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A ti Palestina

A ti Palestina,
pueblo arrojado de su tierra.
A ti Palestina,
que yaces bajo las escombreras.
A ti Palestina,
que te matan y te entierran.
A ti Palestina,
hasta ti mis lágrimas trepan
en silencio y en agonía,
mar de flores muertas
en el hueco de las sonrisas
de tus hijas de arenas
y de las flores de tus ausencias.

Quiero llorar tu llanto
a través de los mares y las sierras.
Quiero hablar tu voz
en este silencio que me quiebra.
Quiero tallar tu nombre
en la carne de mis letras.
Quiero no olvidarte,
Palestina contra las hiedras.

A ti Palestina,
corren corceles blancos
frente a tu espiga,
sembrando de cadáveres tus campos
y de desierto tu sonrisa.
A ti Palestina,
incendiada de olores y de fangos,
asfixiada de mentiras.
Tú, que resistes y te enfrentas,
tú, que tienes el nombre de la vida
escrito sobre tu cintura.
A ti Palestina,
hija del mar y de la Luna,
a ti Palestina,
mis ojos y mis manos.

Quiero ser las lágrimas
que te han negado.
Quiero ser la garganta
de la voz que te mataron.
Quiero ser la carne
de los huesos que te han arrancado.
Quiero buscar tu nombre
entre las pieles secas del ocaso,
quiero encontrarlo desnudo
en los ojos de los pueblos que te han amado.
Tu grito y mi grito: Quiero libre
a tu gente y a tus campos,
a tu nombre y a tu vida,
a tus aguas y a tus manos.

A ti Palestina,
te escribo desde el abismo de mi sangre,
sin más luz que la de tu vida,
sin más tinta que mi carne
y a ti te grito, Palestina,
porque tu dolor es el mío
y mis lágrimas son las tuyas.

A ti Palestina,
pueblo del jazmín y de la Luna,
tu pecho abierto y tus venas rotas,
tendríamos que escribirte, una a una,
todas las estrellas del cielo.
A ti Palestina,
que resistes y te enfrentas,
a ti Palestina,
que te desangras con nuestras guerras,
que mueres en nuestro silencio,
a ti, que galopas por tus tierras,
mis ojos y mis manos,
mis lágrimas y mis venas,
a ti Palestina.
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Concha Espina, patrona de los mineros

El rojo corazón de sus labios,
incendiados por la raíz abierta,
supo guiar musicalmente sus brazos
hasta estampar sobre el sólido tiempo
a todo el quebrantado pecho humano.
Y ahora la mirada eterna de los siglos
se cruza febril ante mis ojos lacios
y se hunden en las entrañas de la tierra,
allí donde nació el Saquia de tus manos.
Encuentro llenas de azufre, tus palabras,
el mismo azufre de mis venas de mayo,
el azufre de tu tinta y de su aliento.

La rosa que sembraste con sus voces
sobre el último suelo salaz del mundo,
hoy crece sobre la carne de los bosques,
y sobre el pálido metal de los muertos,
su flor germina en cada uno de sus nombres.
Pero ha caído el silencio de azófar
y su recuerdo ilustre se retuerce:
la comunal voz de la gran huelga
y el escarlata tren de los inocentes
anclados en el confín de los tiempos.
Sin embargo, tu flor, roja de lucha, crece,
porque esta tierra no podrá olvidar tu huella,
porque siguen sangrando heridas y se tuerce
y disloca el pueblo deshecho en el humo.

El rojo corazón de tus labios,
la rosa roja de tu minera obra
han derribado la mina de mis brazos
en la solemne música del recuerdo
hasta hallar en mis ojos cercenados
la milagrosa fuente de sus almas...
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Primavera a Miguel Hernández

Primavera que no llega,
primavera que se esconde
entre rosas y claveles
vuelan moscas de muerte.
El invierno se marcha,
la primavera no vuelve
y aparece el verano ardiente
de alto sol y voz temprana.
¿Dónde estás primavera?
Fuiste arrastrada y te perdiste
bajo cálidas olas,
¿dónde te fuiste,
por qué no vuelves primavera?

Primavera que no llega,
primavera que se esconde
¿Dónde estás primavera?
las golondrinas te cantan
y lloran tu ida con pena
¿dónde está la flor y la abeja,
dónde el trueno de tu garganta,
dónde descansa la lluvia y la tormenta?

¡Vuelve primavera!
para sembrar en tu pecho el verde,
para traer los colores a tu vientre,
para llevar el agua entre tus venas.
¡Vuelve primavera!
Con tus alas azabaches y tus labios,
con tu garganta y sus páramos
con tus ojos abiertos de tierra.

¿Por qué no me oyes?
Primavera, tinta de roca y cielo,
escrita con la mano del cabrero
en la frente de los nombres
que defendieron tu pecho
en la flor de una trinchera
y en el viento de tu primavera
de mendrugos y olivares cubierto.

Primavera que no llega,
primavera que se esconde
en el borde de tu nombre,
altivo y jornalero, poeta.

Miguel y su flor nacieron
en la brisa torrencial de los brazos
y fueron en el borde de la luna acunados
y fue su voz, la voz de los vientos,
de los vientos del pueblo.
Miguel y su flor, la trinchera
caminaron juntos por la senda de la estrella
y encontraron la sílaba de su cuerpo
atada a la desgracia de su bandera.
Miguel y su flor, la tierra,
roja la sangre de su pecho,
rojo el corazón de su pueblo,
rojo su puño y rojo su desvelo,
roja su primavera y roja su luna.
Miguel y su flor, retumba
el metal bajo la arena
y el dolor de su mirada abierta
en el agujero que abre nuestra luna.
Miguel y su flor, bajo la sombra
de una noche que no espera
un alba tras su noche ciega
donde el olvido habita de roca
y blanca espuma de arena.

¿Dónde estás primavera?
Qué ya no puedo recordar tu esperanza,
qué solo puedo conocer tu desgarrada
sangre sobre la perforada tierra,
sin poner más nombres en su cuna,
que el nombre de la desgracia
de todos a los que les arrancaron la luna
con el pecho abierto y el cielo cerrado
en su boca y en sus labios.
¿Dónde te fuiste,
por qué no vuelves primavera?
¿dónde está tu cuerpo y tu agrado,
dónde está el amor de tu regazo,
dónde está la vida y la pradera?
¿Dónde?

¡Vuelve primavera!
Ninguno de los vivos te llama,
salvo los esclavos que te aman,
ahora que solo los muertos te recuerdan
¡Vuelve primavera!
De Miguel viniste, a galope y desangrada,
Desde su vientre, a golpes de garganta,
una voz en la trinchera,
un compañero en nuestra mirada,
atado y eterno al pueblo y a la sierra,
una primavera y un camarada,
que vive porque no ha de encontrar la muerte,
sino la eterna vida del poeta
qué es hombre y primavera,
qué es viento y compañera,
qué es poesía y trinchera.

¡Vuelve a nuestra voz, primavera!
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El Límite del Bosque (parte III)

Ambos se enfrentaron. Temblaron los cimientos de la tierra y el cielo y se quebraron todos los pilares, jóvenes y antiguos. Las estrellas temblaron y la noche se deshizo en una sombra temida y terrible. Los arroyos crepitaron y sobre ellos fluyó el fuego. Los animales huyeron y murieron, y todas las hojas de los árboles cayeron pálidas y pardas sobre el suelo hendido y arrasado, convertido en ceniza.

Ella cayó sin conocer la rendición y con su último aliento derramó todas sus lágrimas hasta aquellas más escondidas, aquellas cuya existencia ni ella misma alcanzaba a conocer. Si hubieran quedado estrellas sobre aquel cielo, estas hubiesen gritado de dolor y derramado su trágico llanto sobre el mundo, pero no, no había estrellas, ni luces, ni cielo sobre aquel nuevo y negro firmamento. Ella, última esperanza, había sido derrotada por una fuerza inmensa y oscura, de fango, ceniza y oro. Ella dio su vida en el límite del bosque porque esa fue la causa y el origen de su historia, pero aquel ser capaz de agarrar el mundo con un solo brazo y de apresar la libertad con una sola de sus garras, aquel ser, sin rostro ni cuerpo, aquel ser cruzó el límite del bosque, del último bosque, alcanzando el dominio sobre el mundo.

Cuentan las lenguas de los que habitan en las raíces de los árboles que cuando aquella esperanza yacía en el suelo, ya sin fuerzas y casi sin vida, agarró a aquel monstruo deteniendo su avance durante unos segundos. Con tanta fuerza que aquel ser sintió miedo, por primera vez, se había sentido vulnerable. Sin embargo, ella perdió su último aliento en esta advertencia, en esta última y severa voluntad de justicia, un grito eterno que amenazaría por siempre el reinado de aquel ser. Su hermoso cuerpo se deshizo en un suspiro de gotas, dulces y cristalinas, que reflejaron el poder indómito de los recuerdos de un bosque y los guardaron hasta que llegase un tiempo en el que alguien pudiese encontrarlos y recuperarlos, hasta que llegase un tiempo en el que el grito del bosque despertase en las profundidades de las gargantas de los hombres y mujeres justos.

Él reinó con la dureza del hierro y el hambre sobre los cuatro rincones del mundo. El bosque murió, porque fue olvidado por todas las conciencias y la barbarie desbrozó la tierra fértil y las corrientes de agua, pero aquellos reflejos eternos estaban presentes ya en la luz de las estrellas, allá donde nuestras miradas vuelven cada noche intentando hacernos recordar quienes somos realmente.
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El Límite del Bosque (parte II)

Entonces, frente al bosque y sobre la extensa pradera de hierbas muertas, se levantó. Ella lo miraba con resignación y voluntad inquebrantable, pero no pudo evitar que las lágrimas de todos sus recuerdos le desgarrasen su mirada, sin perderlo de vista, sus ojos eran el muro y la espada, eran la última frontera, cargados de dolor y de rabia, eran la última voluntad del bosque y su última y la más fuerte de sus defensas. ¿Serviría de algo resistirse a aquella amenaza tan antigua y poderosa?

Se levantó sobre las hierbas muertas de más allá del bosque y su piel era de ceniza. Ella no cedía. Levantó su cabeza y sus ojos eran de llamas. Ella dio un paso al frente. Él habló y su lengua era vieja y su voz de acero forjado y muerte. Ella sonrío con fuerza primaveral, mientras que sus dos últimas lágrimas cayeron, humeantes, contra el suelo. Él tenía un aliento de humo que asesinaba el aire, él tenía un cuerpo de fango y ceniza que marchitaba todo cuanto existía: el verde de las hojas y el marrón de la tierra, la agilidad del viento y el azul del cielo, la música de los ríos y las aves y las transparencias y las luces de sus aguas. Él era la muerte y el yugo, las cadenas y el silencio, la desolación y el olvido. Ella solo era el último bastión del último bosque virgen que quedaba en toda la faz del mundo.

Ambos se enfrentaron. Temblaron los cimientos de la tierra y el cielo y se quebraron todos los pilares, jóvenes y antiguos. Las estrellas temblaron y la noche se deshizo en una sombra temida y terrible. Los arroyos crepitaron y sobre ellos fluyó el fuego. Los animales huyeron y murieron, y todas las hojas de los árboles cayeron pálidas y pardas sobre el suelo hendido y arrasado, convertido en ceniza.

Ella era firme, fuerte y no cedería, él tenía un gran poder, el poder de las voluntades robadas y de las tierras usurpadas, ¿conseguiría derrotarla?
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El Límite del Bosque (parte I)

Ella no tenía nombre o no era capaz de recordarlo, tal vez nunca llegó a memorizarlo. Ella solo había visto su claro rostro reflejado en la superficie de las negras aguas de la noche, pero ella sabía quién era, aunque jamás se había visto, aunque jamás había sido llamada. Y, sobre todo, conocía la causa que le daba la vida. Ella le cantaba a los árboles del bosque, ella le susurraba a las hojas del otoño y a las piedras de los arroyos, ella golpeaba a las nubes del cielo y a las raíces de la historia, ella podía perseguir a los árboles del desierto y encontrarlos, verdes y frondosos. Pues, ella era la voz y el grito del bosque y también los puños y las garras de la tierra.

Sin embargo, un día, tras la lluvia y tras el alba, no hubo un amanecer. Las sombras habían alcanzado el suelo del bosque y los árboles habían dejado de cantar. Todo era oscuro y cruel, todo estaba estremecido por el terrible silencio de lo que espera la llegada del final. Y ella vigilaba y guardaba las puertas del bosque, porque sabía que ese último día, en el que se juega el destino, estaba a punto de llegar y que pondría fin a su historia, a nuestra historia.

Entonces, frente al bosque y sobre la extensa pradera de hierbas muertas, se levantó. Ella lo miraba con resignación y voluntad inquebrantable, pero no pudo evitar que las lágrimas de todos sus recuerdos le desgarrasen su mirada, sin perderle de vista, sus ojos eran el muro y la espada, eran la última frontera, cargados de dolor y de rabia, eran la última voluntad del bosque y su última y la más fuerte de sus defensas. ¿Serviría de algo resistirse a aquella amenaza tan antigua y poderosa?
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Entre la niebla

A veces me despierto y todo ha desaparecido,
A veces me despierto y no tengo recuerdos,
A veces me despierto y tengo que buscarme entre la niebla.

Otras veces es la niebla
la que viene a buscarme
un abrazo blanco llega
y luego, desaparece.
Casi siempre es la niebla la que viene,
para hacerte olvidar quien eres,
con su aliento y con su voz
sobre el valle y en mi pecho,
la niebla vuelve y yo olvido
y ya no me quedan recuerdos
de su magia y de su nombre.

A veces me despierto y todo ha desaparecido,
A veces me despierto y no tengo recuerdos,
A veces me despierto y tengo que buscarme entre la niebla.
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Te recuerdo, Luna (Parte I)

Te recuerdo, Luna:
recuerdo tu fiera mirada
arrancando tantas pesadillas
frente a la noche helada.

Te recuerdo, Luna:
En mis ojos gravada
tu voz de luz y de sombra,
tan libre, tan fuerte y tan lejana.

Te recuerdo, Luna:
verde niebla y agua de plata
cruzaban, de parte a parte, tu pecho
hendido por la voz desgarrada
de tantos cuerpos desaparecidos
en la verdadera noche sin alba.

Te recuerdo, Luna:
recuerdo mis aullidos y tu mirada,
tú que tenías en tus ojos la noche
y la mirabas, inocente y alada,
como el cristal, pero es la noche negra
de negros y de silencios ahogada
y ahora va sola y desnuda,
porque la noche ha muerto desalmada.
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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estas solas en nuestro enjambre
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!
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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estas solas en nuestro enjambre
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!
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Mientras todo pasa y nada queda

Mientras la belleza lentamente se desvanece,
mientras cada hoja, cada planta y cada rama
lloran por una gota de agua.

Mientras cada una de las aves del cielo
guarda silencio para no espantar el recuerdo
de la lluvia que está por venir.

Mientras la sangre es el único arroyo que fluye
y la sombra la única luz que brilla.

Mientras nada tiene sentido, ni la razón ni la cordura.
Mientras las miradas no ven, los corazones no sienten
y las gargantas duermen.

Mientras las encinas mueren invisibles,
los arroyos secos gimen y el bosque pide clemencia.

Mientras los ojos humildes se secan
contemplando el océano de sus propias lágrimas,
a la vez que sus últimas lágrimas se deslizan
por su piel labrada.

Mientras la juventud duerme con corazones viejos
y decrépita cordura, las bocas ancianas hablan,
sin ser oídas, con más juventud en su melancolía
que pasión en nuestros jóvenes cuerpos.

Mientras todo pasa y nada queda,
nuestra tierra conserva empuje y fuerza
para florecer, brotar y dar sus frutos.
Por eso, os llamo flores, musas y poetas
y os invito a resistir frente a la sombra y a la muerte.
Yo os invito a la mayor de las locuras:
a la de enfrentarnos a la nada
en la que el mundo se va convirtiendo.

Mientras todo pasa y nada queda,
prometamos resistir,
incluso, cuando no haya motivos
para la esperanza.
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¿De qué color es el agua?

¿ Cuál es el color del agua?

En la escuela me enseñaron que el agua es incolora,
cruel destino el de ser invisible y transparente.
En el corazón me enseñaron que el agua es insípida e inodora,
terrible lugar es el que ocupa insensible e hiriente.
En la vida me enseñaron que el agua es como el tiempo, poderosa
libertad indomable y corriente.

Pero yo no pude aprender nada, porque vi tantos colores en el agua que el arcoiris parecía gris y era yo, el transparente.
Qué iba a aprender yo, si nací tratando de saborear el olor del agua entre mis lágrimas y comprendí su dialecto de aromas a tierra, a trueno y a primavera. ¿Cómo iba a asumir que el agua es incolora, inodora e insípida, si hay tantos mundos, tantas miradas y tantos labios entre sus gotas?
Sí, el agua es una libertad que no se detiene, tal vez sea lo único que he podido asumir, pero ¿qué hay en el interior de sus versos, en el corazón de su poesía? ¿Nada o por contrario, todo?
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Con nocturnidad

¿Quién en sus labios puede sentir
la plenitud de la noche estelar
si la noche se ha esfumado como la poesía
dejando un mar de viento carmesí?

Nadie. Nadie lo hará.
Nadie te vio partir.

¿Quién ahora podrá escribir
lo que dicta la dama blanca
con su vigilante presencia
sin con sus versos morir?

Nadie. Nadie lo hará.
Nadie te vio morir.

Quiero volver a tu noche juvenil
oscura y marina donde mis ojos
puedan descubrir todas tus estrellas
contando la gran historia sin mí.

No podré. No lo haré.
Tú me hiciste escribir.

Ahora que la noche no quiere existir
ni en tus labios, ni en mis ojos
queda ya luna, flor y aliento
para oponerse al frío que ha de venir.

¿Por qué?¿Por qué no estás?
¿Quién me lo ha de decir?

Los dedos helados, sin gracia ni porvenir
los ojos forzados de tanta luz artificial
que quema, abraza, estorba y espanta
la belleza sublime de la noche sin fin.
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2comentarios 54 lecturas versolibre karma: 88

Jamás podré encontrarla

Miré al monte con ojos otoñales, e imaginé sendas entre las jaras y cantos en los arroyos clandestinos. Pensé y no supe dónde ir, escuché susurros entre las hojas, sentí que miraba, sentí que veía. Supe, entonces, que las ciervas corrían. Sin destino, sin caminos, sin cadenas, totalmente libres, como el viento del otoño, como las hojas que caen y los arroyos que esperan con ansías el caer de las aguas. Entonces, comprendí que tenía que abandonar los caminos y seguirlas, aunque siempre supe en el perdido fondo de mi corazón que jamás podría encontrarlas, por qué cómo iba a encontrar a algo tan libre qué ni la libertad puede nombrar, cómo iba a seguir algo que no deja más rastros que el viento a su paso.
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¿De qué sirve huir?

La tarde despuntaba como una triste alegoría del alba. En su claridad todavía potente un niño paseaba, explorando el pisar del suelo, el crujir de las ramas y el revoloteo de las aves. Caminó y caminó hasta que el camino se encontró frente a un espejo en el que se hundía y se perdía. La tarde era clara, no parecía que la noche aguardaba, siempre escondida, siempre tan poderosa. El niño jugaba con los brillos y relámpagos de aquel espejo que reflejaba más de lo que realmente había con una sinceridad cegadora. El niño perturbaba los reflejos y nada pasaba, pero llegó para apoderarse de las aguas el brillo de plata de la luna. La noche se acercaba pensó el niño, pero la noche ya estaba allí, huyó por el mismo camino intentando que la noche no se acercase, mientras una garza, el último ave del cielo, volaba, la luna vigilaba.
El niño corría, jadeante exploraba los silencios del bosque y los ruidos de la noche. Lo que dejaba atrás lo perseguía y acechaba, maldito camino de huellas y recuerdos se decía. El niño corría y corría, pero el camino siempre lo seguía, le tocaba la espalda y le susurraba: soy la sombra que acecha y el miedo que persigue. El niño seguía corriendo y tuvo horizontes nuevos, pero siempre el mismo camino le desgarraba la espalda. No tenía ninguna posibilidad de escapar, salvo, tal vez, dejando de huir.
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Desorden en mi mente

No es mi misma mente
la que creó su garganta,
de vigor y rojo estandarte,
a través de sus palabras.
No sé de dónde viene
la canción de sus aguas,
pero es tan bella y fuerte
que me consigue arrastrar.

Donde está la luna puede
que llegue mi mirada,
pero quien aprende
sabe que ya la luna alta
no estaba donde siempre,
ni tampoco la verde hierba
ni el perfil de mi horizonte,
tampoco el vacío y la nada.
Nada estaba donde siempre.

No es mi misma mente,
porque sabía es la maestría
de quien enseñando entiende
que no sabe de poesía
y, sin embargo, aprende.
Pero, por que tú, sabiduría
a decirme viniste
que el cielo enfrente estaba,
que la luna hiere
más en tus ojos escarlata
que en la tórrida noche
de mieles dibujada.
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Encinas

Encinas de verdes y densas copas,
que en su fresca sombran del sol nos protegían.
Encinas de frondosas ramas
que la lluvia paraban.
Encinas de refugios, de viejas historias,
de dulces bellotas que al campo y a los hambrientos alimentaba.
Con sus duras hojas y flores doradas
cuando el zumbido de las abejas en ellas sonaba
pájaros cantaban entre las nubes de polen al viento.

Encinas olvidadas
desterradas y alejadas de nuestra extraña memoria
encinas muertas quedan,
una tras otra caen, se derrumba de nuestros bosques su cimiento
encinas que nos protegían
ahora esqueletos retorcidos asoman desde la ya yerma tierra,
esqueletos de garras, de muertes ignoradas y olvidadas.
El verde bosque se cierra,
se expande la agonía.

Ya no cantan las aves, ya no sueñan los libres
muere la tierra, llora la vida, sombra oscura crece
que el suelo no se siembre.
Suelo marchito donde antes verdes bosques
tras el negro polvo de las oscuras cenizas
ahora viene el polvo de los desiertos.
A dios encinas, hasta siempre jarales
en mi memoria, tras las arenas del olvido, siempre.
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