Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

Encuentro bajo la lluvia

Era sábado, llovía desde muy temprano en la mañana, ya era casi las seis de la tarde y no escampaba.
En un claro, de esos donde disminuye la lluvia, pero que no dura más de cinco minutos, a zancadas llegue a la parada.
Con mi paraguas desarmado, enchumbado por completo, temblando de frío, a esperar un taxi o bus que me llevara.
Allí estaba ella, con la mirada pérdida, parada sobre la banca, tratándose de refugiar de la lluvia, bajo el techito de la parada.
Piel trigueña, ni muy oscura ni muy clara, ojos café, casi como guayoyo, del que tomé en la mañana; de blusa y pantalón blanco; un poco sucio se le notaba, debe ser por el trajín, pues a cualquiera le pasa, una marusa de fique, con algunas cosas adentro cruzada por la espalda.
Los zapatos, no se veía el color, supongo que era por la embarrialada.
Con el cabello largo y un poco alborotado, aunque con una cola hizo como que lo arreglaba.
Su piel erizada hacía notar el frío que tenía, pero ella muy bien lo disimulaba.
Me parece que la he visto varias veces, pero la verdad no sé dónde.
--¿Te mojaste?
Me preguntó, con una sonrisa en la cara. Como rompiendo el hielo que nos unía y separaba.
--¡Solo un poco!,
le conteste, con tono irónico y baje la cara.
Con un suspiro me reconforte de haber llegado al lugar donde ella estaba.
Al frente la calle, hasta al borde inundada, el agua corría como un río, por la fuera que llevaba.
A lo lejos se divisa que lo que viene es más agua.
Vuelvo la cara a ella y la miro, con otro suspiro, me calentaba.
--¿Cuánto tiempo tienes aquí?,
le pregunte
--Más de una hora varada.
--¡Es tarde!,
le dije,
--Casi cae la noche y no pasa nada.
Vuelve a llover muy fuerte, parece que se rompe el cielo o se desangra.
--¡No te mojes más!,
me dijo,
--sube aquí, no te haré nada.
Sonreí, me acerque, casi me caía de la banca.
Me sujetó por el brazo, me acercó a donde ella estaba.
Me recompuse a su lado, me presente y le di las gracias.
Me impregnó con su aroma de mujer hermosa, Olía como a flores de jazmín, una fragancia suave y dulce.
Se me erizo el cuerpo desde los pies hasta la cara. Ella lo notó enseguida, con una sonrisa me miraba.
--Estoy cansada, no pasan taxis, ni buses; algunos carros pasan volando, pero no se paran.
--¿Para dónde vas? -le pregunte,
--Para mi casa, si me deja el agua; es a tres cuadra larga, cruzas a la derecha en la encrucijada.
--Voy más lejos que tú, pero caminemos, total ya estamos mojados un poco más de agua no quiere decir nada.
Abrí mi paragua, o lo poco que queda de él, la invite a refugiarse conmigo.
Casi abrazados y poco a poco, tropezábamos en el caminar.
--¡Con permiso!,
me abrazó y dijo,
--Así es mejor la velada.
Mientras caminamos, charlábamos y reíamos como si nos conocíamos desde hace tiempo.
Se quitó los zapatos, los guardó en la marusa.
Cada carro que pasaba nos bañaba.
Me abrazaba cada vez más fuerte con el salpicar del agua.
Con lo alegre que andaba y lo feliz que me hacían sentir sus palabras, poco a poco me quitó el frío con sus abrazos y carcajadas.
Llegamos a su casa, ya era de noche, parecía que había gente que la esperaba.
Me dio su número de teléfono, me lo escribió en la mano.
--¡Me llamas!,
me dijo sonriente
-- quizás salgamos en otras circunstancias.
Con un besito en la boca se despidió, no paraba de sonreír con gracia.
Me marché más contento, dando saltos de júbilo, pues me alegró el corazón esa muchacha de la parada.
Cuando llegue a mi casa ya era tarde, gracias a Dios escampaba, pero se había borrado el número de mi mano.
No la vi más, la he buscado por todas partes, nadie da razón, nadie sabe nada.
Han pasado varios días, quizás dos o tres semanas, hice el recorrido, caminando desde la parada a su casa.
Toque la puerta, nadie salió, fui varias veces, ella no estaba.
Pregunte a una señora que en la ventana se asomaba,
le conté toda la historia de esa tarde.
--Yo lo recuerdo a usted joven, ese día bajo la lluvia, sólo, reía y caminaba.
Ella me decía que yo parecía un loco, pues al parecer con alguien hablaba.
Pero en realidad todos veían que yo solo andaba,
--No, pero si allí vive ella, en esa casa rosada,
--No hijo, allí no vive nadie, tiene más de tres años abandonada.
Quede impactado, entré en shock, con las palabras de la señora de la ventana, no creía lo que decía, la verdad, no entendía que pasaba.
Seguí buscando y preguntando y no conseguía nada. 
Las respuestas coincidían con la casa abandonada.
Hoy, han pasado más de 10 años y no se con quién caminaba, no sé quién me ilusionó, bajo la lluvia.
No dejo de pensar en ella, cada sábado voy a la parada, antecito de las seis de la tarde, con la esperanza de encontrarla. Hago el mismo recorrido, bajando hasta la casa rosada.
Hay quienes dicen ¡pobre hombre!, se enamoró sólo, en unas cuantas cuadras,
de una muchacha que no existe, quien sabe que espanto lo desanda.

etiquetas: amor, desamor, ilusión, espanto, muerte, lluvia
6
sin comentarios 21 lecturas relato karma: 46