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Baila

El espacio es infinito, el tiempo es una versión. Mi cuerpo lo intuye, no es exactamente lo que sé. Mi boca se seca, mis ojos se oscurecen, se agrandan, miran alrededor. El espacio es infinito. Mis pensamientos pueden por doquier vagar. Me paro frente a mis personas. Me paro frente a mis casas. Me paro frente a mis identidades. Me paro frente a mis recuerdos. Me paro también frente a mis proyectos. Definitivamente, me paro entera. Mis años corren, los veo agitados subir y bajar del número actual y del número que recordé. Me pierdo en las calles observando mi ir y venir; si sobre un mismo lugar roté un camino, el lugar ya no es el mismo, y tampoco mis pensamientos, y tampoco yo. Las nostalgias siquiera llegan, se persuaden solas. Respiro el aire exótico y tranquilo de saberme perdidamente en el lugar correcto, donde no hay nada que fingir.
La calle se transforma en selva muy seguido, y la savia en mi propia sangre. Mi cuerpo rizando alta a mi alma proceden a contemplarla, como el reflejo de lo que también soy.
En la infinitud de este espacio puedo volverme sobre un lugar cuantas veces quiera, e inevitablemente lo haré, pero es imposible volver en el tiempo: forzar al espacio a dejarse intacto cuando no estuve allí, forzarme a mí a ser el espacio que no estuvo aquí.
Ese encuentro es temido, mi boca de nuevo seca y mis ojos, vueltos para adentro, contemplan los puntos negros que alguna vez fueron parte de mi luz. Mi lengua se extasia y se alarga, queriendo decir algo que aún no alcanza a sentir bajo superación:
sé estar perdidamente en el lugar correcto, cada vez.
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