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El invierno del Mesías

“Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento…”

(Salmos 23:4)



Al escuchar el sonido de los lobos soy testigo de mi propio cautiverio, un solo sollozo me recuerda las épocas felices, llenas de vino, donde por los salones se extendía el murmullo de sirvientes que sonreían dando glorias a los dioses y al rey. Aun en medio del bosque oscuro, solo con la luna como lumbrera, caminando en medio de un sendero que nunca me llevará a ninguna parte, siento que todo lo que alguna vez me convirtió en digna heredera se ha esfumado, no queda en mi un ápice de cordura. La muerte se llevó en una batalla injusto lo único que alguna vez me elevó en medio de un destino que no era el mio, e hizo que el peso incontable de mis hombros se sintiera un poco mas ligero.

No recuerdo su nombre, y aunque lo hiciera me es indigno nombrarlo, se ha esfumado con el viento como sus cenizas, tratando de salvar su linaje y su honra, el invierno ganó la lucha que parecía infinita, y bajo un árbol cayó herido por el enemigo. No necesité verlo, mientras el se desvanecía para no volver a levantarse, sentí como el corazón dentro de mi cuerpo dejaba de bombear sangre y todo mi ser se transformaba en piedra. Lo lloro aún cada noche, cuando recuerdo por un instante sus brazos sobre los míos, y su boca me entrega un pequeño recuerdo de lo que se sentía tenerlo cerca. Su cabello del color de un atardecer y su piel color perla eran mi deleite, aun en medio de la guerra en la que vivíamos. Tuve que despedirlo, prender la pila que lo llevaría a la eternidad, y vi como se alejaba de mi tan rápido, quise quedarme ahí, dejar de llorarlo, y consumirme con el hasta que de mi no quedara nada.

Abandoné lo poco que me quedaba, escape de lo que ya no era, nunca quise serlo de todas formas, no me sentía responsable de lo que los demás eligieron para mi. No era heredera de nada, lo había sido en algún momento y lo disfruté, mi mirada se preparó para quebrar alianzas y expandir reinos, pero mi amado hizo de mi una mujer diferente, me rescató de las murallas en las que estaba encerrada, desarrollando una obra dramática escrita por un sanguinario y cruel escritor, que disfrutaba al beber la sangre de sus enemigos en copas de hierro. Me fui lejos, a vagar por el bosque oscuro y sinuoso sin un camino para seguir, recorriendo mi mente y perdiendo la locura cada vez que un pequeño recuerdo se insinuara en mi cabeza. No estuve mas dentro, perdí…me perdí.

Caminando un día, escuché una voz a lo lejos, que me hizo recordar como se sentía tener un lugar al cual pertenecer, y las escaleras intrincadas que llevaba en el alma, me transportaron a un lugar mágico donde nada había pasado, por un instante todo seguía a mi lado, y no lo había perdido en una oscura noche llena de nieve. Pero no era más que el espectro de lo que pudo ser. Mi espíritu herido recordó que mi cabello ya no era el de una princesa inmaculada, sino que fue trastocado por la corteza de los arboles, transformándose en el reflejo de la luna, y mis ojos se estaban secando por las lagrimas derramadas durante tantos años, sin embargo, el sonido era tan real, que antes de que el se presentara yo ya llevaba días esperándolo.

Su rostro era el de un ángel, pero sus ojos llevaban la maldad en forma de llamas inmensas y en su frente la marca de Caín se dibujaba altiva y orgullosa. Se presentó hijo de dios expulsado del paraíso, el heredero de las tinieblas, el gobernate del Hades… todo era lo mismo, en el fondo, el espacio entre su nombre y su reinado llevaban escrito en letras rojas el miedo de los hombres y la abominación hacia sus obras. Podría hacer temblar a quien quisiera, y condenar a la locura al mas sensato de los reyes, sin embargo, para quien había vagado por noches oscuras solo sintiendo el manto sagrado de los arboles protegerle, no existía dolor, porque era una piedra que transformó hasta lo mas intimo de su existencia.

Me ofreció un trato perfecto, vida por vida. Mi amado se reconstruiría de las hojas del bosque, podría volver a vivir y convertirse en un hombre nuevo, en medio de lo que ya no existía, él seria un salvador en medio de la oscuridad, el mesías prometido, pero inalterablemente no seria mio. No podría sentirme, ni siquiera escuchar mi voz, pero mi presencia seria la de un fantasma que vaga por las ruinas y no pude mas que aceptar. Descendería hacia el inframundo, convirtiéndome en la sumisa de su reino, y el levantaría de los muertos a quien nunca mereció llevar la cruz. Vi como se volvía a formar, su rostro blanco y su cabello cobrizo, sus ojos verdes que alguna vez solo fueron capaces de mirarme completamente a mi.

Mis ojos se cierran con nostalgia cada vez que le recuerdo, hago que las violetas y las rosas florezcan todo el año, para que mi amado sienta que le llevo dentro, y el milagro se extiende hasta mi jardín oscuro y lleno de niebla. Permanezco en silencio, no me importa ser un sacrificio, ni tampoco haber perdido lo que ya no tenia, nada me perteneció realmente y si alguna vez hice algo digno de valor, fue entregarme en silencio. Cada noche el bosque me reclama como su reina, y el viento susurra furioso por mi presencia, porque me he convertido en un espectáculo barato que no llena sus funciones mediocres, me transformo en la esclava de los dioses furiosos y cobro venganza por aquellos que no pudieron, poniendo pesadillas en el sueño de los malos, haciendo que la sangre de los inocentes no se derrame en una lucha sin sentido, me he revestido de reina, para librar al mundo de la maldición, aún cuando quise alejarme de lo que mis ancestros me encargaron.

Pero mientras voy a verlo, mientras siento como me piensa, imagino que bailamos, y que los acordes menores de un piano, por un instante me devuelven la sensación de sus manos sobre mi cuerpo, como si nos siguiéramos perteneciendo hasta la eternidad. Mi amado sabe que estoy cerca, y escribe con tinta imborrable mi nombre, entregándome cada una de mis memorias, y me devuelve poco a poco lo que perdí en medio de mi camino hacía la muerte. Le pido que esta noche venga y escuche mis murmullos y me ayude al olvidar, sólo de esa forma, acabará mi invierno infinito.
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4comentarios 64 lecturas relato karma: 41
#1   Miriam, felicidades! Me encantó tu relato, se nota que es „tuyo“.
Así como tus poemas, esta envuelto en ese velo misterioso y obscuro que tan bien sabes dejar caer sobre tus escritos, gracias por compartir!
Ya me alegro de leer tu proxima publicación.
Cariñosos saludos, Maria Mercedes
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#2   #1 Muchas gracias Maria Mercedes!
Fue un proceso bastante doloroso el escribir una situación que se sintió tan fuerte ajja
Saludos c:
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#3   Excelente!!! Saludos.
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#4   #3 ¡Muchas gracias!
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