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La buena suerte

En 1953 mi padre era relojero, él me enseñó todo lo que sé sobre relojes. Mi padre tenía el hábito de soplar la aguja pequeña antes de colocarla en su sitio y yo le pregunté porqué hacía eso.
- Da buena suerte, hijo - Me contestó mi padre.
Entonces le hice caso y yo también empecé a hacerlo.
Mi padre creía en Dios, pero yo no. Él creía en la suerte, yo no. Él creía en el creacionismo, yo no. Mi abuela era una mujer muy conservadora, razonable a su época.
Un día olvidé soplar la aguja y mi padre la puso en el reloj.
- ¿Qué pasa si no soplo la aguja? - pregunté.
- Si no soplas la aguja tendrás mala suerte- Contestó mi padre.
-Pues no la he soplado-
Mi padre se enfadó conmigo y el reloj se cayó al suelo. Me gritó por aquello y yo nunca entendí como podía él creer en eso.
Le pregunté a mi abuela acerca de ésta práctica.
- Tu padre era un muchacho tímido e inseguro, aprendió a montar relojes cuando era pequeño, era muy torpe en ello, así que tu abuelo lo convenció de que soplando la aguja todo iría bien en su vida. -
Esto me produjo mucha curiosidad y pensé en decirle a mi padre que era una patraña, pero mi abuela murió a la semana siguiente.
No sabía como consolarlo, mi abuela había muerto y no iba a volver.
Con los ojos llorosos me dijo :
- Estoy seguro de que hay un paraíso, estaremos allí otra vez juntos. -
Con los ojos llorosos le dije :
- La verás allí, papá, ella te estará esperando -

etiquetas: relato, prosa
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