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Un espejo de inquietud

Aquella mujer de pechos firmes y sonrisa ingenua
se inclinó a los pies de mi cama.
Cogió mi miembro lo introdujo en su boca.
El placer me ahogo.
Y pensé en ella, en su pelo de aire,
y sus labios carnosos.
Sentí su olor pasearse en mi recuerdo
excavar en mi pensamiento
para que el dolor reviviera de nuevo.

Y el gozo era aún más dulce
en esa memoria de espejos.
Ella era una luna que brillaba sola
yo sólo era un charco que retenía su sombra.
Cargado de piedras,
cubierto de barro.

Las ranas croaban
y el aire juguetón se reía en mi cara.
Las ondas del agua se llevaron mi sueño
no era de oro ni de plata.
Sólo era un beso de labios
que quería reventar en su pecho.

Una leche muy dulce
que ardería en deseos.
Unas manos sedientas de su piel
ansiosa de su boca.

Partir el mundo en un jadeo
La palabra imperfecta.
La risa más muerta.

¡No pares ahora!
Si abro los ojos me quedaré ciego,
seré otro otoño sin hojas
y una primavera desierta.

Sólo mira mis ojos de agua
y deja que el mundo sea
un grito de locura
que enterraré en el silencio de una lágrima.

© J.C. Luzardo

etiquetas: lírico-erótico-romántico
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