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El breve relato del tío soberbio

Mi tío tenía joroba. Los médicos la llaman escoleosis congénita. No era demasiado notoria aunque ahí estaba. De nariz aguileña, mugre en las uñas, calvo desde joven, gordo y con lentes de mucho aumento. Sudaba tanto que a veces hedía. Ejerció por años un oficio que con el tiempo se volvió obsoleto, reparaba radios y televisores de bulbos. De niña me daba miedo su mirada. No tenía pestañas y eso hacía que sus ojos se vieran extrañamente redondos. Mi abuela lo describía de manera diferente. Decía que era guapo y que se parecía a un actor de telenovelas mexicanas. Ella contaba que de niño su hijo estuvo cerca de morir por hambre y que una señora millonaria se lo pidió en adopción para darle una vida digna, pero mi abuela no quiso y con lo que podía juntar lavando, planchando y arreglando casas, lo alimentaba. Entonces mi tío vivió. Ella en agradecimiento se volvió fanática religiosa. Desde entonces mi abuela miró a su niño como un milagro, algo divino, como una creación perfecta incapaz de cometer errores mundanos. Nada de lo que hiciera estaba mal ante sus ojos, era su único hijo varón.

Cuando mi tío se convirtió en adulto se casó con la chica de sus sueños: una rubia de cintura extremadamente pequeña, ojos verdes y de estatura notable. Yo no entendía cómo esa mujer tan bonita se había enamorado de un hombre como él. No sólo por su físico, sino por su soberbia. Los padres de mi nueva tía amueblaron una de sus casas para que vivieran los recién casados, con la promesa de heredar la residencia y una fortuna a su hija con el paso de los años, para que los nietos disfrutaran del fruto del trabajo de los abuelos. Pero pasaron diez años y el primer bebé no llegó. En cambio había una pareja con el corazón marchito. Mi tío se volvió diabético y a mi tía le quitaron la matriz. En su hogar tenían una tienda de abarrotes y un taller de reparación de aparatos electrónicos. Comían de esos negocios y alimentaban la esperanza de la herencia prometida. Cuando el avance de la tecnología rebasó el oficio de mi tío, él se negó a actualizarse. Entonces comenzó la decadencia. Él pensaba que la vida era injusta con él por no haberle dado un hijo, por no haber recibido aún una herencia que no le correspondía y por su enfermedad. El carácter se le recrudeció y comenzó a maltratar a su esposa. El techo donde moraban se había deteriorado junto con todos los muebles de la vivienda. Cierta mañana el anciano berrinchudo sufrió un infarto cerebral, sobrevivió a cinco ataques más en dos años y ya no podía hacer mucho, por lo que su mujer lo ayudaba en todo. Transcurrieron apenas unos meses para que mi tía enfermara de los nervios; sufría crisis de llanto, gritaba, pedía ayuda en la madrugada y yo acudía al hogar de los tíos. Mi abuela de 96 años aún vivía y estaba a mi cargo; a menudo preguntaba por su hijo y mi esposo y yo la llevábamos a verlo. Mi tío decía, en su hablar lento, que pronto tendrían el dinero de la herencia de sus suegros, que aún vivían, para poder pagar su tratamiento. Pero la cláusula era clara; sin hijos no habría la riqueza prometida.

Una tarde mi tía se cansó, se fue, lo abandonó. Entonces la familia de ella echó al viejo de 70 años a la calle como si fuera un mueble inservible. Los vecinos se indignaron ante el nuevo vagabundo de la colonia, pero ninguna autoridad intervino. Con la soberbia y el orgullo aniquilados, mi tío aceptó ir a un asilo de ancianos en donde lo acomodamos para que tuviera una sombra y comida. Todos los días preguntaba por mi tía, por su casa, por la herencia; dejó de tomar sus medicamentos para la diabetes y para el cerebro, no quiso comer más. Pedía limosna por los alrededores del albergue y en ocasiones tomaba un camión hasta llegar a su antigua casa y se sentaba enfrente durante horas. Nadie supo el momento exacto en que no regresó, nadie lo extrañaba, sólo fui notificada de su desaparición. Murió en la calle y lo reportaron al panteón como indigente. Sus restos reposan en la fosa común y hay que esperar el plazo para trasladarlo a una tumba digna.

Hace poco acudí a su morada para llevarle una flor, quité algunas hojas que tapaban el número de su casa de cemento, hice una oración y me quité. Mi abuela no sabe que murió, a sus 98 años, en sus momentos de lucidez pregunta por él y yo le digo: todo está bien abuela, estate tranquila.

Mi tía acudió al panteón con los ojos secos. Iba con el porte habitual de una señora elegante y un arreglo floral. No guarda buena relación con mi escasa familia. Se dice que regresó a su viejo hogar y lo remodeló. Quizás ya recibió la herencia prometida.


ALICIA GARCÍA.
Mérida, Yucatán a martes 11 de diciembre de 2018.
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2comentarios 52 lecturas concursobac karma: 32
#1   Me ha enganchado desde el principio. Me ha parecido buenísimo. Felicidades.
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#2   #1 Hola, muchas gracias. Disculpa la tardanza en responder.
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