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Claroscuro

Gracias a los lentes de contacto intraocular agenciados secretamente por tu esposa, se resolverían tus problemas visuales. Y te sometiste a ello.
Desde que te operaron, tu vida dio un vuelco, tu apreciación de los colores, era increíble. Eras otro, capaz de notar los más mínimos defectos de cuanto mirabas y de admirar las bellezas de Natura en todo su esplendor.
Como la felicidad no es completa, a cada logro en la vida se oponen dificultades con puntos de giros inesperados. El tuyo, consistió en que tu esposa se tornó más celosa e invasiva. Lo cuestionaba todo con interrogatorios que te dejaban perplejo hasta el punto de hacerte creer que era adivina…
En contraposición a los beneficios visuales, tu matrimonio se convirtió en un infierno.
–Después del Consejo de dirección… –Dijo frunciendo el ceño –te quedaste a solas con la Directora y conversaron animadamente… ¿De qué?
– Pero… ¿Qué dices, mujer? ¡Deliras! –Fue tu respuesta... y pensaste: “Cómo sabe eso…, alguien le informa… ¡Quién podrá ser!”
– ¡Ah! Lo niegas. A ver, niégame que le acariciaste la cara, que ella la inclino suspirando de placer… –dijo escrutando tus ojos vacilantes.
No contestaste. No podías. Desarmado, te alejaste dejándola vociferando improperios. Saliste cerrando la puerta de un tirón y caminaste sin rumbo, solo para pensar , y encontrar una lógica a lo que ocurría…. “A ver, niégame que le…” Resonaban sus aseveraciones en tus oídos.
-Eso nadie pudo haberlo visto, estábamos cerrados en el salón, sin testigos… -Meditabas…
La rueda dentada de tus preocupaciones transmitían fuerzas a otras que avivaban tus células pistoneando sangre caliente a tus neuronas. Para refrescarlas, te dijiste.
–Ya sé, contemplar el mar y dejarme alelar por la brisa y el rumor de sus olas. Eso me reconstituirá –Y fuiste a la playa, caminaste por la arena sin descalzarte y en un añejo tronco te sentaste a unos metros de la orilla. Tomaste un puñado de arena en la mano y la levantaste hasta tus ojos, apretándola dejaste caer los granos escuchandolos sonar sobre la puntera de tus zapatos. Sacudiste las manos con tres palmadas, tomaste el celular y marcaste el número de Estela. Timbraste dos veces, esperaste. Sonó.
–Hola amor. ¿Pensabas en mí?
–Siempre, cariño. Pero debo contarte algo que no me creerás….
–Me asustas, Raúl. ¡Explícate! – Y lo hiciste, sobre lo del salón de reuniones y otras escenas que tu esposa, descifraba como el replay de un video.
–No te creo. Nadie puede tener el don que le atribuyes… –Hizo una pausa y continuó –Ven acá, chico, lo que me dices… ¿No será un pretexto para terminar conmigo?
– ¡Por favor, Estela! Te lo cuento, porque debemos buscar alternativas. Cuidarnos mutuamente. –Le dijiste, pero dubitativa te respondió.
–Ok, buscala tú. No le veo pies ni cabeza. Un Beso.
–Otro para ti. Te llamaré mañana.
Te propusiste suavisar las asperezas mientras regresabas a casa.
Abriste la puerta. Al entrar, Raquel risueña, te besó y dijo te esperaba para comer juntos. Notaste que se había arreglado, lo que era buena señal que aprovechaste para decirle que estaba linda, que te gustaba su peinado. Ella agradeció los elogios. Ambos comieron. En la plática de sobremesa, te pidió que la perdonaras, que sabía era muy celosa y perdía la calma a veces, pero que tú debías comportarte mejor, que sabía la querías, tanto como ella a ti. Que teniendo eso en cuenta. “¡Por favor! No te fijes ni flirtees con otras”. Tú, le aseguraste no estar en nada, que solo pensabas en ella. Y esa, tu expresión la sacó de sus cabales:
–Mentira, eres cínico… –Te espetó –¡A ver! ¿Por qué llamaste a tu jefa y amante? Lo hiciste en la playa, le marcaste y ella te llamó después… ¿De que hablaron?
– ¡Por tu madre, Raquel! Si eres capaz de saberlo todo, si tienes un poder tan grande, debes también escuchar todas mis conversaciones… ¿No es así?
–Raúl, convencete, tus ojos, son mis ojos. Tu mirada es la mía. Yo veo todo lo que ves, aceptalo. –Y anegada en lágrimas concluyó –Pero sin sonido. No oigo, coño.
Al escucharla, tus deducciones se agolparon y llegaron como luces a tus dudas. Tenías que adaptarte a la realidad. Una ingeniosa idea te hizo sonreir… -La pondré en práctica –pensaste. Consolaste a tu mujer jurándole que jamás tendría motivos para celarte y te creyó. Colmándola de caricias se reconciliaron e hicieron el amor como nunca antes.
Al día siguiente, sábado, volviste a la playa, cerraste los ojos y marcaste el número de Estela.
– Mi amor, ya tengo el plan ideal para nuestros encuentros. Ardo en deseos de ti. ¿Puedes venir a buscarme? …Sí. Entonces escucha: Estoy en la playa sentado en el tronco mirando al mar. Prepara una venda negra. …Sí, claro: “Un tapa ojos”. No miraré atrás, al llegar a mis espaldas cerrare los ojos, me pondrás la venda y de la mano me llevas al carro y… ¡Para nuestro refugio de amor! …Por supuesto que todo lo haremos con mis ojos vendados, no puede ser de otro modo. … ¡Tienes cada cosas! No es que sean fantasías sexuales, no. Es-que-no-debo-ver. …Ok. Te espero.
Y así fue. Disfrutaron tanto la novedad que estuvieron de acuerdo en que jamás experimentaron tamaño placer. Convinieron jocosamente, en repetir con más frecuencia esos deleites. Ella te regresó a la playa, te sentaste en el tronco, cerraste los ojos, te quitó la venda y aunque no la veías, la escuchaste gritar con risa incontenible mientras regresaba al auto: ¡Viva la Gallinita Ciega! Blandiendo, alzada su mano, como bandera, el retazo de tela negra.
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