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Torva

Envuelto en torva
implacable febrero,
hielas los huesos.
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¿Cuánto?

Millones de sueños.
Ternura única.
Inmensa pasión
Denso silencio.

Mil perdones.
Cientos de versos.
Infinita paciencia.
Abrazos eternos.

Una sonrisa.
Mucho respeto.
Pocas palabras.
Dos para un beso
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La malla

Me han mostrado un pedazo de mundo.
Allí derraman el agua por un agujero
que no llega al corazón de mi tierra seca.

Vacían camiones de alimentos
esparcen la rica fruta al suelo,
que jamás mi pueblo imaginó.

Me han enseñado una foto desde el espacio
con millones de luces encendidas
iluminando las grandes ciudades.

No he visto lindes en los caminos,
sólo caminos donde dejo las huellas de mis pies,
árboles donde encuentro el refugio de los soles.

Busco agua y alimento para los míos
allá donde estuvieren… y luz para ver
la injusticia de la historia.

He caminado noches enteras
escondido en las cunetas, huyendo
de los perros y las porras justicieras.

He llegado a los muros de mi cárcel,
a las redes metálicas que tal vez me capturen
y me devuelvan al fango de su edén.

¿Por qué tengo que escalar esos árboles de espinas
que no crecen en primavera,
ni atraen a las nubes con aguas finas?

Sólo deseo el agua y el pan que necesito,
la libertad para escoger mis sueños
y la tierra donde habito.
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4comentarios 164 lecturas versolibre karma: 92

Albor

El agua me vino a buscar,
cuando no esperaba beber
en los labios de la madrugada.

En medio del bosque las corzas blancas,
con sus ojos almendrados,
petrificaron sus movimientos en un suspiro.

Solo las hojas del hayedo comprendieron
el vuelo de aquel pétalo.
Bajo la sombra tenue emergió la vida, verde.

Jabatos besando el bosque miríadas de veces
gruñendo la tibieza sutil de una vida recién estrenada,
bebida en las raíces y el humus callado.

Me dejé empapar en su compañía.
Un abrazo escarchado se escurrió en las primeras luces,
casi comprendí el albor de mis pasos.
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2comentarios 59 lecturas prosapoetica karma: 71

Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Ahora no es navidad

Ya han pasado los días de Navidad. Se acabaron las felicitaciones típicas, el juego del amigo invisible, los regalos del señor gordito con barba blanca y los que trajeron los reyes mágicos. Se terminaron las cenas y comidas copiosas con los familiares. Se han recogido los adornos navideños, apagado las tiras luminosas de leds y envuelto las figuritas del belén. Todavía juegan los niños con los juguetes recién estrenados, mientras los papás se disponen a zambullirse en la rutina laboral y doméstica.

Ha finalizado el tiempo socialmente aceptado de la felicitación, de la alegría, de la solidaridad. Ahora comienzan las rebajas de enero para compensar el despilfarro de las fiestas pasadas y pagadas. Sin la suerte de haber sido agraciado por la lotería y con la misma salud que se tenía antes de las fiestas, siempre y cuando no se haya abusado en exceso de las comilonas. Vuelta al trabajo, al cole, a la inercia rutinaria de cada día.

Sin embargo, estos días anodinos son los que más necesitan de alegría y de encanto. El regalo de cada minuto de existencia tiene la fuerza de toda una fiesta. Los miles de besos depositados en las mejillas de los seres amados, la sonrisa ofrecida como señal de acogida y de encuentro, la palabra amable, el silencio educado, el abrazo con ternura, la espera esperanzada, la confianza en las posibilidades ajenas, la caricia afable… estas cosas sí que son auténticos obsequios de la vida.

Ahora también es tiempo del cariño, de los encuentros familiares, de las llamadas a los amigos, de las visitas deseadas. Ahora se disponen de muchos días para felicitar, para reconocer con gozo el crecimiento ajeno, para hacer reír, para jugar, para quedar a tomar un café, para escribir unas palabras a quienes queremos en la distancia. Ahora se pueden hacer visitas a quien está enfermo, a quienes sabemos que les afecta la soledad. Ahora se puede pasar un rato con las personas mayores que sólo desean a una persona que les haga sentirse importantes. Ahora, es precisamente cuando más se necesita la solidaridad. Ahora no es Navidad.
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Calma y espera

Una fina calma desciende esperanzada
por la ladera del tiempo.
Días contados en exceso.
Apresados en campo abierto,
donde la lluvia solo empapa la tierra seca.
¿A quién esperas para mojarte?
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12 Uvas

Las 12 uvas de la suerte. Esa suerte que queremos disfrutar a todas las horas. Como si todo dependiese de ella. Esperamos al fin del año para realizar la gran ceremonia de pedir los mejores deseos para el año que viene. Frente a un televisor o en la plaza de cualquier ciudad, delante de un reloj que dé las campanadas. Exactamente doce. Como los doce acasos que quizás se produzcan en el año entrante, uno por mes, uno por intención, uno por expectativa. No nos ha tocado la lotería y ya nos conformamos con la salud. Pero somos pertinaces, si no hemos sido agraciados con el dinero, pues decimos que la salud es lo principal. A partir de ahora a por más. Ponemos nuestras esperanzas en comernos, a golpe de badajo, una uva en cada campanada. Y con eso, casi tenemos garantizada la estrella. Hay que seguir el ritual porque si no, ya tenemos la excusa perfecta para pensar que la causa es no haber creído en él. Se acompaña de un cava, o cualquier bebida alcohólica y besos para todos y abrazos que jamás te atreverías a dar cualquier día del año.
 Las 12 uvas dan permiso para el desmadre generalizado. Para encasquetarse un gorrito y unas gafas de payaso. Tirar confetis, beber, gritar, saltar y bailar hasta que el cuerpo aguante. Terminar la noche en alguna churrería tomando chocolate con churros antes de meterse en la cama. Despertar lo más tarde posible para volver a reconocer que las fiestas se terminan. Que todo vuelve a la rutina diaria. Que ya se han olvidado prácticamente todos los deseos. De la celebración del año nuevo quizás quede algún recuerdo todavía, gracias a los pequeños trozos de turrón que terminan encajados en algún aparador de un armario. Pero de las uvas, ni rastro y de la suerte, ni se sabe, ni se la espera.
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Otorgar

A la tierra un beso,
al cielo una mirada eterna,
al pasado un adiós,
al futuro una espera.

A los niños dulzura,
al anciano respeto,
a la juventud un horizonte,
serenidad al adulto.

A los ojos miríadas de gracias,
a las sombras una rendija de luz,
bendiciones a los labios,
al dolor una esperanza.

Al orgullo un espejo,
al mal eco silente,
el poder a una isla pequeña
y un abrazo a la humildad.

A la palabra un sentido,
al poema esencias de verso
que impregnen el papel
de amor y sentimiento.
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Te regalo mi tiempo

He venido a verte,
a contarte un cuento,
a perder el tiempo,
sin mostrar quererte.

Porque sí, sin motivos.
Nada más, no hay razón
y tampoco desazón,
tal vez, algunos mimos.

Te regalo mi oro,
es crono mensajero
del mundo pasajero,
a precio de tesoro.

Envuelto, engalanado
de simple presencia,
escucha y paciencia,
silencio abandonado.

En bolsa de papiro,
con mis letras escrito
versos de tu hálito
que yo mismo respiro.

El tiempo que valoras
no se vende, se siente.
Es ausente presente,
dádiva de mis horas.
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4comentarios 112 lecturas versoclasico karma: 107

Cierra tus ojos

Si me miras con esa ternura,
se funde mi piel cuando me tocas.
¿Puedes cerrar tus ojos?
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sin comentarios 82 lecturas prosapoetica karma: 104

Ahogo

Tu nombre se rompe en mi garganta
envuelto en la angustia del vacío.
Te bebiste el azul de tantos cielos y
ahora nadas en la mar de mis lágrimas.
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Te desearía Feliz Navidad

Te desearía una Feliz Navidad y un próspero año 2018 pero me suena a tópico y cumplido. Por eso te deseo que hoy seas feliz, sin más. En este momento tienes la posibilidad de alegrarte de la vida, de reconocer a tus personas queridas como lo mejor que jamás soñaste, de respirar, de sentir, de amar e incluso de sufrir. Si es así, todavía dispones del gran regalo de la vida. ¿Qué más quieres?
No es necesario que digas nada, simplemente sonríe. Aunque nadie te vea estarás siendo consciente de tanta riqueza. Disfruta sin medida, abraza para sentirte cada vez más cerca de la humanidad, saborea el pan duro que no consumiste el día anterior, recréate contemplando las hojas caídas, mira hacia atrás y ríete de tus payasadas. Sueña en la vigilia y duérmete recordando cualquier cuento infantil. Tal vez aparezca esa estrella que siempre has estado buscando.
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Arrebol maldito

Silente, la tarde arrebolada.
En el pueblo sisean mil secretos,
enredados rumores indiscretos,
sobre una mujer enamorada.

Mejilla de arrebol encarnada,
sofocos hinchados, de amor repletos
sollozos declarados incompletos,
al candor natural iluminada.

Cielo engalanado de nubes rosas
en el gris tardío, sol explotando,
dormido en azules mariposas.

Sus manos blancas ocultan llorando
el desprecio de almas lastimosas,
maltrato social, vergüenza quemando.
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Poema simple

Te cantaría una canción a capela
y desentonaría hasta doler el oído.
Pero sabrías de mi alegría
y de mis terrones baldíos
que esperan empaparse
de esa lluvia fina que
me traes con tu olor a gente buena.

Te compraría tu mercancía,
pero sé, que tú me regalarías
el mundo de tus sueños.
Me llevaría las dádivas
de tus manos abiertas y
siempre quedarían en tus dedos
restos de la gratitud inmensa.

Te vendería un alma de mi espíritu
a precio de oro aquilatado.
Quedarían vacíos los cofres,
y desiertas las primaveras.
Acaso ganara yo tu mirada
o el pétalo de una flor
en la brisa deshojada.
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Batahola

Los gritos hervían la calle.
Cacerolas poniendo sus culos
a los mamporros de cucharones.
Abrí el balcón y una batahola
apabulló todos mis sentidos.
La fuerza del ruido frente
al poder de la palabra,
la intimidación contra la sensatez,
la ira expandida, iracunda, mordaz.
Bajo el dintel de la justicia
algazara, el silencio callado.
Armonía quebrada, sangra la paz.
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Cencellada

Gélida está
la cencellada fría
en los árboles.
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sin comentarios 90 lecturas versoclasico karma: 95

Pluma

Negra, insolente, líquida
hasta borrar el blanco papel.
Rumor de letras arrastradas,
dibujadas. Tinta derramada.

Palabras escondidas, licuadas
en metálico cilindro.
Voces escupidas, hilo silencioso
algo rasgado, sinuoso camino.

Electroencefalograma de pensamiento
y sentimientos. Lenguaje guiado
por mano de escribano.
Línea corta, salteada en dolor y amor.

Pluma de emociones goteada
e ilusiones. Presionando, arando
la tierra blanca, dibujando camino
y relato. A veces, retrato

Prosa poética, sonetos, sextillas,
romances. Letras sembradas.
Sueños versados. Ecos declamados
por recias voces de rapsodas.
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No soy un viejo

NO SOY UN VIEJO

¿Pero qué le pasa al mundo? Creen que he perdido el juicio y me tratan como a un niño. Fíjate, me dicen que el “pis” se hace dentro del wáter y el “pas” no se unta en los sanitarios. Cuando voy al médico siempre justifica mis dolores con los años y “qué vamos a hacer”, el tiempo no pasa en balde. Si lo único que siento es que las piernas me duelen y por eso no puedo caminar bien. Es verdad que abrocharme los botones de la camisa me resulta imposible. Claro, si se ha puesto de moda hacer los ojales muy estrechos, así es muy difícil. La cremallera del pantalón no la subo hasta arriba porque tiene el cierre demasiado pequeño y cuando me entra una prisa no me da tiempo. Suelo utilizar los zapatos más anchos, ¡cualquiera acierta con el calzador! Me parece que el suelo está más bajo que hace un tiempo atrás.

¡Estoy harto! Continuamente me echan en cara que eso ya lo había dicho. ¡Pues claro! Lo que pasa es que nunca me hacen caso. Yo me acuerdo de las cosas y todo el mundo se empeña en convencerme que es a mí sólo a quien se le olvidan. ¡No hay derecho! Si sabré yo lo que pasa. He perdido vista. Ahora no veo como antes. Las últimas gafas que me compré no me las ajustaron bien. He ido varias veces al oculista y dice que sí, pero no me hace mucho caso, estoy seguro. Así que me cuesta meter las llaves en las cerraduras. A veces, no dejo la tacita del café en el centro del plato y se derrama algo, pero claro no se dan cuenta que las gafas están mal graduadas.

Me molesta que me griten. Me parece una falta de respeto. Encima, cuando lo digo me contestan que no les escucho. ¡Claro que les escucho! Y les da igual. Siempre se tienen que llevar el gato al agua. Si yo estoy en mi mundo, los demás estarán en el suyo, digo yo. La última proposición de mis hijos es que me ponga un sonotone de esos que se ponen en la oreja. ¡Lo que faltaba para parecer un robot distraído, ni de coña! No sé que se piensan. Yo me entero de todo. Ahora me han comprado un pastillero en el que meten toda la medicación de la semana. Dicen que así no se me olvidarán tomar las pastillas. Pero eso sí que es liar la cosa. ¡Si yo lo tenía todo organizado..!

Sé conducir perfectamente y no quisieron renovarme el carné. Pero no fue en la revisión rutinaria de Tráfico, sino mis propios hijos los que impidieron que cogiera el coche. No se fían de mí y creo que fue porque tuve un par de despistes sin importancia. Como si yo fuese la única persona que tiene despistes al volante.

Si les voy a llevar la corriente en todo lo que me recomiendan, tendría que comprarme un bastón, unas muletas o, mejor, un andador de esos que llevan ruedas y silla incorporada y, cuando se cansan de andar, se sientan. El sonotone, un calzador largo para no agacharme. El botón de llamada colgado al pecho para llamar a urgencias, la almohada eléctrica, cambiar el teléfono fijo y poner uno con números grandes y no sé cuantas cosas más. Creen que soy un viejo, ¡por favor!

Están empeñados en que venga una persona a casa para hacerme las tareas domésticas y mientras yo pueda eso no va a suceder. No soy ningún inútil. Las cosas me cuesta hacerlas, pero yo voy a mi ritmo y me apaño. Lo que más me entristece es que me he enterado de que posiblemente, la “única solución” sea entrar en una residencia de ancianos. “Unica solución”, ¿a qué? ¡Lo que me faltaba! Me quieren aparcar en el desguace de abuelos para que de allí me saquen con los pies para adelante. Además, ya me han dicho que mis ahorros deberían tener algún disponente más, por si acaso me pasa algo a mí. ¡Vamos que puedan hacer con mi dinero lo que les dé la gana!

Soy mayor. ¡Claro que soy mayor! Pero, NO SOY UN VIEJO.
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sin comentarios 185 lecturas relato karma: 99

Ciprés

Enhiesto amigo,
eterno vigilante
duerme conmigo.
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sin comentarios 113 lecturas versoclasico karma: 72