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La mujer de al lado

¿Alguna vez te has preguntado si alguien piensa en ti?

Elevas la mirada hacia lo profundo de tu ser. En ese lugar donde se esconde la intranquilidad de hacer algo que no sabes. Solo las gotas de sangre que ruedan por tu vientre descubren el inminente recuerdo de inmortalizar pasiones vacías.

El sudor se desliza.

La demencia se apodera de tus labios.

Tu cuerpo delata tu respiración acelerada de ese profundo y mortífero recuerdo.

El adiós.

Recuerdos que relucen en tu mente y en las palabras que se ahogan en un intento desesperado de articular algún sentimiento que se refleje en la soledad de tu rostro.
Ese rostro desorientado por los años que se arruga en desesperanza, soledad y decepción.
Eres como esa rosa desorientada; que en el fluir de la vida ama sus pétalos delicados sin percatarse que detrás de tanta belleza, se encuentran las espinas dolorosas e hirientes.
Esas espinas que rasgan el alma y aniquilan al amor en su plenitud.
Logras cubrirte el rostro cada vez que consigues fijar a tu amado en tus recuerdos. Las lágrimas se escapan de entre tus manos y vuelves a sucumbir a encerrarte en ese dolor injurioso.
¿Lo ame?
Comienzas a seguir el juego de preguntas y respuestas innecesarias cuando descubres el llanto apoderarse nuevamente de tu frágil conducta. Tu rostro reflejaba la incontinencia de recuerdos ingratos y desvanecidos. Quizás placenteros
Desesperación y angustia se reflejan al encender repetidamente cigarrillos, unos tras otros. Las huellas de ese humo palidecen en conversaciones serenas, de esperanzas e inquietudes.
Por un momento tu cuerpo se desvanece y logras sostener un grito silencioso de repetir su nombre constantemente. Logras aguantar las lágrimas que están a punto de desbordarse nuevamente. Cubres tu vientre con ambas manos y dejas escapar el silencioso quejido de ese amor que no regresara.
Fijas la mirada en esa cama protagonista de indiscutibles batallas. Sientes el aroma que perfumaba el cuerpo de tu amante. Tratas de acariciar la delgada línea que cubría sus brazos. Esos brazos que acariciaban tu vientre y se acrecentaban entre tus piernas buscando indicios de sumo placer.
El miedo se apodera nuevamente de tu mirada. Tratas de ahogar el dolor. Insistes en vomitar la vida.

Aquella noche de comienzos de invierno. Fue el encuentro. Sentada en tus pensamientos. Sonriendo ante el rostro del amor perdido.

Se encontraron los cuerpos.

Se unieron los corazones.

Decides alejar la soledad reinante que trata de opacar la poca alegría de sentirte amada una vez mas. Tu mirada dispersa se desquicia buscando indicios en todas partes de su inefable presencia.
No hay nada. Solo el recuerdo inminente de lo que fue un jardín sublime de pasiones tormentosas y obsesivas.

A lo lejos dentro de la misma habitación se dibuja una ventana. Logras acercarte poco a poco a ella, y desde allí. Desde lo alto. Pudiste observar el pavimento y el cuerpo inerte de tu amado.

Fue en aquella tarde fatídica de invierno en un intento desesperado. El sintió el vacio de zafarse del amor.
Ella observo su cuerpo destrozado ante tanto dolor. Se inclino ante el cuerpo desmembrado de su amado, removió con sus manos entre vísceras y sangre, logrando tomar sus ilusiones.
Se alejo rápidamente de aquel lugar.
Ese lugar que olía a miseria.
A muerte.
A mierda.
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