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• efímero ochenta •

La niña interior que llevo dentro lo observa todo desde atrás de la barrera de la madurez y suspira.

Uno. Dos. Tres.

Nada pasa y todo ocurre al mismo tiempo.

No importa si sigue queriendo gritar porque ya no es capaz: no le quedan fuerzas. Tiene rotas las cuerdas vocales y las alas, y nada le ilusiona ahora demasiado.

Sin embargo, ahí está.
Callada. Expectante. Apagada.

Como si de una luz intermitente se tratara, tintinea en la oscuridad de un alma corrompida por el paso de los años. Parece que va a estallar.

Pero ahí sigue, alumbrando, levemente, la estancia donde un corazón sin esperanza se convence a sí mismo de que nada ha cambiado más de lo que debía.

Sonríe cuando saluda a un desconocido y en el fondo no cesan los crueles pensamientos donde de pregunta por qué esa persona merece estar en este plano
y él no.

Se siente perdida porque ya no encuentra paz, aunque la felicidad momentánea a veces se vista de ataraxia: no hay tregua en esta guerra que acaba de comenzar.

Se mira en todos los espejos posibles, como si quisiera demostrarse que la culpa es de donde uno se refleja, en lugar de aceptar que lo que se muestra con claridad: un iris oscuro, que siempre ha sido negro, pero donde antes parecía tinta con la que escribir sueños y fantasías, ahora más bien luce como un tornado amenazante o como las misteriosas y aterradoras profundidades de un mar por siempre contaminado.

etiquetas: introspección, reflejos, cambios, yo, madurez, despedida, tristeza
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