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La doncella de Orleans

La primera vez que la vi, descubrí realmente lo que era la esperanza. Por aquel entonces, yo era tan solo un simple escudero que acompañaba a la hueste de mi señor Gilles de Rais, el cual, en aquellos años, todavía abrazaba la Gloria de Dios.
La joven campesina, cabalgaba a nuestra vanguardia portando el pendón de la casa real francesa, y a la vez, alentaba con cantos de victoria a nuestras tropas. Algunos hombres maldecían en voz baja, pues no podían consentir que una mujer, una simple chiquilla, por muy enviada de Dios que fuera, les condujera a la batalla. Gilles de Rais, acalló los murmullos rápidamente con una simple mirada. Todos los soldados, sin excepción, creían que en el interior de su comandante habitaba la semilla del mismísimo Lucifer. Todas esas sospechas se demostrarían algunos años después, aunque esa, es otra historia. La verdad, es que en esos días de intensa actividad militar, y por primera vez en su vida, mi señor, y comandante de los ejércitos franceses, había encontrado la luz de Dios en los ojos de una niña. Una plebeya nacida en la pequeña aldea campesina de Domrémy, una muchachita de tan solo diecisiete años, se había convertido en la máxima esperanza de toda una nación.

Jeanne d”Arc era su nombre. La muchacha, mostraba una fornida y recia figura fruto de la dura vida en el campo. Era más alta de lo que solía ser una mujer, y a pesar de llevar el pelo corto, algo raro, incluso inapropiado para una mujer, no desvirtuaba en absoluto la gran feminidad que destacaban su grandes y brillantes ojos azules en su rostro. Claro era que Jeanne d”Arc no era una mujer como la demás. Ella era una mezcla perfecta de fiereza y belleza, una combinación tan intensa, que era imposible plantearse que todo lo que esa muchacha contaba fuese mentira. Luego, aconteció lo más increíble que jamás he contemplado en mi larga vida.

Avanzándose a la guardia que el Delfín de Francia le había asignado para protegerla, la indomable joven se dirigió decidida hacia los ingleses que vigilaban las altas murallas de la ciudad. Les encomendó a la rendición en nombre de Dios; que por cierto, era el mismo para ingleses y franceses. Podrían irse y salvar sus vidas; a cambio, únicamente debían rendir la ciudad y dejar pasar a las tropas francesas. Los ingleses, después de escuchar divertidos los delirios de una niña, y de burlarse de los franceses por dejar que les comandara una mujer, se negaron a rendir la ciudad y comenzaron a prepararse para el asedio.

« ¡Dios ha sido testigo de mi ofrecimiento!» , gritó Jeanne con una ferocidad desconocida, incluso para sus propios camaradas. La joven enviada de Dios miró a las tropas francesas, y acto seguido, una última mirada a nuestro comandante a la espera de aprobación. Gilles de Rais asintió. Nadie podía negar que existía una conexión especial entre Gilles y Jeanne.
Gilles de Rais era solamente un poco mayor que la campesina de Domrémy; veinticinco años tenía mi señor. Todavía creo que estaba enamorado de esa muchacha, aunque las circunstancias, no eran las más apropiadas para el amor.
De pronto, una traca de silbidos atravesó el espacio entre las murallas y la posición francesa. Una flecha se clavó en el hombro de la joven, la cual, ni se molestó en alzar el escudo para protegerse, pues bien valía la protección de Dios. Jeanne se sacó la saeta con un despreocupado desprecio, desafiando furiosamente a sus atacantes. La sangre le brotaba por su brazo izquierdo. Una rápida mirada a la herida, un grito de atronadora rabia que inundó el campo de batalla, y un furioso ataque para romper las defensas enemigas. Horas después se hizo el milagro
Después de tantas derrotas, tantos territorios perdidos, tanto esfuerzo, tanta sangre, tantas muertes y tan largo sufrimiento, apareció esa muchacha que hasta entonces, solo existía en las leyendas.
Una campesina de diecisiete años, una niña, guio a hombres recios y curtidos en decenas de batallas hacia la victoria, recuperando de esa manera el orgullo y el honor de toda Francia.
Ese día, un ocho de mayo del año 1429 de nuestro Señor Jesucristo, y tras más de seis meses de intensa lucha por recuperar la ciudad de Orleans, esta, fue devuelta a la corona francesa, comenzando de esta manera la reconquista de los territorios perdidos contra los ingleses.

Poco más de dos meses después de la toma de Orleans, el diecisiete de julio, el Delfín de Francia, fue coronado rey. Carlos VII, recuperó poder y prestigio, aunque la guerra entre ingleses y franceses, eternos rivales por el poder continental, continuó veinticuatro años más.
Por su parte, Jeanne d”Arc moriría apresada por los ingleses, injustamente condenada por herejía, y quemada en la hoguera el treinta de mayo del año 1431.
De todas maneras, el nombre de Jeanne d”Arc, ya se había convertido en leyenda; incluso, siglos después sería canonizada y beatificada. Pero, a pesar de todo estos reconocimientos, y de haber sido ascendida a los cielos, la joven campesina de Domrémy, pasaría a la eternidad como la doncella de Orleans.

etiquetas: microrrelato, relato, historia, antiguedad
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#1   La nobleza. En un instante
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