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Para placer otoñal, calor de invierno

Una agradable brisa pronosticaba la despedida del verano. En eso meditaba, parado en una esquina mientras contemplaba el pisaje citadino, edulcorado por una imagen que se aproximaba y acaparó mi atención…
— ¿Quién habrá muerto en el cielo, que los ángeles andan de luto?
Fue el piropo que me inspiró decirle al pasar por mi lado y me miró de soslayo correspondiéndo con una sonrisa. Su vestido, escotado y de abundante tela de seda negra resaltaba la hermosura de su cuerpo al vaivén de sus caderas. Tras reponerme del impacto, decidí alcanzarla. Le hice saber cuánto me atraía, que deseaba conocerla… Solo yo hablaba, pero por las expresiones de su rostro sabía que me prestaba atención.
— ¿Será posible que me prives del placer de escuchar tu voz? —Le dije —Por favor, sentémonos unos minutos —Le imploré señalando uno de los bancos del separador de la Avenida.
—Convenido —Dijo y nos sentamos.
—Con una voz tan dulce no sé cómo puedes permanecer tanto tiempo callada…
—Eres un hombre con suerte… —me dijo —Estrené hoy este vestido y al ponérmelo me hice el propósito de salir a la calle con la determinación de corresponder con creces, siempre que me cayera bien, al primer requiebro. Mereces un premio lisonjero… y como soy liberal…
Sus palabras me anonadaron, quedé atónito. Mi excitación no escapó a su escrutadora mirada.
— ¿Qué pasa, ahora el callado eres tú?
—No, es que… —No sabía que decir —me has sorprendido de tal forma…
— ¡Ánimos, hombre! —Dijo poniéndose de pie y tomándome de la mano —Vamos a mi casa, es cerca. Debemos celebrar nuestro encuentro…
Repuesto de la sorpresa, aunque nervioso, asentí dejándome llevar. -¡Mi madre! Quién me iba a decir que pasaría por este trance… - pensaba mientras caminábamos.
—Es aquí… —Dijo y abrió la puerta.
Al entrar quedé impresionado por la suntuosidad interior de su apartamento.
—Siéntate —dijo indicándome el sofá y acto seguido llenó dos copas de coñac… —Brindemos por nuestra relación otoñal —Concluyó al tintinear de nuestras copas, que una vez vacías las volvió a llenar antes de llevarme a su cuarto.
Dándome la espalda me pidió le desabrochara el vestido y se volvió dejándolo caer mostrándome sus voluptuosos y firmes senos, mientras procedía a quitarme mis ropas con sus tiernas y hábiles manos.
— ¡Soy toda tuya! ¡Tu Perséfone, mi Hades!
Me colmó de placeres tan sublimes y bien correspondidos, que con alborozado éxtasis me dijo:
—Cuento contigo… ¡Serás mi calor de invierno!
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#1   Divino amigo Pedro.
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