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La espera

LA ESPERA

Esa noche Evelyn tuvo un mal presentimiento. Experimentó la sensación indescriptible que suele acontecerles a las personas agudamente perceptivas; y lloró de tal manera, que hasta el mismo sol la recibió cuando clareó. Tenía miedo, sin duda; aquello que había irrumpido su descanso engendraba un gran temor sobre su ser. Cuando la mañana palpaba su apogeo, Evelyn se dirigió al sembradío para recoger algunas hortalizas; a su regreso, cuando se disponía a entrar, un frío lúgubre atravesó como flecha planetaria la espina dorsal de aquella mujer. Vaciló por un segundo si huir, marchar al pueblo y esperar a su padrino, pero el agobiante calor quebranto su decisión. En unas horas más, Don Agustín estaría de regreso, no debía inquietarse. La cocina de aquella vieja casona era sumamente amplia, dos habitaciones de iguales proporciones la acompañaban, y un pequeño baño algo derruido conformaba su totalidad. Era de herencia, por parte de su tío abuelo Serafín, muerto dos décadas atrás. La casa había sido construida a fines del siglo diecinueve por varios esclavos que araban la tierra para ganarse su libertad, un sueño quimérico de aquellos prisioneros. La mesada íntegramente de mármol, echa a mano, fue quien acogió los víveres que Evelyn adquirió en el arado. Con paciencia limpió las verduras y las colocó dentro de la cacerola; prepararía guisado de gallina, un plato altamente calórico con tentativa afectuosa de alimentar a su padrino que estaba al llegar después de una noche ardua de trabajo. Agustín era un hombre fornido, virtuosa estatura, maduro y hondamente trabajador. Había comenzado en el matadero cuando enviudó; el turno de la noche en los últimos dos años lo había visto llegar e irse cada día, correctamente puntual. Evelyn trozó la gallina fresca y la amalgamó con los vegetales, a fuego tardo para que se guise bien parejo. Cuando el estofado había llegado a su punto justo, preparó la mesa sin omitir detalle alguno; no faltó el ramo de menta fresca, como tampoco el mantel pulcro bordado por sus jóvenes manos. Todo estaba listo, solo debía esperar el regreso de su padrino. Pero las horas pasaban, la comida se enfriaba inevitablemente y Agustín no llegaba. Cuando las agujas del reloj dieron las cuatro de la tarde, estaba sumamente impaciente y asustada. Una persona como su padrino, tan puntual, en absoluto podría demorarse, salvo que hubiese surgido algún infortunio camino a casa. Desesperada, la mujer no sabia que hacer, a quien acudir, donde buscar. Corrió a lo de su vecino, pero se encontró con aquella morada vacía. Lo mismo sucedió en la del vecino siguiente, y para su asombro, dicho fenómeno se repitió en las otras tres casas adyacentes. Todas y cada una de ellas, vacías. Algo extraño estaba ocurriendo, pero Evelyn se encontraba tan acongojada al ver que caía la tarde, que no alcanzó a interpretar sensatamente aquél anómalo suceso. Cuando el crepúsculo llego al fin, la joven se había convertido en una masa uniforme de incertidumbre y desconsuelo. Cada minuto transcurrido, parecía no tener fin, mientras sus piernas incontrolables recorrían la sala. Sin darse cuenta la casa se tornó obscura, la noche arribó en su plenitud junto a un silencio inquebrantable. Prendió algunas luces, colocó agua en el brasero para prepararse un té, y de repente, aquella sensación tétrica de la mañana volvió a franquearle la espalda, pero esta vez la intensidad fue exorbitante. La mujer largó un alarido, refunfuñó dando giros sobre su eje y arrojó la cacerola repleta de estofado contra la puerta que daba al patio; se situó en el piso agazapada, introdujo su cabeza entre ambos brazos y allí permaneció inerte, llorando. La puerta vaivén interrumpió sus lágrimas, y al levantar la mirada, vio a la perra de su padrino devorar impetuosamente los restos esparcidos del estofado. Intentó ahuyentarla, pero era tarde, aquélla sabuesa se había alzado victoriosa llevándose el valioso botín entre sus entrañas.
¡Daisy, Daisy, venga, venga aquí conmigo! , la perra olfateaba los flancos de la olla, sin advertir los llamados de su dueña. ¡Daisy, perra bonita, venga aquí con su Tata y hágale compañía! Nada, absolutamente nada; el animal parecía no oír aquella voz, algo ciertamente extraño, pues se había criado desde cachorra con Evelyn, y a cada llamado de ella, acudía frenéticamente. Al ver a la perra marcharse de la cocina sin siquiera observarla, supo que algo malo estaba sucediendo. ¿Seria esa sensación escalofriante, que había experimentado en dos oportunidades, la causa de lo que acontecía? No podía descifrarlo, todo estaba muy confuso. Las agujas del reloj colgado en la sala anunciaban las nueve de la noche, acompañado del galopante campaneo característico de sí mismo. Entonces decidió sentarse en el cobertizo a esperar la llegada de su padrino, o tal vez, de algún vecino con las malas nuevas. De la forma que fuese, el día la había preparado para el cimbronazo que podía arribar en cualquier instante. Precisaba tranquilizarse, así que la mejor forma que halló, fue evocar de su pasado aquello que la hizo una pequeña feliz, la infancia junto a su difunta madre. La pobre había perecido cuando la niña cumplió sus doce años de edad por una falla cardiaca hereditaria, un soplo, dijeron. Una gran madre sin duda fue para Evelyn; desde el día que nació solo vivió para cuidarla, amarla y protegerla de los peligros diarios del mundo. Y lo hizo realmente bien; la nena creció estructuralmente sana, radiante, en un ambiente lleno de amor y buenas costumbres. Sin padre, hombre que huyó cuando supo de su futura existencia, Eve absorbió de su padrino Agustín, primo hermano de la madre, el instinto paternal, bondadoso e íntegro que requería. Era una familia constituida, noble, agraciada de cariño y respeto mutuo. Al morir Doña Rosalía, la estructura sufrió un leve sismo, una pequeña grieta; pero Evelyn y su padrino, fusionados, superaron el incalculable dolor que causa perder a un ser amado. Una vez sin ella, los años consecutivos fueron rudos para la niña, pronto convertirse en una adolescente. También lo fueron para Agustín, quien se ocupó de traer al hogar las provisiones necesarias, costear los gastos diarios y mantener activa la pequeña huerta posicionada detrás de la casona, consecuentemente preocupado por no descuidar la contención afectiva para su aijada. Cuando ella cumplió la mayoría de edad, su padrino en una mala maniobra se desplomó del caballo, rompiéndose en varias partes la pierna derecha; los meses siguientes fue la etapa de recuperación, y Evelyn permaneció a su lado día y noche, constante en su desempeño como protectora de aquel mal herido hombre. Ese período acabó de unirlos íntegramente. Ella se prometió jamás abandonarlo, había hallado en aquel señor sumamente taciturno y ortodoxo, a un verdadero padre. Nuevamente el reloj marcó la hora, pero esta vez, eran las diez de la noche. Evelyn aún permanecía sentada sobre un tronco, bajo un cielo azabache coloreado con pinceles cósmicos, salpicado levemente con partículas de estrellas; nadie llegaba, todo persistía silencioso, calmo. Alguna fugaz chicharra recitaba breves estrofas a la luna. Aquella mujer tenia miedo, algo sucedía, ¿pero que? De repente, a lo lejos, una sombra abordó en la serenidad. Intentó descifrar quien era, pero sus ojos febriles la traicionaban. Cuando la figura cruzó la huerta, la luz del farol semiautomático se encendió, y allí, Evelyn no pudo entender lo que estaba observando. Era la madre, difunta por más de doce años, sonriéndole mientras a paso lento se aproximaba. El alma misma se le heló, estaba atónita, estancada sobre su eje.

-Hola hija mía, mi cielo.
-¿Esto es un sueño mamá?
-Llamémosle así; te extrañe tanto niña mía.
-¡Y yo a ti, tanto!

Evelyn la abrazó y permaneció así por más de un minuto. La felicidad desbordaba su rostro, temblaba constantemente, pero no intentaba entender ni motivo ni razón para este increíble suceso. De pronto, recordó a su padrino, su ausencia, lo tarde que era, y le dijo a su madre:

-Madre, el padrino aún no ha llegado, estoy muy intranquila.
-No te preocupes mi cielo, él esta muy bien.
-Pero dónde está, ¿cómo no me ha avisado?
-Ven Eve, dame tu mano y acompáñame, confía en mí.
-Bueno, pero aguárdame un instante, voy a dejarle una nota para que a su regreso no se preocupe y sepa donde he ido.
-No hace falta hija, ven conmigo.
-Espérame, regreso enseguida.

Evelyn corrió eufórica a la casa, y al entrar, esa imagen la detuvo súbitamente; allí, en la sala, estaba su padrino de espaldas, vestido con un traje oscuro. Notó que lloraba, mientras con un pañuelo níveo se limpiaba el rostro. Intentó llamarlo, pero como había sucedido con la perra, él no podía oír sus gritos. Aunque lo intentaba, no lograba moverse, los pies estacados en el piso se lo impedían. Todo se iluminó repentinamente; gente salía y entraba con flores en sus manos. Tembló al ver aquello. Un ataúd pulcro centraba la sala; su cuerpo reposaba dentro de aquel féretro. Salió de la casa, los astros encendían las verdes hierbas, un pequeño gorrión cruzó en su vuelo exquisito; la madre inmaculada a un lado, sólo sonreía. Evelyn lo entendió todo; era hora de irse, hora de partir. Su padrino jamás regresó por que nunca se había ido, y al igual que los vecinos, todos permanecían allí, recordándola. Se acercó a su ángel, la tomó de la mano, y juntas atravesaron la huertita.

-Mamá, ¡Te extrañe! ¡Tenemos tanto que hablar!
-Hija mía, tanto que hablar y tanto tiempo……
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SOY ser de silencio

SOY ser de silencio
que se repite día a día
en el hueco de la linde
donde escondí cuartillas
de la memoria.
Del aljibe el olor
a lluvia
mientras baja y sube
rompiendo espejo
de agua que fue
palabra y viento.
La cal, los geranios
hierbabuena, perejil
caminar dormido
¿Qué buscas?
Me busco
ahora que me he ido.
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Mal de amores

Estas pero no estas, esto es muy confuso, quisiera dejarte marchar pero siempre hay un pero y entre dejarte o no dejarte ir existen infinitos de esos, porque cuando estas pero no estas siento algo de paz, pero cuando no estas, cuando no estas siendo a esa paz marcharse, se marcha contigo y me arrastra, y me dejo, dejo que me arrastre, ya nada importa, tú ya no estás.
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Canas…:

—No me queda uno negro… —dice en alta voz y agrega frente al espejo —Y cada vez tengo menos canas.
— ¿Por qué será? —Le dice la mujer con ironía
—Por el tiempo y por el peine…
— ¡…Y por las que haz tirado al aire!
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