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Gotera

Galopante entre puertas y salones, debajo de la luz de los ventanales se disipaba mi alma, como una sombra a las seis de la tarde, de una tarde de invierno.

El mero permanecer allí, hacía que se disolviera la soledad de tardes sin lectura, jornadas sin escribir nada con escrúpulos, como un Ícaro cayendo en el mar epónimo, como un anacrónico y desvencijado adiós de puerto en una banca mientras leo las líneas cromáticas de un Monete, que dialoga con sus propias sombras.

Entre olor a nardos y gardenias, se mezcla un olor a café que se niega a dejar de ser café en el fondo de mi taza, mientras intento leerme a mi mismo, y encojo mis hombros rememorando aquella noche a cuatro grados bajo cero de infinitas congojas tratando de ser sepultadas entre letras y viejos libros para no soltar hipos de vacío.

Afuera la ciudad, besada por una lluvia helada de agua nieve que renuncia a su vocación de nieve, prefiere quedarse así helada, inmisericorde como un catafalco destemplado, mudo y sin sentimientos, rodeado de deudos llorosos vigilados por un gato que desde la ventana de enfrente no entiende nuestras ceremonias primitivas fingiendo civilidad.

No importa si se llora de noche o una tarde de jueves. Si tienes goteras en el alma, o en la conciencia. No hay problema si metes tu mano al bolsillo y sacas una pena de antaño que no entiendes, y la desenvuelves esperando que el aire se la lleve, pero solo consigues que vuele en torno a ti, como mariposas de múltiples colores.

etiquetas: prosa
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