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Catarsis

Quebrado y debilitado, era solo una pizca de sí. Caminando, desvaneciéndose entre sus cansados pasos y el polvo que cobijaba las aceras, llegó hasta donde su alma se rebosaba.
Entró en esa vieja cantina de barrio y pidió
al cantinero un vaso de ginebra para enjuagarse el sabor a derrota que paladeaba desde hace días.
Y se sentó en la barra, en el lugar de siempre.
No platicaba, no hacía contacto visual con nadie, más que con el cantinero para pedir abasto, y con su amigo, ese vaso que le llenaban en un primer tiempo con ginebra. Pero que terminaba en aguardiente con agua mineral y una rodaja de limón.
Las horas transcurrían, el sol se iba para su casa, y la noche no prometía menos dolencia, ni clemencia, y era preciso apagarla con alcohol, nublar los recuerdos y llorar una derrota más de ése alcohólico idealista en bancarrota, que no aprendió de niño a otra cosa que descalificarse, amén de los insultos de quienes debieron arroparle en cariño.
Trastavillando se va a su casa, alcoholizado, con un aroma a cantina de arrabal, licor y derrota en su dejo de hombre recio, fragmentado en el alma. Enciende un cigarrillo, enciende otro para pasar el rato avellanado en su sillón viejo, rodeado de libros y sueños rotos, bebiendo de la compañía perpetua de su refugio, su aguardiente. Frente a él, triste, inerme y rodeada de veladoras lo observa una imagen de la Santa Muerte, su único vínculo a lo divino en eso momento; le da un sorbo a su botella y llora suplicándole a la oscura imagen que mejor se lo lleve, que no quiere volver a ver otro amanecer. Perdido en llanto se queda dormido, y al final... vuelve a despertar a esa vida sin respuestas.

etiquetas: prosa
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