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La Avenida La Esperanza

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Amor, amor puro y cristalino que de las manos se escapa
Gota de rocío que otrora tiñó de vida las pálidas esperanzas




La juventud se le fue de tienda en tienda los fines de semana, gastando los billeticos que recogía vendiendo hierbas aromáticas en las afueras de la plaza. Dos pibes del matrimonio quedaron, cuando la doña agarro maleta e hizo caber en ella, chiros y zapatos rotos. Un espejo quebrado y un labial rojo intenso a punto de terminar, que ponía en sus labios asemejándose a una prostituta barata. Su marido reía a carcajadas cada vez que la veía con ese intenso rubí, gritando a viva voz: “Quite ese esperpento de la boca que parece puta” Ella fruncía los hombros y torcía la cara.


Igual, hizo hueco en lo profundo de la maleta, para arrastrar junto con ella, sueños e ilusiones, los que entregó aquel día que vestida de blanco, vociferó frente al altar: ¡Te acepto como mi esposo y que la muerte nos separe!


Y dijo bien, pues la mísera realidad, hizo estrellar contra los vidrios de la ventana del cuartucho donde habitaban, todos sus sueños e ilusiones, quedando sobre la cama extendido en forma de equis, cual cadáver maloliente y herido de muerte, el amor, el gran amor que sentía por Roberto, su amado marido.


Y así se le vio perderse en la avenida la esperanza, aquel día y aquella hora. Poco o nada le importó la mirada triste de sus nenes, quienes lánguidamente y con lágrimas en los ojos, la vieron evaporarse de sus tristes y cortas vidas bajo la luz de sus pupilas.


El hombre en su crudo machismo los dejaba solos, para que, según sus palabras, ¡aprendieran a ser hombres!


En la mustia soledad de sus angustias, los pibes aguantaron hambre, suciedad y dolor, hasta que un día, hastiados de su corta vida, e igual que su madre, se perdieron en la absorta soledad de la avenida la esperanza, de aquel lejano y solitario poblado, que no ofrecía más oportunidad, que lánguidos y eternos lamentos.


Beodo y sin más ilusiones que sus amargas decepciones, Roberto, secó por fin de sus ajados labios, la última gota de licor, pudiendo observar con meridiana claridad, la realidad de su existencia. De su hermosa mujer, quedó una media velada que apretaba contra su pecho, y de sus nenes, el aire fresco de un recuerdo en el intelecto.


Este panorama sombrío atravesó su corazón, y armándose de valor, dirigió sus pasos al cruce del ferrocarril, y viéndolo muy cerca, cerró sus párpados para nunca regresar.


No sé cuánto tiempo pasó, hasta que un día, Camila, hizo estremecer de nuevo el polvo de los caminos, abriéndose pasos entre abrojos y espinas, trayendo junto consigo, una pesada maleta nueva y su adorable perrita Fifi.


Imagen: Desconozco la fuente
Luz Marina Méndez Carrillo/13022020/ Derechos de autor reservados.

etiquetas: relatos, cortos
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