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El frío invierno de la vida

Sentado en una silla a la entrada de la casa, José, como cada mediodía, esperaba paciente a que su mujer terminara de arreglarse. Y es que ella conservaba intacta su coquetería femenina y le gustaba acicalarse delante del espejo antes de salir a comer.
Un poquito de brillo en los labios y una rayita azul junto a las pestañas para dar un poco de alegría a la mirada.
"Que ni los vecinos ni nadie en la calle sepa de mis tristezas. ¡A nadie le importan!. Hay mala gente que, por delante te pone cara compungida, te da golpecitos en la espalda y luego, por detrás, critica y disfruta con los males ajenos. Además, tampoco me van a solucionar nada" solía decir. José torcía el gesto. "Condenada mujer si vas a tener razón" Pensaba para sus adentros.
- Carmen, date prisa o llegaremos tarde. Ya sabes que se forman largas colas y luego nos toca esperar al segundo turno, y yo, ya no estoy para aguantar tanto rato.

Los años y la vida se les habían echado encima a los dos. Cincuenta años de casados cumplirían en Diciembre y, sus vidas habían cambiado tanto, que ya apenas recordaban todos los sueños que se quedaron rotos en el cajón. Aún así, con los ochenta y dos años de José y los setenta y nueve de Carmen, que jamás reconocería aunque le clavasen astillas entre las uñas, todavía se las arreglaban para vivir solos en su casa.
Una casa vacía de los hijos que tuvieron y que, ya hacía tiempo que volaron del nido. María, la pequeña, trabajaba en una galería de arte en Boston. Junto a su marido George, un ingeniero americano, vivían en una preciosa casa con un enorme jardín, por donde ya empezaba a corretear el pequeño Andrea. Dos añitos y medio, había cumplido. En las fotos que María les envió por correo electrónico, pudieron constatar que el niño, se parecía a su abuelo. Al menos, eso decía la abuela. “Ha salido guapo el nieto, tiene tu cara. La de antes, ahora estás viejo y arrugado” le decía con una media sonrisa.
Después, junto al documento gráfico, unas letras:
“Que si tenéis que venir… Que si estamos buscando la manera de ampliar la casa…Que si tenemos planeado hacer una pequeña construcción en una zona del jardín, para que podáis tener vuestro espacio… Un dormitorio, con una pequeña cocina y un cuarto de baño independiente para que estéis cómodos... Que ya os iremos diciendo... Que ir a España para veros está complicado porque George tiene mucho trabajo… Que lo sentía mucho, pero que estarían en contacto.” Y luego… “Que… ¿Qué tal todo…? ¿Que si estaban bien de salud? Y que un beso…”
Carmen suspiró mirando a su marido.
– Todavía no hemos podido conocer y besar a nuestro nieto. Acuérdate de lo que digo, eso no va a suceder. No nos quieren allí. Somos viejos y les estorbamos.
José entornaba los ojos recordando los sacrificios que habían hecho, para que su hija hubiera podido estudiar su carrera en Madrid; muy por encima de lo que se podían permitir, pero trabajando duro para conseguirlo.
Lo mismo que lucharon para ayudar a Carlos, el hijo mayor. Tanto, que dieron todo lo que tenían y más. Toda la vida tratando de sacar adelante ese pequeño negocio que José heredó de su padre, y que luego, él, puso en manos de su hijo. Pero Carlos no supo hacerlo y lo arruinó. Lo perdieron todo, hasta su propia casa. El hijo, además, en su mala cabeza y en una huida hacia adelante, firmó pagarés por cientos de miles de euros. Una locura que lo llevó a poner pies en polvorosa. Hacía diez años que apenas sabían nada de él. Por algún conocido averiguaron, que andaba por Francia trabajando en hostelería.
El caso es que, Carmen y José se habían quedado solos en una casa silenciosa y fría. Sobre todo, fría en invierno cuando había que tener apagada la calefacción, porque la pensión no daba para más, ahora que también, tenían que pagar el alquiler de la que un día fue su casa en propiedad. Y tampoco llegaba para la comida caliente del mediodía, porque si comían, no podían comprar los medicamentos que necesitaba José. Así que Carmen, cada día, se pintaba una rayita azul entre las pestañas y una sonrisa brillante en los labios. Escondía en el fondo de su bolso todas sus tristezas y agarrando a su marido del brazo, se bajaban a un comedor social que había a tres paradas de un tranvía, que no cogían.
Si salían con tiempo… no tendrían que esperar al segundo turno.

etiquetas: concurso, barcelonactua
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14comentarios 131 lecturas concursobac karma: 66
#1   Muy bueno, atrapante relato. Cuantas historias anónimas similares debe existir. Cuantas personas acostumbradas a un modo de vida que se desmorona por malas decisiones de terceros. En fin, más allá de las circunstancias, a veces prevalece la unión. Felicitaciones por tu relato.
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#2   #1 Muchas gracias, Martín!
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#3   Galilea, que ternura de historia, y por desgracia ocurre más de los que creemos. Precioso relato¡¡¡
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#4   #3 Muchas gracias, Horten!
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#5   Excelente relato me ha encantado.
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#6   #5 Muchas gracias, Cleme!
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#7   También digo de su relato, muy bueno, pero me llama la atención algo usted es Venezolana, porque una palabra del texto me dio esa idea o sensación.
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#8   #7 Muchas gracias!!
Qué curioso lo que dice porque soy española. Ahora mi curiosidad es saber qué palabra le ha llevado a pensar que soy venezolana. ¿Alguna expresión? Me encanta... Ya me dirá.
Un abrazo y mil gracias por su comentario.
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#9   #8 La palabra colas...Aquí es muy común nos referimos a las filas de personas para adquirir algún servicio y el escrito que usted leyó trate de no colocar pensando que otra parte no la decían. Saludos mi bella dama
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 *   rayperez rayperez
#10   #9 Pues igual... Aquí también la utilizamos cuando hablamos de filas. Muchas gracias!
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#11   Un gran relato que describe muy bien la caridad y la amabilidad de las personas un gran saludo
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#12   #11 Muchas gracias!
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#13   Excelente obra, que bien merecido tiene el premio en el concurso, Galilea! Felicitaciones de parte de ambos, y ojalá siempre mantengas esa chispa para escribir, y poder continuar nosotros disfrutando de tu pluma. Un abrazo, y feliz día!
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#14   #13 Oh!.... Mil gracias por tu comentario... Gracias a los dos! :-*
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 *   Galilea Galilea