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La creciente

Corría el mes de junio de 1981, cuando el viejo puente cedió ante la fuerza de ese generalmente tranquilo río.
Llovía torrencialmente, y estaba yo en clase de Física con Domingo Briceño en el viejo liceo Dalla Costa, cuando nos alertaron que había una creciente y que por lo tanto, se suspendían las actividades para que nos fuéramos a nuestras casas; por supuesto, la curiosidad pudo más que la razón, y en cambote nos fuimos a averiguar lo no visto anteriormente.
Estaba pues, con los muchachos de la sección, parado a la altura de la carnicería de los Torres, entre ese olor a humedad y barro que aun lo tengo presente desde ese día, viendo como cada vez el agua subía y subía mas su nivel, hasta que sobrepaso el puente, y aun pasaban carros de un lado a otro. De repente empezó a moverse esa inmensa armazón de hierro y cemento, y entonces, ante la mirada atónita de los presentes, en su mayoría mozalbetes, arrastrando los cables fue desprendiéndose hasta caer. Gracias a Dios ya no habían carros pasando; hacia apenas segundos que el ultimo osado chófer logró cruzarlo vía La Vega.
Pero también recuerdo, como incomprensiblemente en mi insensibilidad adolescente, se confundieron en mi rostro unas cuantas gotas provenientes de mis ojos, con la lluvia que caía. Fue la tristeza por las tantas veces transitadas a diario del añejo puente para ir al Estadio a las inevitables partidas de fútbol.
Hoy, tres décadas después, rememoro la fuerza terrible de un río que se crece exageradamente cada cuantos ciclos, para reclamar su cauce robado.
2017
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