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Me recuerda a Rita

Se ha reducido a una masa informe. Todo lo que has aprendido a tus 47 años, tu formación y tu experiencia en su máximo esplendor carece de valor a juzgar por el poco efecto que surte tu empeño en conseguir un nuevo puesto de trabajo. Tras muchos meses de polinización curricular cada vez más aleatoria, acudes a una de esas sesiones de orientación orquestada por el ayuntamiento para volver a encontrar el norte y con la esperanza de que te revelen algún nicho de empleo desconocido para el común de los parados.

Entro puntual en la sala donde esperan en silencio seis personas. Algunos saludan con cierta complicidad, formamos parte de una comunidad secreta a la que une el mismo estigma, el indecoroso desempleo. Es vergonzoso pero somos muchos. La funcionaria que animará este comité fúnebre se presenta de manera informal y nos pide permiso para esperar unos minutos a los rezagados. Como en cualquier velatorio siempre hay alguien que trata de quitar hierro al asunto con humor aunque carente de la ironía que tal vez nos devolvería algo de dignidad. Imagino cómo debe ser para ella representar la misma función durante años, sé que es así porque asistí a una de sus sesiones hace una década. Siento cierto alivio cuando por fin llegan los dos últimos asistentes que huelen al aire fresco, Rosa la sonrisa que no cesa y se sabe de paso en ese trance y Tomás el incondicional, el parado fiel, como sabremos después.

Marta hace la presentación formal, cuatro pinceladas sobre las sesiones formativas y el servicio. La conozco desde hace años. Nos veíamos a la salida de la escuela de nuestros hijos, muy reservada, tenía la mirada asustada de un animal, como si siempre estuviese a punto de ocurrir algo terrible. Supe que era psicóloga porque era vecina de una de las madres del curso de mi hijo menor, Diego. No hablé directamente con ella hasta que perdí mi empleo en la revista. Allí estaba ella sentada en su escritorio blanco sobre el fondo blanco impoluto de su despacho en el Ayuntamiento. Ojeó mi currículum impreso con una mueca de desaprobación y cuando levantó la mirada me dijo que tenía que rehacerlo porque así nunca me iban a contratar como administrativa.

-Pero es que yo no soy administrativa, no tengo ninguna experiencia. Tendría que mentir.
-No, mentir no, pero exprésalo de manera que sea más general, sino no vas a encontrar nada. No hace falta que pongas toda tu formación tampoco, estarías demasiado cualificada para el puesto.

Sería muy retorcido pensar que había alguna intención oscura escondida en esa recomendación. Seguramente es una defensa. Tener que lidiar cada día con esas personas que con una alta dosis de desconcierto y cierta desesperación se sientan al otro lado de la mesa esperando un milagro como si pudiera convertir las pilas de formularios en panes. Vamos en procesión a las oficinas públicas como el que va a Lourdes, rogando para poder quejarnos de nuevo de que el sueldo sigue congelado en las bajas temperaturas habituales que te dejan temblando a final de mes y las horas extras han dejado de ser extraordinarias para ser lo más habitual y aun así nadie te garantiza que prescindan de tu persona de la que no tienen ninguna queja, pero los estragos de la crisis, la globalización... Es más, lamentarán mucho tener que “finiquitarte”, llegado el caso de que haya que sacar la guillotina para hacerle un nuevo recorte a la plantilla que, por casualidad -y en este caso le doy la razón a los que dicen que las casualidades no existen-, coincide con el momento en que tendrían que hacerte fija.

La cuestión es que no tuve la capacidad de transformar mi experiencia laboral de periodista en secretaria, falta de imaginación, lo admito, y tozudez. Me empeñaba en creer que esas personas se forman y desempeñan tareas muy específicas que en nada se asemejan a las de una redactora, y yo no tengo tanto poder de inventiva. Y eso fue lo que me mantuvo alejada de Marta por unos años porque un mes después conseguí un puesto en una galería muy reputada de la capital para hacerme cargo de su publicación periódica. La suerte de tocar la puerta adecuada en el momento preciso y eso hasta que aplicaron nuevos recortes en Cultura y empezaron a sucederse las reuniones con el comité con la cabeza aun caliente del último decapitado que rodaba ante nuestros ojos abiertos como platos y nuestra boca apretada. Y muchos acudíamos con la palanganita al despacho, remojando las barbas, con un ojo en el cadalso hasta que un día una llamada justo antes de la hora de comer te anunciaba que salieras sin hacer ruido y sin tocar nada para no crear mal ambiente porque, por lo visto, debían prevenir cualquier ataque de furia destructora, aunque de hecho cuando alguien se incorpora a un nuevo puesto siempre parece haber estallado un hongo nuclear en el sistema que te obliga a buscarte la vida y cualquier atisbo de información o documentos previos brillan por su ausencia.

Y vuelves a las citas de la oficina de Trabajo, donde puede suceder de todo menos que encuentres un empleo y te advierten con el semblante muy serio y cierto tono de reproche que no hagas nada irregular, siguiendo la máxima de que todos mantenemos vivo el espíritu picaresco que caracteriza a este país. Cuando vuelves a sellar quizás te informen de algún curso de formación para que puedas añadir a tu lista de conocimientos sin experiencia, para el cual quedan algunas plazas y está a punto de comenzar, en el que sobre todo es esencial que firmes cada día porque en la Unión Europea están obsesionados con la asistencia.

El que quiere trabaja. Eso comentó Rosa con otras palabras, reforzando el discurso de Marta. Debía rondar los treinta y pocos. Era el vivo ejemplo de la la persona que sabe encarar los nuevos retos, conducir su carrera profesional hacia el futuro deseado, pura física cuántica. Sin dejar de sonreír nos contó, o mejor dicho, debería decir “nos cantó” su relato sin que apenas se movieran los rizos de su hermosa melena castaña. Siempre había tenido trabajo estable, y esta situación era tanto nueva como reciente para ella. Estuve tentada de añadir que era además inaudita pero la dejé proseguir con su musical. Quería trabajar en el pueblo por aquello de la conciliación familiar porque ahora era madre y, preferiblemente, en el ayuntamiento. Allí estaba, intercambiando los destellos de su dentadura con el brillo de la de Marta que asentía con la cabeza y seguramente contenía sus ganas de gritar “¡Sí, Rosa, sí!, Esa es la actitud. Todos te queremos”. Me temo que mi intervención supuso una interrupción del estado de euforia colectiva que se había generado, por escueta e insulsa, como cuando ponen los anuncios en el momento de mayor tensión de la película. Remontó un poco cuando Juan, un joven dominicano que debía haber cumplido la mayoría de edad, expuso que su madre le había recomendado con fervor asistir a esa reunión. Él quería saber cómo incorporarse al programa destinado a la inserción laboral de menores de 25 años. Y eso ya era algo bastante concreto que le situaba en la primera posición de los asistentes con mayor sentido a la reunión porque contaba con unas expectativas realistas.

A su lado una mujer en activo que rondaba los 40 no paró de agitar una docena de pulseras de colores y anillos mientras describía su exitosa carrera profesional hasta el punto que, a juzgar por la cara de algunos contertulios, a parte de que fuera amiga de Marta y que ella la animó a asistir, todos nos preguntamos qué carajo estaba haciendo allí además de humillarnos. Hasta que entendimos que el trabajo no da la felicidad y ella necesitaba recibir un abrazo sincero de reconocimiento y esperanza. Pensé en decirle que yo me conformaba con un puesto y un sueldo que me permitiese cubrir parte de los gastos aunque tuviese que seguir alquilando habitaciones en casa pero al final me di cuenta de que era de muy mal gusto y de una gran falta de sensibilidad no empatizar con su desdicha.

Tras ella intervinieron un par de especímenes sosos como yo, que hicieron la vez de breves pausas entre una aparición estelar y el siguiente pico de tensión dramática. Hasta que llegó el apogeo con Tomás, 55 años, ingeniero de caminos, que se autoproclamó fan de las reuniones, su más fiel seguidor. Cinco años acudiendo a la cita y deseaba que eso no se fuera a malinterpretar. Alguien como Rosa no podía dejar que una tormenta de negatividad como la que amenazaba el ambiente en ese momento se apoderase del encuentro y, puesto que era una persona altamente asertiva, se aventuró a recomendar a Tomás toda una serie de estrategias la mar de originales para salir de la situación, temiendo que él a pesar de su edad y vivencias a las espaldas no las hubiera sabido vislumbrar. Tan originales como presentarse para agente cívico para sortear unos meses o dar clases de repaso pero como era de prever alguien como Tomás ve tan solo una solución temporal o te viene con la excusa de que aunque nos cueste creerlo, los padres prefieren que su hija les haga de profesora particular. Me pregunté si el motivo para esa quemazón que sentía en el estómago cuando miraba a Rosa podía ser debida a que me veía a mí hace unos años, cuando acaba de descender por primera vez de la cresta de la ola, cuando superé mi primer batacazo profesional, mejorando mi situación con un puesto y un sueldo más altos. Eso me hizo ganar confianza en mí misma y en mis posibilidades, brillaba, y mi entorno no podía más que reconocerlo, me valoraban y me felicitaban por mi éxito, los mismos que ahora cuestionaban mis métodos y mi actitud.

A partir de ese momento Marta tomó las riendas para encomiarnos a tomar la decisión clave de si estábamos dispuestos a continuar con el proceso de acompañamiento para enfocar nuestro currículum tal y como las empresas los demandan hoy en día, visuales, atractivos, destacando aptitudes, actitudes, convertirlo en fin en una pieza de comunicación deslumbrante. Ahí me di cuenta de que me había quedado obsoleta y estaba haciendo un ridículo espantoso tocando el tam-tam ante empresas e instituciones que debían quedar horrorizadas ante semejante anacronismo. Me estaba dirigiendo a los reclutadores en un idioma desconocido, extraño, grotesco. Y esta vez no me estaban pidiendo que me inventase nada, ni que mintiese, sino que reconociese sin pudor y gritase al viento lo que yo valía. Y compaginé las colas en Cáritas y en los Servicios Sociales con aquellos talleres. Contuve esa sensación de ridículo espantoso que produce interpretar el papel de "os voy a decir lo que ya nadie ve o aprecia pero yo no dudo". En el pasado funcionó. Debo de haber perdido práctica o me sobra experiencia y formación porque de momento, ni siquiera tengo la oportunidad de representar una sola función en alguna entrevista de este teatro que es el mundo laboral, en el que o te faltan o, más bien, a partir de cierta edad te sobran tablas para recuperar la dignidad. Según dicen el trabajo dignifica, yo no diría tanto. Por lo menos, eso sí, me facilitaría vivir en unas condiciones dignas. Ese sería ya otro cantar y cómo me recuerda a Rita, la “cantaora”, sí.

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