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Golondrinas

El trisar de una golondrina, ese sonido extraño que se aleja suave, haciéndote saber que han estado cerca tuya, aunque ya se estén marchando.

Mi infancia, primavera al atardecer, mi hermana comiendo pipas en la azotea de una casa que ya no es mía. Las golondrinas trisando sin parar, una y otra, otra más y luego otra…, y así. Música natural para una mente rota, destrozada desde niña, que me obligó a poner los pies sobre la tierra demasiado pronto quizá, mientras las golondrinas se alejaban hacia el cielo.

Yo a su lado, sin hablar, tan sólo para reclamar suavemente un puñado de pipas más. Las golondrinas cruzando mis ojos, con su blanco y negro, con su forma peculiar en el vuelo, esa que las hace reconocibles sin dudas.

Dudas, pensamientos, pero silencio mudo, ¿para qué hablar habiendo golondrinas? Las dos sabíamos qué teníamos en mente y ninguna la solución, ni si quiera los oídos para escuchar lo que ya sabíamos. Con siete años de diferencia poca similitud de pensamientos puede haber, sobretodo cuando se es pequeña, pero la había, no en todos ellos, pero sí un tema común, quizá con cierta diferencia de sentimientos (mi hermana siempre fue más sentimental y profunda que yo), quizá con visiones distintas, a pesar de que la imagen fuera la misma…, ¿quién sabe? Silencio mudo.

Las golondrinas, que sólo están con el calor por aquí, me transportan a ti, a aquella azotea, al silencio mudo, a la infancia, me hacen volar sobre la rotura de una mente que nunca llegará a recomponerse del todo.

Y ahora, sin saber por qué nacen estas palabras de mi pluma, palabras que cuentan mucho siendo mudas, levítico por el tiempo para volver a mis pensamientos rotos, por si acaso con la madurez pueden llegar a adquirir alguna forma en esta mente destrozada sin remedio.
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