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Mujeres del ventisquero (fragmento)

II


 En la prefectura empezaron a llamarla loca. Una vez a Blasa le ataron los pies con grilletes para que dejara de ser inquieta. Cosa inútil, porque los grilletes no pueden más que el estallido de la desolación.
 Rafael murió el día que no quiso despertarse, y ni siquiera hubo lágrimas en los ojos de Petra. Blasa, en cambio, pasó las tardes boca abajo entre las flores; les desviaba el sendero a las hormigas que, al llevarse las migas de la alacena, iban anunciando las lluvias venideras y muchos meses de frutos incipientes. Mucho antes se había largado al otro páramo la madre de Blasa: descorazonada, sumisa, cuajada de reumas e inflamaciones. Ahora a Rafael, su casi padre, también la pelona nevada le había sellado los ojos. Ya Rafael no volvería a explicarle cómo sembrar las papas y las fresas; nunca volvería a comer el puntal a las seis debajo de la ceiba con las manos llenas de tierra, porque la tierra no le hace daño a nadie y es una madre que lo brinda todo. Jamás volvería a tallar con su navaja ningún otro muñeco de madera. Aquí no es como en otras partes en las que la congoja rebasa cualquier forma de chirrido.
 −Cuando menos −las consoló Melitón− hemos quedado tres.
 ¡Melitón falleció de tifus poco después! Aquello fue como si se hubiera posado el arcángel del abismo sobre los hombros de Blasa, y el hacha de la discordia entre el fogón de ambas. Con la muerte del marido de Petra, los tres dolientes se tomaban de las manos todavía y arrejuntaban sus escasas fuerzas. Cuando se fue el hijo mayor, la promesa que quedaba, Petra no se conseguía el corazón en el pecho, y se hincó las uñas temblorosas en las sienes. Su frondoso cabello, terso y negro como el pelaje de un felino, comenzó a desprendérselo a arañazos, y lo que hubiese quedado de aquella flagelación se le amarilleó como quien echa lejía a su mortaja.
 −No se haga eso, Petrica, venga y duérmase... Yo también perdí un hijo y aquí estoy...
 −¡No, Chiquinquirá! ¡No me agarre! ¡Al que se atreva a tocarme me le voy!
 Blasa nunca llegaría a decirle que el dolor de las dos sumaba uno. Tampoco alcanzaría a beberse el cariño agrio de su regazo, ni mucho menos podría borrarle sus ganas de tragarse el sol para que nunca más hubiese luz. Su hermano y compañero de travesuras las había abandonado a una suerte que las obligaría a alimentarse de sus pensamientos.
 Petra había dejado de hablar con Blasa. De mirarle.
 −Madrina, escúcheme...
 −Vaya a ver si ya está la siembra.
 −Mejor ser cabeza de ratón que rabo de león. Estuviera aquí Clemencia. ¡Usted me trata como si aquí no hubiera nadie! ¿No me ve bien? ¿O es que le estorbo?
 −¡No me rebusque más! ¡Vaya y consiga lo que le dije!
 Las mesetas y laderas aledañas amanecían de un verde que se metía sabroso por los sobacos. En las casitas de más abajo, los tendederos de ropa se desprendían alegres a la manera de los papagayos. Más arriba, allá donde se pensaba que nadie llegaría con sus pies, los pliegues de la Sierra escondían un momoy cara de indio inmensamente azul, recostado con las piernas abiertas a sus anchas, que lucía inmarcesibles petos cargados de picachos, frailejones y pomarrosas. ¿Con quién podría hablar Blasa, si todo seguía fresco como las piedras del río, menos su casa? ¿Con quén iba a jugar a las adivinanzas, las retahílas y los refranes? ¿A quién iba a hacerle cosquillas en los costados cuando se recogían las cosechas? Al principio sí que fue harto duro. Petra y Blasa comían calladas en la mesa para no desfallecer sin darse cuenta. Luego aquella comunión se hizo imposible. A veces no había nada qué traer en el costal. Verduras amargas. Algunas verdes o llenas de gusanos. Lánguida y seca en su petate, la Petra era comida por sus mismas polillas, y por un resentimiento de ésos que no curan ni las promesas de la eternidad.
 −Y ahora...
 Ahora nada, Blasita. Sólo resta vivir.
 Un día Blasa salió temprano y se le empezaron a ocurrir algunas cosas. Por la noche no regresó a su casa. Se echó a pernoctar en el claro de una loma mientras se preguntaba qué tal sería andar más allá de donde había visto. Alguna vez se lo preguntó a su hermano. Por la mañana se levantó para intentarlo. Al frotarse el cuerpo para aguantar el frío, se percató de que la brega de los días le había estropeado las cotizas. No se desanimó. Comió una fruta jugosa que cargaba. Decidió andar por varias horas sin importar que la vieran descalza. Las plantas pequeñas de sus pies le iban acusando el monte, la bosta de vaca, la tierra con orines, los chupapiedras de la quebrada, los pichones muertos, las flores arrancadas por el sereno, las matas con espinas, los bachacos, las garrapatas, y los frutos caídos y maduros ante los ojos de nadie.
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