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Noches de vigilia

No sé qué tan pesada, cruel
y dura
puede ser una noche.
No lo sabía en absoluto
hasta que te perdí,
pero no solo dejé ir tus palabras
y tu cuerpo
y tus curvas
y tu sonrisa,
sino también tu compresión y entendimiento,
eso que no he encontrado con nadie más,
eso que nadie más puede ocasionar en mí.

Aún recuerdo el día en la universidad.
Tú ibas con un grupo
y yo con otro,
así estábamos,
como ahora,
separados.
Fue un día ocasional
pero sobre todo un día especial,
ya que fue la primera vez que nuestro amor salió a flote,
fue la primera vez en que te vi con otros ojos.


Algunas veces te miraba pasar
ibas con una amiga,
la cual siempre estaba ahí,
la cual siempre irrumpía en los momentos de destello y magia.
Tenías una larga sonrisa,
esa que siempre se plasmó en mi corazón.
Vestías de una forma casual
y reservada,
lo cual me encantaba.
Llevabas el cabello completamente peinado.
Era suave,
luminoso,
radiante,
voluptuoso,
castaño y sedoso.

Por mi lado no tenía gran compañía,
nada más que un compañero que era de clase,
con él conversamos,
me preguntó la conexión entre tú y yo,
solo callé y volteé la mirada,
pero al final,
cuando perdía toda esperanza,
te vi a lo lejos,
ibas con tu amiga, nada anormal.

Nos acercamos,
vi tus ojos y juro
que sentí total paz en mis entrañas,
no entiendo cómo esa mirada no podía ser mía.

Por motivos incitadores
llegué a tener un cigarro en medio de mis labios,
tú por otros motivos,
solo bebías un jugo de naranja,
de esos que restablecen y optimizan el duro trajín del día.
Por cosas del destino nos perdimos,
mientras expresaba total desagrado,
dentro de mí quería seguir perdido,
para qué irme,
para qué marcharme de tu lado,
tenía tu mano cobijada con las mías,
eso para mí,
era felicidad.
Por unos segundos de mi existencia absurda,
tuve las manos más suaves,
rígidas,
angelicales
y adorables.
Mientras otros tenían prostitutas,
dinero o armas en sus manos,
yo tenía la suavidad personificada.


Cuando por fin encontramos el rumbo,
pude ver cómo mi día se venía abajo,
estaba a unos cuantos minutos de dejarte.
Sin saber hasta cuándo otro momento de felicidad,
sin saber hasta cuándo otro saludo,
sin saber hasta cuándo otro adiós.
Es sorprendente,
cómo alguien puede hacernos felices solo con su mera existencia,
y cómo nos puede volver locos con tan solo unas palabras
o una sonrisa.

Ya luego te disipaste por los vagones,
te fuiste,
te marchaste en eso que llaman transporte público.
Camino a casa me llevé todo de ti,
pude sentir tus labios contra los míos,
estrellándose desmesuradamente,
de esa forma
que frena al mundo,
o al menos nuestro mundo.
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