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Somos parte del dolor que tratamos de olvidar

Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama. Quería dormir, descansar un poco. Desde hace meses, por momentos, el corazón me duele cuando palpita y, a veces, golpea. Tomé una almohada, la estrujé, hundí mi cara en ella y cerré los ojos. En unos cuantos minutos se humedeció y, entre sollozos moquientos, recé y pronuncié el nombre de Alma. Suspiré. Abrí los ojos y me quedé mirando la leve capa de polvo que cubría el suelo. Un trueno estremeció los vidrios de la ventana. En un instante se fueron marcando unos pasos. Asustado me levanté y traté de correr. Alguien me abrazó fuerte y dijo: “Amarte es una bendición, no un castigo; libertad, no una prisión. Ama y déjate amar. Te amo”. Un ligero aroma a nardos y rosas se quedó en el cuarto. Crujió mi pecho. Un fresco hálito entró en él, y junto con una cálida caricia me arrancó una costra invisible del corazón. Sin limpiarme las lágrimas me acerqué al mueble donde tengo su fotografía. Le di las gracias.

Alma era una amiga que tuve en la adolescencia, y a quien yo apreciaba demasiado. A ella la encontró una bala perdida, cuando tenía quince años.

etiquetas: duda, dificultad, desolación, daño, dolor
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1comentarios 63 lecturas relato karma: 43
#1   Muy lindo y triste relato :-(

Saludos,
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