cimbreado por querubines.

A veces la vaguada deviene duna,
y las tribulaciones exilian al zaguán de otro umbral.
Sólo debo hallar un andén con un bucólico arcén y descansar.

Marisa Béjar.
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Díscola imagen

Tribulaciones desacordes.
Quise ser el héroe de la batalla:
¡Agónica embestida en la que me hallé imbuida!
¿Coraje, pasión…?
Lugar: decepción.
En la oscuridad no veo nada,
¿y quién sabe cuál es mi morada?
La realidad es aquella que con tus manos tapas,
pero por las rendijas de tus dedos escapa…
Cuando la angustia está desatendida
y calcinante la herida
la membrana se dilata
y la alarma estalla.
Díscola imagen expoliando mi carruaje.

Marisa Béjar, 29/11/2017.
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Hiena

Nunca creí ser lobo
pero sí hiena
que nadie espera.
Errática es mi tierra
y yerma la luna
que auxilia mi púrpura esfera.


Marisa Béjar.
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Ocaso blanco

Soñé que era el ánade
que sobrevolaba un mar de quincalla.
Mi Ser quebró aguas encadenadas
en osamenta
endiablada.
Batí mis alas bajo la torva mirada del leviatán
en busca de un reino naftalino
que exponencialmente se hallaba perdido…
Descorrí las sórdidas hordas del destino,
la amnesia siempre fue mi hogar favorito.
Ahora finó el enumerador de mis días.
En mi sepelio el ánade insomne me arrulla
un cántico enigmático:
<<¿Acaso
el ocaso
es blanco?>>.

Marisa Béjar, 04/05/2018
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Thelma

¿Cómo puede ser que siempre residas en mi Ser?
Mi alegría, el rostro más bonito
en esta impía vida…
En aquellos campos que atravesamos
las flores germinan horrores;
anhelan los roces de tu manto seráfico asilvestrado
en amor desaforado.

¡Me siento desheredada del clamor
de la más cálida mirada!
Aquella que irradia paz y eterna esperanza….
Porque eres sabia.
y en sueños me acompañas.
¡Pero al despertar mi alma estalla!
Y me hallo orillada en la Antártida.

No hay versos que describan mis deseos
de besarte y acompañarte mientras respiras
y el mundo es el guía…
¡Detesto la falacia de una efímera alegoría!
Desalineada en cortesía,
aquella luz que mi alma ansía
deviene raída
por faunos jocosos que se envanecen
de mi melancolía.

Fotosensibilidad a la ausencia,
¡vadeo entre el magma de la demencia!


Por eso te dediqué mi libro:
El Cielo de los Perros.
Te esperaré en aquel lugar que siempre idealizamos
y que en esta vida no alcanzamos.
Te buscaré en el cielo:
En el Cielo de los Perros.



Poema dedicado a mi perrita Thelma.
Adoptada con un año de edad en un refugio de animales abandonados en 1998. Vivió conmigo hasta el 21 de abril de 2012.
Jamás la olvido, siempre está conmigo.

21/04/2018
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Debajo de la escalera

Debajo de la escalera
reverberan voces agoreras.
En las grietas asoman manos descarnadas
con tretas despiadadas.
Es una hacienda yerma
donde sestea la afrenta.
La acústica está insonorizada a la esperanza,
pues cerúleas almas
devinieron brunas
y ahora vagan erráticas en la inmunda espesura...

Debo subir la escalera
con porte incólume a la tragedia.
¡Las voces no pueden adueñarse de mi propia esfera!

¿Y si sólo fuera un trampantojo?
Puede que quienes braman
sean daltónicos en karma.

Los peldaños claman mis pasos:
¿Para blandir mi corazón al horror
o mutar a un “Yo” mejor?

Logorreico mensaje
insurrecto en paz anhelante.


Marisa Béjar, 17/03/2018
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El Cementerio de Jaca

Hola, me llamo Ruth. Os voy a contar una historia que me ocurrió cuando tenía quince años y que jamás olvidaré.
Estaba veraneando con mi familia en Jaca, un precioso pueblo de Huesca. Me costó una semana convencer a mis padres para que me dejaran ir a la discoteca con mis nuevas amigas, Silvia y Miriam. Las conocí el primer día en la piscina de los apartamentos. Me vieron jugando con mi hermano pequeño y enseguida se acercaron para conversar conmigo. Silvia era un par de meses mayor que yo, y Miriam tenía diecisiete años.
Sin medio de transporte, sólo podíamos optar a la discoteca del camping. Pero el acceso estaba controlado. En la entrada del recinto los vigilantes comprobaban la identidad del personal que deseaba franquear la puerta. Nosotras no disponíamos de credenciales, ni de un aliado que desde el interior pudiera ayudarnos.
—Hay una solución —dijo Miriam con solemnidad.
—¿Cuál? —pregunté expectante.
—Nosotras hemos entrado dos veces saltando la valla de atrás —comentó Miriam —. Pero no sé si te dará miedo —hizo una pausa misteriosa y continuó —: Hay que atravesar el cementerio. Si vas corriendo y con los ojos medio cerrados no ves nada.
—¿Sólo tenemos que saltar un muro?, ¿no hay una puerta principal? —interpelé dubitativa
—Hay un portón de hierro, pero siempre está abierto —respondió Miriam guiñándome un ojo.
—Parece fácil —contesté sonriendo mientras recreaba mentalmente la escena.
—Pero no le has dicho nada de la vieja loca que vive por allí —añadió Silvia.
Entonces entre las dos me contaron que al lado del cementerio vivía una anciana que se llamaba Teodora, famosa en el pueblo por sus excentricidades.
La describieron como una vieja desgreñada, con ojos desorbitados y uniformada con un atuendo de hechicera malograda. Me explicaron que la anciana emergía de su caótico habitáculo esgrimiendo un sinfín de maldiciones a quienes atravesaran el cementerio en plena noche. Era su cometido y lo llevaba a cabo sin distinción.
Después de cenar esperaba impaciente que vinieran. Cuando llamaron a la puerta salí emocionada. Íbamos las tres riendo y botando por la calle. Nuestras melenas danzaban coquetas en el aire, el mismo que enamoramos con aquellas risas frenéticas: la hilaridad de la juventud.
Intentamos cruzar la entrada del camping, pero el vigilante nos paró y tuvimos que tomar el camino del cementerio.
Antes de llegar al camposanto atisbé el hogar de Teodora. Era una casa lóbrega; con un jardín repleto de objetos decorativos fantasmagóricos, y abundante vegetación marchita. El estado de la fachada era deplorable, con ostensibles grietas y desconchones.
El mensaje estaba claro: había que correr y saltar la tapia en tiempo récord.
Y lo hicimos. Aun así Teodora advirtió muestra presencia y salió de su morada blandiendo una escoba mientras lanzaba maldiciones a voz alzada. Por suerte estábamos a dos metros de saltar la tapia y no puedo darnos caza. Pero su imagen espasmódica y espectral se quedó impregnada en mi mente.

Al llegar a la discoteca dos chicos fueron directos a por mis amigas, y yo me quedé sola. A los pocos minutos las perdí de vista, lo único que deseaba era volver al apartamento con mi familia. Al llegar a la salida del camping vi al mismo vigilante que nos prohibió la entrada. Seguramente no me hubiera reconocido, pero no me atreví a cruzar el acceso. Creía que tomaría represalias avisando a mis padres o alguna contrariedad parecida. De modo que volví al muro del cementerio.
Mientras franqueaba el camposanto vi caer unos guijarros cerca de una lápida, pensé que detrás me aguardaba la anciana agazapada para asustarme. Paré y me acerqué temerosa, pero no vi nada. Y justo al enderezar mis pasos atisbé el espectro de un chico reclinado sobre el portón enrejado, me miraba y me extendía la mano. Avancé sin miedo hacia él y le ofrecí la mano. Enlacé los dedos corpóreos con los suyos traslúcidos, y sentí la embriagadora calidez de su energía.
Caminamos unidos por el bosque, mirándonos y sonriendo continuamente. Tenía el pelo castaño claro y divinos ojos verdes soñadores. No sé cuándo murió, pero su indumentaria indicaba que éramos coetáneos.
Me llevó junto al arroyo, la luna llena reflectaba en el agua abrigando el lugar con luces irisadas.
No hablaba, sólo transmitía un infinito estado de paz. Sentí cómo me abrazaba y su mano etérea acariciaba con dulzura mis bucles pelirrojos.
En ese momento clavé mi mirada color café sobre sus evanescentes ojos verdosos y me dormí acunada en su aura placentera.
Al cabo de tres horas una susurrante voz me dijo:
—Ruth, despierta.
Me alcé como un resorte. Pero el espíritu ya no estaba. Desande el camino corriendo. Las ramas de los árboles se agitaban con virulencia creando sombras amenazantes, mientras el viento silbante contribuía en el plano acústico acrecentando la tenebrosidad del paraje.
Llegué al cementerio y lo busqué, pero no lo hallé. Pasé sigilosamente por delante de la casa tétrica de Teodora, y al final llegué a mi apartamento.




Me desperté pasado el mediodía y bajé a la piscina. Allí Silvia y Miriam me aguardaban para disculparse de lo ocurrido. Les dije que lo entendía y no estaba enfada con ellas. Un mohín de perplejidad cruzó sus rostros, no comprendían mi firme indulgencia.
Cuando les participé por dónde salí, las dos exhalaron sendos suspiros ahondados del alma.
—¿Por el cementerio tu sola? —interpeló Miriam con estupor abriendo exageradamente las cuencas de los ojos —. Pensábamos que saldrías por la puerta.
—Sí. No tuve ningún problema, llegué rápido a casa —respondí soslayando los hechos.
—Esta noche volveremos. Vendrán con un amigo que casualmente ayer no fue. Le hablamos de ti y te está esperando —argumentó Silvia complaciente.
—¿Si? Perfecto —contesté sin celebrarlo.
—Cuando te lo presente vas a flipar —comentó Silvia risueña —. ¡Está buenísimo!
Aquella noche me arreglé más que nunca. Recuerdo que llevaba una minifalda tejana ribeteada con unas piedrecitas de colores y una blusa de tirantes negra. Le pedí a mi madre que me pintara la raya superior del párpado para que me quedara perfecta.
Mis amigas me rindieron un sinfín de alardes y por la calle varios chicos me lanzaron piropos en exclusividad.
Oteamos al mismo vigilante que la noche anterior. Ni lo intentamos.
Atravesamos el cementerio cautelosas para no alertar a Teodora. Ellas saltaron la tapia y yo no. Mi rostro reflejaba la férrea determinación de permanecer en aquel lugar de modo inequívoco.
—Ruth, ¿por qué no saltas? —preguntó Miriam desde el otro lado.
—Mi cita está en el cementerio —afirmé categórica.

Marisa Béjar, 31/05/2017.
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Los legajos

En la parquedad del olvido
sólo hay legajos mal unidos.
Los incunables sonríen
cual narcisos ebrios y henchidos en desafío.
Desde el friso de la inquebrantable ignominia
no hay repisa ecléctica:
en el mundo hay submundos
endogámicos y absurdos.
No hay legión de compasión.
Creo que los incunables y hastiosos escritos
no gozan del aullido del sentido.
Y en su fuero interno resuena
el bramido
del amor interrumpido o endeble en veraz latido…

Los legajos luchan por mantenerse unidos
bajo la frágil cuerda del desafío..
Pero… ¿Quién sabe si no es la panacea
del aura insurrecta y eterna?

En este mundo el graznido desmorona
el anillo del convencionalismo.
El amor nunca es olvido,
siempre aguarda en la antesala del destino…
¿Deseas conocer a tu espíritu?
Avanza entre la emboscada
y hallarás su espíritu;
es el mismo que ansías de noche y de día;
el amor de tu vida.
No te dejes vencer;
el Ser jamás gana en el primer asalto…
La vida es eterna
y la tregua jamás llega
en la primera estela.

Marisa Béjar, 25/03/2018.
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Hoguera

Siento que la vida
se deshoja
cual espera
del condenado
a la hoguera.

Marisa Béjar, 23/03/2018.
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La Torre de Pisa

No hay primavera
en las trincheras de fuego y arena.
La tregua es una volátil serpentina
arisca a mi estima.

Huyendo de la emboscada
amanezco mecida en las rendijas
de la alcantarilla.

Veo sabandijas
trepando en la Torre de Pisa
urdiendo un plan
para aterrar al personal.
Zarandean el monumento con obstinación,
¡les alienta la perturbación!
apoltronados en el sillón del horror
expolian la paz exterior.

La primavera no reina en los corazones de cera;
pues destilando penas
se desintegran.

Marisa Béjar.


Ilustración Anka Zhuravleva
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El fardo mágico

Tengo un fardo mágico
que abriga nuestro mundo:
dársena que aplaca el ocaso
unidos en narcótico abrazo.

No pienses que hay escarcha
en la escalinata;
desanuda el fardo
y estarás a salvo.

No es aflautado el tambor:
no oprimas tu corazón,
la evisceración tampoco es la solución.

El cántaro ajado
no puede ser restaurado
por alfarero
frugal en sentimiento.

El verde es nuestra esfera:
diana tapizada de hiedra selvática indomada.
Aquella inmensa pradera férvida,
que ya no zigzaguea:
porque allí retoza la unión más hermosa.


Tengo un fardo mágico
que ha creado nuestro mundo apolíneo.
Allí veo caer los grumos de tus ojos
en fosfóricos mensajes de calma
y un nuevo amanecer de almas.

Alma rimada.

Marisa Béjar, 7/12/2017.
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El bosque de las mandrágoras

Creí ser hiedra con flores rosadas
basculando en un puente sin temor a nada.
Son los bucles del amor
los que acarician el
hálito sádico del error: burlón sin compasión.

Rapsodia:
era mi historia,
mimética a la excelsa gloria de
Perseo y Andrómeda,
cuya constelación brilla
en honor a tan sublime victoria

Avistaba llanuras Eliseanas
mientras en ti dichosa cimbreaba,
y tanta era mi alegría
que el tacto arácnido de la ortiga
minó la savia que nos unía.
Y tú pudiendo reconstruirla
creíste que eran fruslerías.

Caí con manos desunidas
gritando el antídoto contra la infamia de la ortiga.
Pero no me oías…


Ahora resido en el bosque de las mandrágoras
donde acuden hechiceras
con rostro de cera
y cianuro en las venas.
¡Bayas endiabladas!
Inyectando escarnio
en mi alma varada.

Me balanceo en
en la tela de araña:
esa es mi posada.
Y sólo deseo que mi antídoto llegue al cielo
y los ángeles restauren
mi reino.


Marisa Béjar.
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Mirada de sauce

Mirada de sauce;

aquella que no es azulada

ni verdeante.



Hay un eterno misterio

que insiste en su gris errante,

es la mirada de sauce:

con sus ramas acuna la tierra,

y por su alma nadie vela.



Pero el gris

es la extorsión

de aquel amor

que sigue buscando su exilio.



Es la mirada de sauce:

alerta y serena,

cuando desea ser eterna en

aura que jamás llega,

y de ahí su ambiguo color:

Persiste la extensa bifurcación

ante el genocidio

que impregna su halo maldito.

Y en ese impasse

debe hallar su paz.



Marisa Béjar.
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Guerrero en la Edad Media

He bregado
en campos de mutilados
con yelmo ensangrentado,
almas clamando piedad
en medio de la nubosidad
sin saber que a hurtadillas
se disipó su vida.
Estigmatizados en una tierra
que es una mísera vereda
en parangón
con la verdadera esfera
imploran clemencia;
pues piensan
¡Que podrán fosilizarse en la luna llena!
Argucia perecedera…

El sediento acude a saciar su ansia
en las aguas cristalinas
sin ver la toxina que habita.

No bebí de aquellas aguas malditas,
sentí el arrullo del espíritu que me aguarda,
una voz cándida y femenina me susurró al oído:
<<Eres el caucho
que en agua aflora
y en vano puede aferrarse al lodo que añora
¡aún te espera la Gloria!>>

Recuerdo que ese tono de voz era de mi abuela Carmen.
¡Ay! Jamás te olvido
¡Ser divino
donde acude el peregrino
tras el aguacero impío!
Así que continuaré
en este páramo que me agota
y mi alma trastoca.

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Estoy en un sueño,
la siento, la veo,
inhalo el aire del cielo.
Alcanzo su mano
y sólo me embriaga el deseo
de hablar con el ángel más bello.
Y entonces resuena mi propio eco:

<<—El guerrero está en el intelecto,
insigne bosquejo te lleva a su encuentro.
¡Fuiste el primogénito
en llevar el yelmo!
Creo en la fuerza del alma
y esa firmeza
la recibí por ti
en mi infancia.
Pero camino sobre un lago helado,
las grietas acongojan mis pasos.
Tretas
que aguardan tras
falacias teñidas de aforismos
y vapulean mi espíritu.

Mi mirada se extiende la tierra que amaste
y con lágrimas dejaste.
Allí gravito en la noche;
es el espacio más noble pero inmisericorde….
Te espero en el cielo: En el Cielo de los Perros>>.


Poema dedicado a mi abuela Carmen: mi guerrero predilecto.

Marisa Béjar, 20/01/2018.
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El miedo

A veces pienso que la vida es como una especie
de esqueje
en fuel imberbe:
el ácido desconoce su fulminante impacto,
y el tallo su ingrato sulfato…
¿Hubo deshonor, ambición o sublimación?
Puede que todo fuera una agónica patraña
de alianzas adosadas
en sol de madrugada.

Rocas en mi boca,
sal en mi mirada,
tacto relámpago
que en infarto
me acuesta en el verde manto.
Verde que no es esperanza
sino nostalgia;
que acude plomiza en vigilia,
y en noches en las que siento tu brisa
Irisada y catarsis del magma.

El miedo es un
Inconcluso
recluso
clónico en sentimientos convulsos.

Marisa Béjar, 01/12/2017.
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Auriga entre espigas

Residenciada en el cimbreado acantilado
la amplitud deviene inoperativa
si creo que el paisaje es la esquirla,
pero… ¿y si fuera mi guía?

Tritón galantea con la dulce campesina
pues las divinidades marinas
ya no rigen su vida.
Espacio bucólico
enguantado en bellos prados
de amor almidonados.

No soy hija de Poseidón;
sólo auriga entre espigas
que inyectan infame elegía.

Borbotea la necedad
impregnando el suelo de adiposo sustrato
que yerra mis pasos.

No hay guarida;
espero una empírea caída.

Veo faunos persiguiendo ninfas que gritan
en el lago de agua ambarina…
La calma está desatendida.

Marisa Béjar.
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El último vals

Es mi último vals.
He desoído los estertores
que acusan fastuosas protuberancias
en valles de andar descalza.
Listones,
que rasgan la seda en jirones…

Siento hormigueantes excoriaciones
en mi cuerpo
por tu silencio
que ahogan mis versos.
Es un anexo perverso;
acuíferos mutan infiernos…

Hay una bifurcación;
donde el ambiente nebuloso
deviene nácar más imperioso.

Tengo la aldaba,
y tú telepática mirada.

En el llanto está la alquimia
que abraza almas encumbradas.
Olvida la senda abigarrada
y busca el color de mi mirada.

Tiéndeme la mano en mi último vals;
el suelo está encerado
y nosotros enamorados.

Alma rimada.


Marisa Béjar,
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Electroshock

No hay bastión que pueda frenar el electroshock.
Es la cerbatana más afilada,
aquella que envenena el alma.
El Casimir deviene saco estropajoso
si esbozo su expolio.
No hay cartógrafos que dibujen un camino de culpa extinto,
porque el electroshock galantea con el horror.
Y cuando todo está torneado
en el más inexcusable agravio,
no hay redención:
sólo cabalísticas reminiscencias
y sufrir de nuevo electroshock.

Marisa Béjar.
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Dama de rostro marmóreo

Vive acristalada
en amor vetada.
Deambula entre espíritus
deslucidos en sentidos.
Porosa decrepitud fosfórica
de seres envilecidos
que atrapan su alma.

Dama de rostro marmóreo
de luz embaucada.
Luctuosa imagen grácil
al olvido encomendada.

En el pináculo sus sueños vagan.
Ojos añejos en miedo
agnósticos al cambio
mendigan clemencia.
Respuesta: ausencia.

¡El alquimista no puede ayudarla!
Ella debe trazar el bosquejo
que le exima del perverso lienzo.


Marisa Béjar.
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Todos oyen. Pocos escuchan

Respuesta evidente:
extracto excluyente
al sentimiento carente
de análisis competente.

Marisa Béjar.
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4comentarios 114 lecturas versolibre karma: 85