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BACH: CELLO SUITE No. 1 en Sol Mayor

Devastado como se acaba
cuando te abandona el plan de vida,
siendo un yermo solar en el que por no crecer,
no crecen ni escombros,
así terminé, pensando que no sería capaz
de volver a amar bajo techo,
sin sombra que me cobijase,
ni palo al que agarrarme.

Luego, con pena y esfuerzo,
sin ser consciente de los brotes verdes
que el resto vislumbraba alrededor de mi ruina,
comencé el vaciado de penas
para abrirle hueco al hormigón de emociones
que conformase unos cimientos
llenos de las varillas de ferralla y metralla
del calibre David-Javier-Marcos,
para sentar las bases
sobre las que construir una vida.

Levanté entre risas y conciertos
unas bonitas paredes de ladrillo caravista,
ejemplo de construcción, pero sin piso piloto,
por lo que no las vestí por dentro,
puesto que no metí en plano alguno
la calidad de los materiales
de unas estancias sin planificar,
puesto que creía firmemente que, en realidad,
nunca volvería a hacer una jornada
de puertas abiertas.

Entonces,
cuando se juntó mi cuadrilla con la suya,
creí que ahí estaba la clave de bóveda
con la que finalizaría un proyecto inventado
en el que, como Pau Casals
creyendo suya la mejor obra para un solista,
pensé que necesitaba la inspiración extrínseca
que me proporcionaba la más bella partitura sobre pladur.

Y el lobo volvió a soplar y a soplar
y mi vida derrumbar.
Y yo vuelvo a respirar y a respirar
y mi vida levantar.

Este es el más necesario poema de amor
que escribiré jamás,
porque está dedicado a explicarme el por qué
de amarme cada día,
sin condiciones ni exigencias,
sin motivo y con todos ellos.

Me amo. Al menos, un poco.
Y sobre mí, construiré el único imperio
por el que me valdría la pena morir.

etiquetas: amor propio, reconstrucción
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