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¿De qué color es el agua?

¿ Cuál es el color del agua?

En la escuela me enseñaron que el agua es incolora,
cruel destino el de ser invisible y transparente.
En el corazón me enseñaron que el agua es insípida e inodora,
terrible lugar es el que ocupa insensible e hiriente.
En la vida me enseñaron que el agua es como el tiempo, poderosa
libertad indomable y corriente.

Pero yo no pude aprender nada, porque vi tantos colores en el agua que el arcoiris parecía gris y era yo, el transparente.
Qué iba a aprender yo, si nací tratando de saborear el olor del agua entre mis lágrimas y comprendí su dialecto de aromas a tierra, a trueno y a primavera. ¿Cómo iba a asumir que el agua es incolora, inodora e insípida, si hay tantos mundos, tantas miradas y tantos labios entre sus gotas?
Sí, el agua es una libertad que no se detiene, tal vez sea lo único que he podido asumir, pero ¿qué hay en el interior de sus versos, en el corazón de su poesía? ¿Nada o por contrario, todo?
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2comentarios 34 lecturas prosapoetica karma: 63

Con nocturnidad

¿Quién en sus labios puede sentir
la plenitud de la noche estelar
si la noche se ha esfumado como la poesía
dejando un mar de viento carmesí?

Nadie. Nadie lo hará.
Nadie te vio partir.

¿Quién ahora podrá escribir
lo que dicta la dama blanca
con su vigilante presencia
sin con sus versos morir?

Nadie. Nadie lo hará.
Nadie te vio morir.

Quiero volver a tu noche juvenil
oscura y marina donde mis ojos
puedan descubrir todas tus estrellas
contando la gran historia sin mí.

No podré. No lo haré.
Tú me hiciste escribir.

Ahora que la noche no quiere existir
ni en tus labios, ni en mis ojos
queda ya luna, flor y aliento
para oponerse al frío que ha de venir.

¿Por qué?¿Por qué no estás?
¿Quién me lo ha de decir?

Los dedos helados, sin gracia ni porvenir
los ojos forzados de tanta luz artificial
que quema, abraza, estorba y espanta
la belleza sublime de la noche sin fin.
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2comentarios 47 lecturas versolibre karma: 88

Jamás podré encontrarla

Miré al monte con ojos otoñales, e imaginé sendas entre las jaras y cantos en los arroyos clandestinos. Pensé y no supe dónde ir, escuché susurros entre las hojas, sentí que miraba, sentí que veía. Supe, entonces, que las ciervas corrían. Sin destino, sin caminos, sin cadenas, totalmente libres, como el viento del otoño, como las hojas que caen y los arroyos que esperan con ansías el caer de las aguas. Entonces, comprendí que tenía que abandonar los caminos y seguirlas, aunque siempre supe en el perdido fondo de mi corazón que jamás podría encontrarlas, por qué cómo iba a encontrar a algo tan libre qué ni la libertad puede nombrar, cómo iba a seguir algo que no deja más rastros que el viento a su paso.
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¿De qué sirve huir?

La tarde despuntaba como una triste alegoría del alba. En su claridad todavía potente un niño paseaba, explorando el pisar del suelo, el crujir de las ramas y el revoloteo de las aves. Caminó y caminó hasta que el camino se encontró frente a un espejo en el que se hundía y se perdía. La tarde era clara, no parecía que la noche aguardaba, siempre escondida, siempre tan poderosa. El niño jugaba con los brillos y relámpagos de aquel espejo que reflejaba más de lo que realmente había con una sinceridad cegadora. El niño perturbaba los reflejos y nada pasaba, pero llegó para apoderarse de las aguas el brillo de plata de la luna. La noche se acercaba pensó el niño, pero la noche ya estaba allí, huyó por el mismo camino intentando que la noche no se acercase, mientras una garza, el último ave del cielo, volaba, la luna vigilaba.
El niño corría, jadeante exploraba los silencios del bosque y los ruidos de la noche. Lo que dejaba atrás lo perseguía y acechaba, maldito camino de huellas y recuerdos se decía. El niño corría y corría, pero el camino siempre lo seguía, le tocaba la espalda y le susurraba: soy la sombra que acecha y el miedo que persigue. El niño seguía corriendo y tuvo horizontes nuevos, pero siempre el mismo camino le desgarraba la espalda. No tenía ninguna posibilidad de escapar, salvo, tal vez, dejando de huir.
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2comentarios 58 lecturas relato karma: 73

Desorden en mi mente

No es mi misma mente
la que creó su garganta,
de vigor y rojo estandarte,
a través de sus palabras.
No sé de dónde viene
la canción de sus aguas,
pero es tan bella y fuerte
que me consigue arrastrar.

Donde está la luna puede
que llegue mi mirada,
pero quien aprende
sabe que ya la luna alta
no estaba donde siempre,
ni tampoco la verde hierba
ni el perfil de mi horizonte,
tampoco el vacío y la nada.
Nada estaba donde siempre.

No es mi misma mente,
porque sabía es la maestría
de quien enseñando entiende
que no sabe de poesía
y, sin embargo, aprende.
Pero, por que tú, sabiduría
a decirme viniste
que el cielo enfrente estaba,
que la luna hiere
más en tus ojos escarlata
que en la tórrida noche
de mieles dibujada.
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2comentarios 41 lecturas versolibre karma: 39

Encinas

Encinas de verdes y densas copas,
que en su fresca sombran del sol nos protegían.
Encinas de frondosas ramas
que la lluvia paraban.
Encinas de refugios, de viejas historias,
de dulces bellotas que al campo y a los hambrientos alimentaba.
Con sus duras hojas y flores doradas
cuando el zumbido de las abejas en ellas sonaba
pájaros cantaban entre las nubes de polen al viento.

Encinas olvidadas
desterradas y alejadas de nuestra extraña memoria
encinas muertas quedan,
una tras otra caen, se derrumba de nuestros bosques su cimiento
encinas que nos protegían
ahora esqueletos retorcidos asoman desde la ya yerma tierra,
esqueletos de garras, de muertes ignoradas y olvidadas.
El verde bosque se cierra,
se expande la agonía.

Ya no cantan las aves, ya no sueñan los libres
muere la tierra, llora la vida, sombra oscura crece
que el suelo no se siembre.
Suelo marchito donde antes verdes bosques
tras el negro polvo de las oscuras cenizas
ahora viene el polvo de los desiertos.
A dios encinas, hasta siempre jarales
en mi memoria, tras las arenas del olvido, siempre.
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