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Soberbia

Irene era una triunfadora. Joven, guapa, rica, inteligente, y con un atractivo físico que dejaba boquiabierto a hombres y mujeres que se cruzaban a su paso. Era la directora de una importante marca internacional de prendas de vestir, y debido a su trabajo, había viajado por todo el mundo. A pesar de tener excelentes cualidades y aptitudes para lo que se proponía, su vanidad la nublaba de cualquier razonamiento o aceptación de sus errores, desesperándose cada vez que alguien le llevaba la contraria. Hacía la vida imposible a la gente que trabajaba a su lado, sintiéndose únicamente bien cuando era adulada, es por eso que la gran mayoría de personas que la conocían, rehusaban trabajar con ella, y solo aceptaban cuando era necesario por contrato. Marta, era su ayudante desde hacía tres semanas. En un año había tenido siete ayudantes, acabando siendo despedidas o tirando la toalla por ellas mismas. Marta era una chica elegante y discreta, aunque físicamente no destacaba mucho, pero su simpatía y humildad la hacían muy cercana a las demás gentes, teniendo siempre amigos y personas que la estimaban a su alrededor. Pero todo esto no le importaba a Irene, ya que se creía superior a la gran mayoría de las personas.
Un día, apareció un chico en la puerta de las oficinas donde trabajaba Irene; era Rubén, el novio de Marta. Al salir del trabajo Irene vio a Rubén, deseándolo al instante. Esta pensó, que nada más decirle algo, lo tendría comiendo de su mano, y cuando se dirigió a donde estaba él, el chico sonrió. "Lo tengo donde quería", pensó la siempre triunfadora Irene; "Ningún hombre se me ha resistido jamás", volvió a pensar. Pero Rubén no sonreía por ver a Irene. Detrás de ella aparecía Marta, y Rubén salió corriendo a su encuentro. Allí, delante de Irene, se abrazaron y besaron como solo lo saben hacer los enamorados. Irene estalló de rabia, y allí misma, con gestos de locura despidió a Marta. La pobre ayudante no entendía nada, y desolada y triste se marchó a su casa acompañada de Rubén.
- ¡No le hagas caso!-dijo Rubén mientras se alejaban.- Esa arpía no vale ni la mitad que tú. Encontrarás algo mejor, cielo.

Irene escuchó esas palabras, pero su cerebro las convirtió en pura arrogancia. Después, se dirigió al primer bar que encontró. Allí conoció a Darío, un escritor con más pena que gloria, ya que no había conseguido publicar nada importante. Dispuesta a recuperar su autoestima con los hombres, le bastó un simple coqueteo para llevarse al pobre escritor a la cama. Darío, que no conocía a Irene, se enamoró de ella a primera vista, pero a la mañana siguiente, esta lo despachó de malas maneras, dándose cuenta al instante de que su pasión había sido fruto de un simple calentón. Darío se marchó triste, ya que esperaba algo más que una noche de sexo salvaje, pero al instante tuvo una revelación, y la inspiración se le apareció como por arte de magia.
Años más tarde, las cosas ya no iban tan bien para Irene. Su altanería y desprecio por los demás le estaban pasando factura. Cada vez firmaba menos contratos, por no decir que su círculo de amistades estaba inconfundiblemente marcado por los intereses. A medida que perdía clientes, sus supuestos amigos le daban de lado. Un día fue llamada al despacho de su superior en la empresa. Al entrar dentro su cara se contrajo de una repentina sorpresa. Allí estaba Marta, la chica que años antes había despedido de malas maneras en la puerta de las oficinas de la empresa. Aunque su arrogancia no aceptaba lo que estaba a punto de pasar, las palabras de su jefe resonaron por su cabeza como martillo que golpea el hierro; estaba despedida, y su puesto en la empresa lo ocuparía su antigua ayudante. Irene, tan engreída como siempre se jactó de haberse despedido ella misma, despreciando el trabajo que tanto le había dado.
- ¡Encontraré algo mejor que esta basura!- se marchó gritando y dando un portazo.

Al salir de la empresa se marchó como siempre a algún bar en busca de alguna presa. De camino se paró inconscientemente en el escaparate de una librería. Allí observó un extraño título que la llamó la atención: “la mujer que no sabía amar”. Entró a la librería, y para su sorpresa, descubrió que el autor del libro era un tal Darío Cuellar, el mismo hombre que años atrás había conocido en un bar. Durante un instante dudó, pero su orgullo podía con cualquier cosa, así que dejó el libro en el estante y se marchó de allí. Luego volvió al camino que la llevaría al bar, se fijó en un hombre, y se lo llevó a la cama.
A pesar de creérselas muy feliz, Irene no volvería a trabajar en el mundo de la moda. Aunque había conocido a cientos de personas, y trabajado con multitud de marcas de todas las partes del mundo, debido a su carácter, nadie quería contratarla. Poco a poco fue entrando en un círculo oscuro que la llevaría a un mundo sumido de sombras y niebla, un mundo en el que se convertía en una simple mercancía. Finalmente, y debido a la negación de su fracaso, y al rechazo de cualquier tipo de ayuda, Irene se vio en la calle, sola y enferma, un desecho humano al cual nadie le prestaba atención, ni siquiera los hombres que antes caían rendidos a sus encanto con solo una mirada.

etiquetas: microrrelato, crítica, social, poesía, reflexiones, pecados capitales
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