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Una grata compañia

Abrazo a mi soledad ,pues hoy esta conmigo
Me cuenta chistes , confortable es su cariño
Habla de la tristeza que es un largo camino
Pero que a la final se ira como todo buen amigo
Me cuenta de la alegria , que es muy corta su visita. Que aprecie su venida pues es la mejor amiga. Tocan la puerta. Es la dama de compañia, En este dia prometo hacerla mia, olvidar las penas que tanto me castigan

Hare al amor, aunque este se ria
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Desencanto

Al verse en el espejo se dio cuenta de que estaba más cansada de lo que creía.

Hoy no lo arreglaría ni con todas las cremas hidratantes de su repertorio, ni con el mejor maquillaje de Chanel. Llevaba las uñas medio despintadas, pero ya era tarde y no tendría tiempo de arreglárselas.

- Al fin y al cabo, ¿qué importaba? –se dijo. Joan ni se hubiese dado cuenta.

Se lavó bien la cara pero el desánimo no desparecía. Las discusiones de toda la semana anterior con Joan, la falta de capacidad para hacer las paces con aquel con quien había dormido los últimos años y sus propios pensamientos negativos le habían dejado un regusto amargo que nunca antes había probado, dejándola realmente vacía.

Se encontraba a gusto en aquella especie de pozo oscuro donde iba cayendo y donde nadie la molestaba. Sentía una profunda tristeza, pero podía llorar con tranquilidad mientras los cálidos brazos del desencanto la rodeaban y la protegían. Hasta sus propias lágrimas parecían tener un sabor dulce que la hacía sonreír.

Se pasó el cepillo por el pelo sin demasiada convicción –es igual... pensó. Abrió el primer cajón buscando el bote de la acetona para quitarse el esmalte de uñas, pero recordó que no lo había comprado. Tendría que salir de casa con las uñas “ratadas” –como le decía su madre.

No oía ruidos por la cocina, aún esperaba escuchar la voz de Joan mientras removía por los armarios. Se había ido el día antes y ni siquiera sabía si volvería, o dónde estaba, ni si aún le quería.

Volvió a la alcoba y se puso las primeras bermudas que encontró, de color flan y una blusa que estiró de su percha sin mirar, de color azul. Sacó las zapatillas de su caja y se las puso en los pies. Era una combinación un poco extraña, pero le daba igual.
En la cocina no estaba el café preparado, ni el zumo de naranja, ni las dos tostadas de pan, ni la sonrisa de Joan… ni sus manos …
Se sentó esperando a que él le pusiera el café.

Clavó el codo izquierdo en la mesa y con la mano se sujetó la cabeza al tiempo que se apartaba el flequillo con los dedos. No pudo evitar dejar caer el peso de su propia alma sobre el brazo y la cabeza… La mirada perdida, con media sonrisa ... sintiendo cómo una dulce tristeza la invadía, la abrazaba le daba aquellos besos que hoy tanta falta le hacían.

Àngels de la Torre Vidal (c)
Cotidianeidades

Obra de la fotografía: David Casallachs Pérez (c)
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El fin tras el fin

Aquellos jóvenes que fueron uno durante la infancia ya eran adultos. Con pasos vacíos, divagaban por mundos completamente opuestos. Tras su idilio existieron otras parejas, que no terminaron de cuajar por la ausencia del amor auténtico.

Finalmente, ambos encontraron a aquellos que aparentemente les completaban. Se casaron y formaron sus familias; pero esa felicidad era fingida. No dejaban de recordarse el uno al otro, no dejaban de preguntarse qué habría sido de ellos si hubieran atendido a su mundo interior, en lugar de dejarse arrastrar por estupideces sin sentido al transitar de la niñez a la adolescencia y luego a la madurez.

Los gritos de los hijos, los gastos de recibos e hipotecas y los besos de otros labios que apenas reconfortaban les devolvían a la absurda realidad, esa que ellos mismos bordaban con retales cochambrosos que encontraban en su erróneo caminar día tras día.
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