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La casa de muñecas

Mariana vivía en una casa de muñecas. Despertaba todas las mañanas con una enorme sonrisa. Peinaba minuciosamente su rubio y lacio cabello. Desayunaba estrictamente los alimentos permitidos por su dieta y veía a sus padres portar la enorme y contagiosa sonrisa.

Todo era perfecto. Ella era perfecta.

Hasta que llego La niña. Se llamaba Lily y tenia 8 años, pero no jugaba como las demás niñas que Mariana había conocido. Lily tenia ojos tristes que la entristecian también, y la amplia sonrisa ya no era tan grande. Solía sentarse todas las noches frente a la casita de Mariana a mirarla por largo rato antes de comenzar a preguntar: ¿Que se siente ser de plástico? Seguro no sientes nada. Debes ser muy holgazana ¿no?...No deberías serlo. Me gustaría ser como tú, siempre estas feliz.

Luego de la charla lily se iba a dormir. Mariana la observaba. Sentía curiosidad. Una niña no deberia estar triste. Así que, por primera vez desde que llegó a su adorada casa de muñecas, observó a su alrededor. Era una habitación fea y oscura, de colores opacos y desprovista de mobiliario. La niña dormía en un colchón desgastado y lleno de manchas. Vivía en la miseria si lo comparaba con su casita. Mariana deseó que Lily fuese mas pequeña, así podría hacerle espacio en su hogar y entonces sería más feliz. ¡Claro! Para eso eran las muñecas. Mariana decidió ese día que haría feliz a lily.

A la mañana siguiente, Mariana se esmero más que nunca en perfeccionar su aspecto. Se vistio con su mejor ropa y sonrió tanto que le dolieron las mejillas. Nunca le había dolido nada.

Cuando Lily llegó, Mariana estaba alegre y dispuesta a todo para llamar su atención. Pero esa noche Lily no la visitó. Se quedó en su cama, cubierta con una fina sábana que no lograba espantarle el frío. Se movía mucho y hacia ruidos raros. Fue esa noche cuando por fin descubrió que era llorar. Y de la gran sonrisa solo quedeba un débil asomo de melancolía.

La niña se presentó la noche siguiente, con rastros de lagrimas en la cara, la ropa rasgada y salpicada de misteriosas manchas rojas. Tenia una marca en la mejilla con una mezcla de colores extraña: era negro, morado, quizás azul, con un leve toque rojizo. Lily hizo ademan de hablar cuando golpes muy fuertes aporrearon la puerta. La niña se estremeció y apuño los ojos como si eso la hiciera desaparecer. Los sollozos casi no le permitían respirar. La puerta paró de sonar y la niña abrió los ojos. Sin embargo, la cerradura comenzaba a crujir al ser insertada una llave. Lily estaba más blanca que un papel, tenia un color enfermo con moradas ojeras.

Por la puerta entro un hombre al que Mariana ya conocía. Y supo que era hora de despedirse de Lily. Siempre era así cuando Él aparecía. Pero no quería despedirse, no esta vez. Y recordó en ese instante que era de plástico y debía sonreír. Eso hacian las muñecas. Mientras Lily era llevada a la fuerza lejos de aquella vieja, y ahora que podía ver, horrible casa, ella se quedo allí, sentada en su cama oyendo los gritos de auxilio de una chiquilla aterrorizada. Nunca los había oído. Tal vez no los había querido oír. Deseó poder ser ciega y sorda de nuevo. Deseó que su sonrisa no fuera una terrible mueca de desesperación y abundante tristeza. Deseó volver a sentirse de plástico.
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